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viernes, 12 de octubre de 2007

Patria

Bandera de España
patria. (Del lat. patria). f. Tierra natal o adoptiva ordenada como nación, a la que se siente ligado el ser humano por vínculos jurídicos, históricos y afectivos.

patriota. (del gr. πατριώτης, compatriota). com. Persona que tiene amor a su patria y procura todo su bien.

[DRAE, vigésima segunda edición, 2001]

1. Pocas veces estaré más de acuerdo con una definición del Diccionario de la Academia. Poco tengo que añadir en este sentido que no haya escrito en días pasados. Los vínculos jurídicos de la nación (la nación de ciudadanos) son la garantía de nuestros derechos individuales, de nuestra seguridad, de la igualdad de todos ante la ley, pero una nación no es sólo eso: la nación tiene un fundamento histórico (y desde luego es anterior a la noción de ciudadanía como la concebimos hoy), un desarrollo en el tiempo, se soporta en la trama creada por la vida en común de sus gentes, que ha forjado una serie de vínculos afectivos y de intereses que son vitales para su existencia y su buena salud. Por supuesto que la base de la vida nacional es el armazón jurídico que lo sustenta, pues los vínculos afectivos son subjetivos y asimétricos, pero también reales, existentes, innegables, y además por completo necesarios. La pretendida asepsia sentimental que muestran ante estas cuestiones algunos izquierdistas, ácratas y ultraliberales de distinto signo (los extremeños se tocan) me parece en la mayor parte de los casos producto de una pose forzada y falsa.

Desde esta perspectiva, podríamos atribuir a los símbolos la función de actuar como una argamasa que fundiera los tres términos de la definición: son garantía de la seguridad jurídica (de ahí, por ejemplo, que Fernando Savater afirmara hace unos días que la bandera española representa hoy en el País Vasco garantía de respeto a los derechos del ciudadano), han sido fijados por ley de acuerdo a su especial significación histórica y sirven como elemento para identificarnos en torno a una causa común, que puede ser, entre muchas otras, un acontecimiento deportivo internacional, una guerra o una situación delicada vivida en el extranjero (¿dónde mejor acudir que al lugar en el que ondea la bandera de tu país?).

En condiciones normales, soy de los que piensa que hay que evitar cualquier tipo de estridencia simbólica: las banderas cuelgan de los mástiles que les corresponde y el himno suena cuando tiene que hacerlo en función del protocolo, y ya está. Personalmente no he enarbolado una bandera ni cantado un himno en mi vida. Pero a nadie escapa que no vivimos en condiciones normales, con un proceso de descomposición nacional abierto y el ultraje a la nación (esto es, a sus ciudadanos) a través de sus símbolos que se ha generalizado en las últimas semanas en determinadas zonas del país. Y en momentos así, están plenamente justificadas las invocaciones a hacer un uso sin complejos de los símbolos que nos representan a todos, a honrarlos, en cuanto tienen un valor simbólico (sospecho que algunos no conocen todavía el significado del término) que no sólo garantizan el imperio de la ley y el respeto de nuestros derechos, sino que apelan a los sentimientos mayoritarios de afecto entre compatriotas. Y si el Gobierno, acomplejado y débil, no es capaz de asumir este papel, no veo cuál es el problema de que lo haga el jefe de la oposición (y eso no quita para que esté de acuerdo con muchos otros en que el famoso vídeo de Rajoy resulta cutre y rancio, y en que él está francamente mal, acartonado y artificial).

2.
Decía Cela, creo que citando en parte a Pío Baroja, que la diferencia entre el nacionalista y el patriota es que el nacionalista cree que su tierra es la mejor del mundo, mientras que el patriota lo que piensa es que su tierra merece lo mejor del mundo. La definición del DRAE recoge sin duda este sentido, con el que estoy plenamente de acuerdo. No deja de resultar curiosa la evolución de la izquierda política y sociológica española en los últimos 70 años con respecto a los conceptos de "patria" y "patriota". Los republicanos (con Azaña, Negrín, Prieto, Machado y Unamuno a la cabeza) se consideraban a sí mismos grandes patriotas. Sentían como un orgullo el estar dispuestos a ofrecer lo mejor de cada uno para el bien de la nación. Lo contrario era un insulto. De ahí sin duda el desgarro que muchos sintieron al ser tratados por el bando vencedor de la Guerra Civil como "antiespañoles" (y no cabe duda de que ahí está parte del origen del descrédito de los "patriotas" entre la izquierda española). Pero es que el término "patriota" sigue significando en el resto del mundo lo mismo que durante la Segunda República española, no hay motivos para cargarlo con ningún otro sentido espurio. Ya no hay excusas. Franco murió hará pronto 32 años. Un patriota es el que está dispuesto al sacrificio personal (y no pienso necesariamente en términos dramáticos, que sería el sacrificio llevado a su límite) por el bien colectivo, que es, por otro lado, un impulso biológicamente natural, incluso egoísta (mirándolo desde el punto de vista evolucionista está absolutamente claro), pues el bien del colectivo en el que vives es tu propio bien y el bien de tus hijos. ¿Que tiene usted problemas para identificar dónde está el bien y dónde el colectivo? Entonces es que usted tiene, en efecto, un problema.

sábado, 29 de septiembre de 2007

Una idea de España (II)

Hay por supuesto otras ideas de España, que sus postulantes considerarán igualmente defendibles. Justamente por eso, porque las ideas sentimentales sobre lo que es o debe ser la nación son múltiples, subjetivas y no siempre compatibles entre sí, es deseable encontrar un punto de acuerdo racional y objetivo, que sea aceptable por todos y que todos estén dispuestos a defender, y a mí no se me ocurre otro que el de la Ciudadanía, es decir el del Derecho, el de una justicia igual para todos, con obligaciones y derechos iguales para todos, claramente definidos en un documento base (la Constitución) dentro de un sistema de libre concurrencia y democracia, y a partir de aquí que cada cual defienda su propio proyecto como mejor entienda (con el límite, obvio, de las leyes).

En cualquier caso, para mí, repito, las naciones no pueden ser sólo (no son en realidad) un sistema administrativo común, es decir, no son sólo Estado (aunque se identifiquen en la práctica con él), y España, estoy convencido, es mucho más que eso, es una trama inextricable de afectos e intereses forjados en una historia de convivencia milenaria (sí, milenaria). Si la memoria no me juega una mala pasada, creo que fue Francesc Cambó quien en un momento de su trayectoria de nacionalista catalán se separó de la línea independentista de Macià al afirmar que la convivencia de siglos había creado tal madeja de relaciones entre los habitantes de España que la independencia de cualquiera de sus partes no podía sino causar un trauma de consecuencias nefastas para todos. En su interesantísimo libro sobre el nacionalismo, Alfredo Cruz Prados afirmaba que las naciones necesitan un proyecto común que las impulse. En mi opinión, ese proyecto común no sería en España otra cosa que una mirada global, española, sobre los problemas globales y locales, por encima de particularismos y localismos, es decir la tendencia contraria a la que vivimos hoy, cuando se ha instalado la idea de que la presión regional, localista es la única manera de no resultar marginado en el reparto de inversiones. Hace unos días, en una muy seguida tertulia radiofónica, un famosísimo (y para mí, penoso) periodista madrileño decía a un celebérrimo colega andaluz que él tenía que estar en el fondo muy contento porque Andalucía era la principal beneficiaria del chalaneo de la financiación autonómica. Pues bien, yo, como andaluz, no estoy contento, no estoy en absoluto contento, porque la rapiña autonómica en la que nos hemos instalado sólo causa (está causando ya) insolidaridad, desapego afectivo entre los españoles y el fomento de un clientelismo regional de paniaguados que hace de la democracia una auténtica caricatura de sí misma.

Quiero decir con todo esto que si bien la idea de España como una simple nación de ciudadanos libres debe ser la base común de nuestro proyecto colectivo, el contenido con el que eso se llene no resulta indiferente, que hay proyectos políticos que favorecen la solidaridad y la cohesión y, en ese sentido, nos benefician a todos, y proyectos que sólo alientan el egoísmo particularista y el separatismo, y que por tanto nos perjudican en la misma medida. De ahí que el nuevo partido de Savater y Díez no pueda quedarse en una simple definición de España como nación de ciudadanos, lo cual considero por supuesto básico, que espero (esperamos, me atrevería a decir) algo más. Es por eso que la famosa referencia de Savater a que "la idea de España se la suda" me parezca muy desafortunada para salir de los labios del promotor de un nuevo partido político. Y que conste que la entiendo, que estoy convencido de conocer el sentido en el que está pronunciada. De hecho, varios días después, Carlos Martínez Gorriarán daba en su blog una explicación sobre el particular que puedo compartir perfectamente y que, por su interés, transcribo:

[...] que ideas de España hay tantas como españoles (unas 44 millones, creo). Que el problema no son esas ideas –FS tendrá la suya, claro, sino la insistencia de algunos autoerigidos guardianes de la nación en que hay una Idea de España obligatoria: pues mire, esa es otra variedad del nacionalismo obligatorio que detestamos. No estamos aquí para soportar a gente que habla en nombre de Cataluña, que te quiere meter a balazos la gran Euskal Herria o que vocifere tu presunta obligación de asumir su Idea de España. Lo que importa de la nación es que es una sociedad de ciudadanos que comparten una comunidad con muchas dimensiones, pero cuya dimensión más importante es la ciudadanía en un Estado. En un Estado de derecho, naturalmente (comparto con los liberales la idea de que lo único que justifica al Estado es su obligación de garantizar las libertades públicas e imponer la paz monopolizando estrictamente el ejercicio de la violencia). Vamos, que lo importante es la ciudadanía española, no la fantasmagórica Idea de España que parece formulada por un Hegel de zarzuela. Así pues, la única idea de España que debemos aceptar los 44 millones se llama Constitución. Fernando Savater lleva defendiendo muchos años la ciudadanía española, y explicando que ser ciudadano comporta tanto derechos y libertades personales como obligaciones y responsabilidades comunes. No conozco a nadie que haya defendido tan bien este sencillo y vital principio como Fernando Savater, ni que haya estado tan amenazado y perseguido durante tanto tiempo por hacerlo tan claramente, cuando podía haberse dedicado a sus cosas y mientras algunos de sus críticos actuales iban con dodotis. Para mí, y para cualquiera que no se crea Don Pelayo, eso es defender España.
No es muy distinto de lo que yo llevo dicho, con una sola objeción: yo sí creo que la idea (minúsculas) de España es importante, yo sí creo que es crucial que un partido político que nace lo haga llenando de contenido ese espacio inconcreto que queda pasada la primera (y necesaria) definición de carácter formalmente administrativo, y es más, creo que UPD tiene una idea de España, tiene un proyecto, cuyas líneas generales se han difundido ya. Por eso me parece aún más erróneo el comentario de Savater, que quizá no se ha dado todavía cuenta de que ya no es sólo un intelectual que conecta con los ciudadanos escribiendo libros y columnas en los periódicos, sino que es el promotor de un partido político que aspira a convertirse en un factor clave para la gobernabilidad del país. Quienes compartimos su visión de España (y yo, globalmente, la comparto) no esperábamos que nos dijera que "la idea de España se la suda", sino que hiciera una defensa de su idea de España, que sin duda tiene y que muchos, repito, compartimos. Cuando uno se mete a político tiene que cuidar mucho expresiones como éstas, fácilmente manipulables y no comprensibles para un conjunto no pequeño de ciudadanos. Lo recogía perfectamente Esteban en su Cuadrilátero de ayer.

Cuadrilátero de Esteban. 28-09-2007
Pues eso. Hoy se presenta formalmente en sociedad UPD. De corazón y por interés, mucha suerte.

viernes, 28 de septiembre de 2007

Una idea de España

Soy español. Lo cual no es decir demasiado. Soy español porque nací en España. Otros que no han nacido en España también son españoles porque sus padres lo son (como, por ejemplo, Juan Carlos de Borbón) o porque están casados con españoles o porque residen en España y han cumplido una serie de requisitos que exigen las leyes para adquirir la nacionalidad española (como tantos futbolistas hispanoamericanos) o porque las instituciones se la han otorgado por razones especiales de mérito y vinculación con nuestro país (es el caso de Mario Vargas Llosa). Todos los españoles tenemos un documento (el DNI) donde lo dice (Nacionalidad: Española). Se trata de una simple condición administrativa, que compartimos algo más de 40 millones de personas (teniendo en cuenta que en el mundo viven hoy más de 6.000 millones no es demasiado, ciertamente). Españoles son Juan Carlos de Borbón y el futbolista del Real Madrid Julio César Baptista, Mario Vargas Llosa y Blas Piñar, Josep Carod Rovira y Arnaldo Otegui. Como ciudadanos españoles, todos estamos sujetos al ordenamiento jurídico de España, que nos impone una serie de obligaciones y nos reconoce una serie de derechos. Ser español tiene, desde el punto de vista administrativo, ventajas e inconvenientes, como ser alemán o chino. Creo, en cualquier caso, que nadie en su sano juicio discutirá que, comparando con el resto del mundo, las ventajas de ser español son muy superiores a los inconvenientes; de hecho, estoy convencido de que un elevadísimo porcentaje de esos 6.000 millones de personas que viven en nuestro planeta si pudieran optar, elegirían sin duda las ventajas de la nacionalidad española a la suya propia (y que pregunten si no a los chinos, a los sudaneses, a los guatemaltecos, a los birmanos o a los iraníes).

Pero además me siento español. Quiere esto decir que tengo vínculos afectivos especiales con las cosas que se relacionan con España y con sus ciudadanos (lo cual no significa que me gusten todas sus cosas ni que sea amigo ni siquiera que simpatice con todos sus ciudadanos, pues no hablo de afectos personales, sino de un sentimiento general de pertenencia a una comunidad, algo muy propio de los humanos, primates, luego animales sociales). Estos vínculos no son innatos, no nací sintiéndome español. Se han creado porque durante mi vida he compartido con los españoles una forma de acercarme al mundo, a través de la educación, los medios de comunicación, el idioma, los juegos, las fiestas o los artículos que llegan a las tiendas, que ha sido diferente al modo de acercarse al mundo de los franceses o los portugueses (eso está sin duda cambiando con la globalización e internet, pero yo he cumplido ya los 40, qué quiere que les diga, uno no abandona sus vínculos afectivos de hoy para mañana). Me siento español porque comparto con los españoles no sólo obligaciones y derechos administrativos, sino toda una serie de modos de vida que me hacen alegrarme con los éxitos de los españoles y entristecerme con sus fracasos o sus catástrofes de forma más intensa que por los éxitos, los fracasos y las catástrofes de otros ciudadanos del mundo. Por eso, las inundaciones provocadas por la ruptura de la presa de Tous me estremecieron mucho más que las ocurridas este año en Inglaterra, los incendios de Galicia me espantaron más que los de Grecia, los accidentes de los autobuses escolares ocurridos en España me acongojan siempre mucho más que los ocurridos en el extranjero, los atentados de ETA son para mí más terribles que los del IRA o los de Hamas y prefiero las victorias de Fernando Alonso o Rafa Nadal a las de Raikkonen o Federer.

Lo que no soy es un nacionalista español. Y esto es lo que muchos siguen sin entender. Sentirse español no significa ser nacionalista español, como sentirse catalán o almeriense o malayo no significa ser nacionalista catalán, almeriense o malayo. (Todos estos sentimientos no son además excluyentes. Uno puede sentirse catalán y español, almeriense y español e incluso malayo, almeriense, catalán y español, en distinto grado pero al tiempo.) Para que yo fuera nacionalista español tendría que pensar, por ejemplo, que ser católico y ser español es la misma cosa (como defienden todavía algunos) o que el español es la lengua propia de España y por tanto sólo son auténticos españoles aquellos que la hablan o que España es una unidad de destino en lo universal o que sólo son españoles los amantes de los toros o de las quinielas o alguna formulación similar que hiciera de la nación española una esencia inmutable y eterna, con atributos propios (lengua, cultura) de naturaleza colectiva e inexcusable. Al decir que me siento español ni siquiera estoy afirmando la existencia de la nación española (no necesito en realidad hacerlo, pues su existencia es una realidad histórica incuestionable, y yo soy siempre muy respetuoso con la realidad y con la historia), sino mi especial afinidad sentimental hacia lo español (aunque deteste los toros y no me guste el flamenco).

Estos sentimientos son por supuesto, por definición, siempre personales y subjetivos, pero creo sinceramente que son mayoritarios entre los ciudadanos que tienen la categoría administrativa de españoles. Con los que no tienen esos sentimientos no tendría que pasar en realidad nada, pues su españolidad administrativa les garantiza absolutamente todos los derechos individuales, idénticos a los del primero de los patriotas (se puede ser patriota sin ser nacionalista, sí, pero eso, si te parece, querido Ignacio, lo dejaremos para otra ocasión), y nadie les niega la posibilidad de expresar ni manifestar sus sentimientos de pertenencia a otras comunidades humanas en la manera que estimen oportuna (con la única limitación, obvia, de la ley). Es evidente que el sentimiento no puede ser hoy el vínculo fundamental que mantenga unida a una comunidad política, a una nación (en el sentido que le daba ayer, es decir, un Estado). Las naciones que me esfuerzo en defender como realmente existentes y necesarias son las naciones de ciudadanos libres e iguales ante la ley, por lo que es la Constitución, el marco que establece los derechos y las obligaciones de esos ciudadanos, el auténtico punto de encuentro, el consenso básico que garantiza la libertad y la seguridad de todos, la madre del cordero de la nación.

Sin embargo, eso no quita para que considere que los vínculos afectivos son importantes, muy importantes para la estabilidad de la nación y la felicidad de sus ciudadanos. De hecho son esos vínculos los que han atacado con saña, allí donde son fuertes, los partidos nacionalistas en 25 años de control de la educación, de los medios de comunicación públicos y de los presupuestos, contando casi siempre con la aquiescencia de los partidos nacionales, que han aceptado los hechos consumados cuando no han entrado en una especie de subasta pública a nivel regional por ver quién hacía la oferta más nacionalista, más provinciana, más pueblerina. Cuando se dice que España se rompe, lo que se está afirmando, pese a que a muchos les suene a catastrofismo, es una realidad fácilmente contrastable, que los vínculos afectivos entre los españoles se descuajaringan poco a poco, paso a paso, y que ese descuajaringamiento empieza a alcanzar rango de ley entre la indiferencia general, que los nacionalistas están teniendo éxito y que no se aprecian signos de reacción entre los partidos nacionales tradicionales.

