miércoles, 12 de septiembre de 2007

Al alba

La alborada (o alba o albea o alborá, que de todas esas formas es conocida en distintas partes de España) es una composición musical que se canta al amanecer en ocasión festiva o para agasajar a alguien, con frecuencia a una novia el día de su boda. El mismo nombre ha servido para identificar a una música de origen folclórico, que se acompaña, por norma al despertar el día, de dulzaina y tamboril y que ha llegado con notable fuerza a nuestros días, como demuestra una mínima consulta al Google. En muchos casos, estas músicas emplean un compás de 6/8, que acaso rememoró Ravel en su célebre Alborada del gracioso.

Pero en realidad la canción de alba tiene un origen muy antiguo y un carácter diferente al sentido puramente festivo con el que se conoce hoy a la alborada. El alba era canción trovadoresca, que ponía en boca de las amadas furtivas el sentimiento de tristeza que las embargaba con la llegada de las primeras luces del día y la necesaria partida del amante. Así que la famosa Al alba que escuchamos tanto a Rosa León y después a su propio autor, Luis Eduardo Aute (e incluso a José Mercé), tiene sus más directos y nobles precedentes hace casi un milenio (ya sé, ya sé que el trasfondo político de la canción de Aute no se corresponde con el significado del amor cortés, pero el sentido de la composición marcha en la misma línea).

Muy posiblemente la más famosa canción de alba de toda la poesía y la música trovadorescas sea Reis glorios, obra de Guiraut de Bornelh, uno de los más célebres poetas cantores de la Edad Media, aunque el contenido del poema no responda exactamente a la temática a la que hacíamos referencia, pues la amada se lamenta aquí porque el amante no ha llegado en toda la noche, y teme por él, se hinca de rodillas y reza. La estrofa final es muy posiblemente espuria, pero no hay interpretación conocida que renuncie a ella. Aparece, sin embargo, en una sola fuente, el famoso manuscrito 2542 de la Biblioteca Nacional de Viena, el mismo que incluye una larga narración, en forma de lai, sobre la leyenda de Tristán e Isolda. Eso otorga al tema de Bornelh una dimensión nueva. Es Isolda aquí la que canta y Tristán el que responde con esa última estrofa. En su antiguo acercamiento al mito, Joel Cohen ofreció una interpretación hermosísima, con el gran Henri Ledroit adoptando el papel del héroe. El Dúo Trobairitz acaba de presentar en el sello Hyperion un disco dedicado a trovadores y troveros en el que también se incluye el Rei glorios en una interpretación mucho más austera, sin que por ello pierda un ápice su inmenso poder sugestivo.

Reis glorios, veray lums e clartatz,
totz poderos, Senher, si a vos platz,
al mieu compaynh sias fizels aiuda,
qu'ieu non lo vi pus la nuech fo venguda,
et ades sera l'alba.

Bel companho, si dormetz o velhatz,
non durmas pus, senher, si a vos platz;
qu'en aurien vey l'estela creguda
c'adus lo jorn, qu'ieu l'ay ben conguda;
et ades sera l'alba.

Bel companho, en chantant vos apel;
non durmas pus, qu'ieu aug chanter l'auzel
que vay queren lo jorn per lo bosctie,
et ay paor quel gilos vos assatie;
et ades sera l'alba.

Bel companho, pos mi parti de vos
yeu nom durmi nim muoc de ginlhos,
ans pregieu Dieu, lo filh Santa Maria,
queus mi rendes per lial companhia;
et ades sera l'alba.

Bel companho, issetz al fenestrel
et esgardaz las ensenhas del sel.
Conoysiret sieu soy fizel messatie.
Si non o faytz, vostres er lo dampnatie;
et ades sera l'alba.

Bel companho, la foras al peiro
me preiavatz qu'ieu no fos dormilhos,
enans velhes tota nueg tro ad dia.
Ara nous platz mos chans ni ma paria;
et ades sera l'alba.

Bel dos companh, tan soy en ric sojorn
qu'ieu no volgra mays fos l'alba ni jorn;
car la genser que anca nasques de mayre
tenc et abras, per qu'ieu non prezi gaire
lo fol gilos ni l'alba.

[Rey glorioso, luz y claridad verdadera,/ Señor Todopoderoso, si os place,/ sed ayuda fiel para mi compañero,/ al que no veo desde el crepúsculo,/ y pronto será el alba.// Buen compañero, tanto si duermes como si estás despierto,/ no duermas más, mi señor, si te place,/ que por el oriente he visto levantarse la estrella/ que anuncia el día, bien la conozco,/ y pronto será el alba.// Buen compañero, te llamo cantando;/ no duermas más, que he escuchado cantar al pájaro/ que va anunciando el día por el bosque,/ y temo que los celos te asalten,/ y pronto será el alba.// Buen compañero, desde que te marchaste/ ni he dormido ni he dejado de estar arrodillada,/ rezando a Dios, el hijo de Santa María,/ para que regreses a mi leal compañía,/ y pronto será el alba.// Buen compañero, acércate a la ventana,/ y contempla todas las señales del cielo/ que te dirán si soy o no una fiel mensajera./ Si no lo haces, tuyo será el sufrimiento;/ y pronto será el alba.// Buen compañero, al conducir hacia fuera tus pasos,/ me pediste que no me dejara vencer por el sueño,/ sino que guardara vigilia de la noche al día./ Ahora ni mis cantos ni mi compañía te complacen;/ y pronto será el alba.// Buena y dulce compañera, tan placentera es la situación en la que me encuentro,/ que quisiera que jamás llegasen ni el alba ni el día;/ porque la que tengo en mis brazos es la más hermosa/ que jamás haya nacido de madre, y por eso no me importan/ ni los locos celos ni el alba.]



Reis glorios, de Guiraut de Bornelh. Duo Trobairitz (Hyperion)

martes, 11 de septiembre de 2007

Amami, Alfredo

J. no era un amante especialmente entregado de la ópera, que le parecía un género por completo anquilosado, con todos esos ridículos dramas de cartón piedra continuamente sobre la escena, que de tan falsos causaban risa, cuando no vergüenza ajena. Pero había un momento que lo emocionaba hasta las lágrimas. Literalmente. Uno solo. Y no podía evitarlo. Era identificar la triste melodía del clarinete y se sobresaltaba, escuchar a Violetta decir aquello de "Lo vedi?, ti sorrido" y el vello se le erizaba, el estómago se le encogía y la garganta se le secaba. Al llegar el estallido del "Amami, Alfredo" la vista la tenía ya, invariablemente, por completo nublada. Cuando estaba acompañado, su extremo pudor en materia de sentimientos le hacía disimular la emoción como buenamente podía, pero en cualquier caso en ese momento evitaba mirar a nadie, pues el brillo intenso de sus ojos vidriosos lo habría delatado. En cambio, cuando estaba solo, lloraba a lágrima tendida. Muchas veces había intentado racionalizar esa conmoción, absurda, irracional, preparándose mentalmente para el impacto, pero había sido del todo punto inútil. Ya sé lo que va a pasar, un efecto que está descrito en los tratados de psicología y del que han hablado los musicólogos. Y nada. Como mucho, conseguía frenar el torrente tumultuoso de las lágrimas, pero la humedad que le provocaba el estremecimiento era inevitable. Había terminado por resignarse. Y, sencillamente, huía. Por norma, evitaba ver o escuchar La traviata al completo. Aislado de su contexto, entendió, el fragmento era por completo inocuo, no tenía ningún poder sobre sus emociones. O eso al menos creía.

lunes, 10 de septiembre de 2007

Carteles y cifras



Francamente chocante, ¿no? ¿Por qué entonces consentimos esto otro?


Algunas cifras:
- Según las últimas estadísticas de la Dirección General de Tráfico, en 2005 fallecieron en España 3.652 personas en accidentes de tráfico.
- Según un estudio reciente de la Sociedad Española de Epidemiología, cada año mueren en España algo más de 45.000 personas a causa del tabaco, de los cuales entre 8.000 y 11.000 son fumadores pasivos.

Muchas de las más de 3.500 muertes anuales provocadas por accidentes de tráfico serían evitables con hábitos de conducción más responsables. Las en torno a 10 mil muertes anuales provocadas por el tabaco entre los no fumadores serían evitables (en el futuro) todas, absolutamente todas. ¿A quién se le pide tolerancia?

martes, 4 de septiembre de 2007

Madame de Staël en la España del siglo XXI

Madame de Staël, por GérardSe llamaba Germaine, y ha pasado a la historia con el apellido de un barón sueco, embajador en la Francia prerrevolucionaria, cuyos méritos nos son por completo desconocidos. En cambio, el apellido paterno estaba adornado con un prestigio que ha pasado por encima de los siglos. Y es que su padre era nada menos que el insigne banquero suizo Jacques Necker, quien pudo haber salvado la cabeza de Luis XVI, en el caso de que Luis XVI se hubiera dejado salvar. Para rescatar a la monarquía francesa de la más grave crisis financiera de la que hubiera memoria, Necker había accedido en 1776 a puestos claves del Gobierno, por más que su militancia calvinista le vetara el acceso nominal a algunos cargos. Desde allí impulsó un programa de reformas administrativas, sociales y financieras que, de haberse aplicado en toda su amplitud, tal vez habrían podido evitar el marasmo revolucionario. Pero las resistencias en la Corte eran demasiado fuertes. La mayor parte de los aristócratas y familiares del rey, con una ceguera digna de su estupidez, jamás entendieron lo que estaba ocurriendo y se negaron a ceder ni un palmo de uno solo de sus privilegios. Cansado de luchar contra la estulticia, Necker hizo público en el presupuesto de 1781 su famoso Compte rendu au Roi, donde desvelaba punto por punto en qué gastaba la corte el dinero de los impuestos recaudados en un país empobrecido. El éxito fue espectacular, cien mil ejemplares vendidos, y la consecuencia directa, aunque no la más grave, su destitución. Cuando en 1788 el rey volvió a recurrir a sus servicios ya era demasiado tarde. A pesar de que entonces fue nombrado Ministro de Estado, con importantes responsabilidades políticas, todos sus esfuerzos por frenar la oleada revolucionaria fueron sencillamente abortados desde la Corte, donde se juzgaron sus medidas demasiado condescendientes con el tercer estado. Una nueva destitución y una última llamada a la desesperada, dos días después de los sucesos de la Bastilla, no tuvieron el menor efecto en la subversión ya desencadenada.

