viernes, 14 de septiembre de 2007

Contra los pueblos

Hace poco más de un año escribí en otro sitio esto:

Cuando en el siglo XVIII los revolucionarios americanos y franceses convirtieron a los súbditos en ciudadanos, los pueblos empezaron a dejar de tener sentido. En adelante, las comunidades políticas estarían formadas por hombres libres e iguales. Es ese un avance formidable, un salto espectacular en la evolución cultural de la especia humana. Pasa que nuestra herencia biológica tiene millones de años y esta idea poco más de dos siglos. Tardará en asentarse como una conquista objetiva e ineludible para todos los seres humanos (como lo fue en su día el hierro en lugar del bronce), pero el camino está marcado. Esta concepción ilustrada de los individuos, como sujetos de derechos frente a los entes colectivos a los que habían de someterse para llenar de sentido su existencia, encontró una durísima reacción en el siglo XIX con el Romanticismo alemán. Es en el concepto de volk de los románticos alemanes en el que florecen todos los nacionalismos europeos, incluidos por supuesto los españoles. Esa vuelta a la tribu, ese repliegue sobre el instinto y el sentimiento como categoría política en la que fundamentar las naciones late con fuerza en el proceso centrífugo abierto en España, y eso ocurre justo cuando la revolución en las telecomunicaciones, cuando Internet están haciendo cada vez más pequeño nuestro mundo. ¿Dónde están los pueblos en nuestra civilización? En la mente de algunos. Cuando Arnaldo Otegui contaba en la película aquella de Médem que él soñaba con una juventud vasca saliendo a reunirse para merendar en las praderas de la patria en lugar de consumiendo pizzas y hamburguesas encargadas por Internet sólo estaba poniendo de manifiesto el fracaso absoluto de su concepción política. La tribu, el pueblo es hoy un rescoldo del pasado. Políticamente, no existe labor más noble ni urgente que extender, cuanto antes y a todos los seres humanos, los beneficios de la ciudadanía, los derechos individuales frente a los ficticios derechos de los colectivos, sean éstos religiosos, políticos o culturales. Y no hablo de utópicas comunidades mundiales. Hablo de la civilización. La única que existe. El resto es barbarie.
Lo rescato no sólo por lo que afecta a España (¿recuerdan que Zapatero y su cohorte de aduladores afirmaban que el talante crispador de Aznar sólo había servido para radicalizar a los nacionalistas y él tenía la solución para el problema? Al respecto, imprescindible, Arcadi hoy), sino por la Declaración aprobada ayer por la ONU. 370 millones de personas cuyos derechos pasan a ser los de su pueblo, como si cada uno conformara un organismo vivo, claro y distinto. Maravilloso. Ya sé que su posición no se ha determinado en todos los extremos por motivos nobles, pero en cualquier caso hoy admiro un poco más que ayer a los gobiernos de Estados Unidos, Canadá, Nueva Zelanda y Australia.

5 comentarios:

Ignacio dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Ignacio dijo...

En Chiapas y en Guatemala tuve ocasión de hacer observaciones (superficiales y apresuradas, como suelen ser las mías) sobre el indigenismo y sus contradicciones, que se añaden a lo que conozco de primera mano por otro lado familiar. Tengo pendiente escribir algo sobre ello, es un tema que me dio mucho que pensar: es difícil no reconocer como avance esas afirmaciones de derechos, visto cómo se ha tratado siempre a estas criaturas, pero por otro lado resulta imposible no ver cómo se están ahorcando en esa afirmación de diferencia.

Ojalá sea un primer paso, un hacerse el sitio imprescindible para respirar y de ahí crecer hasta soltar la piel y dar el paso a la ciudadanía, pero mucho me temo que no

Paolo dijo...

Es un paso hacia ninguna parte. Lo mejor que les podría pasar a los así llamados "indígenas" es que los "pueblos indígenas" desaparecieran.

Diarios de Rayuela dijo...

Leo con cierta asiduidad su bitácora. No siempre soy capaz de apreciar en lo que se merecen todas sus entradas pues me temo que mis nulos conocimientos musicales me limitan en aquellas que tratan sobre tal materia. Del resto no puedo sino decir que comparto muchas de sus opiniones y que me parece admirable la claridad con que quedan expresadas. Quisiera agradecerle por tanto que haya enlazado mi bitácora. Pocos marcos la prestigian tanto.

Me atrevo hoy a sumarme a sus comentaristas, reflexionando sólo un momento sobre uno de los personajes a los que nombra. La tercera pata de banco: Otegui. Comentaba con un amigo hace tan sólo unos días el nulo impacto mediático que ha tenido su prisión. El olvido en que han caído, para suerte de todos, tanto el portavoz de Batasuna como De Juan Chaos. Y llegábamos a la conclusión de que era la palmaria evidencia de cuáles habían sido los perversos efectos del llamado proceso negociador.

Un abrazo y reitero tanto mi agradecimiento como mi admiración hacia su blog.

Paolo dijo...

Gracias. En realidad soy un algo anárquico y caótico lector de blogs. Por eso, habitualmente tardo bastante en enlazar aquellos que despiertan mi interés, lo que sólo hago cuando me doy cuenta de que los visito casi a diario. El honor es mío...