miércoles, 12 de enero de 2005

Castillos

Le enseñé a poner los bloques perfectamente alineados. Lo más importante de un castillo es siempre la base. ¿Ves? Hay que ir imbricando los bloques para que formen un muro sólido; si no, se caen, como te ha pasado a ti... Y aquí ponemos las piezas curvas, para levantar la torre, desde el mismo suelo, pero bien soldada con las paredes. Luego, si quieres, podemos ponerle otras torres más pequeñas, como adorno... También habrá que pensar en dejar algunos huecos para las ventanas. Todos los castillos tienen ventanas, si no serían muy oscuros, ¿no te parece? Me miraba con sus ojos grandes y dulces, muy abiertos, mientras sostenía en sus manos la torre altísima y tambaleante que había estado construyendo antes de que yo la interrumpiera con mis reglas arquitectónicas. ¿Y cuándo terminemos el castillo qué? Pues... lo tiramos y hacemos otro, este sin torres y sin ventanas, qué te parece. No dijo nada. Simplemente se dio la vuelta y siguió añadiendo bloques a su torre ruinosa, mientras yo colocaba un torreón verde en el ala oeste, menudo triunfo. Sí, nos dedicamos a construir castillos sólidos, adornados y con múltiples ventanas para luego derribarlos y empezar otra vez desde el principio. Sólo los intrépidos optan por las torres altas, inestables y tambaleantes. Parecen decir, con Epicuro, qué más da si se cae, dónde estoy yo no habita la muerte... Me encantaría. Ser constructor de torres.

14 comentarios:

La donna è mobile dijo...

Vaya, ahora que tengo que irme corriendo cuelga usted esto...

En fin, volveré.

Saf dijo...

"Pasaba yo mi vida poniendo una piedrecilla sobre la otra para levantar una torre. Y cuando ya tenía cinco piedrecitas puestas o siete, soplaba el viento y deshacía mi tarea laboriosa.
Lloraba yo y sufría. Porque aquella torrecilla era la ilusión de mi vida, y por ella me olvidaba de cuanto hay en el Universo.
Un día comprendí que debía recibir dulcemente mis derrotas, como tenues incidentes del camino.
Entendí qué bueno es quedarse en paz, sentado a la rumorosa sombra de los árboles. Y dejar que las cosas sean todas como tienen que ser, y que sigan el curso que les marca el dedo de Dios.
Y vi que los cedros, dóciles, se mecían al viento."
(Extraído del librito "Remanso de peregrinos" de Manuel Marín Triana)

Paolo dijo...

Provocadora...

Egonauta dijo...

Tan tierno y sin razón como esta maravilla de Alberto Cortez que escuchaba, nota por nota, al leer tu post.

Quiso volar igual que las gaviotas,
Libre en el aire, por el aire libre
Y los demás dijeron, "¡Pobre idiota,
No sabe que volar es imposible!".

Mas él alzó sus sueños hacia el cielo
Y poco a poco, fue ganando altura
Y los demás, quedaron en el suelo
Guardando la cordura.

Y construyó, castillos en aire
A pleno sol, con nubes de algodón,
En un lugar, adonde nunca nadie
Pudo llegar usando la razón.

Y construyó ventanas fabulosas,
Llenas de luz, de magia y de color
Y convocó al duende de las cosas
Que tiene mucho que ver con el amor.

En los demás, al verlo tan dichoso,
Cundió la alarma, se dictaron normas,
"No vaya a ser que fuera contagioso..."
Tratar de ser feliz de aquella forma.

La conclusión, es clara y contundente,
Lo condenaron por su chifladura
A convivir de nuevo con la gente,
Vestido de cordura.

Por construir castillos en el aire
A pleno sol, con nubes de algodón
En un lugar, adonde nunca nadie
Pudo llegar usando la razón.

Y por abrir ventanas fabulosas,
Llenas de luz, de magia y de color
Y convocar al duende de las cosas
Que tienen mucho que ver con el amor.

Acaba aquí la historia del idiota
Que por el aire, como el aire libre,
Quiso volar igual que las gaviotas...,
Pero eso es imposible..., ¿o no?...

La donna è mobile dijo...

