jueves, 30 de junio de 2005

Nocturno

Noche estrellada. Vincent van GoghFue el recuerdo del viento jugando con tu falda, mezclado con el sonido tenue de un piano. Habíamos estado paseando entre las acacias, los plátanos, las mimosas y los grandes tilos del parque hasta llegar al recto camino de tierra de los magnolios. Yo recordé los versos de Cernuda y tú me hablaste de deseo. Te besé mil veces sobre un tronco poblado por cientos de hormigas. Luego, durante la cena, el hormigueo fue otro. Sonaba Chopin, tú bebías callada, a sorbos espaciados y lentos, y en mi imaginación el rojo del vino se mezclaba con el de tus labios, los mismos labios que acababa de morder como se muerde una fresa. Juntos buscaban mi lengua, bajaban hasta mi garganta y allí, fundidos con mi saliva, se convertían en susurros, suspiros, risa, voz que sólo quería encontrar las palabras justas para definirte. Fragante, dije. Pero tú no lo entendiste. Te inclinaste sobre los platos de diseño como para oír mejor. Y yo te tomé de las manos y te hablé de las campanas de mi infancia doblando a muerto, aquella paz, que un día fue algo parecido a la tristeza, la curiosidad o el desconcierto, la certidumbre en la eternidad del presente, el equilibrio de todas las cosas que mantenían firme la vida, las bromas y el juego de pronto detenidos por el cortejo fúnebre, el conocimiento cierto de que nada habría capaz de arrebatarnos la alegría, ni siquiera el tiempo. Era aquella paz la que había recuperado. Entre tú y yo ya no quedaban rescoldos de la ira ni de la desconfianza ni del miedo. Tú sonreías, las manos ardientes, los ojos agudos, los labios humedecidos por la punta saltarina de la lengua, mientras la música cubría con un manto de compasión mis palabras. Salimos a la noche estrellada. La ciudad quedaba lejos, y tu piel me llamaba. Me aparté de la autovía, paré el motor del coche y te abracé. Zumbaba una danza galante en los altavoces, el asiento ardía bajo tus muslos y cuando sentí tus dientes en mi cuello supe que era yo el vampirizado. Fue el recuerdo de tus manos en mi espalda, mira cómo trepan las hormiguitas, dijiste, el aliento de tus gemidos en mi boca y la zarabanda que nos acunaba. Bajaron las estrellas. Bramaron de nuevo los caballos. Las calles se abrieron de repente y el sol nos separó. Eran sólo cinco días, pero pasaron las semanas, los meses y los años. Esta noche regresas, y no me atrevo a asomarme al balcón; temo que el cielo se desplome sobre mi cabeza y nos quedemos para siempre sin estrellas.

viernes, 24 de junio de 2005

Ruinas

Oradour-sur-Glane el 10 de junio de 1944

Las ideas y las sensaciones a veces llegan así, en racimos. Escuchando anoche la interpretación que la Sinfónica de Sevilla hizo de Ante las ruinas de Oradour-sur-Glane de José García Román, música acaso demasiado deudora del programa al que sirve, pero de indudable eficacia emotiva, no podía por menos que acordarme de lo recientemente escrito acerca del gueto de Lodz, y de cómo los mecanismos de la compasión pueden desatarse por estímulos tan absolutamente dispares. La música que llenó de vida las calles de Lodz en medio de la más absoluta desolación nos conmueve por su poder para recrear el espíritu de aquellas gentes, en el fondo tan parecidas a nosotros mismos. Las disonancias y los efectos de la percusión o los glissandi de la cuerda de la obra de García Román nos acongojan por sugestión, porque, puestos en antecedentes de su programa, podemos llegar a sentir aquella tragedia casi como si la viviéramos en carne propia y los sobreagudos de las maderas no fueran sino los gritos de nuestros hijos aterrorizados. Que la ROSS completara la velada con los Carmina Burana del pronazi Carl Orff no pareció mala ocurrencia. El contraste estético llevado hasta el campo de la ética.

sábado, 18 de junio de 2005

Relato

Cuando despertó, el dinosaurio ya no estaba allí.

miércoles, 15 de junio de 2005

Intolerancia

En el gueto de Lodz. Henryk Ross

Tengo un amigo que pasó parte de su infancia en Tánger, cuando la ciudad era una referencia internacional de apertura, libertad y tolerancia. A menudo recuerda sus visitas a la sinagoga, acompañando a su amigo judío, cuyo nombre he olvidado, y a la mezquita, junto a sus compañeros musulmanes. Debió de ser en la segunda mitad de los ‘50 cuando ocurrió algo que mi amigo, entonces un niño de apenas 6 ó 7 años, suele contar a menudo y no olvidará jamás. Una señora alemana había llegado a Tánger y, no sé por qué tipo de relación personal o profesional (el padre de mi amigo trabajaba en el diario España, una referencia de la prensa de la época), había sido invitada una tarde a su casa. Durante la merienda, se hablaba un poco de todo, hasta que salió la cuestión de la guerra, no hacía tanto terminada. La mujer empezó a contar una anécdota que ella vivió en un tren al comienzo de la contienda. Al parecer, una joven judía trataba de abandonar el país con documentación falsa y fue descubierta por la Gestapo. Mientras los agentes la sacaban del departamento y la bajaban del tren, los viajeros comenzaron a increparla, gritándole: “¡Judía, judía, judía!”. Y la buena señora contaba todo aquello entre risas y una inocultable satisfacción íntima. Mi amigo recuerda que de pronto la atmósfera de aquella amigable reunión se transformó, haciéndose cada vez más tensa, hasta que su padre se puso de pie y, dirigiéndose a la aturdida mujer, le señaló con un dedo la puerta de la calle para decirle: "Salga usted inmediatamente de esta casa". Dice mi amigo que aquella tarde aprendió que la tolerancia es una forma admirable de vivir, pero que la única forma de defenderla pasa por ser radicalmente intolerante con sus enemigos, el fanatismo, el racismo, la xenofobia… Claro que escenas como aquella resultan desagradables y se vive mucho más cómodo instalado en la equidistancia, la comprensión de las razones del otro, la sonrisa permanente y el talante. Es comprensible.

Canción del gueto de Lodz He recordado todo eso mientras me documentaba mínimamente sobre el gueto de Lodz y escuchaba un disco sorprendente y extraordinario publicado por el sello alemán Winter & Winter, que lleva por título Song of the Lodz Ghetto. Cuando el 1 de septiembre de 1939 el ejército del III Reich invadió Polonia, Lodz era la segunda ciudad del país en número de judíos (230.000), sólo superada por Varsovia. Las persecuciones empezaron de inmediato. En febrero del año siguiente se ordena la creación del gueto, que se cierra oficialmente el 1 de mayo. Organizar el encierro de tal cantidad de personas suponía un esfuerzo considerable, y las autoridades nazis recurrieron a un judío para dirigirlo. Se llamaba Mordechai Chaim Rumkowski, tenía 62 años, pelo blanco y notable prestigio entre la comunidad hebrea. Rumkowski consiguió establecer un sistema de trabajo que permitía a los habitantes del gueto intercambiar sus productos por comida, pero la escasez se hizo notar pronto y en diciembre hubo que aplicar el racionamiento. Para entonces, las pesadillas de los judíos de Lodz no habían hecho sino comenzar. A lo largo de 1941 más de 20.000 judíos de otras regiones fueron trasladados al gueto de Lodz, y en diciembre comenzaron las deportaciones al campo de exterminio de Chelmno, donde miles de personas fueron sistemáticamente asesinadas en el interior de camiones, convertidos en genuinas cámaras de gas, pues el procedimiento empleado para su exterminio era introducir el monóxido de carbono de la combustión del propio vehículo en el habitáculo cerrado en el que las víctimas se apiñaban por cientos. Durante dos años las deportaciones se alternaron con períodos de cierta calma, provocados por la necesidad de suministros de las tropas alemanas, que les proporcionaban los habitantes del gueto. Pero en junio de 1944, intuyendo la proximidad de la derrota, Heinrich Himmler ordenó su completa liquidación. Para facilitar las deportaciones masivas que siguieron a aquel mandato, los nazis hicieron creer a Rumkowski, y éste hizo creer a su vez a los habitantes del gueto, que su trabajo se necesitaba en la propia Alemania, para reparar los daños causados por los ataques aéreos de los aliados. Llegaron los trenes, cuyo destino era, en cambio, bien otro. Cercanos los soviéticos al campo de Chelmno, el destino final de miles de personas salidas de Lodz no fue otro que Auschwitz. Cuando el 19 de enero de 1945 las tropas rusas liberaron Lodz, de los más de 230.000 judíos que habitaban la ciudad cinco años atrás, sólo quedaban 877.

El conjunto Brave Old World lleva trabajando más de una década sobre la música nacida en el gueto de Lodz entre 1940 y 1944. Se trata en esencia de canciones recogidas en Israel y Estados Unidos por Gila Flam, musicóloga especializada en música étnica e hija de un superviviente del propio gueto de Lodz. Según Flam, los testimonios más importantes son los aportados por Ya’akov Rotenberg, Rumkovski Khayim, Miriam Harel y Ya’akov Flam, su propio tío, todos ellos apenas unos adolescentes en el momento de la creación del gueto. Respecto a este repertorio, los miembros de Brave Old World comentan: "Si bien las canciones más famosas de los guetos de Vilnius, Varsovia, Cracovia y Bialystok se deben en su mayoría a la pluma de reconocidos poetas y compositores, la particularidad de la música de Lodz radica en haber sido compuesta esencialmente por músicos callejeros y cantantes populares. Por eso está llena de imágenes de gran viveza sobre la vida cotidiana -y la muerte- en uno de los momentos más sombríos de la historia humana; en su temática se alternan inquietudes, provocadoras sátiras y busca de consuelo. La fuerza de esas canciones proviene de su objetivo primordial, levantar la moral y poner de manifiesto la importancia de la resistencia espiritual en circunstancias extremas".

