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lunes, 19 de noviembre de 2007

Setas envenenadas

J. leyó de un tirón Help a él, la novela inclasificable de Fogwill, antes incluso de que la editorial anunciase su primera publicación en España. Quería dormir, pero no podía; olvidar, y era imposible... Todo lo golpeaba en la soledad fría de la noche. En las imágenes abracadabrantes y alucinógenas provocadas por el jarabe de Vera, que era como el peyote de las ceremonias aztecas, cualquier cosa cabía. El coito interminable, la mezcla de semen, orina, heces y sangre con la que se saciaban los amantes, la sed inextinguible del poeta, el deseo ferviente y macabro de la muerta, porque Vera, aunque hablase y se frotase contra el cuerpo del otro, estaba real y completamente muerta... Y mientras la ficción tomaba fuerza, rellenaba los huecos de la realidad, temblequeaba en la luz tenue del cuarto desnudo, la cama vacía se convertía ante él en el Gran Teatro del Mundo, el Aleph donde todo giraba y se condensaba, visible pero inalcanzable, y la imagen espectral de Vera se fundía justo delante suyo con la de la mujer a la que había amado en noches como aquélla. Y se materializó ante sus atónitos ojos su auténtica dimensión de pulga, quebrada por el peso del vacío y de la cobardía. Todo es inútil. Ninguna repetición es posible. No hay París. Nada se repite. Ni se recupera.

domingo, 27 de mayo de 2007

El coronel no tiene quien le escriba

La mujer se desesperó.
—Y mientras tanto qué comemos —preguntó, y agarró al coronel por el cuello de la franela. Lo sacudió con energía—. Dime, qué comemos.
El coronel necesitó setenta y cinco años —los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto— para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder.
— Mierda.

[El coronel no tiene quien le escriba. Gabriel García Márquez]
Ante la urna semivacía, muy noble, muy leal, muy heroico, invicto y mariano, J. se sintió triste y azul.

jueves, 25 de enero de 2007

Corazón desolado

Ante el poema de Jorge Eduardo Eielson, J. creyó entender por fin las razones de su biografía sentimental. Nítidamente creció en su interior la convicción de que todo era preferible, los horarios partidos, los billetes de avión a cualquier precio, las esperas interminables, las pequeñas mentiras y las grandes, las decepciones, los cuerpos deslavazados, el marasmo de emociones bullendo en su cabeza días enteros sin cesar, todo, hasta las infamias y las humillaciones, el hedor del tigre, a las noches de una adolescencia demasiado larga, el peso muerto del corazón desolado.

Campidoglio
usted no sabe cuánto pesa
un corazón solitario
hay noches en que la lana oscura
la lana tibia que me protege
llega hasta el cielo
y mientras duermo mientras respiro
mientras sollozo
se me derrama la leche hirviendo
sobre la cara
y entonces una máscara magnífica
con la sonrisa del rey de espadas
cubre mi llanto
y todo eso no es nada todavía
usted no me creerá
pero luchar luchar luchar
todas las noches con un tigre
hasta convertirlo en una magnolia
y despertarse
despertarse todavía y no sentirse
aún cansado y rehacer aún
raya por raya el mismo tigre odiado
sin olvidar los ojos los intestinos
ni la respiración hedionda
todo eso para mí
es mucho más fácil mucho más suave
créame usted
que arrastrar todos los días
el peso de un corazón desolado

sábado, 27 de mayo de 2006

Chamán

Para la Donna, que está cansada de política y de música


CHAMÁN

El doctor Kikunoro, extemporáneamente taumaturgo en la extraterritorialidad del cañizo y la xilovalla carcofagocitada, con ampulosa voracidad deglutida la sopa, disponíase a cuchilletear, fragorosamente bovinófilo, el bistec de sanguinotierna ternera. Pasose por la melena, hirsutamente azabachina, la mano portadora del tridente acetileoleoso, corroboró con un gesto la indecisa intención del brazalbino sobre la copa y prosiguió:

- El asunto que me propone vale bastante más de lo que me ofrece, milord.

Tomó con dos dedos larguicórvidos el vidrio y engulló de un trago, intencionadamente sonorohipante, el rioja que acababan de servirle.

- La operación tiene más riesgos de lo que usted supone. No se trata simplemente de clavar unas agujas en un muñeco de trapo. Eso puede hacerlo cualquier imbécil, de Móstoles o de Cuenca. Yo le garantizo la poderosa magia de nuestros ancestros más primitivos. Cuando el hombre aún no había pisado Europa, nuestros abuelos, allá en África, ya curaban la gonorrea y la dispepsia con sólo la mirada, y eran capaces de derribar a elefantes gigantescos como montañas haciendo sobre su dedo índice un lazo con cerdas de jabalí. La antigua magia africana tiene más años que las pinturas de Altamira y es más poderosa que la ciencia del hombre occidental. Realmente, los conocimientos taumatúrgicos que he recibido de mis mayores son una ciencia, sin más, con sus reglas rigurosas y precisas, una ciencia cuyo poder se ve incrementado en mis manos, descendiente como soy por línea directa del mítico brujo Kipkiteru, poseedor de todas las facultades innatas necesarias para eliminar esa verruga de su oreja o convocar la lluvia sobre los yermos provocados por la sequía. Pero usted debe comprender, milord, que mi ciencia se exterioriza después de un proceso interior muy doloroso, que, en ocasiones, me coloca al borde de la extenuación física. Tengo que adminis­trar mis saberes con gran prudencia... y tengo que sobrevivir, claro está... y en una ciudad como ésta...

Masticó con morosa complacencia de flebotomiano la carne fibrosa y hematopurpúrea, entornó los párpados traumáticamente exfolitaladrados y admitió sandunguero:

- Aunque he de reconocer que en mi aldea es imposible encontrar un bistec como éste... Delicioso. Sencillamente, exquisito.

Impávido, gastrovulcánico, Martínez Ocaña miraba de soslayo los adornos maleficofaciales del refitolero dandianimista, reprimió regüeldos de rebato y terminó por lanzarse sobre la inaceptable solitud de las alcachofas rellenas de alcaciles. De sus mejillas hiperestofadas expandíase un aura de constrictiva incredulidad, mientras sus mandíbulas batían las hojas arrebola­das de verdes criptovitaminas. Luego, con aristocratizante desdén, frunció los labios verdulientos y rezongó en su lengua de erotomaníaco escrufuloso:

- Negro de mierda.

El doctor Kikunoro, intraoralmente atiborrado de carne hematofágica, continuó, inmutable, tiñendo su albodentadura con el rojo coruscante del vacuno cadaverino, y, haciendo, con la empuñadora del bisturí galvalimenticio, señales a su acompañante para que le sirviera más espiritoso y báquico condumen, interesa­damente retrosimuló que no oía.

- ¿Cómo dice, milord?

Martínez Ocaña mascarrabiaba con parsimonioso autocontrol las verdipalabras hortoinsultantes, se acercó el vino a sus labiales protuberancias abstinenciadas, rozó el vidrio con sus protocolmillos blanqueados, hipó con estudiada cautelamenaza, antes de perodictar:

- Doctor Kikunoro, no soy ningún imbécil que vaya por ahí creyéndose todas las patrañas que tengan a bien contarle los timadores profesionales. Si así fuera, parecería lógico imaginar que no habría alcanzado mi posición actual. Si recurro a usted es porque tiene un secreto que yo no poseo; me consta que su fórmula afrodisíaca funciona, tengo acerca de ello testimonios inequívo­cos y absolutamente fiables. Sin embargo, entiendo perfectamente su postura. Usted tiene un producto que yo necesito y trata de sacarle el máximo partido. Nada de malo hay en ello. Es la ley de la oferta y la demanda. Se encuentra usted ante un negociante, que ha forjado así su imperio y no duda en aceptar el juego. Así que hábleme claro de una vez y déjese de esas paparruchas de viejecitas. ¿Cuánto?