En último término, no pasa nada por que España se rompa, dicen algunos. Sí que pasa, pasa que se rompe. Y yo no quiero que eso suceda. No quiero por razones sentimentales, que ya he explicado; y no quiero por razones prácticas, pues creo que ser una nación nos beneficia a todos. Puede que llegue un día en que los vínculos afectivos se hayan deteriorado hasta tal punto que la gente prefiera que España se divida en varias naciones. Como demócrata, no me quedará más remedio que aceptarlo y pagar la parte alícuota del precio que eso nos cueste, pero antes de que eso llegue prefiero trabajar por que no ocurra, y la forma más ilusionante de hacerlo me parece que a día de hoy es apoyar el proyecto de Unidad, Progreso y Democracia, el nuevo partido político liderado por Rosa Díez, surgido en el entorno del movimiento cívico Basta Ya y promovido por Fernando Savater, entre otros. A la espera de su definición programática en aspectos concretos, su apuesta por una nación de ciudadanos con igualdad de derechos y obligaciones en todo el territorio nacional me parece imprescindible para el futuro. Soy más partidario de los regímenes unitarios que de los federales (mi modelo en realidad no es otro que el de la jacobina y centralista república francesa), pero la forma de organización me parece asunto menor siempre que se garantice ese principio básico de igualdad ciudadana: una federación de territorios con ciudadanos iguales me parece una fórmula no ideal pero aceptable, y hasta ahí estoy dispuesto a esforzarme por el consenso: nada de confederaciones ni de federalismo asimétrico, que es la misma cosa. Esa es mi idea de España. Y esa es para mí la España que vale la pena defender.

jueves, 27 de septiembre de 2007

Una idea de nación (II)

Y sin embargo las naciones existen. Son una realidad histórica que nadie en su sano juicio se atrevería a discutir. El problema parece residir entonces en encontrar criterios objetivos para delimitar qué cosa sea una nación y cuál no. Y para ello lo mejor es partir de algo elemental e incuestionable, algo que ninguna persona de espíritu racional negaría: las naciones son entidades puramente humanas, no son entes metafísicos y eternos, sino organizaciones sujetas a la constante mudanza de los asuntos propios de los hombres. Basta estudiar un poco de historia para comprobar que las naciones han cambiado (y de hecho, siguen cambiando constantemente) de forma, modelo, extensión, símbolos, estructuras y todos aquellos atributos que les son propios en función de infinidad de variables. Por cambiar, ha cambiado hasta el concepto de nación. Obviamente, el animal político de Aristóteles no tiene nada que ver con el del siglo XVIII o con el de nuestros días. Si la nación trata de caracterizar determinadas formas de asociación entre seres humanos, su propia definición ha ido cambiando en la medida en que han cambiado las formas de organización.

La confusión que provoca el despliegue diacrónico de las ideas y conceptos en la historia es el paraíso del buen teórico del nacionalismo. Ahí es donde te envuelve en sus falacias y su fofa retórica, tan falsas como infantiloides, pero capaces de hacer mella en el ánimo de personas no demasiado instruidas o poco reflexivas. Lo he repetido ya muchas veces: la falacia fundamental con la que juega el nacionalista de hoy es la confusión interesada entre dos conceptos de nación diferentes: la 'nación' cultural derivada del idealismo alemán (un engendro de nefastas consecuencias prácticas) y la 'nación' política, que parte del pensamiento ilustrado y es, en el fondo, la que domina la política mundial del último siglo. Así que definamos ya la nación en función del más extendido de sus usos en la actualidad: Nación es una comunidad política con soberanía. El nacionalista vulgaris (en esta horrorosa, por espantosamente fea y hortera, página, se nos presenta un tipo peculiar de nacionalista, Xavier Sala-i-Martin, mucho más nacionalista y esencialista de lo que él quiere hacer ver, menos original de lo que algunos pretenden, pero una desviación sin duda del nacionalista medio), el nacionalista ordinario de nuestras miserias, decía, reclama nación cultural, pero lo que en realidad quiere es la nación política. Parece en cualquier modo que el salto conceptual lo han dado ya, públicamente, de lo cual me congratulo. Es más fácil discutir cuando todos los que discuten atribuyen a las palabras los mismos significados.

Tampoco es el de soberanía un concepto eterno y metafísico, se me dirá. No, claro que no, pero conviene no tomarlo demasiado a la ligera. De hecho para millones de hombres en todo el mundo, la soberanía es algo que les pilla un poco lejos: se la quedan para sí dictadores y reyezuelos de diversa índole. El concepto de soberanía nacional (o al menos el inicio de su aplicación práctica) no tiene mucho más de dos siglos. Pero hace dos siglos, ¡ya existían las naciones! Es decir ya existían comunidades políticas perfectamente definidas. La soberanía de la nación significó simplemente la extensión del derecho a decidir sobre su propio destino de un número mayor de individuos, un número que siguió incrementándose hasta alcanzar, con la implantación de la democracia de masas en pleno siglo XX, a todos los miembros de la comunidad. Con esto, planteo simplemente que cuando nace la categoría de ciudadano, ese ciudadano no es un ente abstracto, con capacidad para asociarse libremente con los ciudadanos que desee, sino que es ciudadano de una entidad política preexistente, de una nación. La continuidad de esas entidades políticas soberanas en el tiempo, independientemente de su organización interna y de la asunción de la soberanía, es en mi opinión el mejor criterio para delimitar lo que es una nación.

Un concepto determinado por la historia. Por supuesto. Claro que es importante la historia. Las cosas podrían haber sido de otra forma, pero fueron como fueron. ¿Tienen que ser siempre así? No, desde luego. Los asuntos humanos, ya lo he dicho, cambian permanentemente, pero ¡¡la realidad existe!! Una realidad que se ha configurado históricamente hasta crear el tipo de organización política que hoy conocemos. Habida cuenta de que los individuos son hoy ciudadanos de derechos (y me refiero, obvio, a las democracias de tipo occidental), que
ostentan la soberanía de sus naciones y que por tanto pueden decidir sobre cualquier cuestión que les competa y les afecte como colectivo, siguiendo para ello las reglas democráticas de toma de decisiones, nada más útil que afirmar que, en definitiva, la nación de ciudadanos coincide absolutamente con el Estado. Que naciones son, hoy, en Occidente, los Estados soberanos. Ni más ni menos. Y que ambas cosas (nación y soberanía) pueden cambiarse, claro que sí. Los que, partiendo de su estatus de ciudadanos de una nación, quieran crear estados nuevos (luego, naciones) pueden seguir básicamente tres caminos: a) la guerra de conquista (en desuso, la verdad); b) la revolución (es lo que hace ETA); c) convencer al resto de ciudadanos que comparten con ellos soberanía de que lo mejor para todos es hacer de su nación varias (es lo que hicieron en Checoslovaquia, por ejemplo). Obviamente todas estas decisiones tienen un coste. Yo voto por no pagarlo.

miércoles, 26 de septiembre de 2007

Una idea de nación



En una obra publicada a principios de los años 80 del siglo pasado, La persistencia del Antiguo Régimen, Arno J. Mayer desmontaba en toda regla la idea de que las llamadas revoluciones burguesas de finales del siglo XVIII y principios del XIX habían dado lugar al nacimiento de sociedades por completo nuevas. Más allá de que las ideas revolucionarias iniciaran entonces la disolución del mundo antiguo, éste resistió en condiciones aceptables hasta 1945. Analizando la economía, la sociedad, la política y la cultura, Mayer llegaba a la conclusión de que la sociedad occidental siguió siendo fundamentalmente rural y de que aunque la vieja nobleza fuera desgastándose poco a poco, en realidad siguió conservando su poder y su capacidad de influencia y de dominio casi intactos. Para Mayer, las dos guerras mundiales (que él llama la Guerra de los Treinta Años del siglo XX) no son sino el último intento de la aristocracia europea por mantener sus privilegios en un mundo que se transformaba más lentamente de lo que habitualmente se tiende a creer.

En este sentido, adaptadas a la evolución de las entidades políticas, las oligarquías dominantes emplearon sin complejos y sin rubor el concepto de 'nación', tal y como se había ido llenando de contenido a lo largo del siglo XIX, como forma de aglutinar a los individuos en favor y en defensa de su causa, del mismo modo que, antiguamente, la corona o la religión habían funcionado como elementos simbólicos de cohesión. Esta idea fue magníficamente atrapada por Kubrick en Senderos de gloria, película considerada mayoritariamente como un film radicalmente antibelicista. Resulta fácil compartir este juicio, pero en mi opinión, Senderos es en realidad y ante todo un film crudamente antinacionalista.