Y la fuerza de la música resulta manifiesta. Más que canciones de muerte escuchamos auténticos cantos a la vida. Es indudable que los arreglos de Brave Old World y el uso de un amplio arsenal de instrumentos (acordeón, piano, violines, guitarra, clarinetes, contrabajo, violonchelo, címbalo, trombón) contribuyen a esa luminosidad, esa vitalidad, esa alegría que impregna buena parte del disco. Por momentos parecemos traspasar la puerta de un cabaret del Berlín republicano de Weimar, allí resuena el Mahler errante de los callejones y las cervecerías, allá hay un motivo beethoveniano que se transforma en auténtica fanfarria para banda, y de pronto nos sorprende un grito de dolor, un lamento que rasga el aire, por lo incomprensible, por esa banalidad del mal que tan bien describiera Hannah Arendt, la melancolía del tiempo definitivamente perdido. Un disco para la memoria y para la intolerancia, sí, la intolerancia.

sábado, 11 de junio de 2005

Chavales

Uno de los síntomas más evidentes de la decadencia del idioma (y con él, de la civilización que lo sustenta, una ley histórica inapelable, por más que sea difícil decidir cuál sea la causa y cuál el efecto) deriva del uso de los sinónimos. Son los sinónimos términos equivalentes, es decir, palabras que, en apariencia, significan lo mismo, pero no siempre. No hay, desde luego, mayor diferencia en decir que algo "empieza", "se inicia" o "comienza", pero no es lo mismo afirmar de alguien que es un "malvado" o un "ruin". Por más que puedan entenderse como sinónimos y pertenezcan al mismo campo semántico, hay matices muy importantes que separan la "maldad" (concepto mucho más genérico) de la "ruindad" (ligada a comportamientos más concretos). Alguien puede comportarse de forma ruin sin que su persona merezca ser juzgada necesariamente con el calificativo de "malvada". De igual forma alguien puede ser malvado de múltiples formas sin caer a la fuerza en la ruindad. Es pues el contexto lingüístico el que habría que tener en cuenta a la hora de emplear un término u otro, un contexto lingüístico que está lleno de matices, y es en el dominio de estos matices en el que descansa el uso correcto de un idioma.

Cuando recientemente alguien calificó a los violadores de bebés como "chavales", la palabra sonó como un cañonazo en mi cerebro, porque, aunque sinónimos, no es lo mismo "joven" que "chaval". "Joven" es término neutro, que nos informa, simplemente, del momento del desarrollo vital de un individuo (y aun así, hay contextos que valorar a la hora de emplear el término: por ejemplo, un gimnasta de 28 años, no es un gimnasta "joven"). "Chaval" es, en cambio, palabra coloquial, que ha llegado hasta nosotros cargada de matices positivos. Un chaval es un niño, un chico al que, por ejemplo, se da ánimos al ingresar en un entorno de personas mayores que él (así, y por no abandonar el ámbito deportivo, el futbolista de dieciocho años que llega a primera divisón es frecuentemente calificado como "chaval"). Un delincuente puede incluso llegar a ser un "chaval", con tal de que sus delitos se limiten al robo de zapatillas de marca en El Corte Inglés o del móvil que el incauto extranjero dejó descuidado sobre un velador de la calle. Pero un violador o un asesino, por joven que sea, jamás será un "chaval". Hay algo que se rebela contra el empleo de esa expresión, una especie de conciencia lingüística, más intuitiva que racional, que nos dice que con ese uso del término el idioma está siendo violentado.

Pues bien, cuando es un juez quien violenta el idioma, la cuestión pasa a ser grave. Ayer, el famoso juez de menores de Granada, Emilio Calatayud, afirmaba que internar a un "chaval de 18 años, por grave que sea su delito, en una prisión es una barbaridad". Y, claro, que tengamos que oír de un juez que los que violaron, atropellaron y quemaron viva a Sandra Palo son "chavales" o que las que acuchillaron hasta matarla a Clara García en San Fernando son "chavalas" resulta cuando menos chocante. El asunto tiene un trasfondo que supera el mero correlato idiomático. Detrás está la misma filosofía que nos ha llevado hasta la nefasta Ley Orgánica de Responsabilidad Penal del Menor, eficaz seguramente (no lo pongo en duda) para rateros, tironeros y camellos, pero perversa e indignante para el tratamiento de los delitos graves. Todo descansa en la idea de que alguien que tiene menos de 18 años no es responsable de sus actos o, al menos, lo es en mucha menor medida que el que ya ha cumplido los 18, una frontera tan arbitraria como ridícula, que parece ir contra la propia sociedad y contra la biología, y un síntoma de la pérdida progresiva e irreparable de uno de los referentes fundamentales de nuestra civilización, que durante siglos fue fomentado explícitamente por la educación (tanto la familiar como la vinculada a la institución escolar) y que ahora parece definitivamente herido de muerte: el de la responsabilidad. Que el PSOE se disponga ahora a dar un barniz cosmético a una ley que ha generado por sí misma problemas nuevos, y justo cuando el índice de violencia entre los menores crece de manera exponencial, es sencillamente para echarse a llorar. Que un juez, el ínclito Calatayud, se permita afirmar que la reparación de las víctimas no tiene nada que ver con la dureza de las penas que se imponga a los delincuentes, porque estas sólo están en función del objetivo último de la reinserción, sólo viene a confirmar la fractura monumental que se ha producido entre las altas magistraturas del Estado y la gente de la calle. Llegará un tiempo en que nos acordaremos de esto, cuando nuestra única defensa sea ya la del rechinar de dientes.

martes, 31 de mayo de 2005

Morelliana

Puedo pasarme todo el día en la misma habitación, mirando por la ventana lo que pasa en la calle. Si me cierran la ventana, puedo tumbarme en la cama e imaginar que estoy asomado a la ventana mirando lo que pasa en la calle. Si me quitan la cama, me sentaré en el suelo soñando que estoy tirado en una cama imaginando que me asomo a una ventana por la que veo lo que pasa en la calle. Pero cuando me quitan el suelo me caigo. Y yo que creí haber superado hace tiempo la edad de la inocencia me sorprendo ahora, entre la incredulidad, la vergüenza, la rabia y la más devastadora de las tristezas, en plena caída libre, tratando de acertar con la dirección más benigna de los vientos. ¿Cómo se puede ser tan imbécil y seguir llamándose Paolo?

sábado, 28 de mayo de 2005

Alucinaciones

Me disponía a escribir sobre el Don Giovanni que Paco López presentó ayer en su Teatro Villamarta de Jerez cuando acabo de leer en un inteligente comentario al Don Giovanni de Giancarlo del Monaco en La Coruña, ese que ha contado con el estridente vestuario de Ágatha Ruiz de la Prada (y es que, sinceramente, a Don Juan no le pegan los colorines), la referencia (para muchos, parece que inevitable) a la trasposición ambiental y escénica de las óperas a épocas diferentes a la originalmente prevista por sus autores, algo que molesta muchísimo a gran parte de los aficionados al género, pero no a mí . La gente va a la ópera por la música (dicen, y es muy posible que así sea), pero eso no quita para que la ópera sea teatro. Es cierto que muchos registas buscan llamar la atención sólo a través de la extravagancia más desconcertante, que algunos no conocen la música ni a los cantantes, por lo que los obligan a cantar en posiciones inverosímiles y antimusicales, que otros aprovechan cualquier argumento para psicoanalizarse a sí mismos o a los espectadores, pero en manos de dramaturgos inteligentes y bien formados ese tipo de trasposiciones permite seguir puntos de vista diferentes sobre las ideas contenidas en la obra original (aunque aceptemos que la parte musical de la ópera sea la fundamental, no estamos hablando de música abstracta: en la ópera se transmiten ideas, algo que parecen no entender los que sólo van a escuchar a los cantantes), enfatizando algunos aspectos y desdeñando otros, lo que nos ayuda a profundizar en su sentido. De hecho, las más grandes obras de arte son aquellas que admiten un mayor número de interpretaciones. ¿Cuánto se ha escrito, desde posiciones incluso divergentes, sobre el Quijote, y de qué modo esos análisis han enriquecido nuestra visión del texto de Cervantes? Una ópera encierra en sí misma muchas posibilidades, muchas formas de mirarla, y lo más importante es que el realizador sea capaz de contárnosla y explicárnosla de forma coherente, sólida, sugerente. El mayor o menor realismo de la puesta en escena me parece completamente secundario.

Paco López ambienta su Don Giovanni a principios del siglo XX, aunque la escenografía es bastante convencional y apenas hay elementos (exceptuado el vestuario y las pistolas) que nos hagan sospecharlo. Como todos los mitos, el del burlador sevillano admite interpretaciones muy diversas. López nos ofrece la imagen de un Don Juan brutal y depravado, heroinómano, irreverente y sacrílego, que termina sus horas fornicando sobre una mesa convertida casi en altar (por cierto, que la beneficiaria del fornicio era una compañera y amiga, ya le preguntaré que tal es Carlos Álvarez visto tan de cerca), mientras se enfrenta a la figura de un Comendador que se presenta envuelta en las alucinaciones que al Don le provocan las drogas, quizá eso explique su triple presencia en el cementerio (la del personaje que se mueve lentamente por la escena mientras canta -o al menos, lo intenta, sin mucho éxito, para qué engañarnos; obviaremos por pudor el nombre del cantante- , la de la estatua, situada fuera de la vista del espectador, y la de su impresionante sombra proyectada sobre uno de los muros del decorado). Hasta ahí, todo transcurre de manera sobria y podríamos hablar incluso de una narración convencional, pero desde ese momento, López opta por una puesta en escena mucho más arriesgada y audaz, que ofrece algunos momentos de notable impacto visual, como el muy sugerente ambiente orgiástico de una cena plagada de símbolos (aunque escasa de figurantes). Da la impresión de que López rehúye la idea de lo sobrenatural actuando sobre la naturaleza depravada de Don Juan. Son las alucinaciones las que parecen hacerle ver al Comendador que llega dispuesto a vengarse, y en ese punto, López tiene una idea interesante, incluso brillante, pero que no termina de desarrollar. En medio del fragor de la escena, mientras se ocupa del placer de una dama de negro, Don Juan toma una pistola en sus manos. Los excesos con las drogas le provocan visiones extrañas, estatuas que aparecen a su espalda, sombras que le tienden la mano exigiéndole el pago de una deuda, y de pronto él se ve ahí, tiene una pistola, la mira, se apunta con ella a la sien, todo da vueltas, pero aquella parece en efecto la única forma de cumplir su palabra, él, que no conoce el miedo, enfrentado a sus propios fantasmas, el suicidio lo llevará a la mesa del Comendador... Y sin embargo, de repente se levanta, hace un gesto extraño, deja caer la pistola y es engullido por una fuerza exterior. Qué lástima de idea desaprovechada: desalojar a los espíritus hasta del Don Juan de Mozart.

viernes, 20 de mayo de 2005

Porqué

En realidad, si uno se fija, es bien fácil:

- porqué (junto y con tilde) es un sustantivo que significa 'motivo' o 'causa' y que va siempre precedido de artículo o cualquier otro determinante. Como sustantivo que es, admite el plural.
Cada cual tiene un porqué para justificar sus fracasos.
No me explico los porqués de su extraña decisión.