El doctor Kikunoro mascasonrió, tornó a filohundir el acero en la carne blandengueada, clavó sus pupilas decorativamente entornocultas en el rostro congestilujurioso del coalimentante antes de replicar:

- Creo que no me ha entendido del todo bien, milord. Lo de menos es el mejunje en sí. Si usted quiere puedo instruirle en su elaboración. Sin mi magia será como si no tuviese nada. ¿Por qué viene si no a mí? Hay en el mercado cientos de preparados, miles de fórmulas ancestrales que también han demostrado su eficacia. Pero su pasión es demasiado fuerte y no quiere fallar el golpe por nada del mundo. Por eso, usted necesita algo infalible, la piedra filosofal, y cree que yo la poseo. No le digo que no. Pero la magia es algo más serio de lo que usted piensa. Quizás ha visto demasiadas películas malas y cree que basta con hacer tres pases de manos y pronunciar unas jaculato­rias ininteligibles para lograr efectos sorprendentes, pero se equivoca, pues mi oficio se asienta en una práctica mucho más compleja e intangible, se trata de una ciencia que exige sobre todo concentración y capacidad para hacer que fluya la energía interior hacia el punto exacto elegido. Por supuesto que sin los cuerpos, sin los elementos materiales, no podríamos hacer absolutamente nada, pero la sola materia, sin la magia, resulta de una perfecta inutilidad, y la magia sólo emana de un chamán... Yo soy el único chamán que puede ayudarlo, porque soy el único que conoce a los seres que están involucrados en esta partida, y eso es fundamental. Cualquier mago, suponiendo que usted pudiese encontrar a alguien con un poder similar al mío, necesitaría varios meses, quizás un año para conocer todas las circunstancias que rodean al caso. Pero tiene prisa, su deseo lo aguijona. Bien, yo puedo ayudarlo. Pero no debe pensar mal de mí. Mi persona­lidad no se ajusta al califica­tivo de lo venal. No crea que pretendo abusar de su situación de extrema necesidad. Simplemente, el trabajo que me propone es duro y difícil, y deseo fijar un precio justo. Usted reconoce haberse enriquecido a través del negocio. Estoy convencido de que su triunfo no se debe sino a la virtud de solicitar aquello que considera justo y a la habilidad de explotar las situaciones favorables. Yo, sin embargo, sólo pretendo garantizarme una existencia digna para los próximos meses, pues una vez concluido este asunto deberé reposar bastante tiempo para reponerme por completo. Tal vez tenga que pasar algún tiempo fuera de la circulación, acaso en mi aldea. Espero, milord, que me haya entendido ahora.

Sulfurodisciplinado, Martínez Ocaña engullía las alcachofas y se reprimojaba los labios involuntariamente abstemizados con el púrpura retrofluido del vino. No miraba a su audaz nigrocomen­salero. Lentamente, morosilíceamente rumiador, mascaba el verde de las tallohojas con un microgestículo de profundo y sustantiva­mente progresivo desagrado. Por fin, alzó la vista, ancló amenazardientemente ruidoso la robustez de su faciairosa muscula­tura y retrorreplicó:

- Mira, negro de mierda, llevo más de media hora tratando de razonar contigo. Hasta ahora he sido absolutamente correcto, pero tú, con esa pinta de borrachuzo de cantina y esa quincalla que te cuelga de los párpados, pretendes convencerme de que yo soy un estúpido y que el mundo es de los hijoputas negros y mugrientos como tú. Me has sacado el almuerzo, pero no pienses que voy a dejarte celebrarlo con tus colegas apestosos y sifilíticos. Yo no soy ningún bufón, ningún payaso de feria. Te he hecho una oferta más que razonable, generosísima, e incluso estaba dispuesto a mejorarla, a poco que hubiera visto en ti una mínima voluntad de cooperar y no me hubieras venido con esas historias de brujos paleolíticos. Y la has terminado cagando, cabrón. Usaré de tus servicios gratis, y si te niegas, haré que te cuelguen por tus grasientos huevos de negrazo hijo de puta hasta que parezcan salchichones, ¿me entiendes tú a mí, mamón? Desde este momento estás a mi servicio, considérate contratado, y disculpa si no te leo la letra pequeña, tu presencia me quita luz, negro.

Sosegadamente blanquifaciado, Martínez Ocaña se propulsó impulsivamente de la silla, chasquihizo un gesto dúplicemente significativo y, una vez que los broncoacompañantes de las mesas veci­nas agarraron por los sarnobrazos decoraestampados al palidobal­búcico doctor Kikunoro, salió con paso retrancoseguro del restaurante.

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Nietzscheano, voluntariosamente retrepado sobre el semi­círculo de diseño del sofá de las torturas, el comisario Gómez leía, en el diario de la derecha monárquica, la noticia de la detención del presunto capo de la mafia madrileña, don Alfonso Martínez Ocaña, sospechosamente acusado de racismo, xenofobia, detención ilegal, secues­tro, amenazas y conspiración para atentar contra la libertad sexual de las personas. Nada relacionado con su presunto negocio de narcotráfico, terminaba añadiendo con sorna el redactor.

- ¿Viste? Como Al Capone -comentó divertido a su ayudante, el subcomisario Molinos, mientras le leía la noticia.

El joven escribía su informe a espaldas del comisario, inclinado sobre una mesa minúscula, de diseño torturador como el sofá. Volvió el rostro.

- ¿Quién podía imaginar que la brigada de estupefacientes fuera a errar el golpe con lo del chalet? Dicen que Cuadrado se puso histérico cuando le hicieron llegar los ordenadores y los discos incautados. Figúrese, sólo había juegos pornográficos y de guerra.

- No debería quejarse tanto ese chupatintas. Al fin y al cabo, poco arriesgaron ellos. Nosotros sí que nos jugamos el cuello -replicó el comisario.

El subcomisario Molinos asintió con la cabeza, mientras volvía a teclear sobre el obsoleto toshiba.

- Además, no entiendo por qué tanto follón cuando el tío ese tiene cargos suficientes como para pasarse varios años a la sombra. ¿Qué pensaban, desmontar con este golpe la infraestructu­ra completa del tráfico de heroína? Vamos, hombre. Simple reparto de influencias. Quitamos a un pájaro del medio, y con eso deberíamos de darnos por satisfechos. El caballo seguirá llegando igual que antes... ¡Coño, otra vez ha perdido el Madrid! ¿Pero ayer hubo liga, Paco?

- Sí, es que la selección juega la semana que viene.

- ¡Ah! Y estos hijoputas se dejan ganar por el Mallorca, ¿no te digo? ¡Más cojones y menos millones!

- Eso, eso.

- Y tú no te rías y trabaja. A ver si terminas el maldito informe de una vez.

Cachazudo, el subcomisario Molinos hipaba de la risa, mientras estiraba el espinazo como tratando de escapar de la silla de diseño. Se giró inquisitivo.

- Por cierto, jefe, ¿por qué llamarán en los periódicos a este tipo don Alfonso?

El comisario Gómez hizo un mohín de incredulidad, se pasó la lengua por sus dientes ultrablancos, levantó la vista paternal.

- Coño, Paco, parece mentira, ¿es que no ves qué periódico estoy leyendo? ¿Cómo no le van a llamar don Alfonso si el tipo fue uno de los que financió la última campaña del partido del gobierno? Dicen que es del Opus, y tenía fama de beato, pero de beato de los de misa y comunión diarias. Luego ha resultado ser un putañero y un pervertido, además de traficante de drogas, de armas y vete tú a saber de qué más. Por supuesto, el periódico del gobierno defenderá su presunción de inocencia hasta el límite. Entre juicios y recursos pueden pasar años, años de don Alfonso y de privilegios carcelarios. Al final, todo termina siendo cuestión de política. Conque los jueces afines no lo pongan mañana mismo en la calle por abuso de autoridad poli­cial...

- Sería lo último, jefe, con lo que nos costó montar esta operación. Vamos, es que si lo hacen, yo dejo el cuerpo.

- ¿Tú que vas a dejar el cuerpo? ¿Y dónde vas a ir, de vigilante a una discoteca? Anda, escribe, y para otra vez a ver si se te ocurren ideas menos brillantes, por poco me liquidan.

- Hombre, jefe, no se quejará, el truco del brujo estuvo bien pensado, ¿no?

El comisario Gómez se estiró en el sofá, tiró el periódico al suelo, suspiró.

- Bien pensado, bien pensado... Ya te daré yo bien pensado. Por cierto, Paco, nunca me lo explicaste, ¿cómo se te ocurrió eso de doctor Kikunoro?

El subcomisario Molinos se giró radiante, abrió los brazos con las palmas hacia el techo.

- Muy sencillo, jefe. La luz se me encendió un día en la consulta del ginecólogo de mi mujer. Es un africano, que se llama Kikanuro y se parece mucho a usted. Así que pensé que, como conocíamos las inclinaciones del tipo y su obsesión por la mujer de ese banquero, no debería ser demasiado difícil embro­llarlo, y por eso se me ocurrió la idea del brujo. Ginecólogo-brujo, ¿entiende ahora? El resto fue fácil, se cambian un par de vocales, para evitar coincidencias indeseables, y se lee uno un manual de magia africana... Después sólo faltaba preparar el anzuelo y el cebo, para ver si el pez picaba, y ya lo creo que picó, ¿eh, jefe?

