miércoles, 26 de septiembre de 2007

Una idea de nación



En una obra publicada a principios de los años 80 del siglo pasado, La persistencia del Antiguo Régimen, Arno J. Mayer desmontaba en toda regla la idea de que las llamadas revoluciones burguesas de finales del siglo XVIII y principios del XIX habían dado lugar al nacimiento de sociedades por completo nuevas. Más allá de que las ideas revolucionarias iniciaran entonces la disolución del mundo antiguo, éste resistió en condiciones aceptables hasta 1945. Analizando la economía, la sociedad, la política y la cultura, Mayer llegaba a la conclusión de que la sociedad occidental siguió siendo fundamentalmente rural y de que aunque la vieja nobleza fuera desgastándose poco a poco, en realidad siguió conservando su poder y su capacidad de influencia y de dominio casi intactos. Para Mayer, las dos guerras mundiales (que él llama la Guerra de los Treinta Años del siglo XX) no son sino el último intento de la aristocracia europea por mantener sus privilegios en un mundo que se transformaba más lentamente de lo que habitualmente se tiende a creer.

En este sentido, adaptadas a la evolución de las entidades políticas, las oligarquías dominantes emplearon sin complejos y sin rubor el concepto de 'nación', tal y como se había ido llenando de contenido a lo largo del siglo XIX, como forma de aglutinar a los individuos en favor y en defensa de su causa, del mismo modo que, antiguamente, la corona o la religión habían funcionado como elementos simbólicos de cohesión. Esta idea fue magníficamente atrapada por Kubrick en Senderos de gloria, película considerada mayoritariamente como un film radicalmente antibelicista. Resulta fácil compartir este juicio, pero en mi opinión, Senderos es en realidad y ante todo un film crudamente antinacionalista.

La celebérrima y conmovedora escena final, que a menudo se interpreta mal. Kubrick no nos habla de la capacidad de los hombres, aun sometidos a una presión extrema, para la compasión y la ternura. No es eso. No es que los soldados queden de pronto conmocionados por la belleza del canto de la chica alemana, ni siquiera por sus lágrimas, su fragilidad o su inocencia. Es que esa melodía popular que oyen, entrecortada y gimoteante, la conocen perfectamente, posiblemente la han oído en los labios de sus madres o la han cantado muchas veces ellos mismos. Es tan de ellos (franceses) como de los enemigos (alemanes). Atrapados en un engranaje diabólico, impotentes para huir de él (y la anécdota principal de la película deja claros los métodos empleados por los superiores para que no lo olviden fácilmente), los soldados descubren de pronto (o acaso no; pero los espectadores, sí) que no son tan distintos de aquellos a los que combaten, que en el fondo están sirviendo la causa de un poder del que no participan y que los ha reclutado enarbolando la idea de una nación que es la de todos los nacionalistas que han existido y existen, aquella que se esfuerza en definirse exclusivamente por los rasgos que (supuestamente) no tienen sus vecinos, creando así una identidad demediada y falsa, perversa y letal. Y es que en el fondo, ser antinacionalista y ser antibelicista viene a ser la misma cosa.

1 comentario:

Ignacio dijo...

Andamos nadando por las mismas aguas, por lo que se ve. Las patrias, qué peligro.