- porque (junto y sin tilde) es una conjunción causal. Su misión es la de introducir oraciones subordinadas que explican la causa de otra principal.
No voy a ver la Guerra de las Galaxias porque no soporto a George Lucas.

- por qué (separado y con tilde) se utiliza para preguntar. Puede usarse entre signos de interrogación o no.
¿Por qué han vuelto a abrir una zanja delante de mi puerta?
No sé por qué tienen que podar los árboles de mi calle justo en la primavera.

- por que (separado y sin tilde) se compone de la preposición por y el pronombre relativo que, que equivale a 'el cual, la cual, los cuales, las cuales'. El que se refiere pues a un antecedente y lo reproduce.
Hallaron el túnel por que [por el cual] se fugaron los presos.
Esas son las facturas por que [por las cuales] nos denunciaron.

A mí me resulta fascinante que las instituciones se esfuercen por hacernos escribir cada vez mejor. Un magnífico ejemplo de este esfuerzo es el lenguaje administrativo. Así, si el Ayuntamiento de Cantillana (un poner) tiene que solicitar a la Delegación de Educación reparaciones urgentes para un colegio del pueblo, podría redactar un documento más o menos así:

"Señora Delegada:
Como le manifestamos el pasado tal del tal en reunión celebrada conjuntamente con los padres y las madres de los alumnos y las alumnas y los delegados y delegadas sindicales del Colegio X, la situación del centro se ha deteriorado tanto en los últimos años a causa de las filtraciones de agua, que los alumnos/as, profesores/as y otros/as trabajadores/as del Centro/a se exponen a diario a situaciones que ponen en peligro su integridad física.

Como ha pasado un mes desde aquel encuentro y no se ha tomado ninguna medida para paliar los daños, en tres asambleas simultáneas celebradas ayer mismo en el centro, los alumnos/as, los profesores/as y el resto de trabajadores/as del mismo/a han decidido iniciar una huelga indefinida, huelga que cuenta con el apoyo de todos y todas los ciudadanos y ciudadanas del pueblo y por supuesto de esta alcaldía/o.
Cordialmente, etc., etc., etc."

Bien. Esto está ya asumido. Es así. Lo bueno es que ahora hay administraciones, extraordinariamente preocupadas por nuestra capacidad de expresión, que consideran que ese tipo de lenguaje debe extenderse a nuestra realidad cotidiana. Por ejemplo, si usted va a una oficina municipal a solicitar una licencia de obras, podría decir más o menos así: "Disculpe, me gustaría que un/a administrativo/a me informara del papel que tengo que rellenar para que un grupo de trabajadores/as inicien en mi vivienda una serie de reformas: intervendrán albañiles/as, fontaneros/as, pintores/as, soldadores/as y electricistas/os". Entonces desde la ventanilla correspondiente el/la administrativo/a de turno podría responderle: "En este momento, los/as administrativos/as que podrían atenderlo/a han salido a tomar el desayuno/a, pero puedo informarle de que para los/as fontaneros/as debe rellenar un formulario amarillo, para los/as albañiles/as, uno rosa, y para las/os electricistas/os uno de esos grises que tienen una/o calavera/o impresa/o en el/la margen izquierdo/a oé oé".

Una suerte que el Ayuntamiento de Sevilla se haya puesto a la vanguardia de iniciativas tan innovadoras y provechosas con campañas como ésta:

Por qué

El cartel trata de reproducir un anuncio en prensa en el que puede leerse:
"IMPORTANTE GRUPO PROMOTOR-CONSTRUCTOR PRECISA:
Arquitecta o arquitecto
Técnica o técnico de promociones
Técnica o técnico de control de coste
Jefa o jefe de obra
Encargados o encargadas y capataces o capatazas
Administrativas o administrativos
Limpiador o limpiadora"
y luego en letra blanca claramente destacada sobre el recorte de prensa un significativo: ¿Porqué no?

Son éstos los que pretenden enseñarnos a escribir...

miércoles, 18 de mayo de 2005

Winterreise

Schubert puso música al ciclo del Viaje de invierno de Wilhelm Müller el año que cumplía los 30, cuando sólo le quedaba uno de vida. Ciertamente en toda la obra puede detectarse, como suspendida, una premonición sobre la muerte cercana, y es que nunca antes la soledad, la desesperanza, la desolación más absolutas habían sido capturadas por la música como aquí.

El viajero avanza por caminos nevados y desiertos, plagados de símbolos y objetos que a menudo le recuerdan los momentos felices pasados junto a su amada (para los que Schubert reserva, con maestría, los modos mayores), pero en realidad lo que se nos presenta es un viaje interior, justo el final del proceso de autodestrucción de alguien que ha perdido por completo la esperanza.

Pero, ¿es eso posible?, ¿puede perderse por entero la esperanza? En el último lied del ciclo (y frente a la abrumadora opinión contraria de todos los especialistas que conozco) siempre he intuido que se esconde un postrer esfuerzo por volver a la vida, por renacer, siempre he sentido el íntimo convencimiento de que la presencia humana, aun de alguien tan solo y despreciado como el propio protagonista, no era sino un símbolo más, una guía por la que regresar del invierno a la luz de la primavera, acaso para encontrar un mundo distinto, sí, un mundo en el que dejar "las cosas marchar como ellas quieren", alejado de las ciudades y los caprichos de los otros hombres, una esperanza a la que aferrarse, al fin y al cabo.

El tañedor de zanfoña

Más allá de la villa
hay un tañedor de zanfoña.
Con sus dedos ateridos
toca lo mejor que puede.

Descalzo sobre el hielo
va vacilante aquí y allá;
y su platillo
queda siempre vacío.

Nadie quiere escucharlo.
Nadie lo mira.
Y los perros gruñen
alrededor del viejo.

Él deja las cosas marchar
como ellas quieren,
sigue tocando su zanfoña.
Nunca calla.

Extraño viejo,
¿iré contigo?
¿Tocarás tu zanfoña
para mis canciones?

Winterreise en la versión de Hans ZenderEn ese viejo músico callejero que sigue tocando sin que nadie le preste la menor atención se oculta, como símbolo, la resistencia última del ser humano a sucumbir, el instinto puramente animal de la supervivencia, el aferrarse a la vida aun en los momentos más terribles. Es la conclusión a la que llegaba esta mañana mientras oía la espléndida versión que de la obra de Schubert hizo Hans Zender. En medio del frondoso jardín de timbres y colores con el que Zender envolvió las melodías schubertianas, en el fragor de las sonoridades y las disonancias con que capturó magníficamente el espíritu del compositor vienés, muchas ideas e imágenes empezaron a bullirme por la cabeza, el horror de Mathausen y de Buchenwald, el juicio de Adorno sobre la imposibilidad del arte después de Auschwitz, la estupefacción de las víctimas de ETA ayer por la tarde en el Congreso, el error de la evolución al concedernos la conciencia sobre nuestro propio dolor y nuestra muerte, a mí mismo, en los momentos de mayor abatimiento y melancolía, oyendo la música más melancólica jamás escrita y sintiéndome con ella reconfortado.

domingo, 15 de mayo de 2005

Madre

Soy incapaz de escribir sobre mi madre, que ha cumplido 80 años.

Hablo con mi madre

Mamá: ahora eres silenciosa como la ropa
del que no está con nosotros.
Te miro el borde blanco de los párpados
y no puedo pensar.

Mamá: quiero olvidar todas las cosas
en el fondo de una respiración que canta.
Pasa tus manos grandes por mi nuca
todos los días para que no vuelva
la soledad.

Yo sé que en cada rostro se ve el mundo.
No busques más en las paredes, madre.
Mira despacio el rostro que tú amas:
mira mi rostro en cada rostro humano.

He sentido tus manos.
Perdido en el fondo de los seres humanos te he sentido
como tú sentías mis manos antes de nacer.

Mamá, no vuelvas más a ocultarme la tierra.
Ésta es mi condición.
Y mi esperanza.

(Antonio Gamoneda. Blues castellano)

