lunes, 24 de enero de 2005

Crítica

No resulta difícil escuchar en los corrillos de melómanos juicios contrarios a determinada música actual por abstrusa e incomprensible. Y en esos casos siempre me pregunto lo mismo: ¿pero realmente entienden el Ricercar a 6 de la Ofrenda musical, la Hammerklavier o el final de la Júpiter? Pienso que más bien se trata de un error de enfoque. Aquellos que no consiguen disfrutar con Atmósferas, Pli selon Pli o incluso con la Turangalila no deberían referirse a su incapacidad para entender estas obras, sino a su imposibilidad de sentirlas. Es indudable que las piezas musicales tienen una organización interna, y que la capacidad para comprender en profundidad el tipo de organización (diríamos, el estilo) escogido por el creador puede llegar a favorecer su disfrute; y, de hecho, creo que, en la mayoría de los casos, lo favorece, aunque, en determinadas condiciones, también consigue perturbarlo. Pero antes que nada la música (y el arte en general; acaso no la literatura, poesía aparte) nos atrapa y nos seduce por el impacto sensual y las emociones que ese encuentro con su materia puramente física nos provoca.

En el siglo XIX, y pensando en la pintura, John Ruskin se refería así a la función del artista y al carácter intuitivo que en los hombres provoca el disfrute de las obras de arte:

La función del artista en este mundo consiste en ser una criatura que ve y vibra, un instrumento tan delicado y tan sensible que ninguna sombra, ningún color, ninguna evanescente y fugitiva expresión de los objetos visibles que le rodean y ninguna emoción que llegue a su espíritu pueda ser olvidada o desvanecida en el libro de la memoria. Su tarea no es pensar, juzgar, argumentar o conocer. Ninguna de tales cosas concilia con él, su razón de ser sólo posee dos objetivos: ver y sentir.

Pedimos al arte que fije lo huidizo, que plasme lo incomprensible, que dé cuerpo a lo que no tiene dimensiones y que inmortalice las cosas efímeras. El verdadero fin del gran arte es lo infinito y lo maravilloso, que el hombre puede constatar sin comprender y amar sin saberlo definir.

A menudo comparto este antirracionalismo aplicado al mundo del arte. Nada más patético que encontrarse con alguien que antes de expresarte sus sensaciones sobre el concierto al que acaba de asistir espera a escuchar el juicio infalible de la crítica. Abandonemos la crítica. Hagámonos todos diletantes.

12 comentarios:

Anónimo dijo...

Yo, más que de antirracionalidad, hablaría de intuición. Tanto para crear como para escuchar, porque creo que la inspiración aparece no sólo al crear, sino también al apreciar arte.

Abrazos,

Er Opi.

Artaher dijo...
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Artaher dijo...

Dice bien que aunque las piezas musicales tienen una organización interna que puede llegar a favorecer o dificultar su disfrute, la música nos atrapa y nos seduce sobre todo por el impacto sensual y las emociones que nos provoca.

Yo creo también que la música puede llegarnos a través de dos vías, no sé si siempre complementarias o en ocasiones contrapuestas: la de la inteligencia (la razón) y la del corazón (la emoción). Usted parece decantarse por la segunda (habla del "impacto sensual y las emociones" que provoca), aunque habrá seguramente quienes ante determinadas composiciones admiran fundamentalmente su estructura organizativa, los aspectos mas racionales o estructurales de la obra, la inteligencia con que está elaborada. Y esto puede darse perfectamente sin que provoque una profunda emoción.

Y a mi me da la impresión de que las obras contemporáneas activan más ese aspecto intelectual o racional del ser humano que el emotivo o de los sentimientos. Quizá eso explica su falta de popularidad o conocimiento mayoritario, salvo en los expertos y/o más entendidos, una minoría en cualquier caso.