La celebérrima y conmovedora escena final, que a menudo se interpreta mal. Kubrick no nos habla de la capacidad de los hombres, aun sometidos a una presión extrema, para la compasión y la ternura. No es eso. No es que los soldados queden de pronto conmocionados por la belleza del canto de la chica alemana, ni siquiera por sus lágrimas, su fragilidad o su inocencia. Es que esa melodía popular que oyen, entrecortada y gimoteante, la conocen perfectamente, posiblemente la han oído en los labios de sus madres o la han cantado muchas veces ellos mismos. Es tan de ellos (franceses) como de los enemigos (alemanes). Atrapados en un engranaje diabólico, impotentes para huir de él (y la anécdota principal de la película deja claros los métodos empleados por los superiores para que no lo olviden fácilmente), los soldados descubren de pronto (o acaso no; pero los espectadores, sí) que no son tan distintos de aquellos a los que combaten, que en el fondo están sirviendo la causa de un poder del que no participan y que los ha reclutado enarbolando la idea de una nación que es la de todos los nacionalistas que han existido y existen, aquella que se esfuerza en definirse exclusivamente por los rasgos que (supuestamente) no tienen sus vecinos, creando así una identidad demediada y falsa, perversa y letal. Y es que en el fondo, ser antinacionalista y ser antibelicista viene a ser la misma cosa.

viernes, 14 de septiembre de 2007

Contra los pueblos

Hace poco más de un año escribí en otro sitio esto:

Cuando en el siglo XVIII los revolucionarios americanos y franceses convirtieron a los súbditos en ciudadanos, los pueblos empezaron a dejar de tener sentido. En adelante, las comunidades políticas estarían formadas por hombres libres e iguales. Es ese un avance formidable, un salto espectacular en la evolución cultural de la especia humana. Pasa que nuestra herencia biológica tiene millones de años y esta idea poco más de dos siglos. Tardará en asentarse como una conquista objetiva e ineludible para todos los seres humanos (como lo fue en su día el hierro en lugar del bronce), pero el camino está marcado. Esta concepción ilustrada de los individuos, como sujetos de derechos frente a los entes colectivos a los que habían de someterse para llenar de sentido su existencia, encontró una durísima reacción en el siglo XIX con el Romanticismo alemán. Es en el concepto de volk de los románticos alemanes en el que florecen todos los nacionalismos europeos, incluidos por supuesto los españoles. Esa vuelta a la tribu, ese repliegue sobre el instinto y el sentimiento como categoría política en la que fundamentar las naciones late con fuerza en el proceso centrífugo abierto en España, y eso ocurre justo cuando la revolución en las telecomunicaciones, cuando Internet están haciendo cada vez más pequeño nuestro mundo. ¿Dónde están los pueblos en nuestra civilización? En la mente de algunos. Cuando Arnaldo Otegui contaba en la película aquella de Médem que él soñaba con una juventud vasca saliendo a reunirse para merendar en las praderas de la patria en lugar de consumiendo pizzas y hamburguesas encargadas por Internet sólo estaba poniendo de manifiesto el fracaso absoluto de su concepción política. La tribu, el pueblo es hoy un rescoldo del pasado. Políticamente, no existe labor más noble ni urgente que extender, cuanto antes y a todos los seres humanos, los beneficios de la ciudadanía, los derechos individuales frente a los ficticios derechos de los colectivos, sean éstos religiosos, políticos o culturales. Y no hablo de utópicas comunidades mundiales. Hablo de la civilización. La única que existe. El resto es barbarie.
Lo rescato no sólo por lo que afecta a España (¿recuerdan que Zapatero y su cohorte de aduladores afirmaban que el talante crispador de Aznar sólo había servido para radicalizar a los nacionalistas y él tenía la solución para el problema? Al respecto, imprescindible, Arcadi hoy), sino por la Declaración aprobada ayer por la ONU. 370 millones de personas cuyos derechos pasan a ser los de su pueblo, como si cada uno conformara un organismo vivo, claro y distinto. Maravilloso. Ya sé que su posición no se ha determinado en todos los extremos por motivos nobles, pero en cualquier caso hoy admiro un poco más que ayer a los gobiernos de Estados Unidos, Canadá, Nueva Zelanda y Australia.

jueves, 29 de marzo de 2007

Oxímoros y sarcasmos


Carlos Martínez Gorriarán en su blog de Basta ya:

EL PNV Y LA VIOLENCIA

La agresión sufrida por Antonio Aguirre y otros seis miembros del Foro Ermua cuando acompañaban al abogado del colectivo –que es acusación particular en el caso seguido contra Ibarretxe por sus reuniones con Batasuna- a la Audiencia de Bilbao, ha vuelto a poner en evidencia la cara menos amable del PNV, también la más auténtica. No sólo por la ya famosa patada a los genitales del ciudadano Aguirre perpetrada por el energúmeno llamado Alejandro Aramburu Corral -concejal del partido, ex ertzaina y otras cosas que van conociéndose; nada que ver con un espontáneo incontrolado-, sino sobre todo, a mi juicio, por la reacción ante los acontecimientos del Gobierno Vasco y del PNV.

La cosa merece analizarse con cierto detenimiento, sin dejarnos distraer por las explicaciones al uso según las cuales el tal Aramburu Corral es un vejete exaltado que habría actuado irreflexiblemente. Por el contrario, su actuación es una expresión muy genuina de una mentalidad profundamente arraigada entre las bases del partido racista de Sabino Arana: la creencia de que, como legítimos propietarios ancestrales de Euskadi, su poder no debe respetar otro límite que el impuesto por la impotencia o la coerción.

En primer lugar, su partido se ha apresurado a protegerle, renunciando a pedirle cualquier responsabilidad y haciendo piña con ese elemento. En segundo lugar, la portavoz gubernamental
Miren Azkarate aprovechó una comparecencia pública para acusar a los agredidos de agresión, poner en duda la versión del propio Aguirre, quitar cualquier relevancia a la protección que la Ertzaintza dio al posible delincuente y, llevando al paroxismo esta concatenación de perversiones simultáneas de los hechos y de su deber, acusar a los siete miembros del Foro Ermua de ¡un recién inventado “delito de contramanifestación”! La Ley del Embudo aplicada como norma fundamental.

En resumen, Azkarate -otro personaje surgido del paquidérmico mundo académico del eusquera, elevada al cargo de portavoz por, como ha quedado acreditado, su absoluta falta de empatía con el otro, su culto a la razón de partido, su desprecio de la verdad y la consiguiente defensa intransigente de cualquier ocurrencia del lehendakari- ha traspasado sin el menor pudor la barrera que separa su cargo institucional de portavoz gubernamental de la militancia partidista más sectaria. Además, ha tergiversado absolutamente la naturaleza y razón de la presencia de los siete miembros del Foro Ermua, les ha negado de modo explícito el derecho a ocupar y usar la calle y los edificios públicos, reservados por lo visto a las exclusivas conveniencias del nacionalismo, y finalmente ha derrapado en la invención de un ridículo delito de contramanifestación.

Un derrapaje hacia los modos, retórica y prácticas de los gobiernos más desnudamente dictatoriales. Acusar de agresión y gamberrismo al pequeño grupo que ha sufrido las agresiones físicas y los ataques verbales de un grupo mucho mayor, y todo ello ante la evidente pasividad de la Ertzaintza –reducida en este caso al papel de guardia pretoriana del PNV, capaz de permitir la comisión de delitos si ello conviene al partido-, es una línea argumental característica de, pongamos por caso, el gobierno cubano cuando justifica la persecución y encarcelamiento de los disidentes pacíficos. De estar en los años cuarenta, Azkarate habría sido perfectamente intercambiable por cualquier portavoz del gobierno franquista, de una dictadura sudamericana o de algún sombrío Estado soviético.

Abandono de las obligaciones más elementales de cualquier gobierno democrático; sometimiento de la actuación policial al interés directo del partido gobernante; desaparición de la frontera entre partido y administración pública; impunidad de la agresión contra ciudadanos disidentes desamparados; uso de la portavocía oficial para manipular a la opinión pública tergiversando el sentido de hechos inequívocos, afortunadamente documentados por varios vídeos que pueden ver y bajar de internet millones de personas (¿para cuándo un homenaje al silicio democrático?), como los que hemos puesto hoy en portada: todos esto está presente en la reacción del nacionalismo institucional a los sucesos registrados en la Audiencia de Bilbao. Y todos ellos son rasgos típicos de partidos totalitarios y de regímenes dictatoriales. Se puede relativizar la importancia de los hechos porque, al fin y al cabo, Antonio Aguirre vive para contarlo, no ha sufrido heridas de importancia y no está encarcelado a la espera de un juicio sin garantías, pero el sentido de esta reacción desaforada, la lógica que la anima y la clase de concepción política que expresa, no debe ser minusvalorada. Yo no pienso colaborar a hacerlo, al menos. Obispos y socialistas hay que vienen a pedirnos pelillos a la mar, afeando de paso la conducta de los “provocadores”.

La relación del PNV con la violencia, válida si favorece su causa, o su intolerancia de las reglas democráticas, no son cuestiones menores. Aunque se comporte como un partido pragmático que respeta las instituciones al modo convencional, basta un incidente para que rebroten las profundas raíces de intolerancia, antiigualitarismo y cazurrería antidemocrática que sembró Sabino Arana. La confusión del país con una finca o batzoki donde apenas se tolera a los de fuera de casa –recordemos que la imputación principal, insultos aparte, era “no sois vascos”- emerge de modo prístino no sólo en la reiterada negativa de Ibarretxe a que la Justicia pueda controlar sus actos de gobierno, algo típicamente dictatorial, sino en la violenta indignación que el asunto provoca en las masas militantes y en la gestión antidemocrática de las consecuencias de esta brutalidad emprendida por el partido y su gobierno, dos brazos de un mismo cuerpo con idénticos afanes de dominación y hegemonía.

