viernes, 7 de enero de 2005

Misa

Misa de Leonard Bernstein por Kent NaganoTiendo a pensar que es el salto en la secularización de las sociedades europeas y no la evolución del estilo lo que provocó desde la segunda mitad del siglo XVIII una progresiva y casi imparable trivialización de la música religiosa. Es cierto que Mozart y Haydn son capaces aún de encontrar ese punto en el que convergen emoción y misterio, ingredientes fundamentales para ajustar la expresión musical al carácter de lo sagrado. Pero incluso en la soberbia música que escribieron estos dos compositores, el oyente tiene que poner de su parte para provocar ese encuentro. Tenemos que saber, que, por ejemplo, el Agnus Dei de la Misa de la Coronación o el Et incarnatus est de la gran Misa en Do menor forman parte de una celebración litúrgica y no teatral para convencernos a nosotros mismos de que es el aura inefable del misterio sagrado el que nos provoca el pálpito de la emoción, algo que no resulta en absoluto necesario al enfrentarnos a una misa de Josquin o Victoria, a un motete mariano de Guerrero, a un aria de Bach o incluso a un salmo de Monteverdi.

Esa confusión de los planos (la iglesia y el teatro), que hasta Bach no solía pasar de anecdótica (ahí están los grandes motetes de tantos y tan diversos barrocos franceses, hechos para alabar a sus dioses, los Luises), se convierte en sustantiva con la llegada del Clasicismo. Menos proclive aún a la música religiosa fue el gran siglo romántico, con sus grandilocuentes requiems (exímase obviamente a Fauré, pero Fauré merece un cielo aparte) y sus motetes supuestamente bachianos pero que hoy nos suenan huecos, vacíos, innecesarios. Es cierto que en el siglo XX parece haber una recuperación del sentimiento religioso en música (Messiaen o Poulenc, Penderecki o Pärt quizá sean prueba suficiente para algunos), pero, salvo en contadísimas ocasiones, hay algo en sus obras formal o específicamente sacras que no termina de funcionar en tanto que expresión de la religiosidad, algo que falla, como si el punto de encuentro entre misterio y emoción se hubiese desplazado definitivamente del imaginario del oyente medianamente avisado, que ya no está capacitado para escuchar el Stabat Mater de Szymanowski o la Pasión de Wolfgang Rihm como si fuesen los de Vivaldi o Schütz.

Sólo en ese contexto es entendible que Leonard Bernstein fuese capaz de proponer en 1971, para la inauguración del Centro de Artes Escénicas John Kennedy, una Misa como la que grabó en noviembre de 2003 Kent Nagano en Berlín: A Theatre Piece for Singers, Players and Dancers, como la subtituló el compositor y director estadounidense, es una obra que, en su lenguaje próximo al collage de los musicales de Broadway, ha sido despojada de toda su capacidad para penetrar los misterios de lo sagrado, sea eso lo que sea .

3 comentarios:

Artaher dijo...

Muy sugerente y muy bien escrito. A su excelente análisis podría añadir algunos apuntes, aunque desordenados, desde una óptica mucho más cercana a la de un simple aficionado a la música que la de un experto como usted.

La secularización se ha producido sin duda, y pudo llevar a que en los dos siglos pasados las audiencias experimentaran menor emoción ante una obra religiosa y, al tiempo se compusieran menos obras religiosas excelsas. Lo que no queda claro es qué fue causa y qué efecto. Y sería importante para su diagnóstico. Porque la mera secularización llevaría, en todo caso, a la frialdad emocional no sólo ante obras religiosas de la época, sino también con las pasiones de Bach, por ejemplo (¿se emociona un ateo ante una pasión de Bach?). Y sin embargo, han seguido gozando de preeminencia, aun en una época progresivamente secularizada... Por eso, me da la impresión de que el problema no se entiende si se circunscribe a lo estrictamente religioso, a esa secularización progresiva.

Quizá otro aspecto a considerar es que, tras el romanticismo, bien fuera por incapacidad de los compositores o más probablemente por criterios estéticos de la época, no era precisamente la capacidad de sugerir profundas emociones uno de los objetivos del compositor. La música fue así perdiendo, de un modo u otro, en mayor o menor medida, la capacidad de emocionar, tornándose a menudo en un arte algo más "frio o racional” (por seguir el tópico). No para todo el mundo, naturalmente, pero si para una gran mayoría, esa gran mayoría que no comprende, ni aprecia, ni se conmueve ante buena parte de la música del ultimo siglo (como es mi caso, no me importa reconocerlo).

Y en ese proceso, también fue perdiendo – implícitamente- la capacidad (primitiva para algunos, quizá) de emocionar en lo religioso. En una época en que, además, el acercamiento emotivo a lo religioso se considera por muchos superado, por no decir irracional, frente al progresismo laico que nos invade, poca función tendría una música religiosa "emotiva". Y como, además, tal música casi no existe por exigencias del guión..., si ya me cuesta imaginar a un agnóstico/ateo emocionándose “religiosamente” ante una Pasión de Bach, mucho más difícil me resulta ante una obra “religiosa” electroacústica, o asonante, o...

Paolo dijo...

Amigo Artaher, comenta usted algunas cosas interesantes. De hecho, releído ahora, mi post no me parece demasiado consistente. Creo que no he sido capaz de expresar lo que quería decir, lo cual significa que tengo sólo intuiciones pero no las ideas lo suficientemente claras. Es cierto que hay una corriente en toda la música del siglo XX (encabezada nada menos que por Stravinski) que es antirromántica por definición y no busca la emoción ni tan siquiera la expresión en música. Pero eso es sólo una parte de la realidad: toda la corriente que viene del expresionismo alemán es en el fondo profundamente romántica y pretendidamente emotiva. Pero no era eso exactamente lo que yo quería decir: no se trata sólo de que la música pueda provocar emoción en el oyente, es la capacidad para sugerir el misterio, la trascendencia (de momento, no sé expresarlo mejor). Yo eso lo capto en un himno gregoriano, en un motete de Morales o en una cantata de Bach, pero me cuesta sentirlo en el Requiem de Verdi, los motetes de Bruckner o el 'San Francisco de Asís' de Messiaen. Aunque tal vez sea una deformación personal, no sé.

¡Ah! Y por supuesto que un ateo es capaz de conmoverse con la 'Pasión según San Mateo'. Al menos este ateo que ahora escribe, lo hace.

Artaher dijo...

Solo dos posts comentando este post de la música religiosa, y cincuentaytantos comentando el anterior sobre el amor.
En fin...
(será efecto de la LOGSE?