- Sí, claro, si picar, picó, pero ¿eran necesarios los agujeritos en las cejas para esos colgajos?

- Hombre, jefe, teníamos que resultar verosímiles.

- Claro, como a ti no te los hicieron.

El comisario Gómez se levantó del sofá de la tortura, apretó sus manos contra la zona lumbar, pasó sus dedos por las vendas que le cubrían las cejas, como queriendo restañar las heridas. Miró por encima del hombro del subcomisario Molinos.

- ¡Coño, Paco! ¿Qué es eso de "El doctor Kikunoro, extempo­ráneamente taumaturgo", te crees Valle-Inclán?

El reloj de diseño de la oficina dio seis campanadas.

martes, 18 de abril de 2006

Apuntes

La escala de Jacob (homenaje a Schoenberg), de Gustavo Torner (Museo de arte abstracto español de Cuenca)
Música callada de Federico Mompou. Josep Colom, piano. XLV Semana de Música Religiosa de Cuenca. Iglesia del Monasterio de la Concepción Francisca, 11-abril-2006.

-Cahier I (1959)

I. Angélico
Todo ángel es terrible, y en esta música su secreto proclama envuelto en el silencio que profanan los teléfonos.

II. Lent
Gritándolo, lenta, desgarradamente.

III. Placido
Musitando su cantilena diaria, cuando eran los seriales radiofónicos los que llenaban las tardes en la casa fría, sin red, sin pasillos enlazados en los que perderse.

IV. Afflito e penoso
Desolados.

V. Legato metallico
Cuando era la religión el consuelo que hoy me falta, esa línea ininterrumpida que nos ata a la inconsciencia de lo irracional trascendente.

VI. Lento, molto cantabile
Pero todo eso nada significa. Queda el eco del pedal flotando en la antigua máquina de coser, en el piano que ahora escucho, en la naturaleza, que canta como una alondra al amanecer.

VII. Lento, profond
Y ese canto, porque es real, me afecta más hondamente que el de todos los ángeles imaginarios y terribles de mi infancia mítica.

VIII. Semplice
Cuando el mito no era sino el juego más ancestral en la casa penumbrosa, a resguardo del sol y la luz hirientes del verano.

IX. Lento
Pero crecí. Y el sol se hizo centro de todas las explicaciones.

-Cahier II (1962)

X. Lento – Cantabile
Tan claro el amanecer detrás de Gibarrayo, tan límpida la voz de la alondra como incomprensibles estos frescos trinitarios, esta impostada bondad de los santos innecesarios y los misterios insondables.

XI. Allegretto
Ni el bullicio de los angelotes en torno a la Inmaculada ni sus ramas de olivo o de jazmín despiertan ya mi interés o mi curiosidad.

XII. Lento
Ni el dolor de ese corazón traspasado por el hijo muerto sobre el regazo despierta en mí la emoción inconcebible de otro tiempo.

XIII. Tranquille – Très calme
Suenan campanas lejanas que llaman a otros fieles y se entrecruzan con esta melodía que ahora es un chorro de luz, intensificada brutalmente por una ráfaga incontenible e incomprensible de deseo.

XIV. Severo – Sérieux
Es como una chispa eléctrica que me recorriera la espalda, mientras contemplo esa cabellera metálica antes inadvertida que me llama a voces entre el rigor de las estatuas muertas y la piedad marchita.

XV. Lento – Plaintif
Porque puedo entender el dolor del hombre que brama de deseo insatisfecho, la punzada cruel del hijo muerto, hasta el terror inexplorado del recién nacido en el contenedor de basura.

XVI. Calme
Pues nada de lo humano me es ajeno, y este chisporroteo me recuerda a aquel otro, el de las gotas de lluvia, el de las torrenteras espontáneas burbujeando entre las matas de romero y las jaras de la ladera.

-Cahier III (1965)

XVII. Lent
Nacer. Toca nacer.

XVIII. Luminoso
Me espera la luz seminal del sur, el color de las calles blancas, el frío purificador de las mañanas de invierno, el carámbano en el barreño de latón, el hielo en la alameda, los saltos de rana de las piedras en el río, junto al padre desconocido, el tranquilo tránsito de las recuas de bestias uncidas y apaleadas, sus mojones secándose al sol.

XIX. Tranquillo
Porque es inmensa la distancia, no de años, de miles de siglos, y aún no alcanzo a comprender la tragedia que escondía aquel gatito blanco y famélico con la pata rota o lastimada, sus maullidos lastimeros, mis ojos paralizados.

XX. Calme
Sí el dolor físico, sí la impotencia de no alcanzar la rama de siempre con el salto mecánico de siempre. Pero ¿y la humillación y la soledad y el desamparo?

XXI. Lento
Todo cabe en esta música. (Ahora que he nacido.) Todo te invita a penetrarla, a entrar en ella, deshabitada, y colmarla de luces, de colores, de esperanzas, de anhelos, de recuerdos... Porque todo ángel es terrible, y su voz me acompaña desde la primera conciencia del dolor y del pecado.

-Cahier IV (1967)

XXII. Molto lento e tranquilo
El eco adolescente de sus admoniciones no cesa de retumbar en mis oídos.

XXIII. Calme, avec clarté
Con la misma claridad de mis primeros actos de contrición, cuando inventaba los pecados para el cura que me esperaba burlón en el confesionario, para que la muerte no me sorprendiera sin el amparo del niño al que yo también maté. Y así pagar mi tributo de vergüenza a la oscuridad del mito.

XXIV. Moderato
Y de pronto todo se desvanece. Veo como al trasluz la pura realidad, sin coartadas, sin muletas. El sufrimiento ensalzado sobre peana de plata.

XXV. Lento molto
Austera, tan distinta de la exuberante exaltación del dolor en mi tierra.

XXVI. Legato
Y tan sin sentido como aquella. Morbidez del tiempo estancado.

XXVII. Lento molto
La lenta cantilena que me adormece, que me invita a llenar de significado este obstinado acumulo de viejas sensaciones rememoradas, esta interminable repetición de silencios, de ecos sostenidos más allá de lo escrito, entre las campanas lejanas que no cesan de doblar a muerto.

XXVIII. Lento
En su inabarcable intimidad callada.

martes, 4 de abril de 2006

Olas

Olas en el lago Garda [www.burtonini.com]

A esta música cálida

Morir es no oír más esta música cálida que está sonando ahora; no oírla de la mano del amor. Es no oír más la mar esta que suena con la música, el silencio que escucha, de la luna; no oírlos de la mano del callar.

No oír más lo que clama el dolor con el amor, lo que grita el amor con el dolor, a esta música cálida que ahora está sonando sobre el son de las olas de la mar, son de las olas de la mar, las olas de la mar, de la mar.

(Juan Ramón Jiménez, en los años dorados de su exilio.)

lunes, 27 de marzo de 2006

ETA

Tras el “alto el fuego permanente” de la banda terrorista ETA andan la ciudadanía y la bloguería revolucionadas y proclamando de forma generalizada a los cuatro vientos su alegría, su cautela y su esperanza, estados de ánimo todos ellos dignos de envidia, sobre todo para los que no encontramos especiales motivos para experimentar ninguno de ellos, por lo cual, como era de esperar, ya hemos sido tildados, en el mejor de los casos, de no entender, y en el peor, de no desear la paz, de vivir anclados en el rencor y el deseo de venganza, de buscar el entorpecimiento del proceso por partidistas motivos espurios y no sé de cuántos crímenes deleznables más. Leyendo a unos y a otros, tanto en la red como en el papel, detecto una tendencia a la amnesia, el voluntarismo y la confusión de realidad y deseo que, aparte de reflejar un confuso entendimiento de los valores y la ética cívicos, se me antojan peligrosos. El discurso más o menos oficial viene a ser este: ETA ha sido derrotada, pero su liquidación total sólo se conseguirá cediendo en pequeños detalles estratégicos perfectamente asumibles por nuestro sistema democrático, detalles que habrá que negociar directamente con los terroristas y exigirá la unidad de todas las fuerzas políticas españolas y la generosidad de las víctimas. Con ligeras variaciones ya he perdido la cuenta de las veces que he leído esto mismo en los últimos cinco días. Las condiciones de la negociación y el precio que por la paz están dispuestos a pagar la mayoría (incluido el Gobierno de la nación) han quedado pues suficientemente claros, y qué más da que algunos griten (gritemos) en el desierto nuestro profundo y radical (de raíz) desacuerdo, el mundo es ansí, y a mí, en mi solitud de estúpido moralista, este soneto de Shakespeare no me lo amarga nadie.