Visto lo visto, hablar de nacionalismo democrático es o bien un oxímoron, o un sarcasmo, o una concesión impropia. No hay nacionalismo democrático, ni hay democracia que pueda soportar una dosis excesiva y prolongada de esa irracionalidad organizada.

miércoles, 7 de febrero de 2007

Los hiperdemócratas

Se los reconoce enseguida, porque afirman que ellos no defienden determinadas ideas porque sean las suyas sino por el hecho de que son muy demócratas. Un poner: ellos nunca son nacionalistas, pero como son muy demócratas se sienten en la obligación de defender a los pobres nacionalistas acosados y a continuación te sueltan una larga parrafada que incluye absolutamente, y punto por punto, todo el argumentario nacionalista, cuyo concepto de la democracia arranca, como es bien sabido, de donde a ellos les sale de sus santos cojones. Pero a ver quién les chista, con lo demócratas que son.

jueves, 2 de marzo de 2006

Andaluces (II)

Decíamos ayer que es el marco físico, la unidad estructural que representan la Penibética y el Atlas africano, el que determina y configura el genio del pueblo andaluz, que históricamente puede detectarse ya en Tartessos, se sobrepone a la vil ocupación púnica para florecer con la Bética romana y supera la depresión goda para expandirse en toda su riqueza con la asimilación del Islam. En eso andaban los andalucistas enfrascados cuando valle del Guadalquivir abajo avanzan imparables las huestes de Fernando III, horror, terror y pavor, de dónde han salido estos bárbaros. Los dos siglos largos que van de la toma de Córdoba (1236) hasta la caída de Granada (1492) determinan que el modelo de gestión aplicado en el valle del Guadalquivir sea radicalmente diferente al que luego será empleado en la Andalucía oriental. Nace así para Clavero la imposición de las dos Andalucías en un intento (una ficción) centralista por quebrar su pujanza y su brillo, pues ya conocemos el adagio de unidad = esplendor, desunión = decadencia. La creación de cuatro reinos en las tierras conquistadas (Jaén, Granada, Córdoba y Sevilla) supuso en la práctica la destrucción de la unidad, de forma que “Andalucía no recuperó su personalidad y unidad política territorial hasta el Real Decreto-Ley 27 de abril de 1978”.

Pero con ser grave el desaguisado que el invasor castellano cometió contra el territorio andaluz, peor fue lo de la población, y aquí es cuando los andalucistas se ponen muy nerviosos, pues todo el mundo sabe que el modelo repoblador del valle del Guadalquivir supuso la sustitución de la población autóctona por colonos traídos de Castilla. Como reconoce Clavero, sólo individuos aislados o grupos muy pequeños se salvaron de la deportación. ¿Y el genio andaluz? ¿Qué paso con él? En principio, no habría razón alguna para temer nada, ya que si es el marco físico el que lo forma y lo determina, cabría esperar que los nuevos habitantes acabarían representándolo con igual dignidad que los antiguos, el medio los convertiría en perfectos andaluces, pero claro, quién renuncia así como así a Tartessos, la Bética y Al Andalus. Y aquí es donde el delirio de Blas Infante alcanza sus cotas más desaforadas. Así lo cita Clavero: “El principio de la barbarie germánica ha triunfado aparentemente pero los pueblos andaluces rurales quedan ahí, plenos de raza pura, mientras que las ciudades se llenan de gente extraña. Andalucía no se fue. Sus pueblos rurales [están] constituidos por los moriscos sumisos de conversión anterior y lejana a la época de cristianos viejos; por los moriscos que retornaron de la forzosa emigración, refugiándose en tierras y campos. Son inconfundibles, campesinos sin campos. Son los flamencos (felag-mengu, campesino-expulsado)”. Ya en su época, todos los lingüistas y los folcloristas rechazaron la etimología infantiana de ‘flamenco’, un disparate descomunal, que no debería merecer la más mínima atención de nadie. Es lo característico del nacionalismo: Infante retuerce los hechos para que quepan en su previo esquema mental. Como no era posible que la Andalucía eterna desapareciera así como así, la hace refugiarse en los moriscos de los pueblos (curiosamente, Cuenca Toribio, historiador andalucista, dice que son las ciudades las que mejor han preservado el espíritu andaluz) y llegar a la edad contemporánea perfectamente identificada con la figura del jornalero, que no representa otra cosa que la raza mora vencida, que canta sin descanso su tragedia a través de un treno desesperado: el cante jondo. “El jornalero, ni ríe cuando ríe, ni llora cuando llora. Sin embargo, no pasa día sin que aún venga a ser o a recordar lo que fue o a contar su historia. Es cuando dice, sin saber lo que dice, sin que nadie entienda lo que dice... una terrible, una lúgubre melodía que tiembla en sus labios exangües, que contorsiona su cuerpo y que descompone en gesto trágico las líneas de su semblante. Es lo felag-mengu. ¡Cante jondo! Ya veréis, si vive o no Andalucía.”

Si, como dice Clavero, Andalucía no recupera su personalidad y su libertad hasta 1978 largo y duro es el camino. Así que entre medias los andalucistas se entretienen con episodios como el de 1641 cuando el duque de Medina-Sidonia y el marqués de Ayamonte encabezan un movimiento nobiliario para conseguir la secesión de los cuatro reinos andaluces del resto de los de Castilla. Se trata, como han analizado todos los historiadores medianamente serios, de un intento de medrar movido por la ambición personal, aprovechando la situación que se vivía en Portugal (donde la hermana del duque, doña Luisa de Guzmán, acababa de convertirse en reina) y Cataluña. Y a Clavero eso le duele: “Realmente produce tristeza que una acción de tanta gravedad y trascendencia para España y para Andalucía se intentara tan sólo por los móviles tan mezquinos como los que nos narra Domínguez Ortiz y que no se tuvieran en cuenta otros que, aún insuficientes para una acción secesionista, defendieran más los intereses de Andalucía, la posibilidad de redimir al pueblo andaluz de la miseria o la búsqueda de una España unida con Portugal, Andalucía y Cataluña por lazos federales...”. Lo que produce verdadera tristeza es la estulticia solemne que se demuestra en un párrafo como éste. Pero no muy convencido todavía, Clavero continúa: tenía que haber algo más que el mero interés, y usa la confesión del duque al rey (cuando su intento fracasa y pide clemencia), en la que se describen los planes de la rebelión, que se llevaría a cabo con el apoyo extranjero, y cómo, para ganarse a la mayor parte de la población, se ofrecería la liberación de los tributos por ciudades y villas, y termina así: “La plata de los galeones se dividiría en cuatro partes: una para Francia, otra para Holanda, otra para Portugal y otra para mí”. Y, sorprendentemente, ante esta confesión explícita de las intenciones de latrocinio, Clavero ¡aún sostiene que los planes de secesión pueden entenderse en parte como un intento de forzar el federalismo!

En 1812, las Cortes de Cádiz crean la nación política española, la única existente (pues los españoles tampoco somos tales en esencia), un acto de enorme trascendencia en el mundo, pues debe recordarse que la revolución liberal española es la tercera de la historia (tras la americana y la francesa). Repuesto el autoritarismo de Fernando VII por dos veces, en 1833, a su muerte, la nación española recupera la soberanía apuntada en 1812. Fue justamente en aquel año emblemático cuando el ministro de Fomento, el granadino Javier de Burgos iba a trazar la división provincial de España. Los cuatro reinos del sur se iban a convertir en ocho provincias, que son meras circunscripciones territoriales. Es ahí, justo por ese acto político y administrativo, cuando nace Andalucía, transformada luego por el Estatuto de 1981, dentro de la Constitución del 78, en una comunidad autónoma, que se ajusta territorialmente de forma exacta a los límites trazados en 1833. Me parece un esfuerzo baldío abundar en la aparición del andalucismo en la segunda mitad del siglo XIX, con la famosa Constitución de Antequera de 1883, que no fue sino un documento elaborado por un minúsculo partido (Partido Republicano Demócrata Federal) inspirado en Pi i Margall y su resurgir en los años 10 del siglo XX, con la obra de Blas Infante y la Asamblea de Ronda de 1918, hasta el fracasado intento de consensuar un estatuto con la Segunda República. Nada nuevo tendría que decir: palabrería vacua y mitos resobados una y otra vez. Como es bien sabido, Blas Infante sería asesinado en los primeros días de la Guerra Civil, una muerte tan cruel, injusta e innecesaria como la de tantos otros, que acabaría por mitificar su figura hasta el punto de convertirlo en un mártir de la causa andalucista y, gracias a eso, ser elevado a los altares de la política alumbrada en 1978, cuando, por el Estatuto vigente, toda Andalucía se convirtió oficialmente en andalucista.

