miércoles, 7 de julio de 2004

Novelas

A los catorce años comencé a escribir una novela cuyo título he olvidado, aunque tal vez nunca llegara a tenerlo. No era la primera, aunque sí la primera que estaba convencido de terminar. Su protagonista era un niño de catorce años, huérfano de padre y madre desde los ocho, que se llamaba Ramón Ramírez Ruiz, y al que sus amigos del colegio conocían como Cubo. Desde el accidente de sus padres, Cubo vivía con una tía, casada, pero sin hijos, que lo superprotegía hasta extremos grotescos. Recién ingresado en el instituto, Cubo buscaba cubrir su timidez y debilidad ante los demás acercándose a una pandilla organizada en torno a un líder atrevido y descarado que le ayudaba a descubrir el mundo de los adultos. Escribí diez o doce páginas, con mi letra menuda y destartalada de entonces, en un cuaderno que compré específicamente para la ocasión. En la última, Cubo, tras ser humillado por un miembro de su pandilla, se fugaba solo a la capital, y ya no supe cómo seguir, aunque la idea era hacer de él un pícaro que acababa convertido en ministro, banquero o algo así (ese extremo no lo había aún decidido).

Recuerdo que por aquellos años yo había pasado de los libros de Julio Verne y los clásicos infantiles ilustrados a leer a los clásicos españoles, las novelas moralizantes para adolescentes de José Luis Martín Vigil y algún que otro best-seller americano. La sombra del Lazarillo planeaba sobre mi novela, desde el momento en que estaba narrada en primera persona, aunque el recuerdo de Corazón y de una edición ilustrada de Oliver Twist inundaba de lágrimas algunos párrafos.

Un par de años después, cayó en mis manos Cien años de soledad y me convertí al realismo mágico. Claro que aquello no me daba para escribir novelas (luego descubriría que Macondo me pillaba un poco a trasmano), pero sí relatos, unos relatos que invariablemente terminaban con la venganza más enrevesada imaginable de los muertos sobre los vivos o con catástrofes familiares en paisajes desolados y sin esperanza. (Quizá removiendo papeles pudiera encontrar aún alguno de aquellos relatos.)

A los diecisiete años, pensé que lo mejor era escribir un best-seller. Así que empecé una novela sobre un superviviente español de un campo de concentración nazi, cuya historia había leído en una revista y pensaba que podría interesar a mucha gente. La novela arrancaba con la infancia del protagonista, que sitúe en un pueblo sevillano... y no pasó de ahí, porque entre medias se coló Tiempo de silencio de Martín Santos y Rayuela de Cortázar, y me di cuenta de que lo que el destino realmente me reservaba era el convertirme en el gran renovador de la narrativa española de finales del siglo XX, y que para ello debería olvidarme del dinero fácil y de la fama que me proporcionarían los best-sellers, y concentrarme en encontrar una fórmula novelística revolucionaria, que aunque en un principio me acarreara la incomprensión generalizada de editores y críticos, a la larga me proporcionaría la gloria literaria. Estaba dispuesto a soportar cualquier sacrificio con tal de conseguirlo, así que siguieron experimentos de mil tipos, flujo de pensamiento, narradores que se intercambiaban continuamente y sin aviso la persona gramatical, dos historias contadas a la vez, una en una línea y la otra en la siguiente, que al final desembocaban en la misma, narración objetivista, como tomada por una cámara fija, hiperrealismo descriptivo, collages... Pero nada me daba para escribir una novela, a lo sumo para cuentos cortísimos que acababa siempre tirando a la basura, y la incomprensión (seguida de la gloria) literaria tardaba en llegar más y más (entre otras cosas, por el detalle -en realidad, poco importante- de que seguía siendo un autor inédito).

Fueron pasando semanas, meses y estaciones y la incipientísima madurez de los veintipocos años me alejaron casi totalmente de la literatura, aunque de vez en cuando se me caía algún poema o algún relatillo, que pensaba presentar a algún concurso, aunque al final nunca me atreviese. Mientras, le daba vueltas a cómo sería la novela que escribiría algún día, cuando hubiera adquirido las experiencias y hubiera hecho las lecturas necesarias, que a esa altura estaba seguro de que tendrían que ser numerosísimas, para redondear una obra maestra, porque yo no quería ser un escritor del montón, mi novela tenía que marcar un hito en la literatura española, así que calculaba que hasta los 40 años aproximadamente no estaría preparado para embarcarme en el proyecto que me haría literariamente inmortal.

Como el plazo empieza a cumplirse y hace unas semanas escuché a Ramón Barce unas palabras muy juiciosas en las que afirmaba que en la literatura no importa el qué sino el cómo, aprovecho para lanzar una pregunta al espacio infinito de la red, por si me llega algún eco útil ¿cómo coño se escribe una novela?

7 comentarios:

Ignacio dijo...

Yo estoy convencido de que se escriben solas... o no se escriben.

las buenas, claro. El Código de Vinci es cuestión de echarle tardes.

Saf dijo...

Exactamente así...
¿No se da cuenta de que, hasta el final de su post, lo que Ud. ha escrito es el primer capítulo de algo que engancha mucho?

Una vez escribí una novela.
Se quedó encerrada dentro de un ordenador prehistórico.
Sólo pude salvar cuatro capítulos (los que disciplinariamente había ido guardando en un disquete).
Se llamaba "El canto del Maguarí" y comenzaba con una leyenda.
La cosa es... que animosa y emprendedora mandé lo que tenía a la mayor editorial catalana (la más influyente y la mejor). La crítica fue buena y parcial (parcial porque estaba hecha sobre un fragmento de un todo -mejor dicho de una NADA-). Me decían muy amablemente que querían leer la continuación (¡anda y yo! -Pensé) y que lo que habían leído era una auténtica novela, con ritmo, estilo y pulso narrativo.

Esas tres cosas -las que debe tener una novela- están en éste post que ha escrito. Y le diré más: Es un gusto leerle. Tiene un estido fluído, nuevo, incitador. Maneja los recursos literarios, se le ven influencias de las mejores fuentes y lo mejor: esas influencias se han enredado en Ud., como las ramas del sarmiento, y le dan un estilo propio.

Escriba su novela.
Empiece cualquier tarde.

Y por favorrrrrrr... ¡No se olvide de dejármela leer!

Saf ;-))

Anónimo dijo...

¿Es obligatorio que sea una novela? No sé si se ha dado cuenta, pero escribe Ud. estupendamente. Me pregunto si, en realidad, es tan importante que sean novelas o comentarios como éstos lo que escriba. A mí, desde luego, no me importa... mientras no deje Ud. de escribir.

Ignacio dijo...
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MiArrebato dijo...

Tu novela de juventud (la de los 14 años) me recuerda a "La Biblia de Neón" (John k. Toole).

Ignacio dijo...

Me he cargado un comentario mío enredando. Decía que sí, que por qué tiene que ser novela.

Paolo dijo...

MiArrebato, estoy en condiciones de asegurarle que John K. Toole no leyó mi frustrada novela de los 14 años...