domingo, 16 de septiembre de 2007

Vissi d'arte

Cuando nació, su madre no quiso verla. No era el varón que todos esperaban, como sustituto del hijo de tres años que había muerto sólo unos meses antes. Era miope, gorda y fea, tan distinta de su hermana Iacintha (a la que todos llamaban Jackie, curiosa fatalidad la de los nombres) que ella se sintió siempre como el patito feo. La necesidad de cariño marcó toda su vida, aunque muy pronto pareciera encontrar un sustituto ideal en la música. Sus especiales dotes se descubrieron pronto, y su madre cargó desde entonces con la tarea de convertirla en una estrella. Y estrella fue. La más grande. Lo cual no la hizo necesariamente feliz.

En la vida antes de hacer algo, se debe pensar en las consecuencias. Y si se es honrado, hay que pagar un precio elevado, aunque debería ser normal que la honradez formara parte de uno mismo. Pero toda la gente, honrada o no, debe saber que hágase lo que se haga hay que pagar un precio. Y pienso que siendo honrado se encuentra en la vida a mucha gente que no lo es, mucha gente débil que intenta arrastrarle a uno. Y luego, Dios mío, cuando pienso que soy una mujer, y quiero decir una mujer con todas sus debilidades, me siento indefensa. Toda mi vida me he sentido indefensa. Pero he querido ser honrada, y no lo puedo remediar, no puedo ser infiel a mí misma. "Bien, María —he pensado—, si eres así, deberás tolerar una serie de cosas; muchas veces no te comprenderán, te odiarán y te atacarán." Lo han hecho y no he podido defenderme. He tenido que callar y soportarlo en silencio.

Como lo de Roma. ¡Dios mío!, todavía siento las consecuencias de lo de Roma. Pero no podía seguir la representación. No podía matarme de aquella manera. Hubiera sido una estupidez. Si hubiera contado con mis recursos vocales y no hubiera estado enferma me hubiera quedado allí. Lo he hecho millares de veces en la Scala y en otros sitios. "La tigresa", me llaman. ¡Pero, si no tenía voz en Roma! Luchaba constantemente contra un público agresivo. Si hubiera estado bien hubiera continuado y les habría escupido a la cara. Nunca mataría a mis enemigos, pero me gustaría que se arrodillaran ante mí... Pero, si uno está enfermo, ¿cómo se puede ganar una batalla? ¿Dejarme crucificar o matar? No puedo hacer semejante estupidez.

Por ejemplo, Bing. ¿Qué necesidad tenía de decir: "¡Oh, qué persona tan imposible la Callas!"? ¿Por qué? Estoy convencida de que ha conocido a gente más imposible que yo. Lo que pasa es que tuve mala suerte con él. Creo que se irritó tanto que dijo: "Me voy a tomar el desquite con todos sus colegas". A esto le llamo yo mala suerte. Y ahora me respeta porque mis colegas le han tratado mucho peor. Estoy segura de que me quiere de verdad, lo que pasa es que es un hombre débil, y supongo que yo tuve que pagar por otros muchos. Fui la gota que hizo desbordar su vaso, y eso duele porque no es justo. El mundo está lleno de injusticias. Claro que hay personas que me quieren, pero, ¿por qué? ¿Porque canto una hermosa aria o una bella nota? Hay algo más que esto. ¿Quién soy yo? ¿Una máquina de cantar? No, yo soy un ser humano y necesito que me ayuden. Subconscientemente se me admira por lo que hay detrás de mi arte, pero no hay nada de especial en mi arte. Lo que hago musicalmente no procede de mi bravura. Debo hacerlo, es parte de mi trabajo.

La música tiene ciertas normas. La primera de todas es la perfecta musicalidad. A partir de ahí una ya puede actuar. Sólo existe un lenguaje para la música; lo mismo que en el amor. Se ama, se respeta y se honra. Nunca se debe mentir, ni traicionar. Naturalmente, hay que tener lealtad, y gratitud también, pero sin exagerar. Con dignidad. Hágase lo que se haga, siempre con dignidad. Hay una sola norma que sirve para todo. Cuando se es músico, uno debe conocer su música. No es que se haga nada especial: tengo las notas delante, están escritas en una página, ¿cómo puedo dejar de interpretarlas? Si no se puede es que algo anda mal, ¿qué tiene entonces de extraordinario lo que hago? Una madre debe ser una buena para sus hijos, ¿sí o no? No le queda otra alternativa; es su responsabilidad. No hace nada especial, es su deber. Todos los que hacen algo tienen el deber de perfeccionarlo. No hay nada extraordinario en que una madre sea una buena madre; debe serlo, de otra forma, que no tenga hijos. Pero si se tienen, se debe ser una madre maravillosa sin esperar ninguna recompensa por serlo.

Dicen que la vida es terrible. Lo es, ciertamente, si nosotros la hacemos así. La vida es dura, pero no se puede ir por el mundo sucio y desaliñado. Todo cansa y aburre, pero si hacemos que las cosas sean aún peor, ¿cómo podremos resistirlo? Hay cosas que debemos hacer como seres humanos que somos. No son realmente tan difíciles, pero nos creamos las dificultades nosotros mismos. Nunca nos preocupamos de los sentimientos de los demás. Nunca pensamos antes de actuar. He visto a tantas personas perjudicar a otras, que me han venido ganas de preguntar: "¿No podrían pensar un poco antes de hacerlo?". Reflexionen y digan: "Bueno, si hago esto, ¿qué consecuencias se derivarán para mí y para esa otra persona?". Dios nos ha dado un cerebro; no somos como los animales, tenemos juicio y deberíamos usarlo lo mejor posible. Pero no lo usamos, nada nos importa y hacemos lo que queremos. Vamos por el mundo apoderándonos de todo con el menor esfuerzo posible.

A mí también me gustaría descansar y gozar de mi fama y de mi dinero. Pero no puedo, debo velar por mí misma. Desde mi infancia sé que las personas que me han rodeado no tenían juicio, por lo tanto, nunca he tenido más que dos alternativas: actuar como ellos lo hacían o como yo creía que debía hacerlo. Si uno logra no hundirse el triunfo sólo radica en uno mismo. Pero entonces vienen las críticas que te acusan de ser duro, cruel y egoísta. Y uno no puede defenderse aunque duela. Se calla y se piensa: "Veamos qué es lo que pasará mañana, las cosas no pueden seguir siempre igual". Esto ha sido así desde que era pequeña. Mi vida ha sido muy solitaria. Toda mi obra ha sido creada en soledad. Cuando miro una partitura, en seguida sé qué es lo que sacaré de ella. En la mente se lleva este espíritu creador o interpretativo, como quiera llamárselo. Hay que estar solo para hacerlo, no puede haber distracciones. El día pasa fácilmente pero, ¿la noche? Cuando se cierra la puerta del dormitorio y una se encuentra sola, ¿qué puede hacer? ¿Sentarse entre cuatro paredes? Toda mi vida he tenido que hacerlo y estoy empezando a pensar si no sería mejor tener uno de esos enormes perros para que me hiciera compañía. Me resulta muy difícil dormir y me he acostumbrado a trabajar por la noche. También pienso, pero por la noche las ideas son pesimistas y me gustaría sacudírmelas. Pero, ¿qué puede hacer una mujer? ¿Puede pasear toda la noche hasta acabar exhausta, puede hacer algo ella sola?

Sería tan maravilloso tener a alguien en quien poder confiar de verdad. Llegué a pensar que mi marido sería un apoyo para mí, pero me equivoqué; la fama se le subió a la cabeza. Al principio, las cosas no iban del todo mal, al menos así lo creía yo. Mi horóscopo dice que miro las cosas a través de unos cristales de color de rosa. Pero si no se puede confiar ni en la madre ni en el marido, ¿a quién pedir ayuda? Cuando voy a París, la única persona que me cuida y con la que puedo contar es mi doncella Bruna, que me adora y que ha sido para mí una enfermera, una hermana y una madre. Cuando estuve en el hospital no dejó que me cuidara la enfermera y fue ella quien lo hizo. Pero personas así ya no existen, y de todas formas no era ella la que debía estar allí sino mi madre y mi hermana. Creen que no pienso y me pregunto: "¿Por qué?". Díos mío, ¡y cuántas madres hubieran deseado una hija como yo! Sin embargo, estoy sola. Tengo amigos que me ayudan pero tienen sus problemas. Y si se tiene una familia y esta familia la rechaza a una, ¿qué puede hacerse? Mi hermana me escribe: "Papá y mamá se están haciendo viejos". Claro que envejecen, yo también. Total: tenemos cuatro casas aisladas unas de otras. Por lo menos he realizado alguna cosa, es verdad. Pero lo he realizado sola, y ¿por qué debo estar ahora sola en casa? Deberíamos estar todos juntos para ayudarnos mutuamente. Los amigos sólo pueden ayudar hasta cierto punto. De otra parte hay gente que puede ayudar o hundir, y nunca he podido contar con el apoyo de las personas a quienes más he querido, que son muy pocas. Nunca me ha gustado desparramar mi afecto entre mucha gente. ¿Se me puede criticar por eso? En realidad, son las personas que más estrechamente han estado unidas a mí las que me han hecho más daño.

No debo hacerme ilusiones, la felicidad no es para mí. Hay personas que han nacido para ser felices y otras para ser desgraciadas. No tengo suerte. Aunque a menudo me pregunto: "¿Por qué debe ser así? ¿En qué me equivoco? ¿Tan mala soy? ¿Qué hay de malo en sentirse orgullosa de una misma? ¿Por qué se me combate siempre, si lo único que quiero es ser honrada? ¿Qué hay de malo en ello? ¿Es demasiado pedir que me quieran las personas que están a mi lado?". La consecuencia es que siempre debo estar a la defensiva. Me he puesto agresiva. Desde mi infancia me he sentido agresiva. ¿Es eso condenable? Pero, ¿ha pensado alguien cuando la crítica me ha destrozado?: "¿Qué pensará esta mujer? ¿Cómo lo tomará? ¿Tiene alguien que pueda tenderle una mano? ¡Debe ser terrible!". Claro que lo es. Por eso estoy tan exhausta cuando llego al escenario, por eso tengo dificultades con la voz. Del ser constructivo que era me he convertido en uno destructivo porque he perdido la fe. Cuando tengo que presentarme y persuadir al público de que todo es puro, honrado y maravilloso, el subconsciente me dice: "¿Estás bromeando?".

