lunes, 5 de febrero de 2007

El aprendiz de brujo y su maestro

En plena oleada de indignación nacional por el apoyo del Gobierno Aznar a los aliados que intervinieron en Iraq, algunos manteníamos que lo que se jugaba en las elecciones generales de 2004 no era la alineación internacional de España con EEUU-Gran Bretaña o con Alemania-Francia, dos parejas que, antes o después, iban a acabar coincidiendo en una política similar para Oriente Medio y frente al fundamentalismo islámico, una cuestión por completo menor para nuestros intereses más urgentes. Lo que se jugaba en aquellas elecciones era el problema de España, tal y como ha ido afectándonos cíclicamente desde hace algo más de un siglo, desde que la generación del 98 lo puso en primerísimo plano de la vida cotidiana. El problema de España es el problema de su organización territorial, de su vertebración. Y en aquel momento de marzo de 2004 se presentaban al elector dos opciones muy claras: el PP representaba una cierta estabilidad del estado de las autonomías, la búsqueda de un cierre aceptable del modelo de manera definitiva y de forma que el estado mantuviera una capacidad de poder suficiente para potenciar el equilibrio interterritorial; el PSOE, IU y los partidos nacionalistas representaban el mantenimiento de una estructura abierta permanentemente, lo que suponía más poder para los territorios y un debilitamiento de la capacidad de decisión del estado. El problema de la segunda opción, la triunfante, es que no sabemos a dónde nos conduce. Como un auténtico aprendiz de brujo, el PSOE de Zapatero se ha puesto a hacer ingeniería social, algo extremadamente peligroso, sólo admisible cuando existe una crisis del sistema verdaderamente grave, cuando se llega a un punto sin retorno, a una situación en la que el mantenimiento de la estructura del estado es más perjudicial que la aventura de la búsqueda de algo nuevo. Es decir, una situación como la de 1931 o la de 1975, pero en absoluto como la de 2004, cuando a una inmensa mayoría de los españoles no le preocupaba en absoluto el modelo existente de estructura territorial. Lo cierto es que se ha emprendido un camino difuso, nebuloso y peligroso por satisfacer las ansias de poder de las oligarquías nacionalistas de Cataluña y el País Vasco, y todo ello se ha hecho fijándolo teóricamente en un equívoco político verdaderamente insólito: para Zapatero y sus acólitos lo progresista es la debilitación de un poder central igualador en torno a la categoría del ciudadano y la entronización de caudillajes locales, a la manera feudal; un equívoco que parece que sólo se da en España (por ejemplo, en el referéndum italiano que propugnaba más poder para los territorios la derecha defendía el Sí y la izquierda el No). En sólo tres años la deriva nacional ha alcanzado tal punto de esquizofrenia que al Gobierno de España le sienta mal que sus ciudadanos se manifiesten con banderas españolas, mientras en los actos en que los que sus miembros participan se enarbolan enseñas preconstitucionales (como la tricolor) y a todos parece bien. Todos los riesgos han sido puestos sobre la mesa. El concepto mismo de nación española está afectando a los partidos políticos. Apenas queda el PP como partido nacional y, de manera incomprensible, se suma también de forma indecente y electoralista a empujar en el sentido señalado por Zapatero, y lo hace defendiendo adefesios como el nuevo Estatuto andaluz. Más allá aún, están algunos (a los que la buena fe se les supone, exactamente igual que el desconocimiento más elemental de las leyes de la historia) que juegan a contextualizarlo y desdramatizarlo todo. Se reformó el Estatuto de Cataluña y no se ha roto España, y se ríen, jaja. Como si el proceso puesto en marcha se hubiera detenido justo en el momento de su inicio, como si esto no fuera sólo el punto de partida de algo que ya se está notando (la desafección entre españoles de distintas regiones y la de muchos españoles con sus propios símbolos constitucionales es verdaderamente grave), pero que sólo alcanzará a mostrar sus auténticas consecuencias sobre la vida cotidiana dentro de una o dos generaciones.