viernes, 6 de mayo de 2005

Lacosa

Desde que se planteó lacosa apenas duermo. Y los pocos minutos en que consigo hacerlo mis sueños no conocen otro horizonte. Lacosa, siempre lacosa. Cuando, cansadísimo por el insomnio, logro cada mañana poner un pie fuera de la cama, mi primer tema de conversación es lacosa. Mi mujer me escucha con paciencia, y me dice que tenga cuidado, no sea que me pase lo de a aquel Alonso Quijano, que se volvió loco por sus fantasías, pero yo sé que en el fondo ella también está preocupada, que su vida es otra desde que lacosa se nos coló en el salón un mediodía de telediarios sin bombas ni fútbol, con todo el tiempo dedicado a lacosa. Por las calles, veo que la gente no habla de otro tema. Cuando me tomo un café con los compañeros, al pie de la oficina, todas las miradas se dirigen hacia ella, hacia lacosa, y nadie puede pasar más de cinco minutos sin citarla o discutir sobre su sustancia y sus esencias. Esta misma mañana, mientras contemplábamos con los ojos derrotados por el sueño cómo crecían en el plato nuestras tostadas de aceite cordobés, no he escuchado ni un solo comentario sobre el derbi de mañana, nadie hablaba de Matalascañas ni de la comunión del domingo, nadie se quejó por la hipoteca ni hizo la menor alusión al socavón del metro, taciturnos pero excitados, cruzábamos nuestras miradas casi sin hablar, ya sabíamos que era lacosa la que estaba ahí, entre nosotros, desafiante y esperanzadora al mismo tiempo. Desde que salió a la luz, la gente ha resuelto, como por arte de magia, todos sus problemas, o al menos eso parece, porque toda su atención ha pasado a centrarse en lacosa. En la frutería nadie se queja del precio de los tomates, en el supermercado nadie comenta que las barras de pan han doblado el suyo en apenas dos años, en el parque y a la puerta de los colegios el fracaso escolar y el precio de la vivienda han dejado de tener la menor importancia. Es más, el otro día vi una concentración frente al Ayuntamiento y pensé que eran unos vecinos que protestaban por la movida, pero no, lo que hacían era acercarse a pedir más información sobre lacosa. Se ha desatado la histeria y nadie duerme ya. Las ONG's reparten propaganda por las calles, los diarios gratuitos hace semanas que no le dedican la portada a otra noticia, todas las manifestaciones de los últimos meses, desde que lacosa salió a pasear, no buscan más que profundizar en la necesidad de llegar a un acuerdo para encauzar lacosa. Hasta las pateras cargadas de inmigrantes se han multiplicado desde entonces. ¿Por el buen tiempo? No. Ellos también quieren saber, están ansiosos por conocer el futuro de lacosa. No sé cómo hemos podido vivir hasta ahora, cómo las generaciones han podido sucederse en nuestras ciudades durante siglos. Hemos descubierto que nuestra existencia carecía de todo sentido. Y ese descubrimiento, crucial para la especie humana, debemos agradecérselo a ellos, a nuestros benémeritos políticos, siempre cercanos a la ciudadanía, siempre dispuestos a resolver los problemas de su vida cotidiana. Se han enfrascado en la discusión definitiva, en desvelar los más arcanos y profundos significados de nuestro discurrir por la Historia, en descifrar dónde se encuentra el meollo de nuestra felicidad y la de nuestros hijos y la de los hijos de nuestrs hijos. Nosotros, votantes irresponsables, no lo habíamos advertido, pero ellos estaban, como siempre, al quite. Lo reconozco: desde que en el Parlamento autonómico los partidos discuten acaloradamente sobre si los andaluces formamos una nación, una nacionalidad, una comunidad nacional o una comunidad histórica apenas duermo. Y los pocos minutos en que consigo hacerlo...

jueves, 5 de mayo de 2005

Chalumeau

Chalumeau


El parámetro más físico de la música, el más sensual: el timbre. Muchas veces es sólo eso, la belleza del timbre de un instrumento o de la combinación entre varios lo que provoca la sensación de bienestar, incluso la emoción. A mí me ocurre con el chalumeau. Es raro que no me sienta conmovido allí donde aparezca el sonido dulce y delicado de un chalumeau.

El término se ha usado a lo largo de la historia para designar instrumentos diferentes. En su estupendo Diccionario de instrumentos musicales, Ramón Andrés recoge en concreto cinco acepciones: 1. Instrumento rústico de viento, propio de pastores, hecho de caña. 2. Tubo melódico de la gaita. 3. Aerófono de pequeñas dimensiones provisto de siete orificios. 4. Instrumento de viento de madera, provisto de lengüeta sencilla y con siete orificios, dos llaves de latón en la parte superior, cerca de la embocadura, y un orificio doble adicional en la parte inferior. 5. Registro grave del clarinete.

Yo me refiero al instrumento que describe la cuarta acepción, que es el que figura en la ilustración de arriba. En apariencia no es sino una flauta con una llave, aunque en lugar de la embocadura de la flauta, el chalumeau incorpora una lengüeta entallada en la misma caña, por lo que puede considerarse un híbrido entre las flautas y los instrumentos de lengüeta y a menudo se lo tiene por un antecedente directo del clarinete. Lo cierto es que su sonido está mucho más cercano al del clarinete que al de la flauta, no sólo por la potencia sonora, sino también por su tesitura, y por ese algo indefinible que es la esencia pura de la tímbrica.

Cantatas de ContiRevisitando hace unos días un disco que tiene ya unos tres años largos, me reencontré con el chalumeau. Es un disco formidable de un compositor que este año está de moda, ya que es el autor de una de las primeras óperas escritas sobre el personaje de Don Quijote. Me refiero a Francesco Bartolomeo Conti (1681-1732), compositor, en efecto, de un Don Quijote en Sierra Morena. Pero no es por esa obra por la que lo traigo aquí, sino por una serie de ocho cantatas que se conservan en la Biblioteca Nacional de Viena en estado de manuscrito y de las cuales las cuatro primeras fueron grabadas en julio de 2001 por Bernarda Fink y el conjunto Ars Antiqua Austria de Gunar Letzbor para el sello Arcana. Son obras de tema arcádico, en cuyas instrumentaciones Conti añade siempre un chalumeau y un laúd (como parte independiente del bajo continuo). Como recurso retórico, de referencia al mundo de los pastores, no está mal, pero lo verdaderamente maravilloso es la sonoridad del instrumento, esa dulzura indescriptible que en la primera cantata (Lontananza dell'amato) empasta de forma casi irreal con la voz increíblemente cálida de Bernarda Fink, los violines con sordina de Ars Antiqua Austria, un traverso y un laúd misteriosos, como llegados desde otra dimensión.

Lontananza dell'amato
piange fida Filomena
e sì destra forma il pianto
che allor è più dolce il canto
quando è più crudel la pena.


Y de pronto tuve un deseo irreprimible de compartir esta música con la gente a la que más quiero.

miércoles, 27 de abril de 2005

Conciencias

El espectáculo que el PP y sus medios afines están dando a cuenta de la ley recién aprobada en el Parlamento que regula el matrimonio entre personas del mismo sexo resulta en verdad sorprendente y desalentador. Inducidos por los obispos y la prensa conservadora, dirigentes populares de todo rango y condición tratan de convertir el trámite legal de las bodas en un problema de conciencia, hasta el punto de que un número indeterminado de alcaldes y otros cargos públicos del partido afirman que se negarán a casar a parejas de homosexuales, ya que estas bodas van contra sus principios.

Se trata, de forma evidente, de un abuso de la clásula de conciencia, que la ley regula en otras cuestiones (como la del aborto o, en su día, la del servicio militar) de manera lógica y razonable. En este caso, sin embargo, no resulta ni lógico ni razonable apelar a la objeción de conciencia, pues nos movemos en un terreno bien distinto. El matrimonio no es otra cosa que un contrato civil entre dos personas, que exige unos requisitos a los contrayentes, les concede una serie de derechos y les impone unas obligaciones. La firma de este contrato se ritualiza públicamente, pero no es más que un trámite de carácter legal, en la que un funcionario (juez, alcalde, concejal) da fe de que los contrayentes se comprometen a aceptar las reglas que lo rigen. Simplemente. En el aborto hay un conflicto moral objetivo, pero aquí no. Es como si un funcionario de correos se negase a entregar los envíos de la Conferencia Episcopal, alegando que el contenido de los mismos atenta contra su ateísmo, o de un sex shop, por considerarlos inmorales; o como si un funcionario de tráfico se negase a matricular coches deportivos, por su evidente peligrosidad en las carreteras. La ley no admite objeciones para aquellos en quienes los ciudadanos han delegado su aplicación, salvo en los casos excepcionales contemplados por la propia ley. Todo lo demás resulta un subterfugio inaceptable y doloso, más en una cuestión como ésta, en la que ni siquiera parece pretenderse negar el derecho de las parejas del mismo sexo a firmar un contrato civil con las mismas cláusulas del matrimonio, sino sólo el hecho de que sea considerado nominalmente matrimonio. En el fondo, se trata de esa repulsión ideológica a que los invertidos se le peguen a uno más de la cuenta, repulsión asentada firmemente en la moral católica.

Por eso la llamada a la desobediencia civil por parte de miembros autorizados de la Iglesia Católica no debe ser mirada como una mera anécdota de carácter folclorista, sino como una realidad que afecta de manera decisiva a la línea de flotación de la convivencia cotidiana. En su entraña está la incapacidad de la derecha española para construir una opción de valores morales laicos, al margen del dictado de la jerarquía católica, una auténtica tragedia para la vida política de nuestro país. En último término uno desearía que la Iglesia llevase la clásula de conciencia que invoca hasta sus últimas consecuencias y renunciase a la financiación que le proporciona un Estado que permite prácticas que atentan contra sus principios morales. Sería un primer paso para alcanzar la efectiva separación entre la Iglesia y el Estado, que aún tenemos pendiente.

viernes, 22 de abril de 2005

Libros

Mañana es el día del libro. A esta hora, decenas de artículos alumbrados por insignes columnistas descansarán ya en las redacciones de decenas de periódicos de España incitando a la lectura. Yo también tenía que escribir el mío. Aquí va:

Leer no es bueno. Y no me refiero a la habilidad necesaria para descifrar un texto escrito, que resulta imprescindible en nuestra sociedad. Me refiero a leer por gusto, por placer, por cultivarse, por aprender. Leer no es (necesariamente) bueno. Goebbels se jactaba de que leía un libro cada día. Y no sé ustedes, pero yo no tengo al ministro de propaganda nazi en mi panteón personal de la bonhomía y la virtud. Leer (así, en abstracto) no significa nada. Leer no hace mejor a nadie. (Herr Goebbels es sólo un minúsculo pececillo en un mar de lectores inicuos.) Ni más sabio. Recuerdo a un bibliotecario muy moderno que se enorgullecía de que a su biblioteca acudían muchas amas de casa. ¿Qué leen?, le pregunté. Novelitas de Corín Tellado, que hemos comprado para ellas. Vale. Leer no hace más reflexivo a nadie. Es más, estoy convencido de que leer puede llegar a idiotizar, y, de hecho, tiene completamente idiotizada a buena parte de la juventud española, que se mueve entre magos con varita, tierras medias y el apasionante romance que destapa el último número del Pronto (tú pasa el paño). Un libro es sólo un manojo de hojas cosidas, que puede almacenar el más excelso poemario jamás escrito, la teoría científica más trascendente y la más apasionante narración, pero también las mayores estupideces salidas de la mente más obtusa del mundo, la más infame bazofia disfrazada de literatura y hasta manuales para descuartizar a los vecinos sin que se entere la policía. (Con la circunstancia de que todo aquello que sigue a la conjunción adversativa es hoy lo más habitual y, por consiguiente, lo más leído.)