Creí que era necesario ser célebre para poder actuar mejor, en el mejor estado mental. Pues no es verdad, cuanto más famoso se es, más difíciles son las cosas y menos le quiere a uno la gente, especialmente si no se es un bebé llorón. Y las necesidades de la vida son muy sencillas: se debe respeto a uno mismo y se desea ser respetado, hay que comportarse bien y vestirse de la mejor forma posible. Conseguí rebajar mi peso pasando hambre durante dos años; fue cuestión de disciplina. Nada se me ha dado fácilmente, pero no me importa el sacrificio si con él puedo alcanzar el resultado apetecido. Lo fundamental es obtener el resultado, si no, es una pérdida de tiempo y no me gusta. Muchas veces he perdido el tiempo por otros, y lo cierto es que no se puede esperar nada de los demás. Tarde o temprano han fallado. A muchos la fama se les sube a la cabeza, y siempre acaban por traicionarme por una u otra razón. Mi destino es tan grande que me aterra.

Si he descubierto algo en estos años de sacrificio, es que yo no cambiaría por nada, ni por todo el dinero del mundo. No se puede. Mi religión es la integridad al precio que sea. Sin ella no se puede respirar. Pero hay personas próximas a uno mismo que no son así, y eso es algo que duele mucho. Me siento como un animal extraño, fuera de lugar y al que no se comprende. Soy orgullosa, no me gusta exhibir mis sentimientos. Me gusta que la gente me demuestre su interés, pero nunca pido nada por miedo a desilusionarme. No me gusta perder.

Desearía que existiera un medicamento que pudiera darme fuerza mental y física, sobre todo física. Empecé muy joven a luchar y no creo que mi salud pueda aguantar muchas tensiones más. Me gustaría poder volver a pasar tres años como los que he pasado. Si no puede ser, ya los he gozado. Todo el mundo me ha rendido honores. Así que aunque una revista hable mal de mí, no me importa. Enfrentémonos con la realidad: soy una mujer honrada, adorada y venerada, no una mujer que se acuesta con uno y con otro, sino al contrario, que dice "no" a todos. Es un milagro que hiciera carrera. Soy alguien de quien pueden sentirse orgullosas muchas personas, pero no sucede así. Soy un peso muerto. Y me pregunto: "Y ahora, ¿qué?". Cualquier cosa para poder sobrevivir, a ese punto he llegado.
En cualquier caso, quizá sea erróneo e injusto utilizar estas terribles reflexiones como el retrato de toda una vida, pues están hechas en un momento especialmente difícil para la mujer. 1968, el año de la dolorosa ruptura con Onassis, justo el día que habían convenido para su boda. Artísticamente, Callas era ya una mujer acabada. Quedaban unas clases magistrales en la Juilliard School, una célebre gira de conciertos con Giuseppe di Stefano y el retiro definitivo en París.

Pero antes había sido la gloria. 1958. El 2 de enero estalla el escándalo de Roma. El Teatro de la Ópera abría la temporada con Norma. Dos días antes del estreno, Callas estaba en cama con un resfriado que cogió durante los ensayos en un teatro que carecía de calefacción. Así lo cuenta ella:
Me vino a ver el empresario y dijo: "María, debes ponerte buena. Tienes que cantar". Mejoré algo, tomé medicamentos, llamé a una enfermera para que me cuidara. Sabía que no iba a estar en mis mejores condiciones, pero era una inauguración importante con la presencia del presidente de Italia; si lo hubiera aplazado, se me hubiera criticado de todas formas. Pensé que me las arreglaría. Pero no pude. La voz humana no es como un piano. Nunca se puede saber si responderá como una quiere que lo haga. Aquella noche en Roma canté el primer acto, pero sentía que me fallaba la voz. Siempre tuve enemigos en el público, y podía oírles diciendo groserías: "¡Vuelve a Milán!" "¡Nos cuestas un millón de liras!". Después se dijo que esa había sido la razón por la que había dejado de cantar. Los que me conocen saben que es ridículo, los gritos y los silbidos no me asustan, ya sé que siempre hay enemigos en el público y sabré que soy un fracaso cuando dejen de insultarme. Los gritos no hacen sino enfurecerme y me obligan a cantar mejor para que el público tenga que tragarse las groserías. Pero aquella noche en Roma no podía cantar. Mis colegas sabían que no podía continuar, pero después del primer acto el director de escena y todos los demás vinieron a mi camerino a decirme: "No puedes dejar de actuar". Incluso afirmaron que nunca había cantado mejor. Era absurdo, pero era la noche de la inauguración en Roma y el teatro no tenía ninguna suplente a punto... Muchos cantantes han actuado con un resfriado y han debido de ser sustituidos durante la representación. Eso es algo que pasa muchas veces. El teatro debe tener un suplente preparado o, en todo caso, asumir la responsabilidad. En Roma no se hizo. Al final del primer entreacto, en lugar de aceptar la responsabilidad y cancelar la representación, llevaron de nuevo al presidente a su palco, seguros de que podrían convencerme para que continuara. Cuando finalmente aceptaron que no podía cantar sin voz, dijeron: "Bueno, no cante. Pero usted es actriz. ¡Al menos, salga y actúe!". En algunas óperas puede hacerse esto, pero Norma con una soprano que no cante sería una parodia. Me fui a casa y me acosté.

Por la mañana vino un médico enviado por el teatro, me examinó y manifestó que tenía bronquitis y traqueítis pero que dentro de cinco o seis días estaría de nuevo en condiciones. La esposa del presidente llamó por teléfono y dijo: "Digan a María que sabemos que estaba enferma y que no podía continuar". Por desgracia no lo comunicó a la prensa. Los periodistas querían venir a hacerme fotografías en la cama, pero soy una artista seria y no permito que me retraten en la cama. Me negué y los periódicos decidieron entonces publicar que me encontraba en perfecto estado de salud, pero que me había enfurecido con los insultos. Me hizo mucho daño este incidente, y todavía encuentro injusto que una artista que durante once años ha trabajado con éxito en Italia, deba justificarse por un resfriado y sea condenada por ello.

No es difícil imaginar lo desesperada y dolida que me sentía ante tal injusticia. No podía leer un periódico sin encontrar insultos y críticas contra mí. Pero después de Roma sucedieron dos cosas que me emocionaron profundamente. Regresé a EEUU para cantar, primero en Chicago, luego en el Metropolitan. En ambos sitios, en el momento de salir a escena, preguntándome qué iba a suceder después de toda la publicidad adversa, el público me ovacionó antes de empezar a cantar. La ovación duró un largo tiempo en ambos casos mientras yo me preguntaba si cantaría lo suficientemente bien para corresponder. Nunca podré olvidar esas atenciones.
Y eso que no faltaron incidentes en sus estancias americanas, como el estallido de cólera en 1955 tras una Madama Butterfly en Chicago, que recogieron las cámaras de los fotógrafos y extendieron su fama de tigresa. Cuando al año siguiente debuta en el Metropolitan, su imagen fue portada de la revista Time, pero el artículo no la dejaba en muy buen lugar, pues hacía especial hincapié en sus reacciones temperamentales y airadas y recogía algunas supuestas afirmaciones suyas sobre Renata Tebaldi y sobre su propia madre que pusieron en su contra al público. De Tebaldi: "Cuando estoy enojada, no puedo hacerlo mal... Canto y actúo como si estuviera poseída. Pero la Tebaldi decae. No tiene carácter, no es como la Callas". De su madre: "Nunca la perdonaré por arrebatarme mi infancia. Durante todos los años que yo debería haber estado jugando y creciendo, cantaba y ganaba dinero. Di lo mejor de mí misma a mi familia, y no he recibido nunca nada a cambio...". Aquello ocurría en octubre. Al mes siguiente, cantaba Tosca, dirigida por Mitropoulos, y el show de Ed Sullivan, famoso magacín de la CBS, quiso guardar recuerdo de la presencia neoyorquina de la Callas. Así que se grabaron especialmente para la televisión unas escenas del segundo acto, con el Scarpia de George London, de donde este "Vissi d’arte" que puede servir de posible resumen no sólo de la carrera de la más grande actriz-cantante de la que haya memoria, sino de la mujer que hace hoy justo 30 años moría, sola, perdida y abandonada, en el populoso desierto parisino.




[Citas extraídas de Callas de John Ardoin y Gerald Fitzgerald, libro publicado originalmente en Holt, Rimbart and Winston, Nueva York, 1974, y editado en traducción al castellano por Ediciones Pomaire, Barcelona, 1979]

viernes, 14 de septiembre de 2007

Contra los pueblos

Hace poco más de un año escribí en otro sitio esto:

Cuando en el siglo XVIII los revolucionarios americanos y franceses convirtieron a los súbditos en ciudadanos, los pueblos empezaron a dejar de tener sentido. En adelante, las comunidades políticas estarían formadas por hombres libres e iguales. Es ese un avance formidable, un salto espectacular en la evolución cultural de la especia humana. Pasa que nuestra herencia biológica tiene millones de años y esta idea poco más de dos siglos. Tardará en asentarse como una conquista objetiva e ineludible para todos los seres humanos (como lo fue en su día el hierro en lugar del bronce), pero el camino está marcado. Esta concepción ilustrada de los individuos, como sujetos de derechos frente a los entes colectivos a los que habían de someterse para llenar de sentido su existencia, encontró una durísima reacción en el siglo XIX con el Romanticismo alemán. Es en el concepto de volk de los románticos alemanes en el que florecen todos los nacionalismos europeos, incluidos por supuesto los españoles. Esa vuelta a la tribu, ese repliegue sobre el instinto y el sentimiento como categoría política en la que fundamentar las naciones late con fuerza en el proceso centrífugo abierto en España, y eso ocurre justo cuando la revolución en las telecomunicaciones, cuando Internet están haciendo cada vez más pequeño nuestro mundo. ¿Dónde están los pueblos en nuestra civilización? En la mente de algunos. Cuando Arnaldo Otegui contaba en la película aquella de Médem que él soñaba con una juventud vasca saliendo a reunirse para merendar en las praderas de la patria en lugar de consumiendo pizzas y hamburguesas encargadas por Internet sólo estaba poniendo de manifiesto el fracaso absoluto de su concepción política. La tribu, el pueblo es hoy un rescoldo del pasado. Políticamente, no existe labor más noble ni urgente que extender, cuanto antes y a todos los seres humanos, los beneficios de la ciudadanía, los derechos individuales frente a los ficticios derechos de los colectivos, sean éstos religiosos, políticos o culturales. Y no hablo de utópicas comunidades mundiales. Hablo de la civilización. La única que existe. El resto es barbarie.
Lo rescato no sólo por lo que afecta a España (¿recuerdan que Zapatero y su cohorte de aduladores afirmaban que el talante crispador de Aznar sólo había servido para radicalizar a los nacionalistas y él tenía la solución para el problema? Al respecto, imprescindible, Arcadi hoy), sino por la Declaración aprobada ayer por la ONU. 370 millones de personas cuyos derechos pasan a ser los de su pueblo, como si cada uno conformara un organismo vivo, claro y distinto. Maravilloso. Ya sé que su posición no se ha determinado en todos los extremos por motivos nobles, pero en cualquier caso hoy admiro un poco más que ayer a los gobiernos de Estados Unidos, Canadá, Nueva Zelanda y Australia.

miércoles, 12 de septiembre de 2007

Al alba

La alborada (o alba o albea o alborá, que de todas esas formas es conocida en distintas partes de España) es una composición musical que se canta al amanecer en ocasión festiva o para agasajar a alguien, con frecuencia a una novia el día de su boda. El mismo nombre ha servido para identificar a una música de origen folclórico, que se acompaña, por norma al despertar el día, de dulzaina y tamboril y que ha llegado con notable fuerza a nuestros días, como demuestra una mínima consulta al Google. En muchos casos, estas músicas emplean un compás de 6/8, que acaso rememoró Ravel en su célebre Alborada del gracioso.