Para mi la música es, también, un intento (como otros) de expresar la belleza. La belleza puede estar en la perfecta construcción organizativa de una composición, como puede ser bella, pongamos por caso, una ecuación. Pero en general, creo que la belleza se encuentra más cercana al mundo de los sentimientos y emociones. A veces analizar demasiado racionalmente algo no ayuda demasiado a su disfrute…

Quizá por ello, puedo llegar a captar la inteligencia con que está construida una obra y, al tiempo, quedarme frío ante su escucha: no captar belleza alguna ni recibir ningún impacto sensitivo o emocional ante ella. Y eso es lo que me ocurre con buena parte de la música contemporánea (y no sólo con ella).

Mozart señaló que pretendía, al componer, gustar tanto a los expertos como a los que no lo son, al gran público. Probablemente, conjugando sabiamente ambas vías, la intelectual-racional y la emotiva o de los sentimientos. Y a fe que lo consiguió. Creo, en cambio, que ese objetivo no se lo proponen los compositores de música contemporánea, un tanto encorsetados en una perspectiva algo elitista e intelectual de la labor compositiva. Quizá están en su derecho, por otra parte.

Paolo dijo...

Bueno, creo que es a Opi al que le corresponde la réplica, es él (su gremio) el aludido...

La donna è mobile dijo...

¿Ahí pone que puede ser bella, una ecuación?

Cachenrediela y cachenrediela.

La donna è mobile dijo...

Pero usteden sigan, sigan (perdón, XDDD).

Anónimo dijo...

Paolo, estoy totalmente de acuerdo contigo (y con Ruskin, cuyas palabras no conocía pero me han gustado mucho).

:)

Anónimo dijo...

El anónimo de antes era yo, Jesús Miramón. Acabo de darme cuenta de que no lo había puesto.

Un saludo.

Paolo dijo...

Gracis, Jesús, aunque ya sabía que eras tú. No me preguntes cómo, pero estaba seguro...

¡ dijo...

Bien, Paolo, pero para el músico (mejor: para el musicólogo) hay un placer añadido a la hora de analizar una fuga o sorprenderse con un bajo continuo: incluso al musikant, puede parecerle extraordinaria la decisión de tal clavecinista de tocar el andante del Concierto Italiano con el registro del laud (si es que me permite incluir las características de la ejecución). En este caso, hay un disfrute intelectual, motivado por el entendimiento de lo que está ocurriendo en ese momento, ¿no le parece?.

Qué no decir, a otro nivel, del reconocimiento de motivos musicales de otros autores en una partitura (de composiciones de otros compositores, naturalmente); o incluso la cercanía estilística puede no apelar a los sentimientos y ser fuente de placer intelectivo. Como verá, trato de descender de nivel técnico para mostrar que hay también placeres que se producen por el conocimiento.

Al anotar aquello de Ruskin, me ha recordado ciertos comentarios suyos (de Ruskin, claro) respecto a la Novena Sinfonía beethoveniana. Eran aquellos días en los que se consideraba tal sinfonía fruto bien de la sordera, bien de un supuesto desorden mental del compositor. No sé si recuerda:

Beethoven always sounds to me like the upsetting of bags of nails, with here and there an also dropped hammerNada menos. Para echarse a temblar.

Un saludo

Paolo dijo...

Robertokles, por supuesto que existen placeres puramente intelectuales, y descubrir cómo determinada forma musical se va plasmando en el desarrollo de una obra concreta es uno de ellos, sin duda. Ya dije que la profundización en las artes habitualmente incrementa el disfrute que nos proporciona, pero ¿usted no se siente a veces tentado a olvidar todo lo que sabe y dejarse arrebatar por el puro sonido o por la impresión primera de un lienzo o un poema? A veces, sólo falta eso para gozar en toda su plenitud de una obra artística. Y en esos casos no hay que entender nada.

(...que diga yo esto, tiene delito, pero en fin...)

lukas dijo...

Estoy de acuerdo contigo, Paolo, no hay que entender nada, ni siquiera con la música contemporánea, que es más cerebral, pero que no descarta las emociones. Lo ideal sería entender y así amar mejor esa belleza oculta en la estructura de las obras, pero cuando uno no es músico o especialista, pues qué se le va a hacer, nos quedamos maravillosamente a medias...