“Ten un hijo, planta un árbol, escribe un libro”. Esta fórmula para la perduración del nombre y la simiente de los hombres en el mundo es una de las más dañinas que jamás haya imaginado nadie. No sólo puede afectar a la superpoblación y al equilibrio ecológico mundial, sino que es producto de que diariamente se editen en el universo millones de páginas absolutamente innecesarias e inanes. Todo el mundo quiere escribir su libro. Bien. ¿Pero por qué me tiene que tocar siempre a mí corregir aquellos que pergeñan los mayores agujeros cerebrales con los que haya podido toparme en mi vida? Ya lo sé. Para que luego todos ellos puedan comentar orgullosos a sus amigos: “He cometido un libro”.

domingo, 10 de abril de 2005

Símbolos

Santa Maria del Fiore. Florencia

Guillaume Dufay sólo pasó diez meses de su vida en Florencia (entre junio de 1435 y abril de 1436), diez meses que marcaron toda su existencia, pues el compositor flamenco sintió ya por siempre su destino unido al de la ciudad toscana. Nacido posiblemente en 1397, cerca de Bruselas, Dufay llegó a Florencia al ingresar por segunda vez en la capilla pontificia de Eugenio IV, que había abandonado en 1433 para convertirse en maestro de coro de la rica corte de Saboya, camino que volvería a repetir en 1437. El Papa había llegado a la Toscana con todo su séquito con el propósito de volver a consagrar la catedral florentina, Santa Reparata, que sería rebautizada como Santa Maria del Fiore tras la culminación del intenso proyecto de reconstrucción iniciado a finales del siglo XIII y al que había puesto majestuoso final la cúpula diseñada por Filippo Brunelleschi, a la que aún quedaban algunos retoques.

La solemne ceremonia de consagración tendría lugar el 25 de marzo de 1436, y para ella Dufay compuso Nuper rosarum flores, uno de los motetes más célebres y analizados no sólo del siglo XV, sino de toda la Historia de la música. Compuesta según la técnica de la isorritmia, la obra utiliza como cantus firmus el introito gregoriano que se cantó al comienzo de la ceremonia, Terribilis est locus iste, que Dufay coloca simultáneamente en los dos tenores en forma de canon libre. Ambos tenores son isorrítmicos y cada uno presenta el cantus firmus cuatro veces, según esquemas rítmicos (o taleas) diferentes, coincidentes además con una melodía (o color) distinta. El motete se compone pues de cuatro taleas, que empiezan en los compases 1, 57, 113 y 141 con veintiocho notas breves de silencio para los tenores, durante los cuales se desarrolla un dúo de ritmo libre entre las voces superiores (llamadas aquí triplum y motetus). A continuación, los tenores presentan el cantus firmus con otras veintiocho breves, por lo que cada talea cuenta de 56 notas breves.

En principio nada extraordinario. Lo que da al motete su carácter especial es la relación entre las proporciones rítmicas de cada talea. Si lo normal en la técnica isorrítmica era la de una progresiva disminución, aquí Dufay emplea la proporción 6:4:2:3. Fue precisamente esta característica la que desató a principios de los años 70 del siglo pasado todo tipo de especulaciones sobre el simbolismo del motete, pues se suponía que Dufay habría plasmado en sonido las proporciones del templo florentino, en concreto las proporciones de la nave (6) con respecto al transepto (4), al ábside (2) y a la elevación de la cúpula (3), proporciones que el compositor habría conocido de primera mano a través de Brunelleschi, con quien coincidió en Florencia. Sin embargo, hoy se sabe que las proporciones de la Catedral no son exactamente esas, pese a lo cual el carácter simbólico del motete persiste, y es que Dufay derivó las proporciones de su obra de una tradición bíblica, según la cual las proporciones 6:4:2:3 correspondían al templo de Salomón.

Flos florumPero el simbolismo de Nuper rosarum flores no termina ahí. Se ha interpretado el tratamiento canónico de los dos tenores (con el tenor II una quinta por encima del tenor I) como un reflejo de la superposición de la cúpula de Brunelleschi sobre una cúpula interior más pequeña o como alusión a la relación entre Santa Maria del Fiore y la iglesia madre de todas las fundaciones marianas, Santa Maria Maggiore de Roma. El constante juego de Dufay con el número siete puede entenderse también como una alusión a la Iglesia o a la Virgen, por la que Dufay profesó una especial devoción, como muestra el último disco del joven Ensemble Musica Nova, que presenta trece obras entre motetes, himnos y antífonas dedicados a María, con una sola excepción. Se trata en efecto del motete isorrítmico que da título al disco, Flos florum, que Dufay compuso también durante su estancia florentina y que no está dedicado a la Virgen, sino a la misma ciudad toscana, en el único ejemplo de motete cívico dejado por el compositor. En las voces juveniles, ardientes, claras, transparentes y magníficamente trabadas del Ensemble Musica Nova se realiza pues la simbiosis perfecta entre la ciudad a la que el músico quiso sentirse ligado de por vida y el modelo de mujer virginal que dominó siempre su devoción y sus más íntimos sentimientos.

(Sin La Música del Renacimiento de Allan W. Atlas, que me desbrozó el motete, publicado en su Antología anexa, yo habría sido incapaz de escribir este artículo)

martes, 5 de abril de 2005

Lee

Tigre y dragón


Soy un desordenado espectador de cine que ha dejado de acudir a los cines. Así que mejor variar el sentido del discurso: soy un desordenado espectador de cine que sólo ve cine televisado, lo cual significa que no veo cine, sino televisión, aunque a mí lo que me gusta es el cine y no la televisión. En fin… Quiere esto decir que no sigo las novedades de las carteleras, aunque siempre hay algunos títulos que se me van quedando clavados por ahí en sabe dios qué rincones de la memoria y en cuanto tengo ocasión, ¡zas!, me los televiso.

Me pasó el sábado con Tigre y dragón de Ang Lee, que me cautivó. Veo a Lee como uno de esos antiguos directores de estudio, que hoy estaban liados con un western, el mes que viene hacían una de gángsters, al siguiente una comedia y luego un melodrama, todo ello con la habilidad suficiente para encontrar siempre, y por encima del género y sus necesidades, el espacio para marcar con su mirada los afectos del espectador (¡me gusta el palabro –“afectos”–, tan barroco!). Creo que a eso le llaman estilo.

Ang Lee es un director con estilo. Es difícil encontrar en el cine actual a un realizador capaz de confeccionar películas tan absolutamente diferentes entre sí y que, conservando su perfecta individualidad, carguen con esa especie de marca de fábrica que las identifica y las aglutina en torno a la personalidad de su creador. Conozco cinco de las ocho películas de Lee. Para las dos primeras, El banquete de bodas y Comer, beber, amar (es anterior a ambas Manos que empujan, que no he visto), el director taiwanés escribió sus propios guiones. Películas de familias chinas en torno a una mesa, sí, pero mucho más que eso. Nada de choques culturales e intergeneracionales, que sí, que también, pero lo que importa está debajo, una mirada de una ternura, una frescura y una lucidez desacostumbradas sobre las relaciones personales y la forma de afrontar los obstáculos que la sociedad (los otros) van poniendo en el camino.

Sentido y sensibilidad¿Sería capaz de mantener Lee el control sobre su propio estilo con una producción hollywoodiense y un guión ajeno? Lo fue. Sentido y sensibilidad podría parecer un salto en el vacío: una película victoriana, con sus códigos morales rigurosos y su atmósfera asfixiante, lo cual derivaba en una estética diametralmente opuesta a sus anteriores filmes chinos, y así lo entendió a la perfección el director artístico de la producción, pero en el fondo se trataba, otra vez, de hacer una película de personajes constreñidos por su entorno. Lee eludió la tentación de recargar la oposición de caracteres que parecía exigir la novela de Jane Austen, y volvió a deslumbrarnos con una poética sencilla y sincera, en la que las inevitables referencias que todos tenemos acerca de la tramoya histórica se diluían en puras emociones, filmadas con una sensibilidad y un respeto por los personajes y el espectador admirables. Cine grande.

La tormenta de hieloCon La tormenta de hielo, Lee volvía a dar un golpe de timón. Película con final trágico, acaso innecesario, que podía haber sido desgarradora pero no lo fue, de rutinas conyugales y mentiras cotidianas, ilusiones perdidas y escenario de oropel, todo en el ambiente de la América de principios de los años 70, en el que parecen fundirse la contracultura nacida del 68 y el inmarcesible American way of life. Si la primera sensación que tenemos es que por una vez el director taiwanés abandona a los personajes a su suerte, que simplemente los observa como un entomólogo miraría a sus bichitos, pronto descubrimos que en el fondo lo que Lee hace es una renuncia consciente y explícita al juicio sobre ellos, pues sabe que eso sólo podría suponer su condena. Prefiere por eso crear en su torno un ambiente de ambigüedad moral que terminará por justificar su comportamiento. Es en este aspecto en el que tanto me recuerda a Medianoche en el jardín del bien y el mal de Clint Eastwood, película en su momento infravalorada, como esta de Lee. Ambas, estoy convencido, ganarán prestancia con el tiempo.

Más o menos por la fecha de estreno de La tormenta de hielo terminó mi idilio con los cines, así que me perdí en pantalla grande los tres siguientes títulos de Ang Lee: Cabalga con el diablo, ambientada en la guerra de secesión americana, Tigre y dragón y Hulk, su visión del famoso cómic de la Marvel. Pero recordaba que en su día me habían hablado muy bien de la segunda, así que pude recuperarla el sábado. ¿Cómo se comportaría Lee en una película de género, además en un género tan especial como el del cine de artes marciales? ¿Cedería a la tentación de la épica de grandes efectos?