Pero en realidad la canción de alba tiene un origen muy antiguo y un carácter diferente al sentido puramente festivo con el que se conoce hoy a la alborada. El alba era canción trovadoresca, que ponía en boca de las amadas furtivas el sentimiento de tristeza que las embargaba con la llegada de las primeras luces del día y la necesaria partida del amante. Así que la famosa Al alba que escuchamos tanto a Rosa León y después a su propio autor, Luis Eduardo Aute (e incluso a José Mercé), tiene sus más directos y nobles precedentes hace casi un milenio (ya sé, ya sé que el trasfondo político de la canción de Aute no se corresponde con el significado del amor cortés, pero el sentido de la composición marcha en la misma línea).

Muy posiblemente la más famosa canción de alba de toda la poesía y la música trovadorescas sea Reis glorios, obra de Guiraut de Bornelh, uno de los más célebres poetas cantores de la Edad Media, aunque el contenido del poema no responda exactamente a la temática a la que hacíamos referencia, pues la amada se lamenta aquí porque el amante no ha llegado en toda la noche, y teme por él, se hinca de rodillas y reza. La estrofa final es muy posiblemente espuria, pero no hay interpretación conocida que renuncie a ella. Aparece, sin embargo, en una sola fuente, el famoso manuscrito 2542 de la Biblioteca Nacional de Viena, el mismo que incluye una larga narración, en forma de lai, sobre la leyenda de Tristán e Isolda. Eso otorga al tema de Bornelh una dimensión nueva. Es Isolda aquí la que canta y Tristán el que responde con esa última estrofa. En su antiguo acercamiento al mito, Joel Cohen ofreció una interpretación hermosísima, con el gran Henri Ledroit adoptando el papel del héroe. El Dúo Trobairitz acaba de presentar en el sello Hyperion un disco dedicado a trovadores y troveros en el que también se incluye el Rei glorios en una interpretación mucho más austera, sin que por ello pierda un ápice su inmenso poder sugestivo.

Reis glorios, veray lums e clartatz,
totz poderos, Senher, si a vos platz,
al mieu compaynh sias fizels aiuda,
qu'ieu non lo vi pus la nuech fo venguda,
et ades sera l'alba.

Bel companho, si dormetz o velhatz,
non durmas pus, senher, si a vos platz;
qu'en aurien vey l'estela creguda
c'adus lo jorn, qu'ieu l'ay ben conguda;
et ades sera l'alba.

Bel companho, en chantant vos apel;
non durmas pus, qu'ieu aug chanter l'auzel
que vay queren lo jorn per lo bosctie,
et ay paor quel gilos vos assatie;
et ades sera l'alba.

Bel companho, pos mi parti de vos
yeu nom durmi nim muoc de ginlhos,
ans pregieu Dieu, lo filh Santa Maria,
queus mi rendes per lial companhia;
et ades sera l'alba.

Bel companho, issetz al fenestrel
et esgardaz las ensenhas del sel.
Conoysiret sieu soy fizel messatie.
Si non o faytz, vostres er lo dampnatie;
et ades sera l'alba.

Bel companho, la foras al peiro
me preiavatz qu'ieu no fos dormilhos,
enans velhes tota nueg tro ad dia.
Ara nous platz mos chans ni ma paria;
et ades sera l'alba.

Bel dos companh, tan soy en ric sojorn
qu'ieu no volgra mays fos l'alba ni jorn;
car la genser que anca nasques de mayre
tenc et abras, per qu'ieu non prezi gaire
lo fol gilos ni l'alba.

[Rey glorioso, luz y claridad verdadera,/ Señor Todopoderoso, si os place,/ sed ayuda fiel para mi compañero,/ al que no veo desde el crepúsculo,/ y pronto será el alba.// Buen compañero, tanto si duermes como si estás despierto,/ no duermas más, mi señor, si te place,/ que por el oriente he visto levantarse la estrella/ que anuncia el día, bien la conozco,/ y pronto será el alba.// Buen compañero, te llamo cantando;/ no duermas más, que he escuchado cantar al pájaro/ que va anunciando el día por el bosque,/ y temo que los celos te asalten,/ y pronto será el alba.// Buen compañero, desde que te marchaste/ ni he dormido ni he dejado de estar arrodillada,/ rezando a Dios, el hijo de Santa María,/ para que regreses a mi leal compañía,/ y pronto será el alba.// Buen compañero, acércate a la ventana,/ y contempla todas las señales del cielo/ que te dirán si soy o no una fiel mensajera./ Si no lo haces, tuyo será el sufrimiento;/ y pronto será el alba.// Buen compañero, al conducir hacia fuera tus pasos,/ me pediste que no me dejara vencer por el sueño,/ sino que guardara vigilia de la noche al día./ Ahora ni mis cantos ni mi compañía te complacen;/ y pronto será el alba.// Buena y dulce compañera, tan placentera es la situación en la que me encuentro,/ que quisiera que jamás llegasen ni el alba ni el día;/ porque la que tengo en mis brazos es la más hermosa/ que jamás haya nacido de madre, y por eso no me importan/ ni los locos celos ni el alba.]



Reis glorios, de Guiraut de Bornelh. Duo Trobairitz (Hyperion)

martes, 11 de septiembre de 2007

Amami, Alfredo

J. no era un amante especialmente entregado de la ópera, que le parecía un género por completo anquilosado, con todos esos ridículos dramas de cartón piedra continuamente sobre la escena, que de tan falsos causaban risa, cuando no vergüenza ajena. Pero había un momento que lo emocionaba hasta las lágrimas. Literalmente. Uno solo. Y no podía evitarlo. Era identificar la triste melodía del clarinete y se sobresaltaba, escuchar a Violetta decir aquello de "Lo vedi?, ti sorrido" y el vello se le erizaba, el estómago se le encogía y la garganta se le secaba. Al llegar el estallido del "Amami, Alfredo" la vista la tenía ya, invariablemente, por completo nublada. Cuando estaba acompañado, su extremo pudor en materia de sentimientos le hacía disimular la emoción como buenamente podía, pero en cualquier caso en ese momento evitaba mirar a nadie, pues el brillo intenso de sus ojos vidriosos lo habría delatado. En cambio, cuando estaba solo, lloraba a lágrima tendida. Muchas veces había intentado racionalizar esa conmoción, absurda, irracional, preparándose mentalmente para el impacto, pero había sido del todo punto inútil. Ya sé lo que va a pasar, un efecto que está descrito en los tratados de psicología y del que han hablado los musicólogos. Y nada. Como mucho, conseguía frenar el torrente tumultuoso de las lágrimas, pero la humedad que le provocaba el estremecimiento era inevitable. Había terminado por resignarse. Y, sencillamente, huía. Por norma, evitaba ver o escuchar La traviata al completo. Aislado de su contexto, entendió, el fragmento era por completo inocuo, no tenía ningún poder sobre sus emociones. O eso al menos creía.

lunes, 10 de septiembre de 2007

Carteles y cifras



Francamente chocante, ¿no? ¿Por qué entonces consentimos esto otro?


Algunas cifras:
- Según las últimas estadísticas de la Dirección General de Tráfico, en 2005 fallecieron en España 3.652 personas en accidentes de tráfico.
- Según un estudio reciente de la Sociedad Española de Epidemiología, cada año mueren en España algo más de 45.000 personas a causa del tabaco, de los cuales entre 8.000 y 11.000 son fumadores pasivos.

Muchas de las más de 3.500 muertes anuales provocadas por accidentes de tráfico serían evitables con hábitos de conducción más responsables. Las en torno a 10 mil muertes anuales provocadas por el tabaco entre los no fumadores serían evitables (en el futuro) todas, absolutamente todas. ¿A quién se le pide tolerancia?

martes, 4 de septiembre de 2007

Madame de Staël en la España del siglo XXI

Madame de Staël, por GérardSe llamaba Germaine, y ha pasado a la historia con el apellido de un barón sueco, embajador en la Francia prerrevolucionaria, cuyos méritos nos son por completo desconocidos. En cambio, el apellido paterno estaba adornado con un prestigio que ha pasado por encima de los siglos. Y es que su padre era nada menos que el insigne banquero suizo Jacques Necker, quien pudo haber salvado la cabeza de Luis XVI, en el caso de que Luis XVI se hubiera dejado salvar. Para rescatar a la monarquía francesa de la más grave crisis financiera de la que hubiera memoria, Necker había accedido en 1776 a puestos claves del Gobierno, por más que su militancia calvinista le vetara el acceso nominal a algunos cargos. Desde allí impulsó un programa de reformas administrativas, sociales y financieras que, de haberse aplicado en toda su amplitud, tal vez habrían podido evitar el marasmo revolucionario. Pero las resistencias en la Corte eran demasiado fuertes. La mayor parte de los aristócratas y familiares del rey, con una ceguera digna de su estupidez, jamás entendieron lo que estaba ocurriendo y se negaron a ceder ni un palmo de uno solo de sus privilegios. Cansado de luchar contra la estulticia, Necker hizo público en el presupuesto de 1781 su famoso Compte rendu au Roi, donde desvelaba punto por punto en qué gastaba la corte el dinero de los impuestos recaudados en un país empobrecido. El éxito fue espectacular, cien mil ejemplares vendidos, y la consecuencia directa, aunque no la más grave, su destitución. Cuando en 1788 el rey volvió a recurrir a sus servicios ya era demasiado tarde. A pesar de que entonces fue nombrado Ministro de Estado, con importantes responsabilidades políticas, todos sus esfuerzos por frenar la oleada revolucionaria fueron sencillamente abortados desde la Corte, donde se juzgaron sus medidas demasiado condescendientes con el tercer estado. Una nueva destitución y una última llamada a la desesperada, dos días después de los sucesos de la Bastilla, no tuvieron el menor efecto en la subversión ya desencadenada.