Soneto 52 de Shakespeare. Ralph Fiennes (BIS)

[Aquí estoy, como el rico, cuya bendita llave,/ le pone en la presencia de su dulce tesoro,/ cuyo caudal no quiere, continuamente ver,/ por no ver de mellar el filo del placer.// De estas formas las fiestas, tan solemnes y raras/ se esparcen y aparecen en la rueda del año,/ como piedras preciosas, con amor colocadas,/ o la joya más bella del centro del collar.// El tiempo que os retiene es igual que mi cofre/ o tal como el armario, que esconde el bello manto,/ volviendo venturoso el especial instante,/ en que por fin revela su escondido esplendor.// Feliz de vos al darme, estando poseído,/ valor para triunfar esperando tu ausencia.]

No voy a hacer discursos grandilocuentes ni manifestaciones estentóreas, pero sí que me gustaría comentar uno de los textos que más me ha llamado la atención de cuantos he leído al respecto y que viene a representar una postura muy común en torno a la cuestión del nacionalismo vasco y del terrorismo etarra. Aparece como comentario en un post de Portorosa, y allí prometí que con algo de tiempo haría su exégesis. Lo firma Miranda, compañera lejana de perdidas batallas, y de la que otras luchas me alejaron. Ella sigue estando habitualmente en El Pombo, su foro, un sitio que un día también fue mi casa. El paso del tiempo y el alejamiento no han mermado mi afecto personal hacia ella como tampoco el respeto intelectual que me merecen sus siempre contundentes puntos de vista. Que no comparta muchos de ellos sólo es indicio de lo que nos separa en el análisis de la realidad, pero no significa (al menos por mi parte) ningún tipo de hostilidad ni de desprecio personal. Y espero que si llega a leer alguna vez esto, lo entienda así. Su texto va tal cual (en azul), sin cambiar ni una coma:


Sobre ETA (con mayúsculas, como se escriben en español los acrónimos) [como lo escribo yo, ni más ni menos, que hay mucho nominalista suelto, aunque reconozco que me hacen gracia esos que para chinchar hablan de “la ETA”] se ha dicho de todo, se le ha llamado de todo, pero lo que no se puede cambiar ni mover es su existencia y pertenencia a una forma de malentender una reivindicación "nacional" en forma modo y estilo que se ha dado otras veces en lo que ahora llamamos vieja Europa. [Todos los nacionalismos me parecen detestables, desechos históricos del idealismo alemán, y a los nacionalistas militantes, esos que se levantan todas las mañanas pensando en qué hacer para ser mejores vascos, catalanes, españoles o bretones me gustaría tenerlos siempre lo más lejos posible. En cualquier caso, esa pretendida normalidad de la “reivindicación nacional” de ETA (de forma malentendida, por supuesto) no parece tan evidente. Quizá Miranda pueda poner ejemplos de una sociedad de privilegiados en guerra contra unos explotadores que son más pobres que ellos, pero a mí no se me ocurren. Pienso más bien que la existencia de ETA es bastante difícil de entender en el contexto europeo. Como decía Savater, viene a ser poco más o menos como si en Suecia operase una guerrilla.] Pretender eliminar un Movimiento de Liberación Nacional Vasco, como bien le denominó Aznar, con Cucal, es de locos o de imbéciles, y es lo que efectivamente se ha demostrado que no se puede hacer. [Con Cucal, no, aplicando la ley, y sí se puede hacer. En realidad se ha hecho así y ha funcionado.] No se pueden fabricar leyes "especiales" para luchar con los que viven además fuera de ellas, eso pervierte el Estado de Derecho, ni se les puede eliminar a su manera (Gal) [¡Vaya! Justo el meollo de la cuestión. Primero, las leyes son instrumentos de las sociedades para satisfacer sus necesidades, y tienen que estar por consiguiente en función del nivel y la categoría de los conflictos característicos de cada sociedad. Es evidente que en Islandia no necesitan leyes contra el terrorismo y que en Siberia las medidas para la ordenación del uso del suelo serán bien diferentes de las de Singapur. Segundo, lo que pervierte el Estado de Derecho es su aplicación selectiva. Si las leyes son iguales para todos y a todos obligan no debería existir ningún tipo de atajos, absolutamente para nada. Es el convencimiento de que el Estado de Derecho va a funcionar siempre lo que garantiza mi seguridad, mi libertad, mi vida, mis derechos. En el momento en que alguien está tentado de saltarse el Estado de Derecho para resolver algún problema específico, cualquiera puede convertirse en Segundo Marey, o en Lasa y Zabala, que por muy terroristas que fueran, merecían el amparo de la ley exactamente igual que el señor Marey. En esas circunstancias, la garantía de mi seguridad, de mi libertad, de mis derechos, se esfuma. No existen tribunales de excepción, y las religiones (incluida la nacionalista) y sus practicantes están absolutamente sometidos al imperio de la ley, me da igual que los creyentes sean 200 ó 2 millones, porque ya saldrá lo del número, así me adelanto.] ni se puede acabar encarcelando a todos los sospechosos por residentes en el PV, como hemos sido tildados los que aquí vivimos por algunos medios [¿cuándo, dónde? Mi más sincero apoyo a los residentes en el PV que hayan sido víctimas de ese trato denigrante].

Cualquiera que conozca este tipo de "movimientos" por estudio o por vivir cerca con los ojos abiertos, sabe que por un terrorista de este tipo que desaparece eliminado policialmente, hay ocho más dispuestos a reemplazarle [No es verdad. Eso puede pasar en sociedades que viven en la desesperación más absoluta, pero en sociedades ricas, por muy grande que sea el lavado de cerebro, si los terroristas son sistemáticamente detenidos y encarcelados y sus apoyos logísticos diezmados y desarticulados, el número de los que están dispuestos a sustituir a los caídos, disminuye hasta hacerse irrelevante. De hecho es lo que le ha pasado a ETA, hasta el punto de que ha tenido que recurrir más de una vez a sicarios externos al nacionalismo vasco.] y hay alrededor de ese nucleo cientos de personas involucradas, familiares, conocidos, amigos, que no desaparecen con cucal, y a los que no se les puede borrar la memoria o del mapa. [Allá las tragaderas morales de cada cual. Imagino a los familiares y amigos de un pederasta o de un maltratador apoyando sus acciones y sólo se me ocurre la mayor de las repulsas. No entiendo por qué razón el que le pega un tiro en la nuca a un concejal del PP merece una consideración diferente por el hecho de que sean muchos los que le apoyan. La ética se lleva muy mal con las matemáticas.]

La rendición, porque esto és lo que ha pasado, tiene que producirse por voluntad propia, por consenso, porque de otra forma el foco, el cancer seguiría ahí. Visto que no se puede eliminar el cancer matando al paciente, habrá ahora que aplicar quimio y radio a esta salida. [Es muy optmista Miranda, como la mayoría, pensando en esa cosa de la rendición (voluntaria) de ETA. No veo nada en los famosos comunicados que apunte en esa dirección. ‘Rendición’ para mí sólo puede significar renuncia absoluta a sus exigencias, que sin embargo, siguen figurando punto por punto, uno detrás de otro, en los comunicados de la semana pasada. En último término y en el fondo, la existencia de una organización terrorista puede reducirse a la de unas siglas con prestigio intimidador suficiente como para tener influencia política. Y ETA seguirá ahí para quien quiera arroparse bajo sus tres letras, mientras mantenga una infraestuctura mínima y una capacidad de seducción política. Yo apuesto por arrasar, con los medios del Estado de Derecho, aquélla (la infraestructura) hasta que ésta (la capacidad de seducción) desaparezca en la práctica hasta el cero absoluto, y decir ETA sea para cualquiera lo mismo que significa hoy decir La mano negra.]

Y este cancer se ha rendido como se rindió el IRA por dos razones, cada cual la suya: el 11S y el 11M.

A ETA y al IRA los ha vencido el terrorismo islámico.

Desde el momento en que su medio de "lucha" fué asociado a este nuevo terrorismo indiscriminado fué el comienzo del fin, la muerte anunciada de ambos. [Esto se está repitiendo hasta la saciedad. Sin prueba alguna. Sólo la coincidencia temporal. Como la existencia de la nación, debe de ser cuestión de fe.]

Es el 11M lo que dicta el fin de ETA y es el tiempo en que la propia izquierda abertzale hace una recapitulación. Tras las elecciones y el triunfo del PSOE esto estaba cantado. [Si ETA fuera fuerte y el estado débil, ya veríamos quién dictaba el fin de ETA. Para muchos parece tranquilizadora esta explicación exógena, que se hace absolutamente incomprensible sin las capturas de Bidart, Ermua o la ilegalización de HB, por ejemplo.]