Nada de eso. Lo que se supone va a ser una película de acción se convierte gracias a la sensibilidad de su mirada en un intimista y lírico cuento de amor. O mejor dicho en dos genuinos, originales relatos amorosos, porque son dos historias románticas paralelas las que atraviesan la película: una de amor juvenil, rebelde, ardiente, rompedor de tabúes y barreras sociales; otra, de amor maduro, sosegado, que se ha visto permanentemente insatisfecho a causa de las convenciones y los rígidos códigos de conducta de la China medieval, y que cuando parece por fin imponerse sobre ellos se ve frustrado por la muerte. Dos grandes historias de amor que se enmarcan en un escenario de magia, en el que las escenas de lucha están repletas de continuos hallazgos visuales, que fascinan sin apabullar. Nada chirría, nada resulta estridente, una sutileza en la narración (que incluye un largo flashback para explicar la singular historia de amor de los dos jóvenes) envuelve el mundo de pasiones soterradas que sostiene de manera conmovedora Michelle Yeoh. En sus ojos, en su mirada limpia y anhelante, hay más verdad que en los miles de horas de absurdos efectos especiales con que nos aburre el ridículo cine épico de hoy. (En su mirada y en sus frases: “Los sentimientos reprimidos son más intensos”.)

sábado, 2 de abril de 2005

Papa

Hoy, a las 21 horas y 37 minutos, ha muerto en Roma a los 84 años de edad Karol Wojtila, después de 26 años, cinco meses y diecisiete días de reinado con el nombre de Juan Pablo II. Sus últimas apariciones públicas, por voluntad propia o de la gerontocracia vaticana que lo custodiaba, han sido sencillamente patéticas, si no crueles. Frente al discurso de quienes pretenden que ha sido una forma de llamar la atención sobre la dignidad de enfermos y ancianos (habitualmente invisibles en el seno de nuestra sociedad), yo sólo he visto la reafirmación católica del sufrimiento, el dolor y el martirio como un bien deseable. No tardarán en llegar las peticiones de beatificación, que él mismo impulsó de manera desconocida hasta su pontificado: 1.338 beatificados y 482 canonizados, más que todos sus predecesores en los últimos cuatro siglos juntos. Lo deja todo atado y bien atado: de los 119 cardenales con derecho a votar a su sucesor, 116 han sido nombrados por él. Sólo el paso del tiempo dará la perspectiva necesaria para enjuiciar el lugar que ocupa en la historia, hoy día absolutamente hipertrofiado.

viernes, 1 de abril de 2005

Tarántula

La TarantellaLa tarántula (Lycosa tarentula) es uno de los animales con más injusta mala fama del mundo. Mortal para sus presas, no por la fuerza de su veneno, sino por la potencia de sus mandíbulas y la precisión para alcanzar justo el centro de las transmisiones nerviosas cerebrales, para el ser humano es prácticamente inofensiva, pues su picadura sólo provoca una sensación de dolor local que puede ser intensa, pero remite en poco tiempo.

Sin embargo, esta araña de aspecto especialmente siniestro ha sido asociada durante siglos en la imaginación popular de buena parte de Europa con graves trastornos físicos, que llegaban a ocasionar incluso la muerte. Las descripciones de los males ocasionados por las tarántulas coinciden en señalar que a una primera sensación de dolor no especialmente agudo, seguía, a medida que pasaban las horas, una intranquilidad creciente, que derivaba en dificultades respiratorias, convulsiones, desmayos y auténticos ataques de locura que, si no eran convenientemente tratados, producían la muerte del paciente. Nada de esto puede asociarse con la picadura de una tarántula, aunque sí con la de otra araña, de mucho menor tamaño, con la que comparte hábitat. Se trata del Latrodectus tredecim guttatus, que inyecta en sus víctimas una sustancia química, el alfa-latroxina, que puede llegar a provocar graves perturbaciones en el ser humano, similares a las que durante mucho tiempo se adscribieron a las producidas por su inocente vecina.

Otro de los efectos que durante siglos se atribuyeron a la picadura de la tarántula era el de la caída del afectado en un estado general de melancolía, que solía relacionarse también con algún tipo de decepción amorosa, hasta el punto de que había mujeres que fingían haber sufrido la picadura de una tarántula para someterse al remedio que por entonces se consideraba más eficaz, la cura de tarantismo. Hasta hace no mucho, estas sesiones seguían celebrándose en la región de Nápoles y la Apulia, al sur de Italia, y consisitían en una de las prácticas de musicoterapia más antiguas que se conocen. Identificado el problema (habitualmente, una mujer joven que caía en un estado de sopor melancólico), se invitaba a un conjunto de músicos a la casa de la paciente. Los músicos se situaban en torno a su lecho y comenzaban a interpretar una danza en ritmo de seis por ocho, primero de manera lenta, para ir incrementando la intensidad y la velocidad poco a poco. En un momento dado, la paciente se levantaba y empezaba a bailar frenética y lúbricamente al ritmo de la danza, hasta terminar cayendo agotada otra vez sobre la cama. Volvía el estado de sopor. Volvían los músicos a tocar su lenta melodía, y el proceso se repetía, con sólo algunas breves paradas para comer y dormir, durante días, hasta que se consideraba que la paciente recuperaba la normalidad, y se la daba por curada.

Al parecer, la primera sesión de tarantismo documentada se celebró a finales del siglo XIV en Tarento. De ahí que la danza sea conocida como tarantela y el animal que ocasionaba el mal como tarántula, aunque existen otras versiones para explicar el origen etimológico de ambos términos. Durante siglos se celebraron estas ceremonias en todo el sur de Italia, con el disgusto de la Iglesia Católica, que no tuvo más remedio que aceptarlas, pero que determinó que la curación de las pacientes no se debía en realidad a los efectos de la música, sino a la intercesión de San Pablo. En fin, la misma obsesión por el control social de siempre.

Lo cierto es que la tarantela se convirtió en una forma habitual de la música popular del sur de Italia durante el Renacimiento y el Barroco, y su influencia sobre la música culta está perfectamente documentada, como muestra este disco, tercero del conjunto L'Arpeggiata de Christina Pluhar, que se convirtió hace sólo tres años en un extraordinario éxito internacional. En mi opinión es uno de los mejores discos, de cualquier tipo de música, que se hayan grabado nunca, aunque su alcance real sólo se entiende cuando se tiene la suerte de ver al grupo en directo y uno tiene la ocasión de escuchar a Lucilla Galeazzi cantar a pleno pulmón ese Ah, vita bella! capaz de acabar con cualquier pena de amor que pueda llegar uno a imaginarse.

S'e fatta mezzanotte, una notte scura scura,
S'e fatta mezzanotte, dorme la luna.
S'e fatta mezzanotte, ma era in pieno giorno,
Di colpo mi si è spenta la luce intorno.
S'e fatta mezzanotte ed io non so perché!

Ti piacevano le salsicce, mo' non le mangi più...
Ti piacevano le ciliege, mo' non le mangi più...
Ti piaceva fare all'amore a tutte quante l'ore
Ah, vita bella! Perchè non torni più?

Ti piaceva il pane caldo, ti piaceva pasta e fagioli;
Ti piaceva la tua famiglia, ti piacevano i tuoi figlioli...
Ti piaceva la festa e ballo, ti piaceva andare a cavallo,
Ah, vita bella! Perchè non torni più?

Ti piaceva la campagna, mo' non la guardi più...
Ti piaceva il profumi dei fiori, mo' non lo senti più...
Ti piaceva stare a guardare il sole quando si tuffa il mare...
Ah, vita bella! Perchè non torni più?

Y, aunque haya momentos en que pueda parecerte imposible, la vida acaba volviendo. Siempre.

martes, 22 de febrero de 2005

Encantamiento

Apolo y Marsias. PeruginoOrfeo representa la fuerza oscura de la música, su poder mágico para subvertir el orden de las cosas y la voluntad de los hombres. En eso se parece a Eros, y también a Dioniso, divinidad igualmente musical, ligada a los ritos orgiásticos, a la danza y a la flauta, instrumento que no dejaba de despertar suspicacias en Grecia, debido a su procedencia oriental. Orfeo, vinculado a la lira, el instrumento nacional griego por excelencia, significa, en cambio, la unión esencial entre la poesía y la música a través del canto.

La disputa entre ambos universos, el de la lira, urbano y culto, y el de la flauta, rural y popular, tuvo uno de sus episodios más célebres en el duelo entre Marsias, un sileno frigio del séquito de Dioniso, y Apolo. Se cuenta que cuando Atenea inventó la flauta la lanzó lejos de sí, porque al tocarla le deformaba la boca. Fue Marsias quien la recogió y se convirtió en su más brillante tañedor, hasta el punto de que oyendo a Apolo tocar la lira se sintió con fuerzas para desafiarlo a un duelo. El dios aceptó el reto con la condición de que el perdedor quedase a merced del vencedor. Los habitantes de Nisa, jueces del pleito, dieron el triunfo a Apolo, quien, aún irritado por lo que consideraba una insolencia inaceptable, ató a Marsias a un árbol y lo desolló vivo. Su muerte causó un duelo universal. Los faunos, sátiros, silenos, ninfas y dríades le lloraron tanto que sus lágrimas acabaron formando en Frigia un río que recibió el nombre de Marsias. Otra versión de la leyenda cuenta que fue el propio Apolo, arrepentido, el que hizo que se formase el río.

En El Banquete de Platón, Alcibíades otorga al discurso de Sócrates el mismo poder encantatorio de la flauta de Marsias:

Éste [Marsias], en efecto, encantaba a los hombres mediante instrumentos con el poder de su boca y aún hoy encanta al que interprete con la flauta sus melodías –pues las que interpretaba Olimpo digo que son de Marsias, su maestro–. En todo caso, sus melodías, ya las interprete un buen flautista o un flautista mediocre, son las únicas que hacen que uno quede poseso y revelan, por ser divinas, quiénes necesitan de los dioses y de los ritos de iniciación. Mas tú te diferencias de él sólo en que sin instrumentos, con tus meras palabras, haces lo mismo. De hecho, cuando nosotros oímos a algún otro, aunque sea muy buen orador, pronunciar otros discursos, a ninguno nos importa, por así decir, nada. Pero cuando se te oye a ti o a otro pronunciando tus palabras, aunque sea muy torpe el que las pronuncie, ya se trate de mujer, hombre o joven quien las escucha, quedamos pasmados y posesos. Yo, al menos, señores, si no fuera porque iba a parecer que estoy totalmente borracho, os diría bajo juramento qué impresiones me han causado personalmente sus palabras y todavía ahora me causan. Efectivamente, cuando le escucho, mi corazón palpita mucho más que el de los poseídos por la música de los coribantes, las lágrimas se me caen por culpa de sus palabras y veo que también a otros muchos les ocurre lo mismo.