Germaine vivió pues en primera línea los sucesos que habrían de marcar el principio del fin del Antiguo Régimen, cuyas bases ella habría oído sin duda socavar en el salón que su madre mantenía en París, donde se reunía la elite de los pensadores ilustrados, de Diderot a D'Alembert, y al que, es leyenda, la pequeña Necker asistía desde antes de cumplir los 10 años. En este ambiente se forjaron sus ideas sociales y políticas, cercanas a la de la burguesía revolucionaria, pero enemigas del jacobinismo y el radicalismo extremos, que provocaron su exilio a Suiza en 1792. Espantada y conmocionada por el estallido del Terror y amiga personal de María Antonieta, trató infructuosamente de salvarla con la publicación de sus Reflexiones sobre el proceso de la reina. En 1786, a los 24 años, se había casado con Eric Magnus, barón de Staël-Holstein, diecisiete años mayor. Las razones de su elección no están claras, pero parece que pesó decisivamente su protestantismo (condición exigida por su familia) y su residencia en París, ciudad a la que Germaine no parecía dispuesta a renunciar. Dio tres hijos al barón, ese sueco "perfectamente honesto, incapaz de decir o hacer tonterías, mas estéril y sin nervio: si no me hace infeliz es porque no osa inmiscuirse en mi felicidad", dejó escrito. Y parece que, en efecto, Staël no se inmiscuyó lo más mínimo en la agitada vida sentimental de la baronesa, amante de aristócratas e intelectuales.

Fascinada por la personalidad del joven Bonaparte, Germaine volvió a París en 1797, pero pronto quedó decepcionada por las escasas dotes intelectuales del militar y por su personalismo, más típico de un rey del Antiguo Régimen que de un general revolucionario. "Bonaparte se convirtió en Napoleón", y el nombre de la baronesa cayó en desgracia. En su salón no sólo participaban los opositores al régimen, sino que ella misma se había convertido en la amante de Benjamin Constant, lo que la condenó a un nuevo exilio en 1803. Se establece entonces en Coppet, donde se rodea de escritores y amigos. Visita su admirada Alemania en varias ocasiones y tras la Restauración vuelve a París, donde fallece en 1817.

Germaine Necker escribió algunas novelas (Delphine, Corinne) hoy perfectamente olvidadas, pero su obra teórica es importante para el mundo de las letras, por su empeño en hacer compatibles el racionalismo ilustrado y el romanticismo, lo que preparó el camino para la evolución hacia el modernismo de la literatura en la segunda mitad del siglo. Sin embargo, si la traigo hoy aquí no es por sus aportaciones a la estética literaria, sino por su pensamiento político. En 1792, tras su primer exilio, Madame de Staël, marcada por los acontecimientos que vivía su país, escribió una obra que tituló De la influencia de las pasiones en la felicidad de los individuos y de las naciones, en la que dejó párrafos de una modernidad auténticamente visionaria, que, a mi modo de ver, encajan a la perfección con la actualidad española, en especial con la formación del nuevo partido político en torno a Savater, Gorriarán y Rosa Díez, personalidades que han desafiado al sectarismo imperante en la vida política nacional, proceso ya iniciado en Europa en las personas de Angela Merkel o Nicholas Sarkozy y que se me antoja crucial para el futuro de nuestro país y de nuestras vidas. Se refiere Germaine Necker al "espíritu de partido" (nosotros lo llamamos "sectarismo") y lo hace en los siguientes términos:

El orgullo, la emulación, la venganza, el temor se colocan en ocasiones la máscara del espíritu de partido, mas esta pasión se basta a sí misma para superar a las demás en ardor: es fanatismo y fe, cualquiera que sea el objeto sobre el que se aplique. ¿Existe en el mundo algo más ciego y violento que estos dos sentimientos?
/.../
Son espíritus crédulos [los sectarios] que se apasionan a favor o en contra de antiguos errores. Y su violencia permanente les hace sentir la necesidad de situarse siempre en el extremo de todas las ideas: sólo en los extremos se sienten cómodos su carácter y su juicio.
/.../
Para el espíritu de partido, un triunfo conseguido con condescendencia es una derrota.
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Y es que la integridad del dogma importa más que el éxito de la causa.
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Mas el espíritu de partido es como esas fuerzas ciegas de la naturaleza que avanzan siempre en la misma dirección: una vez que el pensamiento ha tomado impulso, adopta un carácter de rigidez que le anula, por así decir, sus atributos intelectuales. Creemos haber chocado contra algo físico cuando hablamos con hombres que se encarrilan en ideas fijas: no oyen, ni ven, ni comprenden. Les basta con dos o tres razonamientos para hacer frente a cualquier objeción, y cuando constatan que las flechas lanzadas no han logrado convencer, entonces sólo les resta la persecución. El espíritu de partido une a los hombres en un odio común no en la estima o el afecto del corazón. Destruye las afecciones del alma para reemplazarlas por vínculos basados tan sólo en opiniones compartidas.
/.../
Para quien es presa del espíritu de partido, son las consignas las que marcan el límite de la opinión.
/.../
No existe otra pasión que arrastre en mayor medida a los crímenes que el espíritu de partido, y ello porque quien lo experimenta está embriagado de la mejor fe: dado que el individuo que se entrega a esta pasión no lo hace en aras de un propósito personal, considera que al hacer el mal está entregándose a una causa justa.
/.../
El espíritu de partido es una suerte de frenesí del alma que no surge de la naturaleza de su objeto. Consiste en no pensar más que en una idea, vincularlo todo a ella y ver únicamente lo que guarde relación con esta obsesión. Resulta fatigoso comparar, contrarrestar, modificar, admitir salvedades, y de todo esto nos libera totalmente el espíritu de partido.
/.../
Cuando el pensamiento es presa del espíritu de partido, las impresiones ya no proceden de la realidad hacia uno mismo, sino que surgen de uno mismo hacia la realidad; no las esperamos, sino que las anticipamos; es el ojo el que da forma a la imagen en lugar de recibirla. En este estado, los hombres de espíritu, que en cualquier otra circunstancia tratan de distinguirse de los demás, no se sirven más que de ese pequeño número de ideas compartidas por los más mediocres de la misma facción. Existe una suerte de círculo mágico trazado en torno al tema de adhesión, círculo que todo el partido ha de recorrer, mas cuyos límites no osa nadie atravesar: ya sea porque temen ofrecer puntos débiles al enemigo –los razonamientos para justificarse son múltiples–, ya sea porque la pasión exalta en todos los hombres la identidad de espíritu antes que su complejidad, la fuerza antes que la variedad.
/.../
Un siglo, una nación, un hombre tardarán mucho tiempo, bajo el único influjo de las luces, en recuperarse de la epidemia que supone el espíritu de partido. Puesto que las reputaciones ya no guardan relación con el mérito real, la emulación pierde sentido al carecer de objeto.
[Negritas mías].
[Uso la traducción de David Marín Hernández, que aparecerá en breve en la editorial Berenice]

jueves, 30 de agosto de 2007

Dimisiones e intertextualidad

El intertextual Racionero alaba el buen gusto político de Regás al dejar su cargo en la Biblioteca Nacional, uno de los nombramientos más nefastos de los que tenga memoria. En memorable entrevista publicada en marzo pasado, la novelista catalana mostraba un sectarismo que debería inhabilitar para la asunción de cualquier cargo de representación pública, pero lo peor era entonces la ignorancia supina que se filtraba intratextualmente por sus palabras y que debería inhabilitar a cualquiera para un puesto de tanta responsabilidad cultural como el que ha ostentado durante tres larguísimos años. Después de decir que Francia lleva 250 años de democracia e Inglaterra ¡800 años! y quedarse tan fresca ["Y llevamos treinta años de democracia; no somos Francia, que lleva doscientos cincuenta años de democracia, o Inglaterra, con ochocientos años."], lo normal es que un ministro decente la hubiera invitado a dejar en paz a don Marcelino Menéndez y Pelayo y a volver a su relajada vida de novelista (ya que ahora afirma que estos años han sido los más duros de trabajo de toda su existencia), pero la ministra era Carmen Calvo...

A los que contemplamos con estupor el habitual y deleznable chalaneo con los altos cargos de representación institucional nos queda el recurso a la sátira (¡y algunos se quieren cargar El Jueves!). No es que yo sea especialmente admirador de ese grupo del sotomundo cultural que responde al nombre de La fiera literaria, pero reconozco que pocas veces he podido acompasar mejor el ritmo de mi risa a nada como lo hice al de esta virtuosa carcajada, que he recordado precisamente ahora, desahogo primario de justicia postraumática.

miércoles, 15 de agosto de 2007

Redescubriendo a Bach

Sonatas de Bach por Mullova y Dantone Si no estoy muy confundido, hasta hace unos días tenía en mi fonoteca las siguientes grabaciones de las Sonatas para violín y clave BWV 1014-1019 de Bach:

- Sigiswald Kuijken y Gustav Leonhardt (sello Deutsche Harmonia Mundi). Un clásico entre los clásicos, pese a las desafinaciones de Kuijken.

- Reinhard Goebel y Robert Hill (sello Archiv). Una pena el ruidoso acompañamiento, una lata insufrible. (Escuchando aquí a Robert Hill entiendo a Sir Thomas Beecham cuando dijo aquello de que un clave sonaba como dos esqueletos copulando en un techo de uralita).

- Elizabeth Blumenstock y John Butt (sello Harmonia Mundi). La sensualidad hecha violinista.

- Fabio Biondi y Rinaldo Alessandrini (sello Opus 111, hoy Naïve). Ácido y astringente. No recomendable para oídos sensibles.

- Andrew Manze, Richard Egarr y Jaap ter linden (sello Harmonia Mundi). Prescindible refuerzo en el continuo, pero Manze es el rey en ese punto en el que el sonido del violín parece que se va a quebrar.

- Pablo Valetti y Céline Frisch (sello Alpha). Brillante, pero sin hondura. Una pequeña decepción.

- Stefano Montanari y Christophe Rousset (sello Ambroisie). Naturalidad, sencillez y equilibrio. Más sobrio de la cuenta para mi gusto.

Ahora sólo tengo una. Bueno, sigo teniendo las otras, pero como si no estuvieran. Porque lo que hacen Viktoria Mullova y Ottavio Dantone (sello Onyx Classics) en este doble CD es sencillamente prodigioso. Poesía sonora.


Largo de la Sonata para violín y clave en fa menor BWV 1018 de Bach. Viktoria Mullova, violín; Otavio Dantone, clave (Onyx Classics)

viernes, 10 de agosto de 2007

Babel, ¿maldición o ventura?