He comentado en otros lugares que hay muchos que ahora tienen que recomponer su vida, entre ellos los familiares de las víctimas. Hemos asistido, no sin estupor por parte de algunos entre los que me incluyo, a la ascensión de un nuevo "partido obligatorio", porque además quien no le vote es connivente con los asesinos. Es el partido de la asociación de víctimas [no ignora Miranda que son muchas las asociaciones de víctimas], un partido que además de convocar manifestaciones (cosa muy respetable) pide votos para el PP [¿eso no es respetable?], dice a los jueces lo que tienen que hacer y le indica al Gobierno lo que no le consienten [exactamente igual que los funcionarios o los futbolistas]. Un partido cuyos miembros no han sido elegidos por los ciudadanos, sino por los asesinos.

¿Qué hacer ante esta necesidad de venganza? porque en realidad lo que piden ya lo tienen, derechos, indemnizaciones, reivindicaciones. ¿Qué hacer? está claro que en principio, a parte de padecerla, lo cual es mucho, lo correcto sería ignorarla, o al menos no fomentarla, puesto que es imposible que asuman, como parientes de víctimas (porque las víctimas estan muertas) que sus deseos de NO NEGOCIACIÓN son irreivindicables. [Siempre me ha sorprendido que cada vez que se habla de víctimas se piense exclusivamente en los muertos. Así, si te destrozan el coche o te queman la casa, habrás sufrido un atentado sin víctimas. Qué coño sin víctimas, será sin víctimas “mortales”, bien víctima que soy, que me han chamuscado la cama. En el fondo, todos somos en distinto grado víctimas del terrorismo. No esperaba esa consideración en sentido amplio de Miranda, pero que le niegue esa condición a los familiares de los muertos me parece inmoral, cruel e innecesario. Podría decirle algo así a los padres del niño Fabio Moreno, por ejemplo, o a los hijos del matrimonio Jiménez Becerril.] Es decir, no es que no tengan derecho a pedir eso, es que es patética su petición. [Es molesta la presencia de una víctima cuando uno está pensando en sentarse a una mesa con su verdugo, sí, es lo que tiene, que luego hay que sentarse también con la víctima, que se empeñará en mirarte a los ojos.] Les coloca la historia y los hechos ante la verdad de su propia existencia y no la quieren asumir: SUS PARIENTES MURIERON INUTILMENTE. [Completamente de acuerdo. Es esa inutilidad la que deberían de contemplar nuestros dirigentes políticos.]

Sus muertes eran inútiles, es así. Ni ellos eligieron inmolarse, por lo tanto atribuirles en ello derechos es ocioso, ni fueron muertos por o para nada. Podían ser otros, cualquiera en su lugar. Esta es la cuestión. ¿Prefieren que no se negocie el fin de esta locura? Eso parece. Y resulta impresionante leerlo. [Resulta tranquilizador leerlo. Y no quiero decir con esto que no sean aceptables cambios en política penitenciaria ni siquiera que no puedan estudiarse medidas de gracia. Lo que quiero decir es que nada de eso hay que negociarlo con los terroristas. Que hacerlo es ofrecerles ya concesiones políticas. Que todo lo que haya que cambiar para acelerar o facilitar el aniquilamiento completo de ETA deberá tratarse entre los partidos políticos en la mesa política que nuestro sistema democrático tiene dispuesto desde hace mucho tiempo para estas cuestiones, que, como bien dice Ignacio en otro sitio, solemos llamar Parlamento.]

"El que no quiera la paz, que levante la mano" . [Capítulo de demagogias varias, y en negritas.]

Dicen aquí que eso sería como dar carta libre a cualquiera a hacer lo mismo, voy y mato a tantos y luego soy independiente.

Que osadía! y qué desprecio a la razón.
[Jajajaja. Esto lo dice por un comentario mío, que decía así: “En Villariba de Enfrente nos hemos hecho independentistas, todos. En este momento estamos reunidos en asamblea para decidir si reivindicamos nuestro derecho como pueblo a través de la lucha armada. Los más optimistas piensan que mil muertos más allá tal vez reconquistemos la ansiada libertad de nuestros abuelos.”]

Matar a 1000 o a 2000 es muy fácil, se puede hacer de un golpe, como el sastrecillo, mantener una "lucha" durante cuarenta años, con todo un entramado social perturbado alrededor no. Para eso hace falta PODER, no querer. [PODER es simplemente el querer de unos cuantos y el mirar para otro lado de otros cuantos. Salvo que considere irrepetible el caso del País Vasco (pero al principio decía que no, que era un fenómeno repetido no sé cuántas veces), es evidente que conceder prebendas a un grupo terrorista por abandonar la violencia después de x años de asesinatos, puede llevar a otros a intentar repetir la fórmula. A mí qué más me da si no duran más que cinco meses, si en esos cinco meses da la casualidad de que ponen una bomba en el autobús de mi hija. Obviamente, no hablo de que dentro de cuarenta años los de Villarriba de Enfrente estemos todavía vivos y reclamando la soberanía perdida, sino de que mañana podemos ponernos a pegar tiros, estimulados por el ejemplo de beneficios de otros nacionalistas luchadores por la libertad de sus pueblos. ¿Dónde está el desprecio a la razón?]

Y claro, la solución de la venganza, eliminarlos a todos, esa robespierada tan civilizada que algunos proponen cíclicamente desde distintos púlpitos [¿dónde, cuándo?] es tan estúpido como la demagogia anterior. Tendrían ETA multiplicada por ocho en tiempo exponencial.

Si España tiene que ser federal que lo sea
[pero si ya lo es], no debería haber drama en ello, nada ha sucedido en el resto de los países que lo son, pero me temo que es el miedo al lobo que conviene sacar. Un País Vasco sin escoltas, sin miedo, sin ETA, es un país que puede tener un vuelco electoral considerable [¿Y? Hay unas leyes, un sistema para tomar decisiones, que se discuten públicamente... y así vamos tirando. El sistema se llama 'democracia' y aunque dicen que lo inventaron los griegos hace más de 2000 años, andamos todavía perfeccionándolo.], tanto que igual resulta que se llevaban una sorpresa, pero claro, que para los que aullan les conviene más el miedo al lobo.

Otra frase para la historia ha sido la de que no han pedido perdón. Es inconcebible tamaña estupidez (sobre la que se fabricó hasta un artículo para ilegalizar un partido), o bien es el triunfo de la lobotomización partidista.
[No hablaría yo de estupidez. Pero en el fondo estoy bastante de acuerdo. Soy de los que piensan que el perdón y el arrepentimiento no son cuestiones que tengan que implicar a los estados ni a las leyes, sino a los individuos, y de forma íntima además. A mi me importa un bledo que un terrorista se arrepienta y pida perdón, como me importa el mismo bledo que una víctima decida perdonar al terrorista que lo dejó lisiado. Eso ni me ata ni me obliga.]

Naturalmente, tampoco han pedido perdón los fascistas ni los asesinos que fueron esquilmando familias en la postguerra, ni han trasladado a los ladrones y los asesinos a vivir a otras ciudades, y los familiares de los muertos tuvieron que seguir viviendo frente al delator o al verdugo, viendo cómo algunos además vivían en su propia casa, o en sus tierras requisadas. Ni ha habido indemnizaciones a los familiares de los muertos. Y hablamos de una guerra civil! [¡Ah! Pensé que no se iba a dar cuenta de la diferencia, pero sí, otra cosa es lo que deduce de esa diferencia, pero en fin...]. Y ahora resulta que estos terroristas tienen que pedir perdón para que los familiares se queden contentos, que si no...no vale. Tamaña demencia infantiloide!Probablemente sea que esten influidos por la Santa Madre Iglesia, que hace poco le pidió perdón a Galileo.

(Ni vencedores ni vencidos, dijo Aznar -que sabe mucho de orgullo-para negociar con ETA...sus emuladores le superan como no podía ser menos).
[Qué obsesión con Aznar el bueno demuestran algunos en estos días.]

En fin, son palos en una rueda que afortunadamente es imparable. [Como metáfora para definir el “pensamiento único” no está mal escogida la imagen].

Decía un amigo, que esto es como el fotomatón, y que algunos iba a salir muy feos. Así és. [Gran verdad]

Ayer fuí al Eroski, a comprar cosas de limpieza, estaba con un par de amigos. Cuando llegamos a la caja, Estrella (maestra, jubilada, de Segovia, residente en BI) traía unas botellas de cava para cada uno. "Para celebrarlo" dijo, y la cajera asintió, "ha sido como si fueran Navidades, todo el mundo se lleva una o varias". [Y después dicen que lo de ETA no tiene nada que ver con Cataluña. Esto lo han tramado los bodegueros, seguro.]