¿Pero tiene razón Platón y son el discurso y la melodía los responsables del encantamiento o éste lo genera en realidad la persona que habla o que canta? ¿No será acaso que el encantamiento se oculta en el oído, en el corazón de quien escucha y sus efectos se disparan sin explicación lógica alguna? ¿Hay entonces ritos estrictos que cumplir para liberarse de los efectos turbadores del canto, de la palabra, del amor?

lunes, 21 de febrero de 2005

Leviatán

"¿Es él quién te suplicará durante mucho tiempo, te hablará con timidez? ¿Se comprometerá por contrato contigo para convertirse en tu servidor de por vida? ¿Te divertirá como un pajarito o lo atarás para alegría de tus hijas? ¿Será puesto en venta por asociados y luego despachado entre mercaderes? ¿Acribillarás su piel de dardos, picarás su cabeza con el arpón? Pon solamente la mano sobre él en recuerdo de la lucha. No volverás a empezar." (Job, 40, 27-32)

martes, 15 de febrero de 2005

Gorriones

Gorrión

En mi pueblo había un bar en el que criaban gorriones. Tenían unas jaulas pequeñas, en las que entraban para comer y dormir, pero que permanecían siempre abiertas, y los pájaros podían volar libremente por el local, recorriendo la barra de arriba abajo con sus saltitos armoniosos y posándose en las cabezas de los niños. Yo solía ir con mis padres a aquel bar de vez en cuando, sobre todo cuando se acercaba el verano y la alameda cercana se convertía en el paseo preferido por todo el pueblo. Frente al bar, había una fuente casi a ras de suelo con dos hermosos caños de bronce por los que constantemente salía un agua siempre fría y reparadora. Los niños solíamos arrodillarnos, para beber directamente de los caños, y el agua nos sabía a gloria. Los adultos se acercaban al bar a pedir un vaso con el que poder saciar la sed. También, cuando en las noches calurosas del verano los vecinos sacaban sus sillas y sus hamacas en torno a la fuente, tenían siempre cerca vasos que ofrecer a los paseantes. Jamás oí al dueño del bar ni a los vecinos quejarse, y eso que en los días de fiesta el trasiego podía ser continuo y más de un vidrio terminaba hecho añicos contra el suelo.

Pero hablaba de los gorriones del bar. No eran muchos. Recuerdo sólo tres o cuatro ejemplares, piando y revoloteando encima de mi cabeza o acercándose a picotear los trozos de pan que la gente les ofrecía. De vez en cuando alguno se aventuraba a salir a la calle, pero no tardaba en volver entre el revuelo de quienes habían quedado dentro y la alegría de los niños. Quizá fuera entonces cuando aprendí a amar a los gorriones. Hay pocos animales que me gusten más. Con su pelaje gris y sus chirridos que no alcanzan ni la categoría de canto, veo en ellos la representación perfecta de la humildad y de la libertad. Nos escogieron a nosotros para vivir, vinieron a nuestras ciudades y aquí se quedaron, no como las palomas, que trajimos a la fuerza, esas ratas con alas.

Se quedaron en nuestras ciudades, sí, pero con condiciones. Serían siempre libres. Y que no pensáramos que nos iban a dar demasiadas satisfacciones, que fuéramos olvidándonos de espectáculos coloristas o musicales. Ellos se encargarían de la limpieza menuda, pequeña de nuestras aceras, azoteas y parques y procurarían evitar anidar en lugares molestos, pero nada más. Y desde luego se negaron en rotundo a ser enjaulados. Si coges a un gorrión pequeño, lo pones en una jaula y lo sacas a la terraza, no necesitarás alimentarlo. Lo hará su propia madre hasta que el animal tenga la edad de salir del nido. En ese momento, si la jaula no se abre, la propia madre acabará por envenenarlo. No. No se puede encerrar a un gorrión de por vida como si fuese un canario o un jilguero. Son animales libres, que van y vienen constantemente, comiendo en nuestras calles, bebiendo de nuestras macetas y amándose en nuestros balcones. Nos conquistaron. Y a mí me gusta verlos así, picoteando la rama de la esparraguera en mi ventana, trasteando hasta hallar el hueco de la red por el que volar más allá, aunque yo no siempre entienda lo que buscan.

lunes, 14 de febrero de 2005

Ruidos

Reconozco que si no he escrito antes de esto ha sido por pereza, porque mira que le he dado vueltas. Pero ya no tengo excusa. Dos posts recientes de Lukas y de Manuel Harazem me lo hacen mucho más fácil. Vivimos envueltos en una masa de ruido, en la que la música ha pasado a jugar un tristísimo papel: se ha convertido en obligatoria. Apenas queda una cafetería en la que poder tomarse un café sin la emisora de éxitos de fondo, un taxi en silencio, una tienda en la que moverse sin sentirse apabullado por el ritmo de actualidad (las tiendas de moda joven son lugares perfectamente insalubres para trabajar, ¿qué hacen los sindicatos al respecto?), hasta las librerías se han convertido en espacios con hilo musical incorporado. Hace poco hablaba con una dependienta del Corte Inglés que había tenido la mala suerte de ser colocada al lado de la sección de música y la veía resignada. Si para mí era una auténtica tortura pasar sólo veinte minutos en aquel lugar infernal, no podía imaginar lo que debía de ser para alguien que tiene que pasar todo el día en ese sitio, que trabaja allí. Y no me estoy refiriendo ahora a la calidad de la música. Para el caso me dan lo mismo los Chunguitos que Monteverdi. Es la imposición del sonido por obligación lo que denuncio. Y lo hemos asumido con absoluta normalidad, como el asfalto que hierve en verano bajo nuestros pies o los tabiques de papel que nos unen más que nos separan de los vecinos. Son los tiempos, claro. Pero hubo otros tiempos, como Pascal Quignard nos recuerda en El odio a la música:

En el mundo europeo, hasta mil novecientos catorce, el gallo decía el alba, el perro el extranjero, el corno la caza, el carillón de la iglesia marcaba las horas, la trompa la diligencia, el tañido fúnebre la muerte, el guirigay el segundo matrimonio de las viudas, las flautas y el tambor el sacrificio de alguna efigie carnavalesca. Los raros violines de los músicos ambulantes señalaban la fiesta anual y acompañaban tandas de juegos tan añejos como la prehistoria.

Para escuchar música escrita había que esperar la Misa solemne del domingo, cuando los vientos de los órganos exhalaban acordes y los hacían rebotar a todo lo largo de la nave.

La espalda del auditor se estremecía de súbito.

Lo que era una rareza es hoy más que una frecuencia. Lo que era extraordinario ha trocado en un asedio que asalta sin fin la ciudad y el campo. Los hombres se transformaron en los asaltados por la música, en los asediados por la música. Más que las lenguas vernaculares, la música tonal y orquestal se ha convertido en el tonos social.

Así, después de la guerra total del tercer Reich alemán y como consecuencia de la tecnología de la reproducción de los melos, amar u odiar la música remite por vez primera a la violencia propia, originaria, que funda el dominio sonoro.


Sí, ya sabemos que Quignard se convirtió de amante en odiador profesional de la música (y por eso leo sus obras a la contra, que con las cosas de comer no se juega). Pero me temo que a este paso no será el único.

viernes, 11 de febrero de 2005

Mahler

Gustav Mahler (1860-1911)Gustav Mahler era un neurótico de tendencias sado-depresivas, que se regodeaba con el sufrimiento. Sólo así puede entenderse que fuera capaz de componer esos terribles Kindertotenlieder mientras sus dos hijos se le acercaban a besarlo en la mejilla. Obsesionado con el sentido de la existencia, trató de establecer la base de su obra a mitad de camino entre un panteísmo de corte naïf (“Mi música es sólo un sonido de la Naturaleza”) y un trascendentalismo místico que la mayor parte de las veces terminó convertido en pura histeria.

Despótico a la vez que brillante como director y carente de las mínimas habilidades sociales, su matrimonio con Alma Schindler fue de todo menos feliz. Angustiado por la situación de su relación conyugal, el compositor recurrió a Freud, quien muchos años después recordaría aquella sesión en los siguientes términos:

Analicé a Mahler una tarde del año 1912 (¿o 1913?) [fue en 1910] en Leyden. Si puedo creer en los informes, esa vez conseguí mucho con él. La visita le pareció necesaria porque, en ese período, la esposa se había rebelado contra el hecho de que la libido de Mahler se había retraído de ella. En varias expediciones muy interesantes a lo largo de la historia de su vida, descubrimos sus condiciones personales para el amor, y especialmente su complejo de la Virgen María [fijación materna]. Tuve muchas oportunidades de admirar la capacidad de comprensión psicológica de este hombre genial. En ese momento no se aclaró la fachada sintomática de su neurosis obsesiva. Fue como si uno hubiera hundido un solo ariete en una estructura misteriosa.

En los años 30, el psicoanalista Theodor Reik recabó informes variados (entre ellos, este de Freud) para terminar afirmando:

Buscaba la verdad metafísica oculta detrás y más allá de los fenómenos de este mundo. Perseguía el ideal. Nunca se fatigó en su búsqueda de ese secreto trascendente y sobrenatural de lo absoluto, y no advirtió que el gran secreto de lo trascendente, el milagro de lo metafísico, consiste en que no existe.

Un secreto que rastreó a lo largo de toda su obra. Tomemos por ejemplo la Sinfonía en do menor, la de la Resurrección, de la que escribió en carta a un amigo:

...denominé “Ceremonia fúnebre” al primer movimiento, y si desea saberlo es el héroe de mi Primera Sinfonía el ser a quien estoy enterrando, y el ser cuya vida estoy reflejando en un espejo límpido, encarando el asunto en cierta perspectiva. Al mismo tiempo, se trata del gran interrogante: ¿por qué habéis vivido? ¿Por qué vuestros sufrimientos? ¿Todo esto es una broma gigantesca y horrible? Debemos resolver de un modo u otro estos interrogantes si pretendemos continuar viviendo. Cuando este llamado resuena en la vida de cada uno, debe ofrecer una respuesta, y yo formulo dicho respuesta en el último movimiento.

