domingo, 9 de octubre de 2005

Rayuela

Rayuela
En mi pueblo, a la rayuela la conocíamos como chingle (vaya usted a saber las revueltas que daría el idioma y a través de qué vericuetos para llegar hasta allí) y, aunque era juego de niñas, recuerdo haberlo practicado con cierta frecuencia, sobre todo cuando era más pequeño y no sentía ningún complejo por mezclarme con mi hermana y sus amigas. Al crecer se supone que tendría que haberme pasado a la lima, juego casi idéntico, pero que en lugar de practicarse con un guijarro sobre el duro suelo de las calles se jugaba en la arcilla húmeda de los jardines y descampados, con una lima u objeto punzante similar que había que ir clavando en cada una de las casas hasta llegar a la última, esa que en el remoto origen del juego representaba al cielo.

Y digo que se supone porque yo no fui nunca muy de jugar a la lima. En mi infancia los juegos eran estacionales, y la lima solía coincidir con el centro del otoño y compartía tiempo con las bolas (conocidas en otras partes como canicas), que arrancaban al final del verano y ya no se abandonaban casi hasta la primavera. A mí me gustaban las bolas, y aún recuerdo como si fuera ayer mismo aquella vez que mi excesivo entusiasmo me llevó a contraer una deuda de más de 500 canicas con un oponente mayor, pero algo ingenuo, al que fui retando sucesivamente a doble o nada hasta que logré ganarle una vez para recuperar la pérdida, que superaba con mucho el contenido de mi bolsa (aunque yo insistía en lo contrario: no se podía imaginar él la de bolas que guardaba en casa).

RayuelaEl primer día de lluvia del otoño me ha hecho recordar aquellos juegos y aquellas lluvias de la infancia. Coincide todo además con la aparición de un nuevo disco en Olive Music, el sello recentísimamente creado por Kees Boeke y Jill Feldman. Un disco titulado Rayuela y que interpreta un conjunto de igual nombre fundado el año pasado por los flautistas Claudia Gerauer, Martina Joos y Thomas Engel. Desconozco la razón de la elección de ese nombre (podría haber sido Hopstcoch, en inglés, o Marelle, en francés), aunque sospecho que la inmortal novela de Cortázar habrá tenido algo que ver. El disco, en el que participan también Claire Pottinger-Schmidt (viola da gamba), Thomas C. Boysen (tiorba y vihuela), Daniel Oman (laúd medieval, guitarra barroca y colascione) y Johannes Hämmerle (clave y órgano di legno), es una especie de cajón de sastre en el que, convenientemente arregladas para el instrumentario empleado, se interpretan obras del Llibre Vermell (O virgo splendens), Jacobus de Bononia y un par de anónimos del ars nova, Antoine Brumel, Diego Ortiz (la célebre Recercada segunda), John Baldwine, William Byrd, Elway Bevin, Thomas Simpson, Giovanni Battista Riccio, Giovanni Battista Fontana, Christopher Simpson y Dario Castello.

Ya nos dejó dicho Johann Huizinga que el juego es algo muy serio, que nuestras instituciones, nuestra cultura, nuestra civilización nacen del juego y en él siguen, pues cuando creen gobernar, juzgar, rezar o guerrear, los hombres en realidad están jugando, a menudo a ser dioses, un divertimento que puede llegar a ser muy peligroso, pero para el que no encuentro mejor metáfora que el de la rayuela. El alma se purifica para alcanzar la máxima elevación partiendo de realidades humildes, tan sencillas y encantadoras como esta versión de Bonny sweet Robin que Thomas Simpson publicó en su Taffelconsort (Hamburgo, 1621).


Bonny sweet Robin de T. Simpson. Rayuela (Olive Music)

11 comentarios:

Er Opi dijo...

las bolas (conocidas en otras partes como canicas)

Por si le interesa, en mi tierra son los "boliches".

Y espero que ésto de publicar tres posts seguidos no quiera decir 72 días sin publicar después ;-)

Abrazos,

Er Opi.

Paolo dijo...

¿Quién sabe?

(una curiosidad: ¿por qué 72 y no 73 o 71?)

Er Opi dijo...

Si no recuerdo mal, en mi último comentario le había dicho que llevaba 24 días sin publicar, así que si de pronto publica tres posts es porque quizá pensaba pasar el triple de tiempo sin volver a hacerlo ;-)

Un abrazo,

Er Opi.

Paolo dijo...

En el pueblo de mi madre (extremeño), le llamaban "bolindres", ¿algún nombre más?

La donna è mobile dijo...

No, pero ahora podemos tirar por la vertiente utilidad y recordar que con las canicas (porque aquí se le llaman canicas de toda la vida) se jugaba y se juega al "guá" (una cosa dificilísima y muy del masculíneo proceder) que consistía en meterlas en un agujero, concepto que años después, ha derivado hacia la afirmación "eres más bajito que un guá", que hace alusión y describe a los que son más bajitos que un guá. Se entiende, :-)

Paolo dijo...

Claro, el guá, ¿y el media-cuarta-y-pie?, ¿es que no sabes lo que es el media-cuarta-y-pie? Pues también se jugaba con un agujerito...

Er Opi dijo...

¿Ahora va de juegos y agujeros? (por cierto, cómo se parecen las dos palabras, sospechoso...)

La donna è mobile dijo...

No, y es más, creo que me moriré sin haber jugado (siquiera conocido) a media-cuarta-y-pie. Peeeeeeeeeeero si quiere que echemos una a churro-mediamanga-mangotero me pido madre. Ya lo estoy viendo, usted, er Opi e Ignacio doblando el lomo y Saf arreciando al galope y con su habitual ímpetu saltándome hasta a mí. Fiuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu....

Paolo dijo...

Eso en mi pueblo era carne. Jugar a carne, se decía...

La donna è mobile dijo...

En su pueblo eran todos un poco cochinos. Por lo visto.

Paolo dijo...

Uf, pues eso que no te he hablado de las romerías...