Torre de Babel, de Brueghel
Tenía entonces toda la tierra una sola lengua y unas mismas palabras. Y aconteció que cuando salieron de oriente, hallaron una llanura en la tierra de Sinar, y se establecieron allí. Y se dijeron unos a otros: Vamos, hagamos ladrillo y cozámoslo con fuego. Y les sirvió el ladrillo en lugar de piedra, y el asfalto en lugar de mezcla. Y dijeron: Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo; y hagámonos un nombre, por si fuéremos esparcidos sobre la faz de toda la tierra. Y descendió Jehová para ver la ciudad y la torre que edificaban los hijos de los hombres. Y dijo Jehová: He aquí el pueblo es uno, y todos éstos tienen un solo lenguaje; y han comenzado la obra, y nada les hará desistir ahora de lo que han pensado hacer. Ahora, pues, descendamos, y confundamos allí su lengua, para que ninguno entienda el habla de su compañero. Así los esparció Jehová desde allí sobre la faz de toda la tierra, y dejaron de edificar la ciudad. Por esto fue llamado el nombre de ella Babel, porque allí confundió Jehová el lenguaje de toda la tierra, y desde allí los esparció sobre la faz de toda la tierra. (Génesis 11, 1-9; versión Reina-Valera de 1960)

El relato mítico del Génesis no deja lugar a dudas. Para quien quiera que fuese su autor y, con toda seguridad, para el grupo humano del que formó parte, la diversidad de lenguas era una maldición divina, que tuvo además un efecto añadido de suma trascendencia: la dispersión de los hombres por el mundo. No deja de resultar curioso que hoy, en nuestra civilización occidental, con toda su carga de tradición judeocristiana, se considere de forma absolutamente mayoritaria (casi dogmática) que la diversidad lingüística supone una riqueza de incalculable valor, que cada vez que una lengua deja de hablarse es una tragedia para el hombre, lo hace más indefenso, más pobre. Pero ¿es esto realmente cierto?, ¿la diversidad lingüística es un bien objetivo para los hombres? Veámoslo mínimamente, empezando por el principio y a la luz del evolucionismo.

La diversidad biológica es un bien indiscutible para los seres vivos. Llevamos marcados en nuestros genes la historia de la vida. Los seres humanos compartimos entre nosotros el 99,9% de nuestros genes. El 0,1% restante es lo que hace que unos hombres sean rubios y otros morenos, unos midan 1,95 y otros no pasen del 1,60, algunos tengan una habilidad especial para la música y otros estén capacitados para correr 100 metros lisos en menos de 10 segundos. Pero además compartimos con otras especies animales un número altísimo de nuestros genes: el 98,77% con los chimpancés, nuestros parientes más cercanos, el 75% (un 25% idéntico) con el perro. Se calcula que un 5% de todo nuestro material genético viene pasando de generación en generación desde hace 200 millones de años. ¿Y por qué es esto importante para nuestra supervivencia? No es difícil de entender. Las especies bien adaptadas en su nicho ecológico tienden a la estabilidad. Son los cambios en el medio los que provocan la selección natural, mecanismo por el cual las especies sufren cambios adaptativos, evolucionan para formar otras especies nuevas o se extinguen. Puestos frente a presiones evolutivas, especialmente si son graves (cataclismo cósmico, cambios en el clima), las poblaciones vivas tendrán tantas más posibilidades de sobrevivir cuantas más opciones de adaptación encuentren en su historia genética. Quizá aquellos genes que la especie ha conservado durante millones de años en su genotipo pero no se manifiestan al exterior, en el fenotipo de los individuos, puedan ser la salvación para las nuevas condiciones de vida.

Esto puede explicarse con un ejemplo muy sencillo y a la vez clásico: el famoso experimento de Mendel con los guisantes. Ya sabemos que Mendel cruzó guisantes verdes y amarillos y todos salieron amarillos (o verdes, no lo recuerdo bien, pero para mi propósito da lo mismo). Esto es así porque el gen que se ocupa de dar color al guisante posee dos alelos (cada alelo es la variante de un gen que ocupa ese mismo lugar en el cromosoma de los otros miembros de la especie): uno, que lo pinta de amarillo y otro de verde. Cuando Mendel vio todos los guisantes amarillos quiso seguir investigando: ¿el color verde había desaparecido de la especie? Cruzó entonces guisantes amarillos de la primera generación con los amarillos nacidos del cruce con los verdes. El resultado es que un porcentaje de los nuevos guisantes salieron verdes. Eso significa que aunque algunos caracteres no se manifiesten en el fenotipo de los individuos, permanecen en el genotipo y se transmiten hereditariamente. En el caso de los guisantes de Mendel, el alelo amarillo era el dominante, mientras que el verde era recesivo, por lo que su presencia en el fenotipo era porcentualmente muy inferior. ¿Adónde quiero llegar con todo esto? Muy simple. Imaginen que una población estable y feliz de guisantes amarillos se ve de pronto atacada por una plaga de insectos especializados en consumir todas aquellas especies vegetales de color amarillo que encuentren en su camino. La población de guisantes amarillos se ve sometida entonces a una presión evolutiva crítica. Sus posibilidades de supervivencia dependerán en ese momento de su acervo genético. Si encuentran en él una solución adaptativa a la nueva situación podrá sobrevivir; de lo contrario, se extinguirá. Es entonces cuando el alelo recesivo, el verde, sale en defensa (metafórica, no atribuyo por supuesto ninguna intención a los genes) del guisante. Sin él, la población de guisantes sencillamente desaparecería. El patrimonio genético de las especies es por ello fundamental para su supervivencia y, como humanos, al compartir parte de nuestro genoma con todas las especies vivas, la conservación de especies significa en el fondo conservación de genes, un material que en situación de presión evolutiva (que es obvio, ahora no vivimos) puede ser esencial para evitar la extinción.

¿En el terreno cultural las conclusiones serán idénticas? ¿Es la diversidad buena per se? Como norma hay que ser muy prudente al aplicar lisa y llanamente el evolucionismo a la cultura. A menudo el darwinismo llevado hasta sus últimas consecuencias culturales ha derivado en racismo y otras formas de discriminación social. Sin embargo, parece lógico aceptar que en la historia humana ha existido una evolución cultural equivalente a la biológica, aunque con algunos rasgos diferenciales muy importantes: así, si la selección natural opera sobre individuos, la cultural la hace sobre grupos; si los genes se replican automáticamente, sin necesidad de formar parte del fenotipo de los individuos, los memes (término acuñado por Richard Dawkins en analogía con gene para referirse a la unidad mínima de información cultural) sólo pueden replicarse mediante la transmisión externa, a través pues de los efectos fenotípicos que pueden producir los individuos; los genes no pueden cambiarse a voluntad, pero sí los memes... Obviamente la selección cultural se asienta sobre la biológica, pero en ocasiones la actuación de una y otra se entrelaza, incluso parecen colaborar (sólo lo parece). Esto es también fácil de entender con un ejemplo: el nicho ecológico de los primates se encuentra en los bosques cálidos del trópico. Un cambio de condiciones climáticas (seguramente, una gran sequía) presionó sobre las especies de primates existentes, de modo que la selección natural liquidó a los individuos que no fueron capaces de soportar el cambio de condiciones de vida y seleccionó a aquellos que se adaptaron. Entre estos últimos, un grupo bajó de los árboles, se puso de pie e inició la marcha de la evolución humana. Pues bien, en aquellas condiciones, los diferentes grupos de homínidos adoptaron prácticas culturales diferentes: unas tuvieron éxito y otras no, de modo que los grupos cuyas prácticas fueron exitosas prosperaron y se extendieron, seleccionando aquellas prácticas que les llevaron al éxito; los otros, se retrajeron o se extinguieron, y todo ello a la par que la evolución biológica operaba cambios fundamentales para la adaptación de la especie a sus nuevas condiciones vitales. He aquí el ejemplo máximo de la evolución biológica y cultural trabajando juntas hasta la depuración de las diferentes especies de homínidos en una sola: el homo sapiens sapiens (y vuelvo a insistir que no otorgo intención alguna a la evolución: el verbo 'trabajar' lo uso en términos metafóricos).

Otra diferencia esencial entre la evolución biológica y la cultural afecta a la escala temporal. Para que una mutación genética se consolide hasta hacerse apreciable en la población de una especie han de pasar milenios, mientras que las adaptaciones culturales son mucho más rápidas: las especies culturales (en este sentido, por tanto, no sólo la humana) no pueden permitirse el lujo de esperar durante miles de años para encontrar la estrategia que favorezca su éxito reproductivo, aunque en un estadio primitivo del desarrollo cultural la estabilidad de las prácticas estaba también en relación con la propia estabilidad de las condiciones del medio. Durante miles de años, los homínidos evolucionaron en materia cultural muy lentamente (desde nuestra perspectiva) porque su medio no les exigía hacerlo más deprisa. La cultura tiene además otros dos caracteres que la singularizan: 1) Se transmite por contacto. 2) Es acumulativa y, llegado un punto determinado de su desarrollo, se hace intencional, lo que la separa definitivamente de la biología. Las reglas de la evolución biológica no han cambiado. Son las mismas desde el principio y continúan operando de igual forma, aunque no sean apreciables a nuestra mirada (la ciencia no ha podido asistir directamente a ninguna macromutación natural). Pero en la evolución cultural sí es posible apreciar cambios cualitativos: el poder de la selección cultural se ha ido mitigando con el tiempo y hoy difícilmente aceptaríamos que los cambios culturales se deban a pautas adaptativas (y ello ¡aunque resulte evidente que determinadas prácticas tienen más éxito reproductivo que otras!), aunque no hay por qué descartar que ante una presión selectiva acuciante (una guerra nuclear, el impacto de un asteroide sobre la superficie de la Tierra...), la cultura pudiera volver a convertirse en mecanismo de selección de los grupos más adaptados.

Así que tenemos que volver a plantear la pregunta: ¿es la diversidad cultural un bien objetivo y, por lo tanto, protegible, al mismo nivel que la biodiversidad? Si miramos el problema con perspectiva histórica, la respuesta indudable es sí. Durante la historia de la evolución de los homínidos hasta la aparición de nuestra especie (y bastante tiempo después), muchas estrategias culturales diferentes fueron adoptadas por poblaciones diferentes. Hubo avances y retrocesos. Éxitos y fracasos. Es muy posible que en algún momento de todo este recorrido nuestros antepasados directos se encontraran al borde de la extinción, pero sobrevivieron, quién sabe si adoptando pautas culturales de grupos que luego tomaron otra línea evolutiva y no llegaron a hacerlo. La diversidad de opciones culturales, transmitidas de unos grupos a otros y conservadas en las memorias individuales, debió de ser una condición imprescindible para el extraordinario éxito adaptativo del sapiens, lo que le ha permitido ocupar prácticamente todos los rincones del globo.