Esperanza, y una gran alegría, por todos, porque no va a haber dolor, no más muertos, nunca más. [Indemostrable. El deseo en el lugar de la realidad, una vez más. Pero yo también hago votos por ello, claro que sí]

Un abrazo Porti, me difumino de nuevo, que todo vuelve a la normalidad.

M.

[OK. Mis mejores deseos, M. Y que viva la normalidad.]

lunes, 13 de marzo de 2006

Sirenas

Ulises y las sirenas. Herbert Draper

“Así, pues, todo eso ha quedado cumplido; tú escucha
lo que voy a decir y consérvete un dios su recuerdo.
Lo primero que encuentres en ruta será a las Sirenas,
que a los hombres hechizan venidos allá. Quien incauto
se les llega y escucha su voz, nunca más de regreso
el país de sus padres verá ni a la esposa querida
ni a los tiernos hijuelos que en torno le alegren el alma.
Con su aguda canción las Sirenas lo atraen y le dejan
para siempre en sus prados; la playa está llena de huesos
y de cuerpos marchitos con piel agostada. Tú cruza
sin pararte y obtura con masa de cera melosa
el oído a los tuyos: no escuche ninguno aquel canto;
sólo tú lo podrás escuchar si así quieres, mas antes
han de atarte de manos y pies en la nave ligera.
Que te fijen erguido con cuerdas al palo: en tal guisa
gozarás cuando dejen oír su canción las Sirenas.”

(Odisea. Canto XII, 37-52. Traducción de José Manuel Pabón)


Durante mucho tiempo, James Joyce estuvo contemplando la posibilidad de dedicarse profesionalmente a la música. El gusto por el arte de los sonidos, y en especial por el canto, le venía a Joyce de familia, ya que sus padres fueron cantantes. El escritor se mostró siempre muy orgulloso por la voz de su padre y recordaba cómo, siendo niño, toda la casa retumbaba cuando entonaba “Cuando el bello país polaco”, el aria de tenor de la ópera de Michael William Balfe The Bohemian Girl.

Así que desde niño James Joyce cantaba en casa y acompañaba a sus padres a algunos festivales benéficos y de aficionados, lo cual seguiría haciendo en el Colegio de Clongowes y en reuniones más o menos informales, que se celebraban en casa de algunos amigos. Varias veces estuvo Joyce al borde de convertirse en cantante profesional, y en la mayoría de los casos, si no terminó de dar el salto definitivo no fue por decisión propia, sino forzado por circunstancias que se lo impidieron, básicamente la penuria económica, que le impedía pagar a un profesor de canto. Tuvo muchos en su vida, pero con ninguno trabajó lo suficiente como para sentirse seguro a la hora de afrontar una carrera de tenor. Y la única vez que se le presentó una ocasión ideal para intentarlo la rechazó. Fue en 1904, y Joyce no tenía demasiado claro por entonces lo que quería hacer con su vida. Había tomado unas pocas clases con el mejor profesor de canto de todo Dublín, Benedetto Palmieri, clases que terminaron, como todas, cuando se acabó el dinero para seguir pagándolas. Sin embargo, Luigi Denza, autor de la popularísima Funiculí funiculá, lo oyó en un concierto e hizo un encendido elogio de su voz. Palmieri, que había rechazado tiempo atrás a John McCormack, convertido después en un tenor célebre, no quería que se repitiese el episodio, y ofreció a Joyce darle clases gratis durante tres años, a cambio de un porcentaje de sus ingresos cuando empezase a trabajar profesionalmente como cantante, pero parece que a Joyce se le había pasado en ese momento el ardiente interés que había mostrado siempre por la música y rechazó la oferta, lo cual no fue óbice para que más adelante volviese a considerar la posibilidad de dedicarse profesionalmente al canto.

¿Cuáles eran las cualidades de Joyce como cantante? No lo sabemos con certeza, pues, al menos hasta donde he podido indagar, no han quedado documentos de su arte canoro. Sí nos han quedado los testimonios de sus familiares y amigos más allegados y alguna breve reseña crítica de algún diario. En todos estos casos, se describe la voz de Joyce como no demasiado potente, pero sí dulce y melodiosa. Sin embargo, hay un testimonio contradictorio, que vale la pena traer aquí, ya que proviene de una personalidad musical, independiente y con criterio. Se trata de Philipp Jarnach, secretario y ayudante de Ferruccio Busoni, importante compositor de principios del siglo XX. Joyce coincidió con Jarnach en 1917, en Zúrich, cuando una de las decenas de mudanzas que el escritor hizo a lo largo de su vida, lo llevó hasta una casa en la que Jarnach tenía alquiladas una serie de habitaciones. Jarnach, que solía componer durante toda la mañana, se sorprendió un día cuando oyó cantar a alguien al otro lado de la pared acompañándose por un piano desafinado. Tras varios días en que la situación se repitió, el ayudante de Busoni se dirigió a la habitación de donde provenían esas interminables sesiones de canto e increpó a Joyce acusándolo de que no lo dejaba trabajar. Finalmente, los dos hombres acabarían haciéndose amigos y llegaron a un acuerdo para que Joyce cantase sólo en determinadas horas del día. Pues bien, para Philipp Jarnach la voz de Joyce era poderosa, pero tosca, es decir todo lo contrario del resto de testimonios que conocemos. Partido nulo.

Con respecto a los intereses musicales de Joyce, estos se dirigían fundamentalmente hacia tres sectores de la música vocal:

1) La balada popular, con la que me refiero no sólo a las canciones tradicionales irlandesas y americanas, que también, sino a un tipo de canción melódica y sentimental que se componía por aquella época, habitualmente con acompañamiento de piano.

2) La música antigua. Joyce era un buen conocedor y un gran aficionado a la canción isabelina, y tenía gran aprecio por la obra de John Dowland. De hecho, su canción preferida era Pastime with good company, atribuida al rey Enrique VIII, y algunos de sus planes de profesionalización nacieron a raíz de un proyecto de gira que pensó hacer en 1904 (justo antes del episodio con Palmieri) por Inglaterra con esta música, haciéndose acompañar por un laúd. Para conseguirlo, se dirigió a Arnold Dolmetsch, gran pionero en lo que se refiere a la restauración y copia de instrumentos históricos y a la interpretación de la música antigua con criterios de época. Dolmetsch había fabricado un salterio que le solicitó Yeats, por entonces auténtico héroe de la literatura irlandesa, para ayudarlo a ilustrar sus teorías sobre el recitado de versos, de modo que mientras él pronunciaba sus conferencias, la actriz Florence Farr cantaba poemas acompañándose por el salterio; y Joyce pensaba que Dolmetsch lo ayudaría de igual forma a él, pero se equivocaba. ¿Quién era entonces Joyce? Un laúd era por completo imposible, pero por entre 30 y 60 libras podía alquilar un clavicordio. Esa fue la respuesta de Dolmetsch. Joyce abandonó inmediatamente el proyecto.

3) La ópera. En concreto, Rossini, los belcantistas, Bellini y Donizetti, Verdi, que era su compositor preferido, los veristas, que entonces estaban de moda, Puccini y también algunos compositores franceses, como Bizet o Massenet. Sabemos que, salvo Los maestros cantores, no apreciaba la música de Wagner que según él “apestaba a sexo”. Demostró también escaso interés por la música moderna. Los únicos compositores de entre sus contemporáneos a los que apreciaba eran George Antheil y Ottmar Schoeck, el primero porque llegó a ser amigo suyo, y el segundo porque escuchó una vez una serie de sus lieder con orquesta que le encantaron. “Esto es música escrita para cantar, dijo, y no la de Stravinski.” Al respecto de los gustos musicales de Joyce, hay una anécdota curiosa. En 1902 y 1903, Joyce estudia medicina en París. Allí asiste a una de las primeras representaciones de Pelléas et Mélisande de Debussy, que no le merece el más mínimo comentario en las cartas a su familia. En cambio, se deshace en elogios sobre la voz del tenor Jean de Reszke, que juzgó muy parecida a la de su padre, cantando Pagliacci. O sea, uno de los escritores que revolucionó la literatura moderna era un perfecto y recalcitrante conservador en materia de música. Esto daría por lo menos para otra polémica entre Azúa y Verdú.