Hoy, elmundo.es trae una entrevista con Francisco Sosa Wagner, quien fuera profesor de Zapatero y miembro del tribunal que concedió sobresaliente cum laude a una tesis del hoy presidente del Gobierno (se ha hecho un excesivo hincapié sobre la calificación de la tesis, lo cual sólo es posible desconociendo que el sobresaliente cum laude es casi lo menos que se estila en este tipo de trabajos académicos). Sosa Wagner habla con absoluta claridad, y no me resisto a traer hasta aquí los puntos fundamentales de su discurso:

-"Nos hemos lanzado a la reforma de los estatutos sin antes habernos puesto de acuerdo en lo esencial: el Estado. Hemos metido a España en un quirófano para una gran operación alumbrados por una simple vela."

-"Nos cansamos de escuchar que con estas reformas vamos hacia un Estado federal y eso no es verdad en absoluto."

-"Como socialdemócrata, combato abiertamente la idea de cuanta más descentralización, más 'progre' soy y más pegatinas me pongo."

-"Nosotros caminamos claramente hacia el confederalismo. Es un disparate esto de que cada uno apruebe por su cuenta los estatutos alentados por un incesante victimismo local."

-"Quitémosnos las caretas de una vez. Nadie quiere una reforma del Senado para que se convierta en una cámara de representación territorial en la que todas las autonomías son iguales. Eso no lo quiere nadie: a lo que se aspira es a la bilateralidad. Es lo que se está haciendo en Cataluña y lo que se quiere hacer también en Andalucía."

-"Hasta ahora el problema era la sobrerrepresentación de los nacionalistas, ahora está ocurriendo algo más grave: la territorialización de los partidos nacionales."

-"Esto ha tomado ya un ritmo imposible de frenar. El Estado se irá fragmentando cada vez más. Veremos cómo el Gobierno será cada vez más incapaz de hacer nada, de legislar nada, de imponer nada."

-"La reforma de la Constitución para reforzar el 'disco duro' del Estado es la única salida a todo este absurdo, pero ¿quién quiere eso?"
Creo que somos muchos los que queremos eso, pero tenemos que hacer algo, juntos, sin complejos, y pronto.

13 comentarios:

Anónimo dijo...

la tricolor es contitucional

Anónimo dijo...

"la desafección entre españoles de distintas regiones y la de muchos españoles con sus propios símbolos constitucionales es verdaderamente grave". Bueno, eso es sólo una opinión personal, más próxima al nacionalismo que tanto criticas que a la realidad. Otra opinión, esta vez mía: mejor nos iría a todos si pasasemos de los símobolos, contitucionales y de todo tipo.

Paolo dijo...

Es muy molesto esto de los anónimos. Se acabó, que por lo menos se registren.

Paolo dijo...

Y entrando en el fondo:

Anónimo 1, no estoy para muchas tonterías, la verdad. Esta página del Ministerio de Defensa hace un instructivo recorrido por la historia de la bandera española.

Anónimo 2, la desafección entre españoles de distintas regiones se nota a poco que se escarbe, y no es que yo lo diga, es que lo dice todo el mundo que viaja un poco. Con respecto a lo de los símbolos, lo ideal es asumirlos con absoluta normalidad, como se hace en todos los países civilizados del mundo, lo cual no tiene absolutamente nada que ver con el nacionalismo.

Paolo dijo...

La entrevista completa

JAVIER CARABALLO

PREGUNTA.- Usted, que fue profesor de Rodríguez Zapatero, nos puede ayudar a despejar la duda de una buena parte de la sociedad española sobre la capacidad intelectual del presidente. ¿Es una persona inconsistente y frívola, o un tipo cultivado, reflexivo y responsable?


RESPUESTA.- No me atrevo a pronunciarme. Conozco desde hace muchísimos años a la familia de Zapatero, que me es muy cercana, y con su padre tengo una verdadera amistad. Es un abogado muy conocido de León, fue decano del Colegio de Abogados y es un hombre de éxito profesional. No es un picapleitos, sino un hombre muy interesado por la cultura, por la literatura, por la Historia... En casa del presidente Zapatero siempre ha habido libros, se ha criado en ese ambiente. Si ha tenido más o menos tiempo por su dedicación a la política, no lo sé.