Mirado desde hoy, la situación cambia. El carácter acumulativo de la cultura (unos avances sobre otros sin que los primeros se pierdan), los medios por los que la conservamos desde hace al menos 5 milenios (la escritura) y, en especial, el extraordinario desarrollo en los últimos 50 años de la microtecnología (habría que hablar ya de nanotecnología) y las soluciones que ha proporcionado para el almacenamiento de la información han causado al menos dos efectos fundamentales en relación con esta cuestión: 1) Se ha unificado absolutamente el soporte de todas las prácticas culturales. Puede haber varias civilizaciones en el mundo, pero prácticamente todas (excluyo los escasos pueblos primitivos que puedan quedar aislados) asientan sus formas de vida, de uno u otro modo, en el progreso científico-técnico, y no parece que eso vaya a cambiar en el futuro, más bien al contrario, la extensión del desarrollo tecnológico parece imparable. Desde ese punto de vista ya tenemos una única cultura: la de la máquina. 2) Se ha conseguido tal capacidad de conservar información y medios tan diversos para hacerlo que en el fondo no hay práctica cultural (productiva o no) que, aun desaparecida hace tiempo de la vida cotidiana de los hombres, no se haya preservado en la memoria de la máquina, que es nuestra forma particular de memoria colectiva. Y no hay visos de que esta situación sea reversible en el futuro más cercano. Ahora bien, ¿podría producirse en un hipotético futuro lejano tal colapso de nuestra cultura mecanizada y nanotecnológica que la supervivencia real, fáctica de prácticas culturales al margen de ella salvarían a la Humanidad de la extinción? No soy capaz de imaginar ese escenario apocalíptico, tan cinematográfico por otro lado, de cazadores paleolíticos o agricultores neolíticos rescatándonos del marasmo posnuclear o de un invierno solar de siglos, pero puesto en la tesitura, son tantas y tan complejas las preguntas (algunas de carácter ético) que me sugiere la mera posibilidad de que eso pudiera llegar a ocurrir, que sinceramente no me considero capacitado para ofrecer una respuesta medianamente coherente. Dejémoslo pues en que la diversidad cultural es una realidad heredada e históricamente crucial para el desarrollo de la Humanidad, aunque hoy asistimos a una fase especialmente intensa de una homogeneización surgida en realidad hace siglos y cuyos efectos futuros sobre el desarrollo y preservación de nuestra especie son aún poco previsibles.

¿Y qué tiene que ver en todo esto el lenguaje? Muchísimo. La aparición de un lenguaje articulado, con la posibilidad que ofreció a los homínidos de producir un número indefinido de mensajes, fue una ventaja adaptativa inmensa. No está aún suficientemente claro el origen del lenguaje humano ni que especies de homínidos tuvieron la capacidad de hablar. Me resulta muy atractiva la tesis de Tecumseh Fitch, quien piensa que el lenguaje surgió y evolucionó en la relación madre-hijo. La larga infancia de los humanos habría convertido en una ventaja adaptativa de valor incalculable el que los más pequeños pudieran ser instruidos hasta los más nimios detalles por sus cuidadores. Esta teoría se encuentra además en estrecha relación con lo que Steven Mithen sugiere en una obra recientemente publicada en el mercado español con el título de Los neandertales cantaban rap, en uno de cuyos capítulos se hace eco de numerosas investigaciones sobre el carácter universal de la LAN (lengua adaptada a los niños; IDS, en sus siglas inglesas) y el papel que pudo jugar la música en el surgimiento del lenguaje, ya que en la LAN importan más el tono y el ritmo que el propio sentido de las palabras empleadas: los niños pequeños se inician en el lenguaje a través de la melodía (¡y de la estadística!, pero ese sería un tema diferente).

Desde las investigaciones de Chomsky, Sapir y otros, pocas dudas quedan acerca de la existencia de una capacidad lingüística universal inscrita en el genoma. El lenguaje no se aprende. Nuestro cerebro viene de fábrica con unas reglas gramaticales universales y generales que nos permitirán adaptar luego el sistema fonador y el propio cerebro a la lengua concreta que hablen nuestros cuidadores y a sus reglas particulares. Es evidente que la dispersión lingüística y la variedad de idiomas se ha producido por tanto por aislamiento progresivo de las distintas comunidades humanas (y no al revés, como se afirma en el relato bíblico). Partiendo de esta realidad, ¿puede afirmarse la existencia de un único idioma primigenio del que derivan todos los demás? Imposible de saber. Los idiomas actuales se han formado a partir de otros más antiguos, pero por mucho que retrocedamos en el tiempo no somos capaces de ir más allá de 8 ó 9 mil años atrás y no creo que sobrepasemos jamás esos límites. Pero para el tema que nos interesa, lo importante en cualquier caso es determinar si esa diversidad lingüística (nacida de un único idioma original o de varios focos diferentes, da lo mismo) ha sido un factor decisivo en la supervivencia de la especie humana, si tiene algún elemento que la haga objetivamente deseable o, por contra, resulta absolutamente indiferente desde una perspectiva evolutiva. Y para eso tenemos que entrar en el cenagal de la relación entre lenguaje y pensamiento.

Si el lenguaje determina el pensamiento, sería posible deducir que idiomas diferentes crean formas de pensar diferentes y por tanto la variedad sería un factor crucial de la evolución, ya que habrían quedado seleccionados aquellos idiomas que facilitaron la adaptación al medio, y de no haber existido esa variedad idiomática las posibilidades de supervivencia habrían sido menores. No sé qué piensan ustedes, yo lo veo muy difícil de creer. En El instinto del lenguaje, Steven Pinker deja muy clara su postura al respecto: "Esta hipótesis [la de que el lenguaje determina el pensamiento] está fatalmente equivocada. La idea de que el pensamiento es lo mismo que el lenguaje constituye un buen ejemplo de lo que podría denominarse una estupidez convencional, o sea, una afirmación que se opone al más elemental sentido común y que, no obstante, todo el mundo se cree porque recuerda vagamente haberla oído mencionar" [citado de La naturaleza humana, de Jesús Mosterín]. Cosa diferente es que el lenguaje tenga funciones cognitivas, esto es, que sirva para expresar lo que pensamos, e incluso que sirva para guiar el pensamiento, que es, en último término, el que determina lo que decimos. De hecho, Chomsky considera que el origen del lenguaje está precisamente en su capacidad cognitiva y no en su función puramente comunicadora, tesis en cualquier caso que está lejos de ser aceptada por la comunidad científica. Lo que importa destacar, en último término, es que parece absolutamente claro que el pensamiento precede y determina al lenguaje y no al revés.

No existen lenguas más y menos complejas. Todas las conocidas se asientan sobre la gramática universal inscrita en nuestros genes y todas se basan en la recombinación de elementos simples para producir infinitos mensajes diferentes, que pueden hacer referencia al mundo de lo real o de lo ficticio, a lo concreto o a lo abstracto. Con todas las lenguas se pueden transmitir absolutamente todas las ideas, sentimientos o emociones que seamos capaces de concebir. Parece pues evidente que las lenguas son un producto cultural específico (como las tradiciones musicales o la ropa) con una función social básicamente instrumental, la de la comunicación. Su diversidad ha venido provocada por la dispersión y aislamiento progresivo de los grupos humanos en el planeta y no por una intencionalidad específica de los mismos. En la medida en que los grupos entran en contacto, la tendencia natural es pues a la homogeneización, ya que el valor lingüístico supremo es el de facilitar la comunicación entre los individuos (¡y a eso sí que se le puede adjudicar un sentido adaptativo de primer orden!). Y de hecho eso es lo que ha venido ocurriendo históricamente. Los imperios extendían la lengua de los hombres que formaban el núcleo metropolitano del que nacían, y su desaparición o contracción provocaba la aparición de lenguas nuevas (ejemplo supremo: el latín y las lenguas romances surgidas tras la caída del Imperio Romano). Y este proceso, insisto, era absolutamente natural. La gente no era conminada por la fuerza de las armas o de la amenaza a hablar una lengua u otra (eso es una reciente y desagradable novedad). La gente hablaba la lengua que más beneficios le producía, y en ello claro que tiene que ver el dominio político, militar y económico, pero es que las relaciones de poder fundamentan el orden social en cualquier comunidad animal (y por tanto humana) conocida. Es una condición connatural a las sociedades. Los que apoyan el que pueda discriminarse positivamente (así lo llaman) a los hablantes de unas lenguas en detrimento de los hablantes de otras (porque son los individuos los discriminados, las lenguas ni sufren ni padecen) piensan que actuando de este modo se compensa una especie de injusticia histórica, pero en el fondo esta justificación se acoge al mismo tipo de argumentación que la de los astrólogos: convertir una causa primera, general y apriorística (la situación de los astros en el universo, lo que obviamente condiciona la vida en la Tierra, en un caso; el fundamento básico y universal de las relaciones entre organismos vivos, en el otro) en causa concreta, última y directa de un suceso (el carácter de los individuos determinado por la posición de los astros el día de su nacimiento; la extensión de unas lenguas y la desaparición de otras).

Si la diversidad biológica, luego genética, es un factor decisivo para la supervivencia de nuestra especie y en la diversidad cultural (en sentido muy amplio) hay elementos (o históricamente los ha habido) que pueden ser evolutivamente tenidos en cuenta, no encuentro absolutamente nada parecido en la diversidad de lenguas, hecho puramente cultural, que debería estar sujeto exclusivamente al natural desenvolvimiento de los individuos en sus relaciones sociales a lo largo de la historia. Sin embargo, sabemos que esto no es así, pues desde hace aproximadamente dos siglos las naciones-estado decidieron inmiscuirse directa, políticamente en la lengua. Tanto las naciones antiguas como las recién creadas, firmemente sujetas al concepto del volk alumbrado por el idealismo alemán, empezaron a otorgarse unos atributos ciertamente originales: de repente eran las naciones, y no los individuos, las que tenían cultura y lengua (como anteriormente religión, que por supuesto conservaron hasta hace bien poco). ¿Cómo se conocía a un alemán? Sencillo, porque hablaba alemán y tenía cultura alemana; ¿y a un francés? Pues porque hablaba francés y tenía cultura francesa, y así; de tal modo que la relación de los individuos con el poder y con los otros individuos dejaba de basarse en su propia identidad personal (suficientemente compleja, ya de por sí) para asentarse en la asunción de una ficticia identidad colectiva que era previa y por tanto inexcusable para sus miembros. Un francés tenía que hablar francés porque esa era la lengua de la nación francesa. Obvio comentar, por suficientemente conocidas, las nefastas consecuencias provocadas por el nacionalismo étnico y lingüístico en estos dos últimos siglos.