Por supuesto, Joyce volcó de una u otra forma todas sus experiencias musicales en sus obras, como no podía ser de otro modo en un escritor cuya literatura tiene un profundo sentido autobiográfico. Desde su primer libro publicado, los poemas de Chamber music hasta Finnegans wake, que él defendió siempre por su musicalidad, hasta el punto de que cuando le preguntaron una vez si con esa obra había pretendido unir literatura y música, respondió: “No, no. Es pura música”. Pero la música también juega un papel destacado en el Retrato del artista adolescente, en los relatos de Dublineses y, por supuesto, en Ulysses, novela que está absolutamente repleta de referencias musicales, y que incluye un capítulo que le está por completo dedicado, el número 11, al que tituló “Sirenas”.

Se trata, sin duda, de uno de los episodios más abstrusos de la novela, y de los que más críticas recibió desde un primer momento, pues no gustó ni a Harriet Shaw Weaver, benefactora del escritor, ni a Ezra Pound, que lo desaprobó por completo en un principio, aunque luego acabó admitiendo su grandeza, limitando su censura sólo a la parte final. Consideraba también Pound que no era necesario usar un estilo diferente para cada capítulo, pero Joyce estaba firmemente convencido de su método. Adució que el capítulo le había llevado cinco meses, y que se entendería al final, cuando el libro estuviera terminado.

La importancia de “Sirenas” descansa en la técnica puramente musical empleada por Joyce, ya que el capítulo está construido según los principios de la fuga. Es justamente esta idea de fusionar música y literatura, pero no en su nivel más superficial (Joyce podría haber usado una línea argumental, como de hecho también hace, pues en el capítulo se escucha música, e incluso recursos de carácter visual), sino en la estructura profunda lo que provoca una gran división de opiniones entre los críticos, aunque la mayoría considera que las ambiciones de Joyce, incardinadas en una tendencia muy de su tiempo de considerar a la música la más excelsa de las artes, iban demasiado lejos y los resultados finales quedan muy por detrás de sus deseos. Pero parece que el escritor no pensaba lo mismo. Una vez, en el entreacto de una representación de La Walkyria a la que había asistido junto a Ottocaro Weiss, a quien acababa de leer fragmentos de “Sirenas”, preguntó a su acompañante: “¿No te parece que los efectos musicales de mis Sirens son mejores que los de Wagner?”. “No”, lo cortó rotundo Weiss, joven wagneriano fervoroso. Joyce se dio media vuelta y se fue. No volvieron a verlo en toda la noche, molesto por que alguien prefiriese la música de Wagner a los efectos musicales de su literatura. Lo cierto es que la escritura de “Sirenas” afectó notablemente al escritor, quien incluso confesó haberse desinteresado de la música a partir de ese momento. Así se lo confesó a su amigo George Borach: “Terminé el capítulo Sirens en los últimos días. Un gran trabajo. Este capítulo lo he escrito utilizando los recursos técnicos de la música. Es una fuga y tiene notaciones musicales: piano, forte, rallentando, y todas las demás. Hay también un quinteto, como en Die Meistersinger, la ópera wagneriana que prefiero... Desde que exploré los recursos y artificios musicales para este capítulo, he perdido todo interés por la música. Yo, el gran enamorado de la música, no puedo escucharla ya. Veo todos los trucos, ya no puedo gustarla”.

“Sirenas” empieza con una introducción (líneas 1 a 78) en que se presentan los motivos que se van a desarrollar en el capítulo. Es como si antes de afrontar la escritura de la fuga, el compositor nos mostrase su sujeto principal. Después van entrando los personajes y los diversos temas, ajustándose, aproximadamente cabría decir, a la técnica musical de la fuga per canonem. En la introducción a su estupenda traducción para Cátedra, Francisco García Tortosa facilita la labor del lector contando detalladamente el argumento de lo que sucede en el capítulo:

Miss Douce, de pelo moreno-rojizo, y Miss Kennedy, rubia, ambas camareras del bar en el hotel Ormond, ven pasar la cabalgata del virrey a través de las cortinillas. Se fijan en alguno de los acompañantes y consideran que los hombres se divierten más que las mujeres. Un botones impertinente, con el que Miss Douce tiene un pequeño altercado, les trae el té. Sentadas en unos taburetes, detrás de la barra, se disponen a tomar el té. Miss Douce, que ha estado en la playa, tiene la piel quemada y Miss Kennedy le propone remedios contra las quemaduras, pero Miss Douce comenta que todos esos remedios no provocan más que erupciones y, además, no quiere volver a la farmacia por no ver al “antigualla de Boyd”. Las dos se ríen; en esos momentos Bloom [protagonista principal de la novela, el Ulises de Dublín] pasa por delante de la tienda de iconos de Bassi, en el escaparate hay figuras de vírgenes. Entra en el bar Lenehan, donde había quedado citado con Boylan. Bloom cruza Essex Bridge y recuerda que le tiene que escribir a Martha. Lenehan intenta coquetear con Miss Kennedy con poco éxito. Bloom continúa caminando y se pregunta dónde podría comer. Hace su aparición en el bar Simon Dedalus, padre de Stephen [el otro gran protagonista, Telémaco], observa que han cambiado de sitio el piano. Miss Douce cuenta que el afinador, el chico ciego al que Bloom ayudó a cruzar la calle [en un capítulo anterior], ha estado allí. Bloom compra papel y sobres para la carta de Martha, ve pasar a Boylan y recuerda que es a las cuatro cuando ha quedado con su mujer [Molly, Penélope que sabe que esa tarde le va a ser infiel]. Simon Dedalus toca en el piano la canción “Adiós, amor, adiós”. Bloom ve en la puerta del hotel Ormond el coche de Boylan, y decide eludir el encuentro, pero Richie Goulding, tío de Stephen al que éste se imagina que visita en el episodio “Proteo”, le saluda y ambos deciden entrar a comer al restaurante del hotel. Las camareras se desviven por Boylan en sonrisas y atenciones. Dan las cuatro y Bloom se pregunta si Boylan habrá olvidado la cita o si pretende hacerse esperar. Lenehan le pide, una vez más, a Miss Douce que restalle la liga en el muslo, ahora, mirando a Boylan, en su honor, deja oír el chasquido de la liga en sus carnes. Tras el estallido de placer sonoro, Boylan abandona el bar y hacen su aparición Ben Dollard y el Padre Cowley (que no es sacerdote), y entablen conversación con Simon Dedalus sobre célebres actuaciones y cantantes del pasado; se acuerdan de los tiempos en que Bloom regentaba una tienda de ropa usada y elogian las opulencias de Molly. Ben Dollard prueba al piano su voz profunda de bajo. Entra George Lidwell y saluda a Miss Douce, que le dice que sus compañeros están dentro. Todos instan a Simon Dedalus a que cante Martha. Desde el restaurante Bloom sigue la canción. La letra toca la fibra nostálgica de Bloom y se ve solo y desamparado. Bloom comienza a escribir la carta para Martha, evitando que su compañero de mesa, Goulding, averigüe la clase de misiva que garabatea detrás del periódico. Ahora es el turno de Ben Dollard, que, acompañado al piano por el Padre Cowley, se arranca con una canción de deslealtad y traición, El zagal rebelde. Un chico que ha perdido a su padre y hermanos en lucha contra los ingleses resuelve sumarse a los rebeldes, pero, primero, decide confesarse. Dentro del confesionario no hay un sacerdote, sino un oficial de caballería del ejército británico, disfrazado. El zagal, tomando como evidencia su propia confesión, es ejecutado. Bloom ha terminado la comida y entre los acordes de la canción triste, entre vasos sucios, restos de comida, camareras y ojos que le observan, sale a la calle más solo y triste que entró. Una vez fuera siente retortijones en la barriga y busca la oportunidad de despacharse de los gases. El capítulo termina con el sonido de un prolongado y ruidoso pedo.

