miércoles, 21 de julio de 2004

Carlos Kleiber


Carlos Kleiber Posted by Hello

Tenía el don de los auténticamente grandes, el control sobre el tiempo. No importa el estilo o el género, escuchando sus interpretaciones siempre daba la impresión de que sus partituras debían de venir sin barras de compás. Eran sus manos las que las moldeaban con una plasticidad, un sentido del ritmo y de las relaciones entre las frases que se mostraba invariablemente como la solución más razonable, la más simple, la más natural, la única posible.

Carlos Kleiber había nacido en Berlín en 1930, pero a los 5 años tuvo que emigrar a Argentina, junto a su familia, a causa de los crecientes problemas que su padre, el también extraordinario director Erich Kleiber, tenía con el régimen nazi. Vivía instalado en la excelencia. Hacía tiempo que comentó con un amigo que ya no le interesaba la música. "Sólo quiero tener tiempo para comer, dormir y follar". Puede que la frase no sea real, puede que si su contenido se ajusta a la realidad no fuera más que una pose de soberbia intelectual, pero la forma en la que dosificaba sus actuaciones invita a hacernos pensar en que algo de eso había. "Sólo dirige cuando tiene hambre", dijo una vez Karajan apuntando en la misma dirección.

Existe sin embargo otra posibilidad para explicar lo esporádico de sus apariciones públicas: el perfeccionismo. Jamás transigió con la mediocridad. Consideraba inaceptable que un hecho artístico viese rebajada su calidad por problemas contractuales, sindicales o por un mercantilismo desmedido. Al Teatro Colón de su Buenos Aires querido le exigió una vez que si aceptaba la dirección musical de una producción operística era con la condición de que durante el tiempo que durasen los ensayos no hubiese ninguna otra actividad en el Teatro. Quería a todo el personal dedicado en exclusiva a la ópera. Al final, aquella producción no fue posible. ¿Cuántas de sus tan sonadas cancelaciones no estarían motivadas por condicionantes que cualquier otro hubiera aceptado, pero él no?

Su repertorio era ridículamente reducido. Apenas 30 títulos entre obras sinfónicas y óperas. Siempre dirigió lo que quiso. Si su famosa Traviata resulta fallida no es desde luego por el fascinante juego tímbrico y agógico que obtiene de la orquesta, sino por un elenco mal escogido: ni Ileana Cotrubas ni Plácido Domingo daban aquel entonces para las exigencias de sus papeles. Domingo es sin embargo un estupendo Don José en la Carmen vienesa de 1978, junto a la protagonista de Elena Obratzsova, en un registro que circuló en distintos sellos piratas, pero hoy no resulta fácil de localizar. Grabaciones piratas hay también de Otello o de La Bohème y hasta de Wozzeck (inencontrable), pero su mundo era fundamentalmente el de la ópera centroeuropea. Su Tristán e Isolda es antológico, sobre todo el de Bayreuth, preferible al registro oficial de Deutsche Grammophon. En Bayreuth, Kleiber deslumbró en sus tres apariciones (años 1974 a 1976). Los más viejos del lugar no recordaban nada parecido desde 1939. Cierto que la pareja protagonista es endeble, pero el color de la orquesta y el dominio absoluto sobre el más nimio detalle del drama refulgen por encima de cualquier otra consideración. Y, aunque parezca casi imposible, sus logros son aún mayores con la música de Weber y de Richard Strauss. Faltan palabras para explicar lo que Kleiber obtiene de Der Freischütz. Tal vez podría atribuirse a alguna influencia de naturaleza demoníaca. El virtuosismo orquestal, la belleza del sonido y la fluidez del tempo del drama casi no tienen parangón en la historia de la ópera grabada. Y muy poco más puede decirse de sus distintas grabaciones de El caballero de la rosa, auténticas ensoñaciones hechas sonido, preferible, claro está, la versión en DVD, que permie seguir la bellísima producción vienesa de Otto Schenck. Prácticamente nadie entendió la Viena musical del siglo XIX como él. Por eso, El murciélago fue siempre una de sus obras líricas favoritas. Por eso, sus dos actuaciones en los conciertos de Año Nuevo fueron auténticos acontecimientos, tanto en 1989, como en 1992.

Qué nos queda de su legado sinfónico. No mucho, pero algunas perlas incuestionables, como su Cuarta de Brahms, en la que la precisión y la fantasía se dan la mano en una versión plagada de detalles, de un refinamiento y una vitalidad asombrosos, un Schubert de un brío, un lirismo y una transparencia excepcionales o un Beethoven de una rara y mágica intensidad: la y la de DG son extraordinarias, pero la Pastoral que este año ha publicado Orfeo sobrepasa todo lo imaginable. 7 de noviembre de 1983. Era la primera vez (y sería la última) que Carlos Kleiber dirigía la Sexta. Lugar: Múnich. Orquesta: la del Estado de Baviera. Pese a las colaboraciones de tantos años, el arranque de la obra es algo frío, como si los profesores de la orquesta no acabaran de captar el sentido de la interpretación, como si no se creyeran que ese milagro fuese posible. El segundo movimiento es ya majestuoso, lírico, ligero, de una profundidad sonora desacostumbrada... y los tres últimos constituyen una auténtica apoteosis. Tempi rápidos, muy rápidos, sí. Pero no es esa la clave de la interpretación. La clave está en el fluir del sonido, la elegancia, la flexibilidad del fraseo, la transparencia de las texturas, el contraste de la rítmica... Posiblemente, el mejor testimonio beethoveniano que yo haya oído jamás.

Dicen que la técnica directorial de Kleiber no tenía igual, que con un sólo gesto de sus dedos índice y pulgar conseguía la respuesta unánime de toda una orquesta de cien miembros, que era capaz de trazar en el aire el dibujo rítmico más complicado con la mayor precisión imaginable y que saltaba de uno a otro con una exactitud y una soltura inigualables. Eso le permitía modelar la materia sonora a su gusto, exactamente igual que la imaginaba en su privilegiada mente de artista. En eso no tuvo rival. Hay que remontarse al mejor Furtwängler, a Clemens Krauss, al Knappertsbuch de sus mejores tardes, a su propio padre para encontrar esa musicalidad innata, ese control absoluto sobre el discurrir de la música y del tiempo. Un tiempo que acabó engulléndolo el pasado 13 de julio. La noticia sólo se conoció cinco días después. Fue enterrado en Eslovenia, de donde era originaria su madre.

2 comentarios:

liliana dijo...

hola melómano en calzoncillos, disfrute leyendo tu nota sobre Carlos kleiber. Es un placer leer sobre la vida y la obra de un artista de verdad. Dónde puedo encontrar sus grabaciones, vivo en México, en la frontera con US será posible que me des un norte. Me encanta la música, trabajo en la difusión de la Ópera y siempre es necesario estar con el oído bien entrenado.

Paolo dijo...

Liliana, si te fijas, en mi texto tienes enlace a páginas de Internet donde se venden las grabaciones que comento. Casi todas están referidas a Amazon. En cualquier caso, no deberías de tener problemas para encontrar estos discos (o pedirlos) en cualquier tienda de música clásica. Suerte...