Cierto que los estados (tanto los antiguos como los creados a lo largo del XIX) se encontraron desde principios del XVIII y, sobre todo, a partir de las revoluciones liberales, con una serie de problemas nuevos que parecían requerir nuevos enfoques. La progresiva desaparición del Antiguo Régimen, con la homogeneización legislativa, la supresión de aduanas interiores y de los privilegios personales y de grupo parecían impulsar la homogeneización lingüística, pero es que además el aumento exponencial de la producción documental y la progresiva extensión de la enseñanza y del servicio militar obligatorios hizo pensar que para que los nuevos sistemas puestos en marcha fueran eficaces resultaba imprescindible el desarrollo de una política lingüística que unificara la lengua hablada por los ciudadanos. Es por eso que se cursan instrucciones para el uso preferente o exclusivo, básicamente en la administración, la escuela y el ejército, de la lengua más hablada, aunque generalmente no mediante medidas coercitivas, ni siquiera mediante la declaración de "lenguas oficiales" (por ejemplo, en la historia del constitucionalismo español, el castellano no es declarado lengua oficial de España hasta la Constitución republicana de 1931). Las naciones surgidas de procesos de unificación llevan la unificación política hasta el idioma (así, Italia, que escoge la variedad toscana del italiano, desechando el lombardo o el napolitano, que son considerados dialectos por algunos y lenguas independientes por otros), aunque el camino escogido para su difusión fue en lo básico el de la educación obligatoria y no el de la coerción legislativa.

La Constitución española del 78 adolece en materia lingüística de un rancio nacionalismo al proclamar la obligatoriedad de conocer el castellano, pero en el fondo se trata de un nacionalismo pequeñito (al fin y al cabo, en 1978 prácticamente el 100% de los ciudadanos españoles conocía el castellano) al lado de las monstruosas políticas lingüísticas desarrolladas por las comunidades autónomas. Entre todas (lo de Aragón, Asturias, Cantabria y León puede llegar a ser verdaderamente trágico de tan ridículo), el País Vasco se lleva la palma, al imponer un idioma recién creado mediante el mismo procedimiento decimonónico de los italianos (esto es, mediante la elección de una variedad de vascuence y su homogeneización), un idioma que en 1978 apenas hablaba el 15% de la población, con amplísimas zonas (toda Álava, Bilbao y su área de influencia), en las que que no quedaba un solo hablante desde siglos. Y todo por qué, por una lamentable confusión en los atributos, fomentada por ideologías perversas e intereses políticos. Las naciones son entes ficticios, creados por los hombres. No tienen lengua ni cultura. Las lenguas están al servicio de los hombres como los instrumentos de comunicación que en realidad son y no al revés. Si una lengua desaparece porque deja de ser interesante para sus hablantes no habremos perdido nada especialmente relevante. Los hombres seguirán comunicándose en otras lenguas y no pasará nada. La mejor política lingüística es la que no existe. Un estado o una entidad supraestatal puede hacer uso de una lengua franca (la más hablada, y ese es el carácter que tuvo el castellano desde la Edad Media en toda España), o de varias, por razones prácticas para su producción documental, pero nada más. Las lenguas son sistemas en permanente evolución. Si dentro de mil o de cinco mil años toda la Humanidad tiene un solo idioma como lengua materna (algo, avanzo ya, bastante improbable), un inglés evolucionado o un chino avanzado o una mezcla de varios de los hoy existentes, no creo que la Humanidad sea menos pobre por ello; al contrario, los hombres ahorrarán notable esfuerzo en el costoso aprendizaje de las lenguas no maternas, un esfuerzo que puede invertirse en actividades más provechosas.

Una objeción:

Pero, oiga, que muchas de las lenguas actualmente existentes no son sólo instrumentos de comunicación, sino que tienen detrás una imponente producción literaria y científica, ¿no sería ello una pérdida importante, aunque sólo fuera desde el punto de vista artístico? Gran objeción a la tesis principal, tengo que reconocerlo. Pero yo no estoy proponiendo la abolición de todas las lenguas en pro de una única y universal. Ya he criticado la politización lingüística unificadora de los estados desde el siglo XVIII. Lo que digo es que a las lenguas hay que dejarlas en paz, que sean los flujos y las relaciones sociales naturales (y ello incluye desde luego las relaciones económicas y políticas, pero no las medidas coercitivas o discriminatorias oficiales) las que vayan decantando la mayor o menor difusión de los idiomas en uso, y que si eso supone una progresiva homogeneización habrá que aceptarla por el valor supremo de la comunicación social y la libertad de los hombres, valores que en mi opinión está muy por encima de todas las convenciones, incluida la del arte. Hoy admiramos las pirámides de Egipto, pero no podemos olvidar que las construyeron esclavos. La pregunta puede ser incómoda pero hay que hacerla: ¿prefiere usted las pirámides o la libertad de los hombres? Lenguas en las que se escribieron extraordinarias y trascendentales obras literarias y científicas desaparecieron de la práctica común, como el latín, el arameo o el griego clásico, sin que ello, visto con la perspectiva que dan los siglos, haya supuesto un quebranto especialmente gravoso para la Humanidad. Aquellas lenguas no se hablan ya, pero no se han perdido. Algunos hombres las estudian y profundizan en ellas y los demás podemos conocer sus rastros escritos por las traducciones. Por otro lado, resulta complicado aceptar que el castellano en que se escribió el Poema de Mío Cid tenga algo que ver con el castellano actual, lengua materna de unos 400 millones de hombres en todo el mundo. ¿Nos entenderíamos hoy con un toledano del siglo XI? Seguramente con muchos problemas. ¿Por qué entonces se pretende hacer de la lengua elemento identitario de entidades que parecen colocadas fuera del tiempo?

Objecioncitas (o sea, objeciones menores):

- De orden fonético. Cada lengua tiene un sistema fonético propio, unos más amplios y otros más restringidos. Los humanos nacemos con una inmensa capacidad para producir sonidos distintos. Los niños seleccionan aquellos sonidos que contiene su lengua materna y el resto se pierde. Por eso determinadas lenguas predisponen a sus usuarios a hablar con más facilidad otros idiomas, y lo contrario (¿quién no se ha sorprendido alguna vez escuchando a un futbolista yugoslavo hablar castellano casi sin acento?). En este sentido, perder idiomas supone la pérdida de la capacidad humana para producir determinados sonidos, lo que supondría la pérdida de posibilidades de adaptación en condiciones adversas. En absoluto, porque el valor adaptativo del lenguaje tiene que ver con los significados y no con los sonidos. Además la capacidad de producir sonidos no se pierde, porque está inscrita en el genoma. Un mismo idioma no quiere decir que no tenga variedades fonéticas. Por último, los idiomas evolucionan, cambian permanentemente: nuevos sonidos se crean y otros quedan desplazados por el camino (la /b/ fricativa española no es mal ejemplo).

- De orden semántico. Cada lengua tiene matices de significado propios, cosas que sólo se pueden decir en ese idioma, que no tienen traducción posible. Todos nos hemos parado alguna vez sin encontrar la palabra exacta para expresar un determinado concepto que otro idioma expresa con precisión y economía. Perder idiomas significa perder capacidad de matización semántica. Es volver a lo mismo de antes, a decir que lengua y pensamiento son la misma cosa o que es la lengua la que determina el pensamiento. Pero no sólo el sentido común (como afirmaba Pinker), sino todos los estudios apuntan en sentido contrario: el pensamiento está antes, lo cual quiere decir que cualquier cosa que pueda ser pensada puede ser dicha en cualquier idioma. Lo repito: una lengua no es un sistema inalterable y eterno, sino un mecanismo de comunicación, algo vivo, que está en constante transformación y que abarca todos los matices que puedan ser concebidos, y si no existe palabra para expresar uno de ellos, se inventa. De hecho es así como pasa siempre, todas las palabras han sido inventadas.

- De orden psicólogico. Cada lengua tiene detrás una cultura, la cultura de los que se han expresado en ella a lo largo de la historia. Las lenguas aportan a los hombres una forma de ver y entender el mundo que les rodea, una cosmovisión propia. Cada lengua que desaparece es una forma de mirar y de pensar que se pierde. Típico constructo identitario y esencialista, engendro nacionalista por excelencia (del tipo territorio + lengua + cultura = nación), que insiste en colocar el carro delante de las mulas, la lengua como conformadora del pensamiento. Siguiendo a Pinker, cabría decir que se trata de otra "estupidez convencional, o sea, [otra] afirmación que se opone al más elemental sentido común y que, no obstante, todo el mundo se cree porque recuerda vagamente haberla oído mencionar". Siguiendo esta lógica, un individuo con dos lenguas maternas (lo que, dicho sea de paso, es una suerte increíble), por ejemplo, inglés y chino, tiene dos cosmovisiones diferentes, dos formas distintas de mirar y entender el mundo: una cuando habla (y piensa, claro) en inglés y otra cuando lo hace en chino, y en las ocasiones en que mezcla las dos lenguas dentro de una misma conversación (algo habitual por ejemplo en Cataluña con el catalán y el castellano), la cosmovisión se divide en dos mitades idénticas, con la mano derecha hace cosas propias de la cosmovisión china y con la izquierda las propias de la cosmovisión inglesa. En fin, la reducción al absurdo de este planteamiento parece tan absoluta que no creo que el argumentito dé para más comentarios.

Y termino ya: Babel, ¿maldición o ventura? Pues ni una cosa ni la otra. La realidad (vía Pero Grullo).

jueves, 2 de agosto de 2007

Callirhoé

Coreso, sacerdote de Dionisos, va a desposar a Callirhoé, princesa de Calidonia, quien lo odia. La joven está dispuesta a aceptar el sacrificio que le impone su madre, pues Dionisos es el dios tutelar de Calidonia y sólo emparentando con un miembro significado de su ministerio podrá ella conservar el trono. Callirhoé se lamenta, pero acepta su destino, apagada incluso la esperanza de una vida feliz junto al hombre al que en realidad ama, Agenor, héroe caído en defensa del reino, como juró al rey, padre de Callirhoé, en su lecho de muerte. La princesa se prepara para la ceremonia, alentada y consolada por la reina, quien temía una reacción airada de su hija. Y de repente ante los ojos de la joven se presenta Agenor. ¿Es real o sólo una visión provocada por la desesperación y el desconsuelo? La respuesta la tiene el héroe, que le habla de su enfrentamiento con los rebeldes y de cómo logró salvar por poco la vida. Callirhoé entiende entonces que ha sido engañada para facilitar su aceptación de un matrimonio indeseado, pero ya es tarde para volverse atrás. A pesar de los ruegos de Agenor, a pesar de que comparte sus sentimientos, aun a costa de su felicidad, son su patria y su familia las que le solicitan ese sacrificio, y su concepto de la lealtad, del honor, la continuidad de su estirpe y la tranquilidad del reino le impiden oponerse a sus designios. Los amantes se separan. Callirhoé llega junto al altar. Coreso ha pronunciado ya los juramentos. Ahora le toca a ella. Duda. Mira a su alrededor y contempla por un instante, entre la multitud, el rostro desencajado del héroe. Pierde el sentido.