¿Qué tienen de extraordinario las torres altas? He venido hoy a leerte tres o cuatro veces, y todavía no soy capaz de decidirme entre si veo a las torres altas como tú, sólo apta para intrépidos, o por el contrario, las veo para acomodaticios personajes que se asoman, como aquellos de Baucis (de Las ciudades invisibles), a ver su propia ausencia desde lo alto. Será que nunca las he tenido. ¿Hay que ser muy intrépido para optar por una? Pues igual no lo soy en suficiente medida, pero si de todo cuanto he vivido he aprendido algo, es que no importa el tamaño de la torre porque en su mayoría acaban cayendo.(Y cuando pienso eso, me viene siempre a la cabeza una de esas frases de pastelito chino: lo importante de caerse, es saber levantarse.) Que mis pasos, los pasos de cualquiera, se dirigen hoy a traer piezas para ésta y mañana, si la cosa cambia, para aquella, y los días siempre tienen veinticuatro horas, y si hay que cambiar se hace, y si hay que tirar una torre con todo el dolor del corazón, se tira. Y todo se pasa. Y al día siguiente de todas esas caídas o todos esos aburrimientos desde lo alto, sale el sol para todo el mundo. Igual para todo el mundo. Gracias a Dios, hasta para los de mi condición, los miedicas de torres bajas.

La donna è mobile dijo...

Anda, aquí el amigo blogger se ha comido un post. Para que después despotriquen de Blogia, que son unos santos y unos varones.

Ignacio dijo...

Trabajos de comprobación.

¿Torres? es rápido y técnico, pero para ser el crack que dicen le falta... todo.

La donna è mobile dijo...

Pero es guapete. Y todo el mundo sabe con qué rima guapete...

Saf dijo...

(Ésta me la sé...: Con ¿sabadete???)



Paolo...........ore. ;-ppp


Y ahora sí, directamente de la tela de la araña a la tela de fino algodón bordado de mi MIIIIIII cuna. Boas noites filiños.
(Y va por los varones -que no santos- que aquí comentan: ¡¡Ya pueden cuidar a Mobile!! porque cuando vuelva... como vea que alguno de Uds. la ha empujado de su minitorre... SE LA CARGANNNNNNNN.

Saf ;-))

La donna è mobile dijo...

Exactamente.

(y dando un golpe de barbilla afirmador, ¡ajajá! sale de la escena)

Paolo dijo...

Verá, Donna (y disculpe, prefiero el Donna, que me recuerda a Madonna Laura, que el Mobile, que me retrotrae a las mobilettes, pero si usted lo prefiere, cambio de apelativo, faltaría más...), a lo mejor no ha entendido exactamente lo que yo quería decir. Pero no se preocupe que no voy a explicárselo (sería tan patético como explicar un chiste, y a eso ya me obligó Saf una vez, grrrrr), sólo añadir algo. Digamos que admiro a la gente que es capaz de vivir permanentemente en el alambre, que tiene una capacidad de reacción ante cualquier acontecimiento que le permite hacer un equilibrismo vital que me es por completo ajeno. Porque es la inestabilidad, la fragilidad de la torre y no su altura lo que yo quería invocar. Yo pertenezco, en cambio, a la estirpe de los constructores de castillos, los levanto sólida, lenta, aburridamente, y claro cuando descubres que el castillo ya no te vale, derribarlo cuesta.

Anónimo dijo...

Yo pertenezco a la raza de los torpes, de los que se construyen su torrecita y cuando está más bonita que un san luis la tiran sin querer. Lo que todavía no tengo muy claro es si la tiro de forma inconsciente para poder construir otra porque lo que en realidad me divierte es el proceso (que va a ser que sí) o porque realmente soy así de muñoncitos.
Gin

La donna è mobile dijo...

Usted (¿ya no me tutea?) no se ha puesto a tirar torres porque la vida no le ha puesto a ello. Imagino. Cuando le ponga ya veremos si sabe agarrar o no la maza, y hablamos.

Y ahora voy a cambiarme el nombre. Lo de las mobilettes me ha llegao a lo más hondo.

La donna è mobile dijo...

Leyendo a Gin me ha venido a la cabeza la película de "La guerra de los Rose". ¿Recordáis esa escena en la que ella ahueca el cojín, ella un pasito atrás, contempla su creación, su casa, su entorno, su TODO, y lo ve acabado? Qué miedo cuando está todo tan hecho que no queda nada por hacer. Puede pasar cualquier cosa.