P.- Pero usted lo conoció como estudiante...

R.- No exactamente. En aquellos años, yo era secretario general técnico en el Ministerio de Administraciones Públicas de los primeros gobiernos de Felipe González, y fue al final de la carrera cuando le examiné de la tesis. Cuando Pedro J. se lo recordó el otro día, el presidente me llamó para comentármelo. Me dijo ahora la nota ya no se la pongo yo, sino los ciudadanos, y le dije que tenía razón. Fue una conversación amable.

P.- Pero si usted tuviera que ponerle una nota a su política autonómica, ¿suspendería al presidente?

R.- Está claro que no me gusta nada. Me remito a mi libro, que me parece que es demoledor. Yo también le dije al presidente que su política territorial no me gusta nada.

P.- Usted formó parte del Gobierno socialista en la Transición. En el prólogo de su libro, Joaquín Leguina sostiene que la clave de todo es la llegada al poder de nuevos dirigentes con un criterio adánico, que piensan que la historia comienza con ellos. ¿Usted lo comparte?

R.- Todo el mundo, cuando llega al poder, tiende a pensar que las cosas comienzan con ellos. En mi etapa en el Gobierno, yo solía decirle a mis compañeros: «Ojo, que todo esto viene de los Reyes Católicos, que no lo inventamos nosotros». Dicho esto, lo que está claro es que entonces se iba con más cautelas y, sobre todo, que en política autonómica no se andaba con experimentos ni bromas. Era tanta la vigilancia que incluso se creó en el Ministerio una comisión permanente para analizar todas y cada una de las normas que se aprobaban en las comunidades para interponer el correspondiente recurso judicial cuando se excedieran. No se dejaba pasar una. Felipe González y Alfonso Guerra tenían una idea más clara y más clásica del Estado.

P.- Es bastante corriente que, cuando un antiguo socialista se permite criticar alguna de las políticas actuales, se le acaba tachando de haber girado a la derecha. ¿A usted se lo han dicho ya en el PSOE?

R.- Yo escribo desde mis posiciones socialdemócratas. Yo creo en los poderes públicos fuertes. No creo en los estaditos, en las regioncitas, en los municipitos... Sólo un poder público fuerte puede enfrentarse a los grandes poderes económicos.

P.- En el desvarío ideológico en el que nos encontramos en España, ahora se presenta el nacionalismo y el mayor autogobierno autonómico como una idea progresista y de izquierdas. En vez de La Internacional, en los congresos del PSOE se va a acabar cantando Els Segadors...

R.- Eso es justamente lo que yo censuro. La izquierda nunca ha tenido esas veleidades. Jamás en Europa ha sido así. Esto que mantiene la izquierda entre comillas de que «cuanta más descentralización, más progre soy y más pegatinas me pongo», es lo que yo combato abiertamente. Me niego a aceptarlo, porque un planteamiento así sólo puede justificarse por la desorientación ideológica de la izquierda.

P.- La llamativa tesis que usted sostiene en su libro es que lo que nos está ocurriendo en España tiene una inspiración concreta: la política territorial del Imperio Austrohúngaro.

R.- No es una invocación que se me haya ocurrido a mí, sino que ese modelo se puede encontrar en el pensamiento catalanista del siglo XIX y, muy recientemente, en algunos políticos españoles. El último artículo que publicó Ernest Lluch antes de que lo asesinara ETA se titulaba Por qué soy austrohúngaro. Y la idea de la nación de naciones se fraguó en el Imperio Austrohúngaro. Si yo lo rescato ahora es para recordar que ese imperio fue el colmo de los líos. Las crisis institucionales fueron permanentes, los conflictos judiciales eran continuos y el conflicto de las distintas lenguas condujo al imperio a la parálisis absoluta. En el libro, recordamos anécdotas que son grotescas y que ahora nos parecen cercanas en España. Por ejemplo, que se llegara al ridículo de estaciones de tren que no se rotulaban con ningún nombre porque los distintos dirigentes locales no se ponían de acuerdo en la denominación del pueblo. La tesis que sostengo es que España no es una nación de naciones, pero si lo fuéramos, deberíamos disimularlo y no decírselo a nadie. Porque en la Historia, todas las naciones de naciones han acabado fatal: el Imperio Austrohúngaro, Yugoslavia, la Unión Soviética... La nación de naciones no es ningún modelo territorial, es un disparate absoluto.