Cuando despierta, descubre que Agenor la ha seguido y ha logrado introducirse en sus aposentos. El joven le pide, en nombre del amor y de su propia libertad aún preservada, que desafíe la imposición de su madre y se una a él, pero Callirhoé, temerosa de la venganza del dios, está resignada a aceptar su destino. Los amantes lloran su desdicha. Agenor se arroja a los pies de la amada justo cuando Coreso entra con su séquito en la estancia. Iracundo, el sacerdote brama por la traición cometida y pide al dios que, como castigo, arrase todo el reino de Calidonia y a sus habitantes con él. Consternación. La reina llora su desgracia y maldice la crueldad de Coreso. Humilde, Callirhoé marcha en su busca. ¿Cómo puede sufrir todo un pueblo la falta cometida por una sola persona? Coreso trata de mostrarse inflexible, pero enseguida descubre que ama profundamente a la princesa y no puede resistirse a sus ruegos. Hará lo posible por calmar la ira ya desencadenada de los dioses. Además, sería conveniente que la reina consultara con el oráculo.

Fiesta de pastores, sátiros, dríadas y faunos en el bosque en honor del dios Pan. La reina, Callirhoé, un ministro del dios y su séquito se aproximan. Van a consultar al oráculo acerca de la ruina programada de Calidonia. La respuesta es implacable: "La calma no puede volver a estas regiones, sino al precio que los Destinos exigen de vuestro celo: de Callirhoé la sangre ha de ser vertida, o la de un amante que se ofrecerá a morir por ella". La reina grita horrorizada, pero Callirhoé se muestra tranquila: la muerte no le parece un sacrificio más gravoso que el matrimonio con un hombre al que desprecia. Pero la reina se rebela. Impone a su séquito silencio sobre el dictado del oráculo, al menos hasta que haya podido hacer otra consulta.

Sola, Callirhoé llora, pero sus lágrimas no son amargas. ¿Acaso no había empezado a morir cuando tuvo que renunciar al hombre al que amaba? ¿No será la que le espera una muerte mucho más gloriosa que la de consumirse compartiendo trono y lecho con el ser odiado? Aparece entonces Agenor y su valor se resquebraja. El joven está confiado en la suspensión definitiva de los designios funestos sobre Calidonia, pero la princesa le aclara que han tenido que pagar un precio a los dioses por ello. Para Agenor cualquier precio estará justificado, pero cuando Callirhoé le comunica cuál es el pago que exigen los dioses, el joven estalla en un ataque de ira. Se enfrentará al dios y a sus sacerdotes, destruirá el templo, salvará la vida de la princesa, quien se queda desconsolada ante el temerario impulso del héroe.

Todo está ya preparado para el sacrificio de la princesa. Hasta la reina parece resignada, aunque desearía no asistir al funesto espectáculo. Entre tanto, Agenor ha descubierto la segunda parte del dictado del oráculo. La sangre de la princesa puede ser rescatada a cambio de la de otra persona, y él llega dispuesto a canjearla por la suya, pero Callirhoé tratará de impedirlo, exigiendo a Coreso que se cumpla su destino y sea su vida la sacrificada. El sacerdote se revuelve en un mar de dudas. Por un lado, el giro de los acontecimientos podría permitirle librarse de su gran rival, pero cuánta gloria para Agenor. ¿Podrá soportar el desprecio eterno de la mujer a la que ama? El momento se aproxima. Los dos jóvenes piden ser cada uno la víctima propiciatoria. Al ministro de Dionisos lo reconcomen la envidia y los celos, pero a la vez no puede evitar conmoverse ante la escena que protagonizan los amantes. Coreso desenvaina el hierro sagrado. A él toca escoger. ¿Acabará con la vida de Agenor y con ello incrementará su honor y su gloria? ¿Descargará su golpe sobre Callirhoé, acabando con la vida de aquella a la que ama? Él ha tomado ya su decisión. Será su propia vida la sacrificada. Se golpea a sí mismo. "Morís", exclama sorprendida la princesa. "Estoy salvando vuestros días. De vuestras desdichas, de las mías, acabo el curso. Lloráis. ¡Puede que este corazón se enternezca! Muero dichoso, mis fuegos ya no os turbarán; acercaos: mientras muera, que mi mano os una; acordaos de Coreso." Agenor y Callirhoé se muestran admirados ante el gesto inesperado del sacerdote. Dionisos aparece entonces en escena. Coreso conservará la vida y los amantes se unirán en matrimonio para reinar sobre un país que estrecha sus lazos con la divinidad protectora.

Cuando el 27 de diciembre de 1712 André Cardinal Destouches estrenó en la Academia Real de Música esta tragedia lírica que contaba con libreto de Pierre-Charles Roy nadie entre el público habría entendido un desenlace que no estuviese coronado por el típico divertissement con final feliz. El propio Luis XIV quedó encantado y la obra permaneció en cartel hasta marzo del año siguiente. Para entonces, Destouches era ya uno de los compositores más admirados de entre los operistas sucesores de Lully. Nacido en París en 1672, su juventud tuvo trazos novelescos. Educado por los jesuitas, con 15 años se embarcó junto al padre Tachard en un viaje hasta Siam, acompañando a los embajadores que habían llegado desde el lejano oriente causando gran revuelo en la corte del Rey Sol. Se le supone por entonces un acendrado celo religioso con aspiraciones misioneras que no debió de durar demasiado, pues año y medio después está de nuevo en Francia decidido a seguir una carrera militar. Se adscribe al cuerpo de mosqueteros del rey y en 1692 participa en condición de tal en el asedio de Namur. Pero las armas tampoco seducirían durante mucho tiempo al joven, que abandona el ejército en 1696. Su afición musical, abonada sin duda durante su formación jesuítica, lo conduce entonces hasta André Campra, uno de los compositores más respetados del momento, quien sorprendido por el talento de su alumno lo invita a participar en la composición de La Europa Galante, obra para la cual Destouches escribirá tres arias. En 1697, el músico tiene la oportunidad de presentar una obra propia en la Real Academia de Música: es Issé, cuya producción alcanza tal éxito que su futuro como autor de música escénica parece por completo asegurado. Títulos como Amadís de Grèce, Marthésie, Omphale, Le Carnaval & la Folie, Télémaque & Calypso, Sémiramis o Les élémens confirman en efecto su triunfal carrera, que se ve recompensada con los nombramientos de inspector general (1713) y finalmente director (1728) de la Ópera de París.

Destouches es sin embargo un compositor casi completamente olvidado hoy, y ello puede ser debido (como comenta con acierto Benoît Dratwicki) a su propia condición de músico dedicado casi en exclusividad al teatro. Tras la muerte de Lully y hasta la irrupción tardía de Rameau, fue justamente el género teatral el que más rápidamente pasó de moda en Francia. Además, cuando a finales del siglo XIX se suscita el interés renovado por la música antigua son los compositores con una obra instrumental importante a sus espaldas (Couperin, Marais, Rameau) los que despiertan la admiración de los arqueólogos franceses, por lo que Destouches tuvo pocas posibilidades de ser recuperado. A finales de la década de 1980, su ópera-ballet Les élémens (que compuso en colaboración con Lalande) conoció cierta difusión merced a la grabación de una suite de la obra a cargo de Christopher Hogwood. En los 90, el Ensemble Baroque de Limoges (¡ojo, no el de Christophe Coin!) registró algunos otras piezas en un sello de circulación muy reducida. Eso era todo hasta esta grabación de Hervé Niquet para Glossa, después de que Callirhoé fuera representada en la Ópera de Montpellier. El sello madrileño publicó primero la obra en una edición en libro-disco (Colección Ediciones Singulares) pensada para el mercado francés y luego en doble CD para el resto del mundo.

Tras su éxito de 1712-13, Callirhoé había sido repuesta en París en 1731 en unas funciones para las que Destouches tomó una decisión que puede ser considerada revolucionaria, pues eliminó de un plumazo el divertissement del acto V y con él el deus ex machina, la catarsis salvadora, el lieto fine. La obra acababa bruscamente con la muerte de Coreso y su parlamento final, el que reproduje arriba. Desconocemos la reacción del público ante la consumación de la tragedia en su sentido más estricto, pero en 1743 Destouches retocó su obra para una nueva reposición y mantuvo este mismo final. Es sobre la versión de 1743 sobre la que ha trabajado el equipo del Centro de Música Barroca de Versalles para la recuperación de este título que amplía nuestra panorámica sobre el arte francés del grand siècle. Esto no es una ópera italiana, y hay muchos aficionados que no encuentran especial interés en esa especie de recitativo continuo con el que se construyen las tragedias líricas francesas. A mí en cambio sí me interesa mucho, pues esta música está mucho más cercana del cantar parlando monteverdiano que del bel canto que se impondría después. Es también el continuo fluir melódico de Wagner el que atraparon los compositores franceses casi dos siglos antes del triunfo del genio alemán. En palabras de Sébastien de Brossard, con la declamación característica del recitativo francés "se presta más atención a expresar la pasión que a seguir con exactitud una medida pautada". El lamento de Callirhoé al principio del acto IV lo ejemplifica bien, con el paso del aria al recitativo que se inicia en el penúltimo verso: apenas un sutil cambio en la prosodia, una variación mínima en la instrumentación (los traversos parecen esfumarse) sirven para la vuelta de la declamación, antes que la entrada inmediata de Agenor (sin solución de continuidad después del corte que reproduzco) conduzca hacia un recitativo simple, empleado sabiamente por Destouches para hacer avanzar con mayor rapidez la acción. Un prodigio de flexibilidad dramática.

Coulez mes pleurs, hâtez-vous de couler,
N'offensez pas longtemps ma gloire.
D'une éternelle nuit la mort va me couvrir,
À toutes les horreurs j'ai préparé mon âme ;
Du jour qu'on m'a ravie à l'objet de ma flâme,
N'avois-je pas commencé de mourir ?
Beaux jours tant espérez, sortez de ma mémoire ;
Sans trouble, sans regrets il faut vous inmoler.
Coulez, mes pleurs, hâtez-vous de couler,
N'offensez pas longtemps ma gloire.
Ciel ! Je vois Agénor : je commence à trembler,
Il ignore le coup qui me doit accabler.