Germaine vivió pues en primera línea los sucesos que habrían de marcar el principio del fin del Antiguo Régimen, cuyas bases ella habría oído sin duda socavar en el salón que su madre mantenía en París, donde se reunía la elite de los pensadores ilustrados, de Diderot a D'Alembert, y al que, es leyenda, la pequeña Necker asistía desde antes de cumplir los 10 años. En este ambiente se forjaron sus ideas sociales y políticas, cercanas a la de la burguesía revolucionaria, pero enemigas del jacobinismo y el radicalismo extremos, que provocaron su exilio a Suiza en 1792. Espantada y conmocionada por el estallido del Terror y amiga personal de María Antonieta, trató infructuosamente de salvarla con la publicación de sus Reflexiones sobre el proceso de la reina. En 1786, a los 24 años, se había casado con Eric Magnus, barón de Staël-Holstein, diecisiete años mayor. Las razones de su elección no están claras, pero parece que pesó decisivamente su protestantismo (condición exigida por su familia) y su residencia en París, ciudad a la que Germaine no parecía dispuesta a renunciar. Dio tres hijos al barón, ese sueco "perfectamente honesto, incapaz de decir o hacer tonterías, mas estéril y sin nervio: si no me hace infeliz es porque no osa inmiscuirse en mi felicidad", dejó escrito. Y parece que, en efecto, Staël no se inmiscuyó lo más mínimo en la agitada vida sentimental de la baronesa, amante de aristócratas e intelectuales.

Fascinada por la personalidad del joven Bonaparte, Germaine volvió a París en 1797, pero pronto quedó decepcionada por las escasas dotes intelectuales del militar y por su personalismo, más típico de un rey del Antiguo Régimen que de un general revolucionario. "Bonaparte se convirtió en Napoleón", y el nombre de la baronesa cayó en desgracia. En su salón no sólo participaban los opositores al régimen, sino que ella misma se había convertido en la amante de Benjamin Constant, lo que la condenó a un nuevo exilio en 1803. Se establece entonces en Coppet, donde se rodea de escritores y amigos. Visita su admirada Alemania en varias ocasiones y tras la Restauración vuelve a París, donde fallece en 1817.

Germaine Necker escribió algunas novelas (Delphine, Corinne) hoy perfectamente olvidadas, pero su obra teórica es importante para el mundo de las letras, por su empeño en hacer compatibles el racionalismo ilustrado y el romanticismo, lo que preparó el camino para la evolución hacia el modernismo de la literatura en la segunda mitad del siglo. Sin embargo, si la traigo hoy aquí no es por sus aportaciones a la estética literaria, sino por su pensamiento político. En 1792, tras su primer exilio, Madame de Staël, marcada por los acontecimientos que vivía su país, escribió una obra que tituló De la influencia de las pasiones en la felicidad de los individuos y de las naciones, en la que dejó párrafos de una modernidad auténticamente visionaria, que, a mi modo de ver, encajan a la perfección con la actualidad española, en especial con la formación del nuevo partido político en torno a Savater, Gorriarán y Rosa Díez, personalidades que han desafiado al sectarismo imperante en la vida política nacional, proceso ya iniciado en Europa en las personas de Angela Merkel o Nicholas Sarkozy y que se me antoja crucial para el futuro de nuestro país y de nuestras vidas. Se refiere Germaine Necker al "espíritu de partido" (nosotros lo llamamos "sectarismo") y lo hace en los siguientes términos:

El orgullo, la emulación, la venganza, el temor se colocan en ocasiones la máscara del espíritu de partido, mas esta pasión se basta a sí misma para superar a las demás en ardor: es fanatismo y fe, cualquiera que sea el objeto sobre el que se aplique. ¿Existe en el mundo algo más ciego y violento que estos dos sentimientos?
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Son espíritus crédulos [los sectarios] que se apasionan a favor o en contra de antiguos errores. Y su violencia permanente les hace sentir la necesidad de situarse siempre en el extremo de todas las ideas: sólo en los extremos se sienten cómodos su carácter y su juicio.
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Para el espíritu de partido, un triunfo conseguido con condescendencia es una derrota.
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Y es que la integridad del dogma importa más que el éxito de la causa.
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Mas el espíritu de partido es como esas fuerzas ciegas de la naturaleza que avanzan siempre en la misma dirección: una vez que el pensamiento ha tomado impulso, adopta un carácter de rigidez que le anula, por así decir, sus atributos intelectuales. Creemos haber chocado contra algo físico cuando hablamos con hombres que se encarrilan en ideas fijas: no oyen, ni ven, ni comprenden. Les basta con dos o tres razonamientos para hacer frente a cualquier objeción, y cuando constatan que las flechas lanzadas no han logrado convencer, entonces sólo les resta la persecución. El espíritu de partido une a los hombres en un odio común no en la estima o el afecto del corazón. Destruye las afecciones del alma para reemplazarlas por vínculos basados tan sólo en opiniones compartidas.
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Para quien es presa del espíritu de partido, son las consignas las que marcan el límite de la opinión.
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No existe otra pasión que arrastre en mayor medida a los crímenes que el espíritu de partido, y ello porque quien lo experimenta está embriagado de la mejor fe: dado que el individuo que se entrega a esta pasión no lo hace en aras de un propósito personal, considera que al hacer el mal está entregándose a una causa justa.
/.../
El espíritu de partido es una suerte de frenesí del alma que no surge de la naturaleza de su objeto. Consiste en no pensar más que en una idea, vincularlo todo a ella y ver únicamente lo que guarde relación con esta obsesión. Resulta fatigoso comparar, contrarrestar, modificar, admitir salvedades, y de todo esto nos libera totalmente el espíritu de partido.
/.../
Cuando el pensamiento es presa del espíritu de partido, las impresiones ya no proceden de la realidad hacia uno mismo, sino que surgen de uno mismo hacia la realidad; no las esperamos, sino que las anticipamos; es el ojo el que da forma a la imagen en lugar de recibirla. En este estado, los hombres de espíritu, que en cualquier otra circunstancia tratan de distinguirse de los demás, no se sirven más que de ese pequeño número de ideas compartidas por los más mediocres de la misma facción. Existe una suerte de círculo mágico trazado en torno al tema de adhesión, círculo que todo el partido ha de recorrer, mas cuyos límites no osa nadie atravesar: ya sea porque temen ofrecer puntos débiles al enemigo –los razonamientos para justificarse son múltiples–, ya sea porque la pasión exalta en todos los hombres la identidad de espíritu antes que su complejidad, la fuerza antes que la variedad.
/.../
Un siglo, una nación, un hombre tardarán mucho tiempo, bajo el único influjo de las luces, en recuperarse de la epidemia que supone el espíritu de partido. Puesto que las reputaciones ya no guardan relación con el mérito real, la emulación pierde sentido al carecer de objeto.
[Negritas mías].
[Uso la traducción de David Marín Hernández, que aparecerá en breve en la editorial Berenice]

jueves, 30 de agosto de 2007

Dimisiones e intertextualidad

El intertextual Racionero alaba el buen gusto político de Regás al dejar su cargo en la Biblioteca Nacional, uno de los nombramientos más nefastos de los que tenga memoria. En memorable entrevista publicada en marzo pasado, la novelista catalana mostraba un sectarismo que debería inhabilitar para la asunción de cualquier cargo de representación pública, pero lo peor era entonces la ignorancia supina que se filtraba intratextualmente por sus palabras y que debería inhabilitar a cualquiera para un puesto de tanta responsabilidad cultural como el que ha ostentado durante tres larguísimos años. Después de decir que Francia lleva 250 años de democracia e Inglaterra ¡800 años! y quedarse tan fresca ["Y llevamos treinta años de democracia; no somos Francia, que lleva doscientos cincuenta años de democracia, o Inglaterra, con ochocientos años."], lo normal es que un ministro decente la hubiera invitado a dejar en paz a don Marcelino Menéndez y Pelayo y a volver a su relajada vida de novelista (ya que ahora afirma que estos años han sido los más duros de trabajo de toda su existencia), pero la ministra era Carmen Calvo...

A los que contemplamos con estupor el habitual y deleznable chalaneo con los altos cargos de representación institucional nos queda el recurso a la sátira (¡y algunos se quieren cargar El Jueves!). No es que yo sea especialmente admirador de ese grupo del sotomundo cultural que responde al nombre de La fiera literaria, pero reconozco que pocas veces he podido acompasar mejor el ritmo de mi risa a nada como lo hice al de esta virtuosa carcajada, que he recordado precisamente ahora, desahogo primario de justicia postraumática.

miércoles, 15 de agosto de 2007

Redescubriendo a Bach

Sonatas de Bach por Mullova y Dantone Si no estoy muy confundido, hasta hace unos días tenía en mi fonoteca las siguientes grabaciones de las Sonatas para violín y clave BWV 1014-1019 de Bach:

- Sigiswald Kuijken y Gustav Leonhardt (sello Deutsche Harmonia Mundi). Un clásico entre los clásicos, pese a las desafinaciones de Kuijken.

- Reinhard Goebel y Robert Hill (sello Archiv). Una pena el ruidoso acompañamiento, una lata insufrible. (Escuchando aquí a Robert Hill entiendo a Sir Thomas Beecham cuando dijo aquello de que un clave sonaba como dos esqueletos copulando en un techo de uralita).

- Elizabeth Blumenstock y John Butt (sello Harmonia Mundi). La sensualidad hecha violinista.

- Fabio Biondi y Rinaldo Alessandrini (sello Opus 111, hoy Naïve). Ácido y astringente. No recomendable para oídos sensibles.

- Andrew Manze, Richard Egarr y Jaap ter linden (sello Harmonia Mundi). Prescindible refuerzo en el continuo, pero Manze es el rey en ese punto en el que el sonido del violín parece que se va a quebrar.

- Pablo Valetti y Céline Frisch (sello Alpha). Brillante, pero sin hondura. Una pequeña decepción.

- Stefano Montanari y Christophe Rousset (sello Ambroisie). Naturalidad, sencillez y equilibrio. Más sobrio de la cuenta para mi gusto.

Ahora sólo tengo una. Bueno, sigo teniendo las otras, pero como si no estuvieran. Porque lo que hacen Viktoria Mullova y Ottavio Dantone (sello Onyx Classics) en este doble CD es sencillamente prodigioso. Poesía sonora.


Largo de la Sonata para violín y clave en fa menor BWV 1018 de Bach. Viktoria Mullova, violín; Otavio Dantone, clave (Onyx Classics)

viernes, 10 de agosto de 2007

Babel, ¿maldición o ventura?