P.- España, si la observamos, no sólo es un pueblo que no parece aprender de su Historia, sino que además se inspira en las peores experiencias históricas de los países de su entorno. ¿Usted le encuentra alguna explicación?

R.- Lo del modelo austrohúngaro tiene explicación en que se trataba de una monarquía dual, en la que se aceptaba la existencia de un solo monarca que reina sobre distintas naciones con autonomía garantizada. Nos cansamos de escuchar a muchos dirigentes políticos en España que afirman que, con estas reformas de estatutos, vamos hacia un modelo federal, y no es así en absoluto. En el mundo hay dos estados federales serios, Estados Unidos y Alemania, y en ninguno se cuestiona la unidad del Estado ni la integración de cada una de las partes en ese todo común. Esto es esencial para que funcione un sistema federal, porque de lo contrario se desintegra. Lo terrible es que en España nos hemos lanzado a la reforma de los estatutos de autonomía sin que antes nos hayamos puesto de acuerdo en lo esencial: el todo, el Estado. Hemos metido a España en un quirófano para una gran operación, pero no alumbrados por las potentes luces de un quirófano, sino por una simple vela.

P.- Lo que queda claro es que la elección de un modelo así tiene una finalidad política muy concreta: se busca que algunas autonomías puedan hablar al Estado al mismo nivel.

R.- Exacto. Esas relaciones bilaterales, que ya se están instaurando en Cataluña, son lo contrario de un sistema federal. Nosotros caminamos claramente hacia el confederalismo. Insisto. Es un disparate esto de que cada uno apruebe por su cuenta los estatutos alentados por un incesante victimismo local.

P.- Citaba usted antes a Estados Unidos y Alemania como modelos federales. Lo que es impensable en Estados Unidos es que California pida la independencia o que lo haga Baviera en Alemania, y eso que en ambos casos pueden encontrarse más justificaciones históricas que en el caso de España.

R.- Por eso, el resumen de todo esto es: No me cuente usted películas de que vamos a un estado federal, porque no es verdad. Quitémosnos las caretas de una vez. Nadie quiere la reforma del Senado para que se convierta en una cámara de representación territorial en la que todas las autonomías son iguales. Eso no lo quiere nadie: a lo que se aspira es a la bilateralidad. Es lo que se está haciendo en Cataluña y lo que se quiere hacer también en Andalucía.

P.- Lo que uno se pregunta, casi con angustia, es por qué somos así los españoles...

R.- Porque se está haciendo hincapié en todo esto del estado multicultural, en la nación de naciones, y en todos esos conceptos que son grotescos porque en España tenemos un fondo cultural común muy evidente. Ahora bien, no somos una nación de naciones, pero pasito a pasito lo seremos. Si lo que queremos es mirar nuestras diferencias y orillar lo que nos une, no dudemos de que estamos en el camino. Se trata sólo de seguir, y dividir cada vez más, hasta llegar a cada pueblo. Pero sepamos que este camino sólo nos lleva al desastre. Nos lleva a una España desfragmentada, como hemos titulado el libro. Yo no creo que España se rompa, como dice el PP, porque eso no ocurre así, de golpe. Todo tiene un proceso lento, y en este caso es la desfragmentación. Y que todo eso lo provoque el Partido Socialista es un contrasentido histórico.

P.- España no se rompe, dice usted, quizá porque tampoco sea ése el objetivo de los nacionalistas catalanes y vascos, a los que le resulta más rentable el modelo de una España desigual que la independencia.