Callirhoé de Destouches. Acto IV. Escena 1. Stéphanie d'Oustrac, soprano. Le Concert Spirituel. Hervé Niquet (Glossa)

miércoles, 1 de agosto de 2007

Un súbito ataque de nostalgia

Cantábamos esta canción en clase de francés...

sábado, 21 de julio de 2007

Contra la censura (otra vez)


Continuará (me temo).

viernes, 13 de julio de 2007

Vida de perro

Siento una mezcla de lástima y repulsión por su figura. El comercial joven. Con el guión que le han proporcionado en el ridículo curso de formación de la empresa bien aprendido, pateándose las calles con la carpetita negra bajo el brazo. Mal pagado. Aguantando las babas de los perros y las negativas de sus dueños. Deseoso de hacer méritos a los ojos de los jefes y de los comerciales veteranos, de crecer y llegar a ser un día como ellos...

Acabo de tener un interesante cruce de impresiones con una empresa que me ha cobrado un servicio que yo no solicité. Estoy calentito. Además pronto llegaremos a los 40º. Esa bolsa de aire sahariano que hará subir las máximas. Suena el timbre de la puerta. Cojo unos pantalones cortos y una camiseta y salgo a abrir. Noooo. Es él. Aún no ha cumplido los 20. Sonrisa. Pelo impecablemente cortado y peinado con gomina. Traje claro, corbata rosa de fantasía. Me cuenta no sé qué historia de un teléfono y una compensación, que estuvo la semana pasada y había hablado con todos los vecinos pero yo no estaba y... Le corto y le digo que no me interesa nada de teléfonos. "¡Ah!, ¿pero no tienes teléfono fijo?" (sí, me tutea). Le explico que sí, pero con otra compañía. Suena de fondo Haendel, de pronto un crescendo. Se ríe. "¡Ja, ja! La musiquilla" (¡La musiquilla!). "¡Ah! -sigue como si tal cosa- y a lo mejor también tienes Internet con ellos". Le digo que sí, que en efecto, que así es. "Pues verás, es que nuestro servicio incluye por 39,95..." Lo corto otra vez. "Gracias, pero no me interesa nada relativo a teléfonos ni Internet." "¡Ah! No te interesa ahorrar dinero." La impertinencia me invitaba a cerrarle la puerta en las narices con un sencillo y sincero "¡capullo!", pero mi natural hospitalidad me conduce a dejarlo todo en un tenue carraspeo. "¿Cómo te llamas?" No doy crédito. "¿Quéeeeeeeee?" "¿Que cómo te llamas? Tu nombre." Otro carraspeo, la mirada perdida en la puerta del vecino. La hospitalidad, Paolo, la cortesía. "Paolo." "Yo soy Jose. Encantado..." Y me tiende la mano izquierda (en la derecha, la carpeta), pero no de forma directa, sino en un escorzo, de una manera extraña que me recuerda cuando salíamos del colegio en fila de a dos para una excursión. E imagino la calor que está pasando el pobrecito, las instrucciones del monitor, ante todo, mantener la sonrisa y mostrarse campechano y abierto, no perder los nervios aunque nos reciban con hostilidad. Le tomo la mano, casi como si fuera la de una novia ante el altar, y le sonrío. El Aci, Galatea e Polifemo se ha terminado ya. Tengo que volver a escuchar el trío final.

jueves, 12 de julio de 2007

Contra la censura

Mientras el PP (adiós definitivamente con la manita), se aferra a lo más rancio y retrógrado de su electorado y promueve un supuesto derecho a la objeción de conciencia con respecto a una asignatura de valores cívicos, sus amigos de la curia siguen a lo suyo, a promover la censura. Y que quede claro: si hoy no arden las hogueras de la Inquisición en los quemaderos públicos de las ciudades europeas no es gracias a la Iglesia, sino a quienes, durante siglos, la combatieron con toda la fuerza de la razón y aun a riesgo de sus vidas.

miércoles, 11 de julio de 2007

Goza, infiel


Hace unos años alcanzó cierta popularidad el "Scherza infida" del Ariodante de Haendel en la interpretación de Anne Sofie von Otter con Minkowski. Pero es que el aria la ha grabado ahora Magdalena Kozená, y ya me callo.

Scherza infida in grembo al drudo.
Io tradito a morte in braccio
Per tua colpa ora men vo.
Ma a spezzar l'indegno laccio,
Ombra mesta, e spirto ignudo,
Per tua pena io tornerò.


"Scherza infida" de Ariodante de Haendel. Magdalena Kozená. Venice Baroque Orchestra. Andrea Marcon. (Archiv)

viernes, 6 de julio de 2007

Todos contra el fuego (del PP)

Desde tiempo inmemorial, la llegada del verano ha coincidido con la intensificación de las campañas contra los incendios forestales. Desde aquel célebre lema del ICONA, "Cuando un monte se quema, algo suyo se quema" ("...señor Conde", que le añadió con genio Peridis), los mensajes de las autoridades siempre han tratado de incitar a los ciudadanos a luchar unidos contra la lacra del fuego (ya parezco hasta un político escribiendo). Pues bien, este verano el mensaje trata de concienciar a la sociedad para luchar unida contra un mal todavía peor que el del fuego: el Partido Popular. Ayer, en el Congreso, volvió a escenificarse la canción de la legislatura: el PP está solo, mientras el Presidente del Gobierno (el Estado es él) lucha tan denodada como generosa e inútilmente por la unidad y la concordia.

Al fin y al cabo, lo que el partido de Rajoy pretendía en el Parlamento era una auténtica infamia: nada más y nada menos quería que el Gobierno diera cuenta detallada ante los ciudadanos de sus contactos con una banda terrorista (habrase visto qué desfachatez) y, a la vez, que el Parlamento anulara el permiso concedido al ejecutivo para negociar con la misma banda, un permiso que dio lugar a uno de los episodios más hermosos y edificantes de la democracia española. Tenían razón todos los grupos cuando censuraron duramente las pretensiones del partido conservador. Lo mejor en estos casos es el silencio y la ficción.

Y se acabó la ironía.

Ha pasado un mes del anuncio por parte de ETA de la ruptura del "alto el fuego permanente" y sigo esperando. Aún no he escuchado ni leído absolutamente a ningún defensor del llamado "proceso de paz" reconocer que los que desde el principio nos opusimos a él teníamos razón, que no había un solo dato objetivo que hiciera pensar que ETA pretendía renunciar a la violencia a cambio de nada (su comunicado reclamaba exactamente lo mismo de siempre), que, en el mejor de los casos, todo fue un acto de fe en un Iluminado que no sabía de la misa la media, un acto de fe que a medida que pasaba el tiempo fue trufándose con mentiras, medias verdades y vergonzosos actos de apaciguamiento y humillación, que los adeptos asumieron con una normalidad sonrojante.

Ha pasado un mes, y estamos mucho peor que hace 30 días, muchísimo peor que antes de la famosa declaración del Congreso que, en lógica aplastante, pretendía anular el PP. Y estamos peor porque los ideólogos de la negociación (sector del PSOE liderado por Zapatero, IU y nacionalistas, los grandes beneficiados de la existencia de ETA, si no de cuándo iban a tener el poder que tienen) han conseguido hacer pasar el error del proceso, el bochorno de sus manejos y sus cesiones como un bienintencionado y deseable esfuerzo por ganar la paz, de cuyo fracaso no cabe hacer el menor reproche al Gobierno.

Entre los que, pese al fracaso del proceso y las mentiras evidentes de sus conductores, siguen defendiendo la necesidad de su puesta en marcha ("era una obligación", dicen falazmente), se han ido delimitando varios grupos. Todos coinciden en la buena fe del Presidente del Gobierno y la irresponsabilidad de la oposición realizada por el PP, pero sus justificaciones son de diversa índole. Repasémoslos:

1. Los amebas. "Yo, lo que diga Zapatero". Y no hay más.

2. Los cínicos. Niegan la evidencia: el Gobierno no ha negociado nada. Se ha ajustado escrupulosamente a la declaración del Congreso, rompiendo los contactos en cuanto tuvo la certeza de que ETA no abandonaba la violencia. Increíble, pero sí, muchos continúan afirmando esto, pasando incluso por encima del atentado del 30-D y la evidencia de los gestos apaciguadores del Gobierno después de esa fecha (por no hablar de todo lo anterior, esto es, la verificación fantasma, las cartas de extorsión a empresarios, la reunión pública PSE-Batasuna , las alusiones explícitas a la mesa de partidos, los zulos descubiertos, el robo de armas, etc., etc., siempre minimizados en pro del "noble objetivo de alcanzar la paz"; y ni siquiera entro en las muy verosímiles -por los hechos ya conocidos y el uso del lenguaje del Presidente- revelaciones de Gara).

3. Los utilitaristas. La mayoría provienen del grupo anterior. Son cínicos sin careta. Conscientes de que negar la evidencia tiene unos límites y de que hacer el ridículo de forma manifiesta acarrea una dosis importante de pérdida de prestigio (imprescindible para la supervivencia profesional de muchos de ellos), asumen que el Gobierno negoció, pero que eso en sí no es malo, que es aceptable plantearse cesiones políticas con tal de acabar con el terrorismo. Están muy bien retratados en la frase de Ignacio Sánchez Cuenca que reproducía hace unos días Ignacio en su blog:

Todo esto, francamente, es un disparate. No tiene mucho sentido decidir con criterios morales si negociación o derrota. En teoría, son dos medios para conseguir un mismo fin, la desaparición del terrorismo. Su uso debe venir dictado por las circunstancias.
Es, sin duda, la postura de Zapatero y del sector del PSOE que domina el partido. Aparte de que esta postura me resulta éticamente deleznable (sobre todo, ¡40 años, más de 800 muertos y miles de heridos después!) ha demostrado ser por completo ineficaz. Lo más útil para combatir el terrorismo es negar absolutamente la posibilidad de la negociación. Sólo dejando claro que no se negociará en ninguna circunstancia y atacándolos desde todos los flancos de la lucha policial y jurídica, los terroristas se quedarán sin expectativas. Sobre esto volveré después más en extenso.