Torre de Babel, de Brueghel
Tenía entonces toda la tierra una sola lengua y unas mismas palabras. Y aconteció que cuando salieron de oriente, hallaron una llanura en la tierra de Sinar, y se establecieron allí. Y se dijeron unos a otros: Vamos, hagamos ladrillo y cozámoslo con fuego. Y les sirvió el ladrillo en lugar de piedra, y el asfalto en lugar de mezcla. Y dijeron: Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo; y hagámonos un nombre, por si fuéremos esparcidos sobre la faz de toda la tierra. Y descendió Jehová para ver la ciudad y la torre que edificaban los hijos de los hombres. Y dijo Jehová: He aquí el pueblo es uno, y todos éstos tienen un solo lenguaje; y han comenzado la obra, y nada les hará desistir ahora de lo que han pensado hacer. Ahora, pues, descendamos, y confundamos allí su lengua, para que ninguno entienda el habla de su compañero. Así los esparció Jehová desde allí sobre la faz de toda la tierra, y dejaron de edificar la ciudad. Por esto fue llamado el nombre de ella Babel, porque allí confundió Jehová el lenguaje de toda la tierra, y desde allí los esparció sobre la faz de toda la tierra. (Génesis 11, 1-9; versión Reina-Valera de 1960)

El relato mítico del Génesis no deja lugar a dudas. Para quien quiera que fuese su autor y, con toda seguridad, para el grupo humano del que formó parte, la diversidad de lenguas era una maldición divina, que tuvo además un efecto añadido de suma trascendencia: la dispersión de los hombres por el mundo. No deja de resultar curioso que hoy, en nuestra civilización occidental, con toda su carga de tradición judeocristiana, se considere de forma absolutamente mayoritaria (casi dogmática) que la diversidad lingüística supone una riqueza de incalculable valor, que cada vez que una lengua deja de hablarse es una tragedia para el hombre, lo hace más indefenso, más pobre. Pero ¿es esto realmente cierto?, ¿la diversidad lingüística es un bien objetivo para los hombres? Veámoslo mínimamente, empezando por el principio y a la luz del evolucionismo.

La diversidad biológica es un bien indiscutible para los seres vivos. Llevamos marcados en nuestros genes la historia de la vida. Los seres humanos compartimos entre nosotros el 99,9% de nuestros genes. El 0,1% restante es lo que hace que unos hombres sean rubios y otros morenos, unos midan 1,95 y otros no pasen del 1,60, algunos tengan una habilidad especial para la música y otros estén capacitados para correr 100 metros lisos en menos de 10 segundos. Pero además compartimos con otras especies animales un número altísimo de nuestros genes: el 98,77% con los chimpancés, nuestros parientes más cercanos, el 75% (un 25% idéntico) con el perro. Se calcula que un 5% de todo nuestro material genético viene pasando de generación en generación desde hace 200 millones de años. ¿Y por qué es esto importante para nuestra supervivencia? No es difícil de entender. Las especies bien adaptadas en su nicho ecológico tienden a la estabilidad. Son los cambios en el medio los que provocan la selección natural, mecanismo por el cual las especies sufren cambios adaptativos, evolucionan para formar otras especies nuevas o se extinguen. Puestos frente a presiones evolutivas, especialmente si son graves (cataclismo cósmico, cambios en el clima), las poblaciones vivas tendrán tantas más posibilidades de sobrevivir cuantas más opciones de adaptación encuentren en su historia genética. Quizá aquellos genes que la especie ha conservado durante millones de años en su genotipo pero no se manifiestan al exterior, en el fenotipo de los individuos, puedan ser la salvación para las nuevas condiciones de vida.

Esto puede explicarse con un ejemplo muy sencillo y a la vez clásico: el famoso experimento de Mendel con los guisantes. Ya sabemos que Mendel cruzó guisantes verdes y amarillos y todos salieron amarillos (o verdes, no lo recuerdo bien, pero para mi propósito da lo mismo). Esto es así porque el gen que se ocupa de dar color al guisante posee dos alelos (cada alelo es la variante de un gen que ocupa ese mismo lugar en el cromosoma de los otros miembros de la especie): uno, que lo pinta de amarillo y otro de verde. Cuando Mendel vio todos los guisantes amarillos quiso seguir investigando: ¿el color verde había desaparecido de la especie? Cruzó entonces guisantes amarillos de la primera generación con los amarillos nacidos del cruce con los verdes. El resultado es que un porcentaje de los nuevos guisantes salieron verdes. Eso significa que aunque algunos caracteres no se manifiesten en el fenotipo de los individuos, permanecen en el genotipo y se transmiten hereditariamente. En el caso de los guisantes de Mendel, el alelo amarillo era el dominante, mientras que el verde era recesivo, por lo que su presencia en el fenotipo era porcentualmente muy inferior. ¿Adónde quiero llegar con todo esto? Muy simple. Imaginen que una población estable y feliz de guisantes amarillos se ve de pronto atacada por una plaga de insectos especializados en consumir todas aquellas especies vegetales de color amarillo que encuentren en su camino. La población de guisantes amarillos se ve sometida entonces a una presión evolutiva crítica. Sus posibilidades de supervivencia dependerán en ese momento de su acervo genético. Si encuentran en él una solución adaptativa a la nueva situación podrá sobrevivir; de lo contrario, se extinguirá. Es entonces cuando el alelo recesivo, el verde, sale en defensa (metafórica, no atribuyo por supuesto ninguna intención a los genes) del guisante. Sin él, la población de guisantes sencillamente desaparecería. El patrimonio genético de las especies es por ello fundamental para su supervivencia y, como humanos, al compartir parte de nuestro genoma con todas las especies vivas, la conservación de especies significa en el fondo conservación de genes, un material que en situación de presión evolutiva (que es obvio, ahora no vivimos) puede ser esencial para evitar la extinción.

¿En el terreno cultural las conclusiones serán idénticas? ¿Es la diversidad buena per se? Como norma hay que ser muy prudente al aplicar lisa y llanamente el evolucionismo a la cultura. A menudo el darwinismo llevado hasta sus últimas consecuencias culturales ha derivado en racismo y otras formas de discriminación social. Sin embargo, parece lógico aceptar que en la historia humana ha existido una evolución cultural equivalente a la biológica, aunque con algunos rasgos diferenciales muy importantes: así, si la selección natural opera sobre individuos, la cultural la hace sobre grupos; si los genes se replican automáticamente, sin necesidad de formar parte del fenotipo de los individuos, los memes (término acuñado por Richard Dawkins en analogía con gene para referirse a la unidad mínima de información cultural) sólo pueden replicarse mediante la transmisión externa, a través pues de los efectos fenotípicos que pueden producir los individuos; los genes no pueden cambiarse a voluntad, pero sí los memes... Obviamente la selección cultural se asienta sobre la biológica, pero en ocasiones la actuación de una y otra se entrelaza, incluso parecen colaborar (sólo lo parece). Esto es también fácil de entender con un ejemplo: el nicho ecológico de los primates se encuentra en los bosques cálidos del trópico. Un cambio de condiciones climáticas (seguramente, una gran sequía) presionó sobre las especies de primates existentes, de modo que la selección natural liquidó a los individuos que no fueron capaces de soportar el cambio de condiciones de vida y seleccionó a aquellos que se adaptaron. Entre estos últimos, un grupo bajó de los árboles, se puso de pie e inició la marcha de la evolución humana. Pues bien, en aquellas condiciones, los diferentes grupos de homínidos adoptaron prácticas culturales diferentes: unas tuvieron éxito y otras no, de modo que los grupos cuyas prácticas fueron exitosas prosperaron y se extendieron, seleccionando aquellas prácticas que les llevaron al éxito; los otros, se retrajeron o se extinguieron, y todo ello a la par que la evolución biológica operaba cambios fundamentales para la adaptación de la especie a sus nuevas condiciones vitales. He aquí el ejemplo máximo de la evolución biológica y cultural trabajando juntas hasta la depuración de las diferentes especies de homínidos en una sola: el homo sapiens sapiens (y vuelvo a insistir que no otorgo intención alguna a la evolución: el verbo 'trabajar' lo uso en términos metafóricos).

Otra diferencia esencial entre la evolución biológica y la cultural afecta a la escala temporal. Para que una mutación genética se consolide hasta hacerse apreciable en la población de una especie han de pasar milenios, mientras que las adaptaciones culturales son mucho más rápidas: las especies culturales (en este sentido, por tanto, no sólo la humana) no pueden permitirse el lujo de esperar durante miles de años para encontrar la estrategia que favorezca su éxito reproductivo, aunque en un estadio primitivo del desarrollo cultural la estabilidad de las prácticas estaba también en relación con la propia estabilidad de las condiciones del medio. Durante miles de años, los homínidos evolucionaron en materia cultural muy lentamente (desde nuestra perspectiva) porque su medio no les exigía hacerlo más deprisa. La cultura tiene además otros dos caracteres que la singularizan: 1) Se transmite por contacto. 2) Es acumulativa y, llegado un punto determinado de su desarrollo, se hace intencional, lo que la separa definitivamente de la biología. Las reglas de la evolución biológica no han cambiado. Son las mismas desde el principio y continúan operando de igual forma, aunque no sean apreciables a nuestra mirada (la ciencia no ha podido asistir directamente a ninguna macromutación natural). Pero en la evolución cultural sí es posible apreciar cambios cualitativos: el poder de la selección cultural se ha ido mitigando con el tiempo y hoy difícilmente aceptaríamos que los cambios culturales se deban a pautas adaptativas (y ello ¡aunque resulte evidente que determinadas prácticas tienen más éxito reproductivo que otras!), aunque no hay por qué descartar que ante una presión selectiva acuciante (una guerra nuclear, el impacto de un asteroide sobre la superficie de la Tierra...), la cultura pudiera volver a convertirse en mecanismo de selección de los grupos más adaptados.

Así que tenemos que volver a plantear la pregunta: ¿es la diversidad cultural un bien objetivo y, por lo tanto, protegible, al mismo nivel que la biodiversidad? Si miramos el problema con perspectiva histórica, la respuesta indudable es sí. Durante la historia de la evolución de los homínidos hasta la aparición de nuestra especie (y bastante tiempo después), muchas estrategias culturales diferentes fueron adoptadas por poblaciones diferentes. Hubo avances y retrocesos. Éxitos y fracasos. Es muy posible que en algún momento de todo este recorrido nuestros antepasados directos se encontraran al borde de la extinción, pero sobrevivieron, quién sabe si adoptando pautas culturales de grupos que luego tomaron otra línea evolutiva y no llegaron a hacerlo. La diversidad de opciones culturales, transmitidas de unos grupos a otros y conservadas en las memorias individuales, debió de ser una condición imprescindible para el extraordinario éxito adaptativo del sapiens, lo que le ha permitido ocupar prácticamente todos los rincones del globo.