Oyendo anoche la sinfonía comprobaba cómo es la de Mahler una música en la que se mezcla la melodía más sublime (ese Andante de gracia casi schubertiana o el Urlicht, delicadísimo) con la cencerrada populachera más infame, el más audaz pasaje rítmico con la más simple, vacua y grandilocuente pretensión de trascendencia. Y a la gente le gusta (¡no digamos a Baricco!). Así que la mezcla funciona. En un artículo publicado en el número de enero de la revista Scherzo, Antonio Muñoz Molina establecía un inteligente paralelismo entre la música de Mahler y el Ulysses de Joyce. Así que termino con él:

Hay, en la novela como en la sinfonía, una ambición insensata de contener el mundo, propósito que los dos declararon de manera más o menos explícita. […] En Mahler, como en Joyce, la tensión entre el orden y el desorden permanece siempre explícita, no suavizada ni embellecida del todo por las sabidurías del arte. [...] Al adentrarnos en Ulises o en la Tercera, la Cuarta o la Séptima de Mahler ­–pero con casi todas ellas tengo una impresión parecida– lo que sentimos es que estamos sumergiéndonos en la materia misma del mundo, no en su representación o en su resumen: en su variedad, en su aleación indescifrable de azar y destino, de vulgaridad y belleza, de disonancias lacerantes y milagrosas armonías. Hay música y obras literarias que son como habitaciones acolchadas, como jardines, como refugios seguros para quien se acerca a ellas: pero en Joyce, como en Mahler, la experiencia más poderosa es la de la intemperie, la de los sonidos y las caras que aparecen por sorpresa y se borran a la vuelta de una esquina. […] No hay tal delicadeza en las escenas urbanas de Joyce o de Mahler: hay ruidos, no rumores, músicas baratas y fanfarrias de bandas, están los materiales crudos de la existencia de la gente común, lo chabacano mezclado con lo más excelso, lo que atruena machaconamente y lo que tiene un sonido de tal delicadeza que apenas puede captarlo el oído más alerta. Mahler era un judío bohemio que se hizo católico para escalar en las jerarquías sociales y musicales del imperio austrohúngaro; Joyce, un fugitivo del catolicismo y de Irlanda, un apátrida de elección que creó en el Leopold Bloom de Ulises a uno de los judíos más desarraigados de la literatura del siglo XX. Gracias a ellos la música y la novela ensancharon sus límites para contener el mundo.

jueves, 3 de febrero de 2005

Popea

PopeaAl principio parece un corral de vecinos. Fortuna y Virtud, ventana con ventana, se pelean por el Hombre, concepto en esencia metafísico, que nadie debería relacionar con una montaña de músculos subiendo por las escaleras, aunque por las voces y las increpaciones que escuchamos podría parecerlo. Y de improviso, como suele, aparece en escena un niño engreído y burlón que se descuelga desde la azotea para recordarles a las dos excitadas contendientes que quien de verdad domina la voluntad de los hombres es él y sólo él, Amor. Sorprendidas, estupefactas, aturdidas, Fortuna y Virtud se lanzan señales de apaciguamiento. Como siempre, el niñato ese tiene razón, y las dos se detienen a escuchar su historia.

Y el Amor cuenta y cuenta cómo en el año 62 hasta un Emperador de Roma se postró ante él, provocando una crisis en las mismísimas instituciones del Imperio. Porque fue el Amor quien condujo a Nerón a repudiar a Octavia para casarse con Popea. Sí, sí, que te crees tú eso, se oye comentar entre el público, hasta entonces en asombrado silencio. Los autores del comentario no son otros que Gian Francesco Busenello y Claudio Monteverdi, que se han puesto de pie y han tomado el escenario para contar la historia a su manera. Tú te sientas y te callas, niñito insolente.

¿Qué puede esperarse de un gobierno monárquico? Tiranía. Corrupción. Violencia. Crueldad. Busenello es veneciano. Conoce bien las guerras que su república ha tenido que librar para mantenerse independiente, para rechazar el expansionismo de los reinos vecinos y de las grandes potencias lejanas, los sacrificios, las renuncias. Es además miembro de los Incogniti, una Academia que hace del escepticismo y la crítica del poder la razón última de su existencia.

Así que el Amor, ¿no? Verán ustedes, Popea no ama a Nerón. No. En absoluto. Sólo aspira al poder, a las riquezas, a la impunidad que le permitirá su ascenso hasta la cúspide, ella, la hija de un senador de Roma, convertida en Emperatriz, su sitio natural. Y sí, ya conocemos sus requiebros, "Deja que mis brazos rodeen tu cuello igual que tu belleza circunda mi corazón", sus zalamerías, "¿Cómo has encontrado de dulces, señor, los besos de mi boca?, ¿y las manzanas de mi pecho?", sus fantasiosas hipérboles, "Quiero que mis suspiros te prueben que, renacida, por ti languidezco y por ti muero, y muriendo o viviendo, no dejo de adorarte". Blablabla. Palabras. Porque la conocemos también en la intimidad, la hemos visto descubriendo sus ambiciones ante Arnalta, su nodriza, y la hemos visto impávida, sin dudar lo más mínimo en apretar aún más a Nerón para que elimine a Séneca, el obstáculo interpuesto en el camino hacia el poder.

Sí, ya sabemos que Séneca no tuvo nada que ver con esto, que se suicidó cuatro años más tarde, pero lo traemos aquí porque nos venía bien para demostrar la auténtica realidad del poder monárquico, la auténtica naturaleza de Nerón. ¿Que significan las leyes para él? Nada. Ya nos ha dejado claro que las leyes sólo atan a los súbditos, qué palabra tan expresiva, qué hallazgo idiomático. Al menos, podrían pensar, Nerón es un tirano pero sí actúa movido por el Amor. No. Craso error. Nerón sólo es un niño inestable, voluble y caprichoso, cansado de su antiguo juguete y que quiere uno nuevo. Todos sabemos que lo romperá muy pronto, que no pasarán ni dos años para que golpee, hasta matarla, a Popea, embarazada de su segundo hijo (¡ay, esa niñita muerta a los cuatro meses!). Ese era su destino, el de Popea. Y se lo trazó Arnalta con escrupulosa lucidez, "Mira, niña, que te buscas tu ruina". Para qué. Para nada. Pero tampoco se hagan falsas ilusiones respecto de esta nodriza, correveidile y alcahueta. Su advertencia enmascara sus sueños, sólo pretende medir la temperatura, comprobar hasta qué punto hierve la relación entre esos dos en los que se apoya su éxito. Por eso, cuando ve el triunfo de Popea cercano, ¡ay, si te vi no me acuerdo!, ella, que nació sierva, convertida en matrona, sus ambiciones cumplidas, qué más da que algunos cadáveres queden por el camino.

En sentido estricto un único cadáver, sí, el de Séneca. Podríamos compadecernos de él, pero ¿de este pedante que predica lo que nunca ha practicado vamos a compadecernos? Si hasta sus familiares y amigos se burlan de él cuando les dice, poco antes de tomar la cicuta, que ya va siendo hora de aplicar su filosofía, la que tanto esfuerzo se ha tomado en difundir, y ellos le replican que muy bien, que se muera él si quiere, pero que ellos de morirse nada, y se lo dicen a ritmo de ballo, jajaja, Claudio ahí estuviste genial.

Pero luego están los desterrados. Octavia, la pobre Octavia, que se lamenta por el desprecio del Emperador, por tener que abandonar las comodidades de su rango, su ciudad, a su familia. Octavia, la intrigante. ¿Hay acaso en ella un sólo gramo de amor, de compasión? No. Ella mueve sus hilos, despiadada, apoyada en ese vejestorio de Nutrice, que ve horrorizada cómo su estrella se va apagando, para no perder el trono, la corona, el poder. ¿No es acaso ella la que busca a Otón y le arranca la promesa de que se cuidará muy mucho de que Popea muera, cuanto antes, esa zorra convertida en un obstáculo para los dos? Y Otón, el gran llorón (¿pero quién podría esperarse que acabaría siendo Emperador?), el general que llega triunfante de las campañas de Lusitania, él, que despreció a Drusilla por su ama, por Popea, la hija de un senador con aspiraciones, y se encuentra como pago la misma medicina. Popea también tiene aspiraciones y se ha convertido en la amante del Emperador, ya ni siquiera te mira, eres una piedra insignificante en su camino, una cucaracha que aplastará cuando se sienta segura de su poder. Y tú no la amas, en el fondo no la amas ni un tanto así, y lo sabes perfectamente, estás despechado, claro, pero por la humillación, ¡qué poco te cuesta aceptar enseguida los ofrecimientos descarados de Drusilla! Y cómo la usaste, qué poca grandeza, Otón, disfrazado de mujer para asesinar a otra mujer mientras duerme. Tú, un general de Roma, detenido justo por Amor cuando vas a cometer el crimen. (Jajaja, Francesco, buen golpe de timón diste ahí, que el niñito se sienta al menos protagonista por un rato.) Pero tú, Otón, tú, siempre suplicando a los demás, intrigando, compadeciéndote a ti mismo, bah, ni tu reacción final, la de reconocerte como el auténtico criminal para exculpar a Drusilla, te salva.

Pobre Drusilla, la única que conserva algo de dignidad, pero ¿he dicho dignidad? No, más bien habría que decir que ella es el único argumento que le queda a Amor, porque sí, Drusilla -no se nos alcanza el motivo- ama a Otón sinceramente, y por él está dispuesta incluso a morir de modo injusto, ¿pero dignidad alguien que no tiene reparos en sacrificar la vida de la mujer que ha confiado en ella, que la deja velar su sueño? ¿Cómo es posible que Drusilla, tan pizpireta, tan enamorada, tan inspirada por los altos sentimientos alimente y dé curso a los deseos de venganza de Otón, de Octavia? Ella, convertida en la mano que golpea inmisericorde por aquellos que ven peligrar su poder, su posición, sus riquezas... Ella, cortesana enamorada, convertida en el vehículo del odio.

¿Y este es todo tu triunfo, Amor?

martes, 1 de febrero de 2005

Plan

El lendakari Juan José Ibarreche recoge esta tarde en la Carrera de San Jerónimo de Madrid algunas nueces desparramadas. En los próximos meses se prevén nuevas sacudidas del árbol. Mucha suerte a todos los que me leen.