Afirma Clavero en su libro que para poder hablar de un pueblo andaluz tiene que haber algo que caracterice esencialmente a los andaluces y los diferencie de los no andaluces, y dedica todo su esfuerzo (como antes lo hicieron Infante y el resto de andalucistas) en buscar qué puede ser eso. Yo tengo la respuesta: nada. El pueblo andaluz no existe en esencia, se funda a través de un acto político. No existe un carácter andaluz ni un habla andaluza ni una cultura andaluza (como puede comprobar cualquiera que viaje por Andalucía). La de andaluz es una categoría política, y en el momento de la historia en que estamos no debería aspirar a ser otra cosa. Curiosamente, el artículo 8 del Estatuto vigente lo define a la perfección: “A los efectos del presente Estatuto, gozan de la condición política de andaluces los ciudadanos españoles que, de acuerdo con las leyes generales del Estado, tengan vecindad administrativa en cualquiera de los municipios de Andalucía”. Eso es todo. En El nacionalismo. Una ideología (Tecnos, 2005), afirma Alfredo Cruz Prados: “El nacionalismo, a la hora de caracterizar la nación, se ve obligado a llevar a cabo numerosas opciones. Tiene que optar por unos rasgos sobre otros, en función de cuáles sean más diferenciadores respecto del entorno. Tiene que decidirse por progresar en unas diferencias y retroceder, por ello mismo, en otras. Y tiene que optar por desconocer o, al menos, considerar irrelevantes algunas diferencias existentes entre los mismos miembros de la nación. Para que la definición de la identidad nacional –elaborada fundamentalmente con los factores que la diferencian del entorno– sea universalmente válida en todo el ámbito de la nación, es preciso convertir en imperceptibles o carentes de importancia identitaria aquellas diferencias internas que pudieran cuestionar la universal aplicabilidad de esa definición. [...Por lo que] la definición nacionalista de la nación es una definición puramente estratégica. Qué rasgos o factores se privilegian como notas definidoras de la nación depende de cómo se encuentre caracterizado el entorno contra el que se dirige el nacionalismo en cuestión”. Y esa es la pura realidad del nacionalismo: una tautología (la nación existe porque su esencia se define por los rasgos que yo previamente he escogido para que pueda ser distinta de la nación que tengo al lado) siempre dirigida contra otra. Así que fobia al nacionalismo. También.

miércoles, 1 de marzo de 2006

Andaluces

La historia ha reconocido la figura de Blas Infante como padre de la patria andaluza e ilustre precursor de la lucha por la consecución del autogobierno que hoy representa el Estatuto de Autonomía para Andalucía.

Blas Infante, con las Juntas Liberalistas que él creara, se coloca en la vanguardia del andalucismo al luchar incansablemente por recuperar la identidad del pueblo andaluz; por conseguir una Andalucía libre y solidaria en el marco irrenunciable de la unidad de los pueblos de España; por reivindicar el derecho de todos los andaluces a la autonomía y a la posibilidad de decidir su futuro.

El Estatuto de Autonomía se ha logrado gracias a la aportación inestimable del pueblo andaluz que, en conjunto, ha desempeñado su protagonismo indiscutible en la recuperación de su identidad.


(Preámbulo al Estatuto de Autonomía para Andalucía, aprobado por referéndum popular el 20 de octubre de 1981; ratificado por el Congreso de los Diputados el 17 de diciembre de 1981 y por el Senado el 23 de diciembre de 1981; sancionado por Su Majestad el Rey Don Juan Carlos I el 30 de diciembre de 1981; publicado en el Boletín Oficial del Estado, número 9, de 11 de enero de 1982; publicado en el Boletín Oficial de la Junta de Andalucía, número 2, de 1 de febrero de 1982)

Qué decir de este monumento a la estulticia. Que en sólo tres párrafos se puedan encadenar tal cantidad de tópicos y de bobadas (desde ese impagable “la historia ha reconocido”, hasta el memorable la “recuperación de su identidad”) podría causarnos vergüenza ajena o una incontenible tendencia a la carcajada si no estuviera contenido en la norma jurídica básica de la comunidad autónoma andaluza.

¿Cuál es esa identidad que los andaluces recuperamos gracias a la lucha incansable de Blas Infante y a “nuestra inestimable aportación, en conjunto (desde luego)”, se preguntarán ustedes? Como habrán intuido, es una identidad que viene de lejos, de muy lejos, que ha sobrevivido a todas las contingencias históricas, manteniendo inalterable la esencia de un pueblo, el andaluz, que se cuenta entre los más extraordinarios que hayan poblado jamás el universo. Ya está. Tartessos, pensarán muchos. ¡Quiá! ¡Tartessos es de una modernidad del todo punto inaceptable para fundamentar las raíces de lo andaluz! Infante se remonta más atrás aún. ¿El Argar? ¡Ja! ¡El Argar! Antes de ayer mismo, como quien dice. ¡El neandertal de Gibraltar, el hombre de Orce! Que no, que no, que se equivocan ustedes, que Blas Infante ha descubierto la esencia de lo andaluz mucho más atrás, en el tiempo en que el primer mamífero ni siquiera se había puesto en pie, en la era secundaria nada menos, cuando la Penibética formaba con África una unidad hasta el Atlas. Es esa una unidad natural, que, por ser natural, ni se ha roto ni puede romperse. Los conocimientos geológicos del padre de la patria andaluza eran, como puede comprobarse, de una profundidad esclarecedora. Pues nada. Saquemos nuestras propias conclusiones del descubrimiento: Andalucía es una unidad de destino en lo geológico.

Nací en un pueblo de la Sierra Norte de Sevilla. Como mi madre era natural de una localidad del sur de Badajoz, mis primeros viajes de la infancia se dirigieron más hacia el norte que hacia el sur. Recuerdo que la primera vez que visité Sevilla, la capital, me sorprendió lo raro que hablaba la gente, era un habla por completo diferente a la de mi pueblo, que se parecía muchísimo más a la que yo había conocido también en el pueblo de mi madre o en el de algún pueblo del norte de la provincia de Córdoba, donde vivía una tía. Por lo demás, más allá de su naturaleza urbana, no descubrí nada en Sevilla, ninguna esencia, ningún genio particular, que yo no hubiera visto ya en las gentes de la sierra. Pero en esto llegó la autonomía. Yo estaba en algún curso de la segunda etapa de la EGB cuando empezó a discutirse sobre el proceso, y de pronto los maestros nos enseñaron que, aunque nadie nos lo hubiera dicho hasta ese momento, nosotros éramos andaluces y hablábamos andaluz, que nuestras raíces se asentaban en el mismo lugar que la de los almerienses y los granadinos y eran por completo distintas de las de los extremeños. Fue un descubrimiento bestial, del que creo que todavía no me he recuperado.

Investigando, descubrí que aquello que decía Blas Infante de la geología no era ninguna tontería. Andalucía se levantaba en un marco físico excepcional, en una situación geográfica “única en España, única en Europa y única en el mundo” (El ser andaluz, Manuel Clavero Arévalo, 1983, ampliado y reeditado en 2005 por la editorial cordobesa Almuzara ). Siguiendo a Clavero, entendí que Andalucía llevaba luchando desde tiempo inmemorial por su unidad perdida, que si en lo geográfico viene de la era secundaria (y es una unidad imposible de romper, ya que es natural), en el terreno histórico tiene unos orígenes que en ningún otro pueblo pueden ser “tan apasionantes y bellos”: Tartessos. ¡La gallina! Dice Clavero, que “algunos con el fin de quitar importancia a Tartessos como precedente egregio para la actual Andalucía, han lanzado la especie de que Tartessos fue una ciudad pero no un territorio que pudiera identificarse con el de nuestras ocho provincias actuales”. ¡Malvados! Ningunear de esa forma a la patria. Pero de eso nada, pues ya nos advierte él de que “las teorías sobre el origen no indígena de la cultura tartesia no es [sic] ni siquiera sostenible [sic], a pesar de su inclusión dentro del mundo de las colonizaciones mediterráneas” (perdón por la sintaxis, pero don Manuel estaba muy preocupado con el café cuando perpetró esta frase). Lo “verdaderamente importante para los andaluces [es] que muchos siglos antes del nacimiento de Cristo, el territorio que hoy es Andalucía, estaba regido por una monarquía de carácter autóctono a la que se vincula la primera gran civilización de Occidente”. Y termina: “Pocos pueblos podrán esgrimir para sus orígenes un esplendor semejante”. No me cabe la menor duda.

Como cualquier aficionado a la historia antigua sabe bien, la existencia de un reino llamado Tartessos que coincidiera (más o menos) con lo que hoy es Andalucía está siendo cada vez más cuestionada. Las últimas excavaciones en el cerro del Carambolo de Sevilla parece que han supuesto un jarro de agua fría para el esplendor originario de lo andaluz, pues los restos (tesoro incluido) parecen ser de origen fenicio, y las últimas teorías apuntan a que lo que se llama tartésico no es sino la mezcla del aporte de los innumerables viajeros de procedencia oriental que visitaron el sur de España al menos desde el final del segundo milenio antes de Cristo, hasta el punto de que resulta ridículo hablar de elementos autóctonos y elementos foráneos, pues éstos son por completo indistinguibles. Una pena. Era un principio ciertamente bello y esperanzador para un pueblo.

A los andalucistas (y Clavero no es una excepción) no terminan de caerles demasiado bien los cartagineses, que vinieron a fastidiar a los pacíficos andaluces primitivos hasta acabar destruyendo su unidad política (¡malos!). Esto pasó, sin duda, porque los andaluces de entonces (es decir, los tartesios) “no fueron un pueblo guerrero, no fueron gentes belicistas, dejando estas tareas en manos de mercenarios celtas o celtíberos”, carácter que van a conservar por supuesto los andaluces de las siguientes generaciones hasta hoy mismo, pues la del pacifismo es una de nuestras esencias básicas como pueblo.