Mirado desde hoy, la situación cambia. El carácter acumulativo de la cultura (unos avances sobre otros sin que los primeros se pierdan), los medios por los que la conservamos desde hace al menos 5 milenios (la escritura) y, en especial, el extraordinario desarrollo en los últimos 50 años de la microtecnología (habría que hablar ya de nanotecnología) y las soluciones que ha proporcionado para el almacenamiento de la información han causado al menos dos efectos fundamentales en relación con esta cuestión: 1) Se ha unificado absolutamente el soporte de todas las prácticas culturales. Puede haber varias civilizaciones en el mundo, pero prácticamente todas (excluyo los escasos pueblos primitivos que puedan quedar aislados) asientan sus formas de vida, de uno u otro modo, en el progreso científico-técnico, y no parece que eso vaya a cambiar en el futuro, más bien al contrario, la extensión del desarrollo tecnológico parece imparable. Desde ese punto de vista ya tenemos una única cultura: la de la máquina. 2) Se ha conseguido tal capacidad de conservar información y medios tan diversos para hacerlo que en el fondo no hay práctica cultural (productiva o no) que, aun desaparecida hace tiempo de la vida cotidiana de los hombres, no se haya preservado en la memoria de la máquina, que es nuestra forma particular de memoria colectiva. Y no hay visos de que esta situación sea reversible en el futuro más cercano. Ahora bien, ¿podría producirse en un hipotético futuro lejano tal colapso de nuestra cultura mecanizada y nanotecnológica que la supervivencia real, fáctica de prácticas culturales al margen de ella salvarían a la Humanidad de la extinción? No soy capaz de imaginar ese escenario apocalíptico, tan cinematográfico por otro lado, de cazadores paleolíticos o agricultores neolíticos rescatándonos del marasmo posnuclear o de un invierno solar de siglos, pero puesto en la tesitura, son tantas y tan complejas las preguntas (algunas de carácter ético) que me sugiere la mera posibilidad de que eso pudiera llegar a ocurrir, que sinceramente no me considero capacitado para ofrecer una respuesta medianamente coherente. Dejémoslo pues en que la diversidad cultural es una realidad heredada e históricamente crucial para el desarrollo de la Humanidad, aunque hoy asistimos a una fase especialmente intensa de una homogeneización surgida en realidad hace siglos y cuyos efectos futuros sobre el desarrollo y preservación de nuestra especie son aún poco previsibles.

¿Y qué tiene que ver en todo esto el lenguaje? Muchísimo. La aparición de un lenguaje articulado, con la posibilidad que ofreció a los homínidos de producir un número indefinido de mensajes, fue una ventaja adaptativa inmensa. No está aún suficientemente claro el origen del lenguaje humano ni que especies de homínidos tuvieron la capacidad de hablar. Me resulta muy atractiva la tesis de Tecumseh Fitch, quien piensa que el lenguaje surgió y evolucionó en la relación madre-hijo. La larga infancia de los humanos habría convertido en una ventaja adaptativa de valor incalculable el que los más pequeños pudieran ser instruidos hasta los más nimios detalles por sus cuidadores. Esta teoría se encuentra además en estrecha relación con lo que Steven Mithen sugiere en una obra recientemente publicada en el mercado español con el título de Los neandertales cantaban rap, en uno de cuyos capítulos se hace eco de numerosas investigaciones sobre el carácter universal de la LAN (lengua adaptada a los niños; IDS, en sus siglas inglesas) y el papel que pudo jugar la música en el surgimiento del lenguaje, ya que en la LAN importan más el tono y el ritmo que el propio sentido de las palabras empleadas: los niños pequeños se inician en el lenguaje a través de la melodía (¡y de la estadística!, pero ese sería un tema diferente).

Desde las investigaciones de Chomsky, Sapir y otros, pocas dudas quedan acerca de la existencia de una capacidad lingüística universal inscrita en el genoma. El lenguaje no se aprende. Nuestro cerebro viene de fábrica con unas reglas gramaticales universales y generales que nos permitirán adaptar luego el sistema fonador y el propio cerebro a la lengua concreta que hablen nuestros cuidadores y a sus reglas particulares. Es evidente que la dispersión lingüística y la variedad de idiomas se ha producido por tanto por aislamiento progresivo de las distintas comunidades humanas (y no al revés, como se afirma en el relato bíblico). Partiendo de esta realidad, ¿puede afirmarse la existencia de un único idioma primigenio del que derivan todos los demás? Imposible de saber. Los idiomas actuales se han formado a partir de otros más antiguos, pero por mucho que retrocedamos en el tiempo no somos capaces de ir más allá de 8 ó 9 mil años atrás y no creo que sobrepasemos jamás esos límites. Pero para el tema que nos interesa, lo importante en cualquier caso es determinar si esa diversidad lingüística (nacida de un único idioma original o de varios focos diferentes, da lo mismo) ha sido un factor decisivo en la supervivencia de la especie humana, si tiene algún elemento que la haga objetivamente deseable o, por contra, resulta absolutamente indiferente desde una perspectiva evolutiva. Y para eso tenemos que entrar en el cenagal de la relación entre lenguaje y pensamiento.

Si el lenguaje determina el pensamiento, sería posible deducir que idiomas diferentes crean formas de pensar diferentes y por tanto la variedad sería un factor crucial de la evolución, ya que habrían quedado seleccionados aquellos idiomas que facilitaron la adaptación al medio, y de no haber existido esa variedad idiomática las posibilidades de supervivencia habrían sido menores. No sé qué piensan ustedes, yo lo veo muy difícil de creer. En El instinto del lenguaje, Steven Pinker deja muy clara su postura al respecto: "Esta hipótesis [la de que el lenguaje determina el pensamiento] está fatalmente equivocada. La idea de que el pensamiento es lo mismo que el lenguaje constituye un buen ejemplo de lo que podría denominarse una estupidez convencional, o sea, una afirmación que se opone al más elemental sentido común y que, no obstante, todo el mundo se cree porque recuerda vagamente haberla oído mencionar" [citado de La naturaleza humana, de Jesús Mosterín]. Cosa diferente es que el lenguaje tenga funciones cognitivas, esto es, que sirva para expresar lo que pensamos, e incluso que sirva para guiar el pensamiento, que es, en último término, el que determina lo que decimos. De hecho, Chomsky considera que el origen del lenguaje está precisamente en su capacidad cognitiva y no en su función puramente comunicadora, tesis en cualquier caso que está lejos de ser aceptada por la comunidad científica. Lo que importa destacar, en último término, es que parece absolutamente claro que el pensamiento precede y determina al lenguaje y no al revés.

No existen lenguas más y menos complejas. Todas las conocidas se asientan sobre la gramática universal inscrita en nuestros genes y todas se basan en la recombinación de elementos simples para producir infinitos mensajes diferentes, que pueden hacer referencia al mundo de lo real o de lo ficticio, a lo concreto o a lo abstracto. Con todas las lenguas se pueden transmitir absolutamente todas las ideas, sentimientos o emociones que seamos capaces de concebir. Parece pues evidente que las lenguas son un producto cultural específico (como las tradiciones musicales o la ropa) con una función social básicamente instrumental, la de la comunicación. Su diversidad ha venido provocada por la dispersión y aislamiento progresivo de los grupos humanos en el planeta y no por una intencionalidad específica de los mismos. En la medida en que los grupos entran en contacto, la tendencia natural es pues a la homogeneización, ya que el valor lingüístico supremo es el de facilitar la comunicación entre los individuos (¡y a eso sí que se le puede adjudicar un sentido adaptativo de primer orden!). Y de hecho eso es lo que ha venido ocurriendo históricamente. Los imperios extendían la lengua de los hombres que formaban el núcleo metropolitano del que nacían, y su desaparición o contracción provocaba la aparición de lenguas nuevas (ejemplo supremo: el latín y las lenguas romances surgidas tras la caída del Imperio Romano). Y este proceso, insisto, era absolutamente natural. La gente no era conminada por la fuerza de las armas o de la amenaza a hablar una lengua u otra (eso es una reciente y desagradable novedad). La gente hablaba la lengua que más beneficios le producía, y en ello claro que tiene que ver el dominio político, militar y económico, pero es que las relaciones de poder fundamentan el orden social en cualquier comunidad animal (y por tanto humana) conocida. Es una condición connatural a las sociedades. Los que apoyan el que pueda discriminarse positivamente (así lo llaman) a los hablantes de unas lenguas en detrimento de los hablantes de otras (porque son los individuos los discriminados, las lenguas ni sufren ni padecen) piensan que actuando de este modo se compensa una especie de injusticia histórica, pero en el fondo esta justificación se acoge al mismo tipo de argumentación que la de los astrólogos: convertir una causa primera, general y apriorística (la situación de los astros en el universo, lo que obviamente condiciona la vida en la Tierra, en un caso; el fundamento básico y universal de las relaciones entre organismos vivos, en el otro) en causa concreta, última y directa de un suceso (el carácter de los individuos determinado por la posición de los astros el día de su nacimiento; la extensión de unas lenguas y la desaparición de otras).

Si la diversidad biológica, luego genética, es un factor decisivo para la supervivencia de nuestra especie y en la diversidad cultural (en sentido muy amplio) hay elementos (o históricamente los ha habido) que pueden ser evolutivamente tenidos en cuenta, no encuentro absolutamente nada parecido en la diversidad de lenguas, hecho puramente cultural, que debería estar sujeto exclusivamente al natural desenvolvimiento de los individuos en sus relaciones sociales a lo largo de la historia. Sin embargo, sabemos que esto no es así, pues desde hace aproximadamente dos siglos las naciones-estado decidieron inmiscuirse directa, políticamente en la lengua. Tanto las naciones antiguas como las recién creadas, firmemente sujetas al concepto del volk alumbrado por el idealismo alemán, empezaron a otorgarse unos atributos ciertamente originales: de repente eran las naciones, y no los individuos, las que tenían cultura y lengua (como anteriormente religión, que por supuesto conservaron hasta hace bien poco). ¿Cómo se conocía a un alemán? Sencillo, porque hablaba alemán y tenía cultura alemana; ¿y a un francés? Pues porque hablaba francés y tenía cultura francesa, y así; de tal modo que la relación de los individuos con el poder y con los otros individuos dejaba de basarse en su propia identidad personal (suficientemente compleja, ya de por sí) para asentarse en la asunción de una ficticia identidad colectiva que era previa y por tanto inexcusable para sus miembros. Un francés tenía que hablar francés porque esa era la lengua de la nación francesa. Obvio comentar, por suficientemente conocidas, las nefastas consecuencias provocadas por el nacionalismo étnico y lingüístico en estos dos últimos siglos.