R.- Eso es evidente, lo que buscan no es la independencia: lo que quieren es ser españoles de primera. Una de las características esenciales de un sistema federal es la existencia de partidos políticos nacionales. Lo que estaba pasando hasta ahora en España es que, hasta ahora, el problema era la sobrerrepresentación de los partidos nacionalistas. Ahora está ocurriendo algo más grave, la territorialización de los partidos nacionales. Y a menudo los barones regionales se imponen a los nacionales. Esa dinámica tiene un peligro tremendo.

P.- ¿La solución futura puede estar en el Tribunal Constitucional, que sea quien recorte los estatutos y devuelva la igualdad?

R.- Soy jurista y tengo pocas esperanzas en el Tribunal Constitucional. La dificultad radica en modificar ahora estatutos que han sido aprobados por el pueblo. Nos llevaría a un grave conflicto entre poderes. Lo sensato hubiese sido evitarlo. Las instituciones no deben alentar esos conflictos, y mucho menos cuando está el pueblo por medio. Si hay sentencias del Constitucional sobre estatutos, serán de esas sentencias interpretativas.

P.- Al final, cuando todas las autonomías se sienten para negociar un nuevo modelo de financiación, se verá que las cuentas no cuadran con los nuevos estatutos y que hay que volver al modelo anterior.

R.- Tampoco en eso soy optimista. Esto ha tomado ya un ritmo que es imposible frenar. Pasará tiempo y el Estado se irá fragmentando cada vez más. Y veremos cómo el Gobierno de la nación será cada vez más incapaz de hacer nada, de legislar nada, de imponer nada.

P.- Dice el presidente Zapatero que la Constitución se debe reformar. Está claro que si el PSOE y el PP se pusieran de acuerdo en la reforma, se podría reordenar el sistema autonómico.

R.- Eso está claro. Otra cosa es que exista interés político. Si el Gobierno quisiera eso, sólo tendría que coger el dictamen que realizó el Consejo de Estado y haber empezado por ahí. Pero no lo hizo, y el Consejo de Estado lo que hacía era alertar de que, antes de acometer las reformas de los estatutos, era necesario dejar claras las competencias del Estado que son absolutamente irrenunciables. La reforma de la Constitución para reforzar el disco duro del Estado es la única salida a todo este absurdo pero, ¿quién quiere eso?

Ignacio dijo...

Francamente, no veo qué se pueda hacer. Hay un efecto perverso de esta dinámica en que no hemos reparado mucho al principio pero va a ser la clave, en mi opinión, de que no se pueda parar. Me refiero a la acumulación de poder en manos de los dirigentes regionales. Ahora mismo Camps o Aguirre tienen más poder real, manejan más presupuesto y pueden hacer más cosas que Rajoy. Su teórico jefe tiene difícil convencerles de que renuncien a competencias y tajadas de la tarta.

Igual en el otro lado. El presidente todavía manda bastante, pero entre ser ministro o presidente de una taifa, hoy día nadie lo duda (vean al de Justicia, lo contento que va).

Er Opi dijo...

López Aguilar no viene contento (o al menos no venía hasta que han empezado a caer dirigentes del PP por todas partes por aquí), sino al contrario. Aquí el PSOE no tenía (insisto, hasta los casos de corrupción, ahora está más abierto el tema) prácticamente nada que hacer frente a PP y CC. Pero era por eso nada más, claro. Si llega a intuir que esta era tierra sociata, suelta el cargo al instante (lo que le cuesta soltarlo...).

Vamos, que estoy de acuerdo con usted, pero que justo este no era un buen ejemplo ;-)

Abrazos,

Er Opi.

Paolo dijo...