Total, que al llegar los cartagineses se rompe la unidad de la patria, que entra en un período de decadencia del que nos libran los romanos, quienes recuperan, “no por capricho”, dice Clavero con perspicacia, la unidad territorial de Andalucía con la creación de la Bética, pues como cualquiera puede comprobar comparando este mapa con uno de la España autonómica, la Bética ocupaba con exacta precisión de topógrafo el territorio de la actual Andalucía. Además, y reconozco que esto es una obviedad, la Bética era una de las regiones más cultas de todo el Imperio romano y sin duda la más activa de las provincias hispánicas, lo cual no fue suficiente para evitar la invasión de los bárbaros, una invasión que afectó a todo el Imperio (no vayan a creer) y volvió a provocar la disgregación de la unidad andaluza y con ello su declive. Como pasaba con los cartagineses, parece que los godos tampoco cumplían con el perfil del andaluz tipo, y por eso mejor pasar de puntillas por los dos siglos largos de su presencia en suelo hispano. No obstante, bien pueden servirnos para confirmar una regla histórica, que se ha cumplido siempre de forma inexorable: la unidad de Andalucía coincide con sus momentos de grandeza; la división de su territorio, con la decadencia. Y eso es lo que pasa justo con los godos, que fueron, estos sí, auténticos extranjeros en la acogedora y mesozoica tierra andaluza.

La gloriosa invasión musulmana (luego iremos con ella, no fue invasión, sino asimilación) de principios del sigo VIII quedaba algo lejos, y eso obviamente ponía en peligro la continuidad de la esencia histórica del andalucismo. Algo había que hacer, así que sin cortarse un pelo, los andalucistas toman a San Hermenegildo y lo convierten en un autonomista de raza. No, no se rían. Lean, lean: “Ocultos tras la pantalla religiosa, latían con fuerza, dice Cuenca Toribio, los intereses autonomistas de la antigua aristocracia hispano-romana, secundada, con probabilidad, por nobles godos, mal adaptados a la nueva situación centralizadora. Estalló [pues] la guerra dura y larga entre Leovigildo, el rey centralista y arriano, y Hermengildo, el rey católico de la Bética”. Como se sabe, la guerra la ganó Leovigildo, pero, según Clavero, en realidad, como ocurre tantas veces en la historia, la perdió, pues su intento por imponer sus concepciones centralistas se saldaron con un rotundo fracaso.

Y en estas, llegó Tarik, y los andaluces, hartos de la opresión centralista, acogieron con satisfacción a quienes habrían de hacerles recobrar la fuerza, el vigor y el esplendor de la unidad perdida. Clavero tarda algunas páginas en reconocer que Al Andalus “excedió con mucho [el territorio] del que actualmente es Andalucía”, pero eso no importa, ya que ese territorio original fue reduciéndose hasta coincidir durante mucho tiempo casi con la actual Andalucía, y cuando se redujo tanto que sólo quedó el reino de Granada dejó de llamarse Al Andalus, para convertirse en el reino nazarí. Por supuesto, durante la existencia de Al Andalus se cumple rigurosamente la regla histórica que ya conocemos: unidad es igual a magnificencia; desunión, igual a decadencia. Y la época de la unidad y de la magnificencia es, por encima de cualquier otra, la del Califato de Córdoba. De qué forma Clavero consigue saltar sobre el hecho de que durante el Califato Al Andalus no era Andalucía y que es justamente en la etapa de su decadencia cuando el territorio de Al Andalus se acerca más al de la actual comunidad autónoma, no me lo pregunten porque es algo que se me escapa.

En cualquier caso, cometería yo un delito de lesa traición a la patria si no dedicara algunas líneas más a explicar cómo la esencia de lo andaluz se manifiesta de forma reluciente en la cultura hispanomusulmana, aunque para eso lo mejor es recurrir a nuestro padre, a Blas Infante, que para eso lo tenemos. Por supuesto, está el hecho incontestable de que los andaluces se levantan a favor de Tarik y sus hombres (esto lo dice en un libro titulado La verdad sobre el complot de Tablada y el estado Libre de Andalucía, que publicó en 1932), por lo que no puede hablarse de conquista (la conquista es la otra, la de los cristianos, que traería a nuestra tierra siglos de desgracias continuadas). Para Blas Infante, el genio andaluz es capaz de imponerse al carácter rudo de los hombres del norte de África, creando una síntesis gloriosa de tolerancia y libertad: Al Andalus era una “lámpara única encendida en la noche del Medievo”. Andalucía era entonces libre, ahora es esclava (es el ahora de Blas Infante cuando pronuncia la conferencia que en 1919 se convertirá en El Ideal andaluz, pues en el ahora de ahora mismo vuelve a ser libre, bajo el régimen chavista). Andalucía era un paraíso de la cultura, la tolerancia, la libertad y la riqueza, en la nación se había instalado un “bienestar general que permitía ir a caballo a todo el mundo en lugar de ir a pie”. ¡Qué hermosa imagen la de la sociedad andaluza a caballo! Esa convivencia de siglos define a la perfección el genio andaluz y marca las características de su nacionalismo, que es ¡antibelicista, acogedor, antirregionalista y antinacionalista!, como refleja la celebérrima divisa de nuestro escudo: “Andalucía por sí, para España y la Humanidad”. Y luego lo deja todo bien clarito: “Hay que aprovechar esos períodos libres [se refiere a Al Andalus, evidentemente] para reencontrar el río de la genialidad, fuerzas sociales culturales, para hacer del hombre andaluz, hombre de luz, como lo fue antaño, cuando fue capaz de crear un foco cultural como Tartessos e inundó el mundo occidental con la sabiduría de Al Andalus”.

Por supuesto, esto significa que Andalucía no es Europa (ya lo sabíamos, desde el mesozoico al menos), la Andalucía auténtica es extraña a esa España europeizada por los cristianos. “Nosotros no podemos, no queremos, no llegaremos jamás a ser europeos [uf, casi lo consigue]... Pero jamás hemos dejado de ser lo que somos de verdad: esto es, andaluces, euro-africanos, euro-orientales, hombres universalistas, síntesis armónicas de hombres”. Y sigue luego: “¡Europa, no; Andalucía! Europa es por su método, la especialización que convierte al individuo en pieza de máquina. Andalucía por el suyo, es la integridad que apercibe al individuo como un mundo completo ordenado al mundo creador. Europa es el individuo para la masa. Andalucía, el individuo para la Humanidad. Europa es el feudalismo territorial e industrial, Andalucía, el individualismo libertario que siente el comunismo humano, evolutivo, único comunismo indestructible por ser natural, el que añoraron todos los taumaturgos; aquel que tiene un alma en la aspiración, que cada individuo llegue en sí a intensificar, de crear por sí, pero no para sí, sino para dárselo a los demás. Ese único comunismo posible que no puede llegar a crearse por artificio maquinista, sino por la alegría y por el espíritu que la alegría viene a crear. Europa es el empaque dominador megalómano, rabiosamente utilitario. Andalucía es, como decía no sé quién, como son sus casas de apariencia humilde, con patios, jardines centrados por fuentes; sencillez por fuera; iluminación por dentro”. No entiendo cómo se pueden escribir tantas tonterías seguidas y seguir conservando un gramo de prestigio intelectual. (Al menos, Andalucía no tiene de padre de la patria a un racista. Cierto. Al menos.)

En definitiva, que el genio andaluz (“exaltación imaginativa con vehemencia y repentismo, psicología optimista y atractivo de la belleza de un medio risueño”), fundamentado en un optimismo de raíz griega, acaba imponiéndose, como acabamos de ver, a la naturaleza de lo árabe. “De esta manera, Andalucía fue el refugio del genio griego durante la barbarie medieval en el resto del mundo” (El Ideal andaluz). Pero esa barbarie también acabaría alcanzándola en forma de cruel conquista cristiana... [Continuará]

sábado, 24 de diciembre de 2005

Iberia

A Garrotazos. Francisco de Goya
1. A garrotazos o a tortas. Como si una fatalidad histórica se cerniera sobre las tierras de España. No hay conflicto entre nosotros que no se arregle con una oportuna guerra civil. Y ya está. Conflicto solucionado hasta dentro de un par de generaciones, cuando el olvido y la ignorancia provoquen un nuevo deslizamiento del fiel de la balanza hacia la hiperlegitimidad histórica de unos privilegios disfrazados de derechos. Conflicto redivivo. Solución en puertas. Y lo preocupante es que el ciclo del apaciguamiento presenta hoy evidentes síntomas de agotamiento. Uno esperaría otra cosa del progreso.

Rosa Torres-Pardo toca Iberia en Iberia2. Bajo el epígrafe "Música en las fábricas y en las casas del pueblo", la Fundación Largo Caballero viene organizando desde hace tres años actividades musicales en fábricas, centros de trabajo y casas del pueblo. Tras los conciertos en instalaciones de Renfe, Aceralia (en Avilés) o Talleres de Metro, el pasado jueves le tocó el turno a un hangar de Iberia, donde la pianista Rosa Torres-Pardo ofreció un par de cuadernos de la Iberia de Albéniz. La iniciativa recuerda los arreglos para pequeños conjuntos que Schoenberg y otros músicos de su tiempo hicieron de grandes obras sinfónicas y operísticas del pasado para acercarlas a los centros de trabajo. En los años 70 del siglo XX, Luigi Nono, Maurizio Pollini y Claudio Abbado encabezaron iniciativas similares en Italia, y por las mismas fechas, el pianista argentino Miguel Ángel Escalera hacía algo parecido por todo el mundo. Aunque sólo sea por la foto y la ruptura de la monotonía que imponen las actuales cadenas de montaje, vale congratularse por la idea.