Cierto que los estados (tanto los antiguos como los creados a lo largo del XIX) se encontraron desde principios del XVIII y, sobre todo, a partir de las revoluciones liberales, con una serie de problemas nuevos que parecían requerir nuevos enfoques. La progresiva desaparición del Antiguo Régimen, con la homogeneización legislativa, la supresión de aduanas interiores y de los privilegios personales y de grupo parecían impulsar la homogeneización lingüística, pero es que además el aumento exponencial de la producción documental y la progresiva extensión de la enseñanza y del servicio militar obligatorios hizo pensar que para que los nuevos sistemas puestos en marcha fueran eficaces resultaba imprescindible el desarrollo de una política lingüística que unificara la lengua hablada por los ciudadanos. Es por eso que se cursan instrucciones para el uso preferente o exclusivo, básicamente en la administración, la escuela y el ejército, de la lengua más hablada, aunque generalmente no mediante medidas coercitivas, ni siquiera mediante la declaración de "lenguas oficiales" (por ejemplo, en la historia del constitucionalismo español, el castellano no es declarado lengua oficial de España hasta la Constitución republicana de 1931). Las naciones surgidas de procesos de unificación llevan la unificación política hasta el idioma (así, Italia, que escoge la variedad toscana del italiano, desechando el lombardo o el napolitano, que son considerados dialectos por algunos y lenguas independientes por otros), aunque el camino escogido para su difusión fue en lo básico el de la educación obligatoria y no el de la coerción legislativa.

La Constitución española del 78 adolece en materia lingüística de un rancio nacionalismo al proclamar la obligatoriedad de conocer el castellano, pero en el fondo se trata de un nacionalismo pequeñito (al fin y al cabo, en 1978 prácticamente el 100% de los ciudadanos españoles conocía el castellano) al lado de las monstruosas políticas lingüísticas desarrolladas por las comunidades autónomas. Entre todas (lo de Aragón, Asturias, Cantabria y León puede llegar a ser verdaderamente trágico de tan ridículo), el País Vasco se lleva la palma, al imponer un idioma recién creado mediante el mismo procedimiento decimonónico de los italianos (esto es, mediante la elección de una variedad de vascuence y su homogeneización), un idioma que en 1978 apenas hablaba el 15% de la población, con amplísimas zonas (toda Álava, Bilbao y su área de influencia), en las que que no quedaba un solo hablante desde siglos. Y todo por qué, por una lamentable confusión en los atributos, fomentada por ideologías perversas e intereses políticos. Las naciones son entes ficticios, creados por los hombres. No tienen lengua ni cultura. Las lenguas están al servicio de los hombres como los instrumentos de comunicación que en realidad son y no al revés. Si una lengua desaparece porque deja de ser interesante para sus hablantes no habremos perdido nada especialmente relevante. Los hombres seguirán comunicándose en otras lenguas y no pasará nada. La mejor política lingüística es la que no existe. Un estado o una entidad supraestatal puede hacer uso de una lengua franca (la más hablada, y ese es el carácter que tuvo el castellano desde la Edad Media en toda España), o de varias, por razones prácticas para su producción documental, pero nada más. Las lenguas son sistemas en permanente evolución. Si dentro de mil o de cinco mil años toda la Humanidad tiene un solo idioma como lengua materna (algo, avanzo ya, bastante improbable), un inglés evolucionado o un chino avanzado o una mezcla de varios de los hoy existentes, no creo que la Humanidad sea menos pobre por ello; al contrario, los hombres ahorrarán notable esfuerzo en el costoso aprendizaje de las lenguas no maternas, un esfuerzo que puede invertirse en actividades más provechosas.

Una objeción:

Pero, oiga, que muchas de las lenguas actualmente existentes no son sólo instrumentos de comunicación, sino que tienen detrás una imponente producción literaria y científica, ¿no sería ello una pérdida importante, aunque sólo fuera desde el punto de vista artístico? Gran objeción a la tesis principal, tengo que reconocerlo. Pero yo no estoy proponiendo la abolición de todas las lenguas en pro de una única y universal. Ya he criticado la politización lingüística unificadora de los estados desde el siglo XVIII. Lo que digo es que a las lenguas hay que dejarlas en paz, que sean los flujos y las relaciones sociales naturales (y ello incluye desde luego las relaciones económicas y políticas, pero no las medidas coercitivas o discriminatorias oficiales) las que vayan decantando la mayor o menor difusión de los idiomas en uso, y que si eso supone una progresiva homogeneización habrá que aceptarla por el valor supremo de la comunicación social y la libertad de los hombres, valores que en mi opinión está muy por encima de todas las convenciones, incluida la del arte. Hoy admiramos las pirámides de Egipto, pero no podemos olvidar que las construyeron esclavos. La pregunta puede ser incómoda pero hay que hacerla: ¿prefiere usted las pirámides o la libertad de los hombres? Lenguas en las que se escribieron extraordinarias y trascendentales obras literarias y científicas desaparecieron de la práctica común, como el latín, el arameo o el griego clásico, sin que ello, visto con la perspectiva que dan los siglos, haya supuesto un quebranto especialmente gravoso para la Humanidad. Aquellas lenguas no se hablan ya, pero no se han perdido. Algunos hombres las estudian y profundizan en ellas y los demás podemos conocer sus rastros escritos por las traducciones. Por otro lado, resulta complicado aceptar que el castellano en que se escribió el Poema de Mío Cid tenga algo que ver con el castellano actual, lengua materna de unos 400 millones de hombres en todo el mundo. ¿Nos entenderíamos hoy con un toledano del siglo XI? Seguramente con muchos problemas. ¿Por qué entonces se pretende hacer de la lengua elemento identitario de entidades que parecen colocadas fuera del tiempo?

Objecioncitas (o sea, objeciones menores):

- De orden fonético. Cada lengua tiene un sistema fonético propio, unos más amplios y otros más restringidos. Los humanos nacemos con una inmensa capacidad para producir sonidos distintos. Los niños seleccionan aquellos sonidos que contiene su lengua materna y el resto se pierde. Por eso determinadas lenguas predisponen a sus usuarios a hablar con más facilidad otros idiomas, y lo contrario (¿quién no se ha sorprendido alguna vez escuchando a un futbolista yugoslavo hablar castellano casi sin acento?). En este sentido, perder idiomas supone la pérdida de la capacidad humana para producir determinados sonidos, lo que supondría la pérdida de posibilidades de adaptación en condiciones adversas. En absoluto, porque el valor adaptativo del lenguaje tiene que ver con los significados y no con los sonidos. Además la capacidad de producir sonidos no se pierde, porque está inscrita en el genoma. Un mismo idioma no quiere decir que no tenga variedades fonéticas. Por último, los idiomas evolucionan, cambian permanentemente: nuevos sonidos se crean y otros quedan desplazados por el camino (la /b/ fricativa española no es mal ejemplo).

- De orden semántico. Cada lengua tiene matices de significado propios, cosas que sólo se pueden decir en ese idioma, que no tienen traducción posible. Todos nos hemos parado alguna vez sin encontrar la palabra exacta para expresar un determinado concepto que otro idioma expresa con precisión y economía. Perder idiomas significa perder capacidad de matización semántica. Es volver a lo mismo de antes, a decir que lengua y pensamiento son la misma cosa o que es la lengua la que determina el pensamiento. Pero no sólo el sentido común (como afirmaba Pinker), sino todos los estudios apuntan en sentido contrario: el pensamiento está antes, lo cual quiere decir que cualquier cosa que pueda ser pensada puede ser dicha en cualquier idioma. Lo repito: una lengua no es un sistema inalterable y eterno, sino un mecanismo de comunicación, algo vivo, que está en constante transformación y que abarca todos los matices que puedan ser concebidos, y si no existe palabra para expresar uno de ellos, se inventa. De hecho es así como pasa siempre, todas las palabras han sido inventadas.

- De orden psicólogico. Cada lengua tiene detrás una cultura, la cultura de los que se han expresado en ella a lo largo de la historia. Las lenguas aportan a los hombres una forma de ver y entender el mundo que les rodea, una cosmovisión propia. Cada lengua que desaparece es una forma de mirar y de pensar que se pierde. Típico constructo identitario y esencialista, engendro nacionalista por excelencia (del tipo territorio + lengua + cultura = nación), que insiste en colocar el carro delante de las mulas, la lengua como conformadora del pensamiento. Siguiendo a Pinker, cabría decir que se trata de otra "estupidez convencional, o sea, [otra] afirmación que se opone al más elemental sentido común y que, no obstante, todo el mundo se cree porque recuerda vagamente haberla oído mencionar". Siguiendo esta lógica, un individuo con dos lenguas maternas (lo que, dicho sea de paso, es una suerte increíble), por ejemplo, inglés y chino, tiene dos cosmovisiones diferentes, dos formas distintas de mirar y entender el mundo: una cuando habla (y piensa, claro) en inglés y otra cuando lo hace en chino, y en las ocasiones en que mezcla las dos lenguas dentro de una misma conversación (algo habitual por ejemplo en Cataluña con el catalán y el castellano), la cosmovisión se divide en dos mitades idénticas, con la mano derecha hace cosas propias de la cosmovisión china y con la izquierda las propias de la cosmovisión inglesa. En fin, la reducción al absurdo de este planteamiento parece tan absoluta que no creo que el argumentito dé para más comentarios.

Y termino ya: Babel, ¿maldición o ventura? Pues ni una cosa ni la otra. La realidad (vía Pero Grullo).

jueves, 2 de agosto de 2007

Callirhoé

Coreso, sacerdote de Dionisos, va a desposar a Callirhoé, princesa de Calidonia, quien lo odia. La joven está dispuesta a aceptar el sacrificio que le impone su madre, pues Dionisos es el dios tutelar de Calidonia y sólo emparentando con un miembro significado de su ministerio podrá ella conservar el trono. Callirhoé se lamenta, pero acepta su destino, apagada incluso la esperanza de una vida feliz junto al hombre al que en realidad ama, Agenor, héroe caído en defensa del reino, como juró al rey, padre de Callirhoé, en su lecho de muerte. La princesa se prepara para la ceremonia, alentada y consolada por la reina, quien temía una reacción airada de su hija. Y de repente ante los ojos de la joven se presenta Agenor. ¿Es real o sólo una visión provocada por la desesperación y el desconsuelo? La respuesta la tiene el héroe, que le habla de su enfrentamiento con los rebeldes y de cómo logró salvar por poco la vida. Callirhoé entiende entonces que ha sido engañada para facilitar su aceptación de un matrimonio indeseado, pero ya es tarde para volverse atrás. A pesar de los ruegos de Agenor, a pesar de que comparte sus sentimientos, aun a costa de su felicidad, son su patria y su familia las que le solicitan ese sacrificio, y su concepto de la lealtad, del honor, la continuidad de su estirpe y la tranquilidad del reino le impiden oponerse a sus designios. Los amantes se separan. Callirhoé llega junto al altar. Coreso ha pronunciado ya los juramentos. Ahora le toca a ella. Duda. Mira a su alrededor y contempla por un instante, entre la multitud, el rostro desencajado del héroe. Pierde el sentido.