El efecto perverso es evidente, y la única forma de anularlo es la transversalidad entre los dos grandes partidos, esa transversalidad que representa Ciudadanos y que, en mi opinión, estuvo mayoritariamente presente en la manifestación del sábado. Hay un conjunto de valores compartidos entre conservadores y socialdemócratas que es el principal activo de la democracia española y que tengo la impresión de que incluye el cierre razonable del modelo autonómico y la uniformidad de derechos y obligaciones en una comunidad de ciudadanos libres (Europa en el horizonte como gran sueño). Cierto que el actual PSOE no está en eso (y que el PP en ocasiones le sigue de forma suicida, como en Valencia, Castilla La Mancha o Andalucía, y es trágico, sí), pero no puede ser, porque es metafísicamente imposible, que el electorado socialista se haya pasado en bloque al zapaterismo. Hay que tirar de ahí, y si el PP ha dejado de servir (como parece, salvo en Madrid y el País Vasco), pues habrá que tirar también del PP. Es posible que el tiempo juegue en nuestra contra, pero los procesos históricos son largos, y si dentro de tres décadas la opción es una España desigual o una España reducida yo, y creo que conmigo todos los que comparten la sensibilidad de Ciudadanos, me quedo con la España reducida, aunque me tenga que ir a vivir (con mi bastón y mis achaques) a Tomelloso, donde el membrillero de Antonio López.

Portorosa dijo...

No quiero entrar en el fondo, básicamente porque no sé muy bien qué decir.
No obstante:
- No creo que la manifestación del otro día tuviese nada de transversal; al menos, os lo aseguro, no en La Coruña, donde toda la gente que vi eran "muy" de derechas (pero mucho, y no pretendo con esto identificar a nadie con nada, sólo negar esa calificación).
- Nacho, me parece evidente que Rajoy, fuera del Parlamento (pues él forma parte exclusivamente del Poder Legislativo, de nada más), no tiene que tener ningún poder. Sólo faltaría. Y en cambio Aguirre sí, que para eso es un cargo ejecutivo electo.

Un saludo.

Paolo dijo...

Dice Portorosa que en la manifestación de La Coruña (a la que yo no me refería, porque no sabía ni que se hubiera producido) todos eran "muy de derechas" y yo me pregunto si lo llevaban escrito en la cara o lo iban anunciando con un megáfono en la mano. En último término, aclararle que yo no me refería tanto a la gente que asistió a la manifestación cuanto a los valores que la rodeaban, que eran los valores comunes de PSOE y PP hasta hace tres años, cuando la manifestación (también la de los "muy de derechas" de La Coruña) habría sido por completo innecesaria.

anonimo dijo...

tiene razón señor paolo, los mismos valores que en la manifestación del 13 de enero. Y por dios, no se haga el tonto, sabe muy bien a qué se refiere portorrosa con lo de muy de derechas

Portorosa dijo...

Y si no lo sabe se lo aclaro: soy de cerca de La Coruña y, por si la ropa, los abrigos, los peinados de las señoras y las banderas (ya, que ya sé que es la bandera de todos por igual, pero no vamos a ponernos teóricos, ¿verdad?) no lo dijesen a gritos, todos mis paisanos que se desplazaron allí, y que yo conozco, y que vi, eran muy de derechas.

No dudo que creas que esos valores eran transversales, ni que hubiese razones no partidistas para secundarla (estoy seguro de que ése es tu caso), pero me parece más que utópico, a estas alturas y viendo en qué se han convertido las manifestaciones en el último año en España, tratar de despartidizar la del otro día.
Tal y como están las cosas, me parece imposible, al margen de alguna que otra rarísima excepción, que alguien vaya a una manifestación con una actitud independiente.

Lo cual ni pone ni quita razón al fondo del asunto.

T dijo...

Lo de calificar a las señoras de derechas por la ropa y los peinados me ha parecido muy gracioso. ¿Qué es más de derechas, un visón de la Benarroch o de la peletería de tu pueblo? ¿Qué es más de derechas una sesión de peluquería en Cheska, de Madrid, o en Cebado de Barcelona?

Aclaro que Cheska es una peluquería del barrio de Salamanca de Madrid, famosa porque tiene entre su clientela a la Preysler, entre otras. Cebado es una peluquería de Barcelona que siempre ha peinado a la gauche divine de la Ciudad Condal. Es innecesario añadir que las dos son escandalosamente caras.

Del precio de los visones, ya no hablo pero seguro que los de la Benarroch son muchísimo más caros que los de cualquier peletería de provincias.