3. Escuchando el lunes pasado la magnífica recreación de la Iberia de Albéniz completa que ofreció el joven y audaz Óscar Martín (Sevilla, 1976) no podía dejar de notar que ese color típicamente albeniciano, esa atmósfera singularísima que sólo es capaz de crear su música se alimenta en el fondo de un aire entre melancólico y trágico como sólo puede ser lo español. "Esa maravilla del piano" que es Iberia (así la llamó Debussy) consigue el milagro de superponer la gran tradición romántica y nacionalista vinculada a Liszt con el empuje arrollador del impresionismo francés y con una suerte de metonimia de lo hispánico que, aunque asociado a Andalucía (diez de las doce piezas tienen inspiración andaluza), sobrevuela con una gracia superlativa el tópico, el tipismo y la circunstancia temporal para captar la esencia ucrónica de una tierra (la nuestra) marcada por un fatalismo que acaso Indibil y Mandonio ya intuyeron mientras se enfrentaban a las legiones de Roma. Una síntesis artística de lo ibérico alumbrada en la mente de un catalán que residió en París y en Londres. Un camino para romper los círculos viciosos. Feliz Navidad.


Evocación del Cuaderno I de la Iberia de Isaac Albéniz. Esteban Sánchez (Ensayo)

viernes, 6 de mayo de 2005

Lacosa

Desde que se planteó lacosa apenas duermo. Y los pocos minutos en que consigo hacerlo mis sueños no conocen otro horizonte. Lacosa, siempre lacosa. Cuando, cansadísimo por el insomnio, logro cada mañana poner un pie fuera de la cama, mi primer tema de conversación es lacosa. Mi mujer me escucha con paciencia, y me dice que tenga cuidado, no sea que me pase lo de a aquel Alonso Quijano, que se volvió loco por sus fantasías, pero yo sé que en el fondo ella también está preocupada, que su vida es otra desde que lacosa se nos coló en el salón un mediodía de telediarios sin bombas ni fútbol, con todo el tiempo dedicado a lacosa. Por las calles, veo que la gente no habla de otro tema. Cuando me tomo un café con los compañeros, al pie de la oficina, todas las miradas se dirigen hacia ella, hacia lacosa, y nadie puede pasar más de cinco minutos sin citarla o discutir sobre su sustancia y sus esencias. Esta misma mañana, mientras contemplábamos con los ojos derrotados por el sueño cómo crecían en el plato nuestras tostadas de aceite cordobés, no he escuchado ni un solo comentario sobre el derbi de mañana, nadie hablaba de Matalascañas ni de la comunión del domingo, nadie se quejó por la hipoteca ni hizo la menor alusión al socavón del metro, taciturnos pero excitados, cruzábamos nuestras miradas casi sin hablar, ya sabíamos que era lacosa la que estaba ahí, entre nosotros, desafiante y esperanzadora al mismo tiempo. Desde que salió a la luz, la gente ha resuelto, como por arte de magia, todos sus problemas, o al menos eso parece, porque toda su atención ha pasado a centrarse en lacosa. En la frutería nadie se queja del precio de los tomates, en el supermercado nadie comenta que las barras de pan han doblado el suyo en apenas dos años, en el parque y a la puerta de los colegios el fracaso escolar y el precio de la vivienda han dejado de tener la menor importancia. Es más, el otro día vi una concentración frente al Ayuntamiento y pensé que eran unos vecinos que protestaban por la movida, pero no, lo que hacían era acercarse a pedir más información sobre lacosa. Se ha desatado la histeria y nadie duerme ya. Las ONG's reparten propaganda por las calles, los diarios gratuitos hace semanas que no le dedican la portada a otra noticia, todas las manifestaciones de los últimos meses, desde que lacosa salió a pasear, no buscan más que profundizar en la necesidad de llegar a un acuerdo para encauzar lacosa. Hasta las pateras cargadas de inmigrantes se han multiplicado desde entonces. ¿Por el buen tiempo? No. Ellos también quieren saber, están ansiosos por conocer el futuro de lacosa. No sé cómo hemos podido vivir hasta ahora, cómo las generaciones han podido sucederse en nuestras ciudades durante siglos. Hemos descubierto que nuestra existencia carecía de todo sentido. Y ese descubrimiento, crucial para la especie humana, debemos agradecérselo a ellos, a nuestros benémeritos políticos, siempre cercanos a la ciudadanía, siempre dispuestos a resolver los problemas de su vida cotidiana. Se han enfrascado en la discusión definitiva, en desvelar los más arcanos y profundos significados de nuestro discurrir por la Historia, en descifrar dónde se encuentra el meollo de nuestra felicidad y la de nuestros hijos y la de los hijos de nuestrs hijos. Nosotros, votantes irresponsables, no lo habíamos advertido, pero ellos estaban, como siempre, al quite. Lo reconozco: desde que en el Parlamento autonómico los partidos discuten acaloradamente sobre si los andaluces formamos una nación, una nacionalidad, una comunidad nacional o una comunidad histórica apenas duermo. Y los pocos minutos en que consigo hacerlo...

jueves, 30 de diciembre de 2004

Aldea

Si Marshall McLuhan hubiese conocido el caso español, no me cabe la menor dude de que habría modificado su exitosa fórmula: nada del mundo como una aldea global, la aldea (nuestra aldea) como el mundo. Resulta en verdad tragicómico acercarse a contemplar el espectáculo de un país en lucha permanente por profundizar en la atomización y la desintegración (incluida la morfológica). Tal vez sólo el caso patético de Polonia, ejemplarizante en su histórico y constante esfuerzo por autodestruirse, tenga parangón con la situación actual de España. En un reciente chat, Arcadi Espada afirmaba que en realidad la gente es cada vez menos nacionalista, que es el establishment de los partidos políticos el que causa esa falsa percepción de la realidad. No comparto su optimismo.

Hagamos el esfuerzo de alejarnos de la gran política (y mira que nos lo ponen difícil, con el aún reciente, pero seguro que ya antiguo -en estos días han tenido tiempo más que suficiente de tramar otro-, disparate del Archivo de Salamanca, un disparate al fin y al cabo "folclórico", en afortunada adjetivación de Fernando Savater) y bajemos a las comunidades autónomas, a las provincias, a los pueblos. En esta ola que nos arrastra, digna del mayor tsunami político-social del que yo tenga memoria, no hay presidente, regional o de diputación, ni alcalde que se precie, por pequeña que sea la clientela que administra, que no dedique buena parte de sus esfuerzos a buscar, con linternas, espectrógrafos y tuneladoras si es necesario, las señas de identidad propias que los singularicen con respecto a sus vecinos. No hay pueblo, por pequeño que sea, que no se crea con derecho a gestionar su propio teatro, su auditorio, su festival de música, sus cursos de extensión universitaria y hasta su equipo en primera. No existe villa ni parroquia, por minúscula que pueda parecer, que no aspire a tener su propio diccionario de modismos y expresiones locales, y eso cuando no pueden aplastar a sus vecinos con la lengua o el dialecto autóctonos, expresión última de la riqueza lingüística de la España plural.

El pretendido carácter anárquico de los españoles, que muchos viajeros románticos recogieron en sus libros de viaje por nuestro país y que supuestamente nos convertía en un pueblo ingobernable, ha alcanzado cotas dignas del esperpento en estos días de finales de 2004, en que no sólo los reyezuelos de taifas desafían, sin coste alguno, las leyes que a todos obligan, sino en que su fundamento se dinamita desde la propia administración central del Estado. La próxima invasión almohade, con su caudal dogmático e intolerante, nos la tenemos bien merecida. Pero no llegará de África, como muchos piensan. Se incuba lentamente en el interior de nuestra débil sociedad, intelectual y moralmente degradada.

jueves, 11 de noviembre de 2004

Apellidos

Leí hace unos años una disparatada teoría acerca de la raza, la sangre y los apellidos, y cómo la extensión de estos respondía a pautas puramente selectivas. Según esta especie de darwinismo social (o heráldico), el arraigo de los apellidos en un lugar determinado significaba el triunfo de unas ramas familiares sobre otras. Los que emigraban eran siempre los más débiles (en términos sociales), de modo tal que a medida que un apellido se expandía, partiendo de un núcleo originario, la raza de los que se marchaban iba degenerando, por lo que cuanto más alejado de ese centro encontrásemos a algún portador del mismo apellido, más débil (adaptatitavamente hablando) sería.

A la teoría le encuentro algunos defectillos, pero no la he traído hasta aquí ahora para desacreditarla (¿es necesario?), sino para tomármela muy en serio y advertirles de una cosa. Que nunca es tarde. Dado que el apellido de mi padre era originario de Asturias, él nació en Extremadura y yo en Andalucía, no se extrañen si encuentran mis textos contradictorios y poco consistentes. Se trata de un ejemplo palmario de degeneración de la raza.