Cuando despierta, descubre que Agenor la ha seguido y ha logrado introducirse en sus aposentos. El joven le pide, en nombre del amor y de su propia libertad aún preservada, que desafíe la imposición de su madre y se una a él, pero Callirhoé, temerosa de la venganza del dios, está resignada a aceptar su destino. Los amantes lloran su desdicha. Agenor se arroja a los pies de la amada justo cuando Coreso entra con su séquito en la estancia. Iracundo, el sacerdote brama por la traición cometida y pide al dios que, como castigo, arrase todo el reino de Calidonia y a sus habitantes con él. Consternación. La reina llora su desgracia y maldice la crueldad de Coreso. Humilde, Callirhoé marcha en su busca. ¿Cómo puede sufrir todo un pueblo la falta cometida por una sola persona? Coreso trata de mostrarse inflexible, pero enseguida descubre que ama profundamente a la princesa y no puede resistirse a sus ruegos. Hará lo posible por calmar la ira ya desencadenada de los dioses. Además, sería conveniente que la reina consultara con el oráculo.

Fiesta de pastores, sátiros, dríadas y faunos en el bosque en honor del dios Pan. La reina, Callirhoé, un ministro del dios y su séquito se aproximan. Van a consultar al oráculo acerca de la ruina programada de Calidonia. La respuesta es implacable: "La calma no puede volver a estas regiones, sino al precio que los Destinos exigen de vuestro celo: de Callirhoé la sangre ha de ser vertida, o la de un amante que se ofrecerá a morir por ella". La reina grita horrorizada, pero Callirhoé se muestra tranquila: la muerte no le parece un sacrificio más gravoso que el matrimonio con un hombre al que desprecia. Pero la reina se rebela. Impone a su séquito silencio sobre el dictado del oráculo, al menos hasta que haya podido hacer otra consulta.

Sola, Callirhoé llora, pero sus lágrimas no son amargas. ¿Acaso no había empezado a morir cuando tuvo que renunciar al hombre al que amaba? ¿No será la que le espera una muerte mucho más gloriosa que la de consumirse compartiendo trono y lecho con el ser odiado? Aparece entonces Agenor y su valor se resquebraja. El joven está confiado en la suspensión definitiva de los designios funestos sobre Calidonia, pero la princesa le aclara que han tenido que pagar un precio a los dioses por ello. Para Agenor cualquier precio estará justificado, pero cuando Callirhoé le comunica cuál es el pago que exigen los dioses, el joven estalla en un ataque de ira. Se enfrentará al dios y a sus sacerdotes, destruirá el templo, salvará la vida de la princesa, quien se queda desconsolada ante el temerario impulso del héroe.

Todo está ya preparado para el sacrificio de la princesa. Hasta la reina parece resignada, aunque desearía no asistir al funesto espectáculo. Entre tanto, Agenor ha descubierto la segunda parte del dictado del oráculo. La sangre de la princesa puede ser rescatada a cambio de la de otra persona, y él llega dispuesto a canjearla por la suya, pero Callirhoé tratará de impedirlo, exigiendo a Coreso que se cumpla su destino y sea su vida la sacrificada. El sacerdote se revuelve en un mar de dudas. Por un lado, el giro de los acontecimientos podría permitirle librarse de su gran rival, pero cuánta gloria para Agenor. ¿Podrá soportar el desprecio eterno de la mujer a la que ama? El momento se aproxima. Los dos jóvenes piden ser cada uno la víctima propiciatoria. Al ministro de Dionisos lo reconcomen la envidia y los celos, pero a la vez no puede evitar conmoverse ante la escena que protagonizan los amantes. Coreso desenvaina el hierro sagrado. A él toca escoger. ¿Acabará con la vida de Agenor y con ello incrementará su honor y su gloria? ¿Descargará su golpe sobre Callirhoé, acabando con la vida de aquella a la que ama? Él ha tomado ya su decisión. Será su propia vida la sacrificada. Se golpea a sí mismo. "Morís", exclama sorprendida la princesa. "Estoy salvando vuestros días. De vuestras desdichas, de las mías, acabo el curso. Lloráis. ¡Puede que este corazón se enternezca! Muero dichoso, mis fuegos ya no os turbarán; acercaos: mientras muera, que mi mano os una; acordaos de Coreso." Agenor y Callirhoé se muestran admirados ante el gesto inesperado del sacerdote. Dionisos aparece entonces en escena. Coreso conservará la vida y los amantes se unirán en matrimonio para reinar sobre un país que estrecha sus lazos con la divinidad protectora.

Cuando el 27 de diciembre de 1712 André Cardinal Destouches estrenó en la Academia Real de Música esta tragedia lírica que contaba con libreto de Pierre-Charles Roy nadie entre el público habría entendido un desenlace que no estuviese coronado por el típico divertissement con final feliz. El propio Luis XIV quedó encantado y la obra permaneció en cartel hasta marzo del año siguiente. Para entonces, Destouches era ya uno de los compositores más admirados de entre los operistas sucesores de Lully. Nacido en París en 1672, su juventud tuvo trazos novelescos. Educado por los jesuitas, con 15 años se embarcó junto al padre Tachard en un viaje hasta Siam, acompañando a los embajadores que habían llegado desde el lejano oriente causando gran revuelo en la corte del Rey Sol. Se le supone por entonces un acendrado celo religioso con aspiraciones misioneras que no debió de durar demasiado, pues año y medio después está de nuevo en Francia decidido a seguir una carrera militar. Se adscribe al cuerpo de mosqueteros del rey y en 1692 participa en condición de tal en el asedio de Namur. Pero las armas tampoco seducirían durante mucho tiempo al joven, que abandona el ejército en 1696. Su afición musical, abonada sin duda durante su formación jesuítica, lo conduce entonces hasta André Campra, uno de los compositores más respetados del momento, quien sorprendido por el talento de su alumno lo invita a participar en la composición de La Europa Galante, obra para la cual Destouches escribirá tres arias. En 1697, el músico tiene la oportunidad de presentar una obra propia en la Real Academia de Música: es Issé, cuya producción alcanza tal éxito que su futuro como autor de música escénica parece por completo asegurado. Títulos como Amadís de Grèce, Marthésie, Omphale, Le Carnaval & la Folie, Télémaque & Calypso, Sémiramis o Les élémens confirman en efecto su triunfal carrera, que se ve recompensada con los nombramientos de inspector general (1713) y finalmente director (1728) de la Ópera de París.

Destouches es sin embargo un compositor casi completamente olvidado hoy, y ello puede ser debido (como comenta con acierto Benoît Dratwicki) a su propia condición de músico dedicado casi en exclusividad al teatro. Tras la muerte de Lully y hasta la irrupción tardía de Rameau, fue justamente el género teatral el que más rápidamente pasó de moda en Francia. Además, cuando a finales del siglo XIX se suscita el interés renovado por la música antigua son los compositores con una obra instrumental importante a sus espaldas (Couperin, Marais, Rameau) los que despiertan la admiración de los arqueólogos franceses, por lo que Destouches tuvo pocas posibilidades de ser recuperado. A finales de la década de 1980, su ópera-ballet Les élémens (que compuso en colaboración con Lalande) conoció cierta difusión merced a la grabación de una suite de la obra a cargo de Christopher Hogwood. En los 90, el Ensemble Baroque de Limoges (¡ojo, no el de Christophe Coin!) registró algunos otras piezas en un sello de circulación muy reducida. Eso era todo hasta esta grabación de Hervé Niquet para Glossa, después de que Callirhoé fuera representada en la Ópera de Montpellier. El sello madrileño publicó primero la obra en una edición en libro-disco (Colección Ediciones Singulares) pensada para el mercado francés y luego en doble CD para el resto del mundo.

Tras su éxito de 1712-13, Callirhoé había sido repuesta en París en 1731 en unas funciones para las que Destouches tomó una decisión que puede ser considerada revolucionaria, pues eliminó de un plumazo el divertissement del acto V y con él el deus ex machina, la catarsis salvadora, el lieto fine. La obra acababa bruscamente con la muerte de Coreso y su parlamento final, el que reproduje arriba. Desconocemos la reacción del público ante la consumación de la tragedia en su sentido más estricto, pero en 1743 Destouches retocó su obra para una nueva reposición y mantuvo este mismo final. Es sobre la versión de 1743 sobre la que ha trabajado el equipo del Centro de Música Barroca de Versalles para la recuperación de este título que amplía nuestra panorámica sobre el arte francés del grand siècle. Esto no es una ópera italiana, y hay muchos aficionados que no encuentran especial interés en esa especie de recitativo continuo con el que se construyen las tragedias líricas francesas. A mí en cambio sí me interesa mucho, pues esta música está mucho más cercana del cantar parlando monteverdiano que del bel canto que se impondría después. Es también el continuo fluir melódico de Wagner el que atraparon los compositores franceses casi dos siglos antes del triunfo del genio alemán. En palabras de Sébastien de Brossard, con la declamación característica del recitativo francés "se presta más atención a expresar la pasión que a seguir con exactitud una medida pautada". El lamento de Callirhoé al principio del acto IV lo ejemplifica bien, con el paso del aria al recitativo que se inicia en el penúltimo verso: apenas un sutil cambio en la prosodia, una variación mínima en la instrumentación (los traversos parecen esfumarse) sirven para la vuelta de la declamación, antes que la entrada inmediata de Agenor (sin solución de continuidad después del corte que reproduzco) conduzca hacia un recitativo simple, empleado sabiamente por Destouches para hacer avanzar con mayor rapidez la acción. Un prodigio de flexibilidad dramática.

Coulez mes pleurs, hâtez-vous de couler,
N'offensez pas longtemps ma gloire.
D'une éternelle nuit la mort va me couvrir,
À toutes les horreurs j'ai préparé mon âme ;
Du jour qu'on m'a ravie à l'objet de ma flâme,
N'avois-je pas commencé de mourir ?
Beaux jours tant espérez, sortez de ma mémoire ;
Sans trouble, sans regrets il faut vous inmoler.
Coulez, mes pleurs, hâtez-vous de couler,
N'offensez pas longtemps ma gloire.
Ciel ! Je vois Agénor : je commence à trembler,
Il ignore le coup qui me doit accabler.


Callirhoé de Destouches. Acto IV. Escena 1. Stéphanie d'Oustrac, soprano. Le Concert Spirituel. Hervé Niquet (Glossa)

miércoles, 1 de agosto de 2007

Un súbito ataque de nostalgia

Cantábamos esta canción en clase de francés...