4. Los memoriosos. No dicen ni que sí ni que no. Ni afirman ni niegan. Pero insisten en que tienen memoria (muy flaca, desde luego, pero tenerla la tienen, claro). Muestran un relativismo cercano al del grupo anterior, pero lo que los distingue de ellos es su justificación de que los pasos dados por el PSOE son aceptables por el hecho de que "el PP hizo en su momento lo mismo". Es más, algunos incluso llegan a afirmar (y no los fulmina un rayo en el acto, lo cual es una nueva demostración de la inexistencia de Dios) que el PP cedió mucho más. La argumentación sólo se sostiene desde el cinismo más absoluto o desde la ignorancia. Siempre desde la indigencia intelectual más desoladora. Primero, porque en el caso de que fuera así, de que tuvieran razón y el PP hubiera hecho lo mismo, en ese caso su ejemplo tendría que haber servido de lección para no caer en el mismo error. Segundo, porque es radicalmente falso que el PP hiciera lo mismo. Cansa repetir las mismas cosas una y otra vez: lo del PP fue un error (UN ERROR), que, por otro lado, supieron reconocer (Mayor no se cansó de hablar de la tregua-trampa), pero las circunstancias eran por completo diferentes, partiendo del hecho, absolutamente fundamental, de que aquellos contactos se hicieron con el apoyo de la oposición y la aceptación de las principales asociaciones de víctimas. Y, una vez más, da igual quién rompiera el consenso (en mi opinión, es evidente que fue el PSOE, que dejó sin efecto práctico el Pacto Antiterrorista), lo único real es que es irresponsable emprender un proceso de esas características sin el apoyo del principal partido de la oposición.

5. Los absolutistas. Tienen puntos en común con los tres grupos anteriores. Aceptan que el Gobierno negocie de política con los terroristas (en esto, son utilitaristas), mientras no se les conceda las reivindicaciones máximas, esto es, la Independencia y Navarra. Es decir, van todavía más lejos que los propios terroristas, que no piden la independencia, sino el derecho de autodeterminación (o sea, un referéndum en el "ámbito vasco de decisión"), que no es lo mismo. Demuestran una supina ignorancia sobre la forma en que una banda terrorista pretende alcanzar sus objetivos y sobre la eficacia de sus métodos. ETA sabe perfectamente que no le resulta posible invadir Navarra con un ejército para terminar izando la bandera de la Gran Euskalherria Libre en el Ayuntamiento de Pamplona. ETA es consciente de que militarmente no puede ganar nunca. Su objetivo no es imponerse con las armas, sino a través del miedo. Lo que buscan es el amedrentamiento general de la sociedad para conseguir su desestimiento, lo que les permitirá imponer sus puntos de vista en una mesa. Su objetivo no es otro que el ser reconocido como interlocutor para la negociación, por lo que aceptar ésta es ya una forma de rendirse. Así que negociar no significa salvar vidas, como hemos tenido que oír machacona y simplistamente todos estos meses, sino ponerlas en peligro (salvo que se les dé lo que piden, claro está, pero eso se podría haber hecho hace 40 años y nos habríamos ahorrado mucho dolor y mucha miseria). Negociar supone alargar en el tiempo la existencia del terrorismo, así de simple. Cada reconocimiento (aun parcial) de su discurso, los terroristas lo consideran terreno ganado al enemigo. Cuando decimos (cuando digo) que ETA está más fuerte que hace dos años no es sólo porque se haya rearmado (en el sentido literal del término) y reorganizado, sino porque se ha rearmado en el sentido metafórico, esto es porque se han consolidado sus expectativas de lograr su gran objetivo (la NEGOCIACIÓN en pie de igualdad con el Estado), expectativas que había perdido casi completamente por la admirable rebelión cívica de una parte importante de los ciudadanos del País Vasco a finales del siglo pasado y por las medidas legislativas (Ley de Partidos, Pacto Antiterrorista) aprobadas en los primeros años del nuevo siglo y que la habían llevado a una situación cercana al colapso. ETA sabe hoy que siempre le será posible repetir la jugada de la última tregua, ya que hay una parte sustancial de la sociedad (encabezada por el PSOE de J. L. R. Zapatero) dispuesta a lo que sea con tal de que la dejen en paz. Y mientras ETA sepa eso, ETA seguirá existiendo, puesto que el asesinato, la extorsión y el miedo serán instrumentos eficaces para alcanzar sus fines. Ese es el gran legado real que nos deja el proceso de pazzzzzz y la responsabilidad de quienes, aun después de su rotundo fracaso, lo apoyan y lo justifican.

domingo, 1 de julio de 2007

Mamarrachos sin fronteras (1): Cristóbal Jodorowsky

Es hijo de su proteico padre, Alejandro (el adjetivo es de Víctor-M. Amela, que lo entrevista para la Revista del Domingo de La Vanguardia) y dicen que creció entre "sanadores, chamanes, tarotistas, yoguis, monjes budistas, meditadores, magos y artistas de toda especie". Pero ya pasó de la cuarentena. O sea que no hay excusas para el mamarrachismo (motivo sí: el dinero, la pela, la pasta, el parné, que el negocio magufo vive hoy en la opulencia). Así se describe el mamarracho:

Tengo 41 años. Nací en México y vivo en mi esqueleto. ¿Profesión? Productor de belleza. Ayudo a los demás mediante la psicomagia y el psicochamanismo. Mi mujer es Cassis, y Damián (13), Dante (12) e Iris (7) son mis hijos. ¿Política? Soy del partido demócrata espiritual. ¿Dios? No creo en Dios, pero lo siento. Acabo de publicar mi biografía, El collar del tigre (Mr).
¿Creen que se puede ser más pedante? Sí, se puede. Había pensado extractar la entrevista, pero es que no hay nada que extractar. Hay que ponerla entera, porque Cristóbal no es sólo un mamarracho pedante y engreído, sino un mamarracho pedante, engreído y peligroso.
-¿Qué le gusta hacer?
-Construir catedrales invisibles.
-¿Cuántas?
-Una por segundo.
-¿Cómo son?
-Esta se parece a ti.
-¿Me está creando ahora?
-Es mi mirada la que te crea. Creo cada catedral a imagen de la belleza.
-¿Somos creadores del mundo?
-Sí: cada idea influye en el mundo.
-Pues menuda responsabilidad.
-¡Quizá alguien aún no nacido tome un día una idea que tú escribes aquí [y] la complete dentro de cien años!
-Eso será si hay mundo.
-Si dices que no habrá mundo, colaboras a que no lo haya. Yo digo que seguirá habiéndolo dentro de 10.000 años: colaboro a que lo haya.
-¿Es esto psicomagia?
-Sí, pues la psique es imaginación pura, creación constante: crea y sana. La psicomagia es una técnica creada por mi padre: un arte sanador. Y yo estoy aplicándolo.
-¿En qué consiste este arte?
-En ejecutar ciertos actos cuya carga metafórica genera efectos benéficos. La metáfora es el lenguaje que la psique entiende, y así hay que hablarle. Para la psique, ¡la metáfora es pura realidad y se atiene a ella!
-Un ejemplo, por favor.
-Yo no conocí a mi padre hasta los 12 años. Fui un bebé sin caricias paternas, ¡y eso ha sido causa de muchos trastornos personales y relacionales! Y he querido sanarlo. Así que un día me presenté en casa de mi padre y le dije: "Ahora vamos a probar tu famosa psicomagia".
-¿Y qué hicieron?
-Llevé una maleta con lo necesario: me puse unos pañales. Y mi padre me tomó en brazos, como a un bebé.
-¿En serio?
-¡Rompí a llorar como un bebé! Mi padre me dio un biberón de leche maternizada, me bañó, me arrulló, gateó conmigo...
-Si alguien llega a verles...
-¡Fue sanador! Esto es un arte que sana, es una poesía sanadora.
-Dígame: ¿qué es la enfermedad?
-La resolución a través del cuerpo -a veces con resultado de muerte- de algun conflicto emocional. ¡El cuerpo es metáfora de la psique!
-Si resuelvo mi conflicto emocional, ¿mi enfermedad cede?
-Sí.
-¡Eso acabaría con los hospitales!
-Habrá menos gente dentro. Aprenderemos a autosanarnos.
-Está diciéndolo para crear futuro.
-Sí.
-Si su padre no viviese, ¿qué habría sido del acto psicomágico?
-Bastaría con alguien que portase una máscara con la foto de mi padre, o impresa en su camiseta.
-Una metáfora, real para la psique.
-Real: para la psique, no hay tiempo ni espacio. En ese instante eres bebé.
-¿Es eso el psicochamanismo?
-El chamán decía que te poseía un espíritu dañino, y operaba para expulsarlo. El psicochamán no habla ya de espíritus, pero te guía para que descargues lo que han proyectado sobre ti: tu nombre de pila, órdenes inconscientes... Demasiado cargados.
-¿Quién nos ha cargado?

-Nuestros padres, abuelos, bisabuelos... ¡toda nuestra genealogía psicológica! En cierto sentido, estamos poseídos. Hay conflictos personales que se deben muy a menudo a algo sucedido en la familia hace cuatro generaciones.
-Por ejemplo.
-Una hija oye decir a su madre (como la madre le oyó antes a la abuela): "En esta familia no habrá nunca amor". La psique de la hija lo lee así: "Debo rehuir el amor, o seré excluida de esta familia" (¡la exclusión es, para la psique, la muerte!). Y esa hija ¡fracasará en todas sus relaciones amorosas!
-Para no morir, ¿no?
-Sí, y es una cadena: son ideas que la psique toma como órdenes.
-Casi son psicomaldiciones.
-Sí, pero podemos revertirlas. Una pareja se peleaba continuamente, y descubrimos que estaban reproduciendo peleas de sus padres. Les pedí que tomase cada uno un gran saco lleno de tomates con la imagen de sus padres, y que lo insultasen y pegaran hasta saciarse.
-¡Cómo quedarían los tomates...!
-Con esa salsa les dije que cocinasen unos espaguetis. Su relación mejoró.
-¿La relación con nuestros padres nos determina?
-Una chica no se quedaba embarazada. ¿Por qué? Porque su madre veía el embarazo como algo negativo (ella había vivido mal el suyo). Le dije a la chica que se presentase ante su madre con un falso vientre repleto de trigo y le dijese: "Mamá, me siento muy bien así. ¡Bendíceme el vientre!".
-¿Qué cara puso la madre?
-¡Rompió a llorar! En ese momento la madre fue consciente de lo que sucedía. Y le bendijo tres veces el vientre a su hija. A la chica le dije que luego debía soltar ese trigo sobre la tierra y plantar unas flores.
-Bonito acto.
-Poético, ¿verdad que sí? Una belleza. Ah, al poco tiempo esta chica se quedó embarazada.