Si copio completo este largo fragmento es para que se aprecie en toda su extensión la forma de actuar de Joyce, su evidente intención de parodiar el mito clásico, de despojar al héroe de todos sus atributos para convertirlo en un pobre hombre que pasea sin rumbo fijo con el objetivo de hacer tiempo y evitar encontrar en su propia casa a su mujer con un amante, cuyo encuentro elude. Toda pretensión de trascendencia, de grandeza épica ha sido aquí abolida. Los personajes son gente de la calle, que hablan de temas intrascendentes, mientras comen, gargajean, se ríen o coquetean de forma indisimulada. Las sirenas son aquí dos camareras, relación que se afianza por la cercanía linguïstica entre “mermaid” (sirena) y “barmaid” (camarera) y por la aparición de unos cigarrillos marca Sirena, y su poder de atracción es puramente físico pues el musical se reduce al chasquido de una liga contra el muslo de una de ellas. Resultan evidentes las connotaciones eróticas, en cualquier caso mucho más vulgares que las derivadas del engañoso canto de las sirenas homéricas. No deja por ello Joyce de invocar el poder sugestivo de la música, en este caso a través de un par de canciones sentimentales, que afectan profundamente el ánimo, ya taciturno, de Leopold Bloom, quien se siente solo y desamparado, como Ulises debió de sentirse atado al palo, imposibilitado de acudir a la llamada de las sirenas. Joyce termina por rematar al héroe y al mito haciendo que su protagonista suelte un rotundo y sonoro pedo: “Pprrpffrrppffff”. Se ha discutido mucho acerca de este final escatológico. Parece verosímil que fuese la respuesta de Joyce al sentimentalismo (así alivia el héroe sus nostalgias), una sensiblería que termina por destrozar magistralmente dos capítulos más allá, con “Nausica”, parodia genial de las novelitas sentimentales inglesas, pero también podría ser una burla de la música o incluso el colofón pretendidamente vulgar y desafiante a un experimento literario que para algunos había llegado ya demasiado lejos.

Cera en los oídos, ligaduras en el cuerpo o ruidosas y pestilentes ventosidades. Todo con tal de mantener alejadas a las embaucadoras sirenas.

(¿Continuará?)

domingo, 26 de febrero de 2006

Saki

Cuando uno ha pasado por vanguardias, transvanguardias y ardorosas neoescatologías y se encuentra con un relato de Saki tiene la sensación de que acaba de aprender a leer. De repente todo está ahí, pero tan en esencia, tan gracianescamente condensado que al principio cuesta aceptar que el estilo pueda ser eso: colocar una simple gasa ante la realidad y seguir la imagen grotesca que provocan sus ondulaciones. Caricaturas de lo real, burla despiadada de todo lo que se mueve, incluidos animales, mujeres y niños, tratados con un desdén que provocaría sin duda la condena de los inquisidores posmodernos. Porque más que ácido o irónico, Saki es cruel, pero es la suya una crueldad tan refinada, tan elegante, tan ajustada a las normas del civismo más convencional que puede llegar a confundirse fácilmente con la ternura.

Tom Sharpe, que puede considerarse lejanamente heredero del cáustico sentido del humor de Saki, ha dicho de sus relatos:

Empiezas un cuento de Saki y lo acabas. Acabas uno y tienes que empezar otro, y cuando los acabas ya nunca los olvidas. Siguen siendo adictivos porque superan con creces la simple diversión. La risa se combina con una sensación de salvajismo, el ingenio urbano con el panteísmo, y el completo desprecio por la moralidad con el idealismo, de modo que salimos de ellos con la perturbadora sensación de que hemos participado en un canto al instinto desnudo e inteligente. La civilización se ha visto derrocada y sustituida por una extraña supernaturaleza, y toda esa adoración del instinto nos llega de un modo tanto más contundente por cuanto surge del decorado de una reunión en una casa de campo, un té vespertino y todas las veneradas convenciones de la sociedad eduardiana.

Saki es el seudónimo de Hector Hugh Munro, nacido el 18 de diciembre de 1870 en Birmania, tercer hijo del comandante Charles Augustus Munro, inspector general de la policía birmana, y de su esposa Mary Frances. Cuando Hector no había cumplido aún los dos años, la madre murió de forma estúpida, al ser arrollada por una vaca en el condado de Devon, adonde había acudido con la intención de dar a luz a su cuarto hijo. Puede que de ahí derive el desprecio que Saki mostrará en su literatura por los animales domésticos. En una granja al norte de Devon iba a pasar Hector su infancia, cuidado, junto a sus hermanos, por la madre y dos hermanas solteras del padre, quien vuelve a la India, cursando periódicas visitas a Inglaterra. De salud frágil (sufrió una meningitis a los doce años), su primera educación es encargada a una institutriz. Sólo a los 16 años será enviado a un colegio. En 1887, el padre se jubila anticipadamente y realiza varios viajes por el continente acompañado por sus tres hijos, que entran en contacto con la cultura francesa y la rusa. En 1893, Hector marcha a Birmania para ocupar un puesto en la policía que le ha conseguido su padre, pero tiene que renunciar al año siguiente debido a su delicado estado de salud (hasta siete ataques de malaria sufrió en sólo trece meses). Vuelve a Inglaterra y tras un año de convalecencia se instala en Londres decidido a ganarse la vida escribiendo. En 1899 publica su primer relato y al año siguiente una Caída del imperio ruso, que parece fuertemente inspirada en Gibbon. A principios de siglo consigue un puesto en el periódico conservador The Morning Post, para el que hace trabajos de corresponsal por los Balcanes y Polonia. Colabora luego para otros diarios y entre 1910 y 1914 publica dos novelas y varios libros de relatos. Cuando estalla la Gran Guerra, Hector se alista voluntario y a pesar de su edad rechaza cualquier tipo de beneficio y pide ser enviado al frente como soldado raso. Tras un largo período de instrucción es mandado al frente occidental francés en el otoño de 1915. En septiembre de 1916 acepta un ascenso a cabo primera. El 14 de noviembre de ese mismo año, en el transcurso de la batalla del Ancre, muere de un disparo en la cabeza. Lo último que sus compañeros afirmaron haber escuchado de sus labios fue la amonestación a un soldado: “¿Puedes apagar de una vez ese maldito cigarrillo?”. Odiaba también el tabaco.

Admirada por Borges, Graham Greene o Roald Dahl, la obra de Saki había sido traducida de forma irregular al castellano. Pero una editorial de reciente creación, Alpha Decay, ha asumido la tarea de publicar sus relatos completos en un volumen extraordinario de más de 800 páginas que resulta recomendable paladear lentamente. Podrán disfrutarse pasajes tan deliciosos como este en el que Reginald, uno de sus personajes recurrentes, asiste a una función de teatro junto a una duquesa:

-Después de todo –dijo la duquesa con vaguedad–, hay cosas ineludibles. El bien y el mal, la buena conducta y la rectitud moral tienen unos límites bien definidos.
-Si es por eso –contestó Reginald–, también los tiene el Imperio ruso. El problema es que los límites no están siempre en el mismo sitio.
Reginald y la duquesa se miraron el uno al otro con desconfianza mutua, atemperada por cierto interés científico. Reginald opinaba que la duquesa tenía mucho que aprender; sobre todo, a no salir del Carlton a toda prisa como si temiera perder el último autobús. Una mujer, decía, que descuida sus desapariciones es capaz de salir de Londres antes de la carrera de Goodwood o morirse en un momento inoportuno de una enfermedad poco elegante.
La duquesa pensaba que Reginald no superaba el nivel ético que las circunstancias requerían.
-La moda imperante –prosiguió de modo combativo– es creer en el cambio perpetuo, la mutabilidad y todas esas cosas; y decir que sólo somos una forma mejorada del mono primigenio; imagino, claro está, que suscribe usted esa doctrina.
-La considero claramente prematura; en la mayoría de personas que conozco, el proceso dista mucho de haberse completado.
-E imagino también que es bastante descreído.
-Oh, de ninguna manera. Ahora mismo la moda es tener una disposición de ánimo católica con una conciencia agnóstica: así disfruta uno del pintoresquismo medieval de lo primero con las comodidades modernas de lo segundo.


¡Clarividente diagnóstico de nuestro tiempo!

jueves, 16 de febrero de 2006

Encuentros

Júpiter
Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro.
No sé cuál de los dos escribe esta página.

Jorge Luis Borges, "Borges y yo" de El hacedor (1960)

A veces es el otro quien escribe, quien se acerca por las noches al borde del río o sostiene una conversación intrascendente sobre la necesidad de renovar el seguro del coche, el otro quien escucha una ópera de Haendel y se deja arrastrar por el murmullo turbio e irreal de una canción del suburbio. A menudo es el otro quien sortea el tráfico del centro, cruza miradas de desprecio o de deseo y se sumerge en el espesor diario de los saludos y los roces ardorosos en el ascensor. Yo lo miro todo con distancia, como sentado en mi butaca de diseño, esperando a que termine el tango de Aquiles Roggero y a que esa cinta grabada con el tono quejumbroso del bandoneón suplante el espacio que ocupaba la realidad. Yo miro inquisitivo al otro, el violinista me mira a mí, el piano mira al violinista, el poeta bebe su café y la vida se desliza sin sentido por los altavoces de un teatro del extrarradio, isla cercana e inhabitable.

viernes, 30 de diciembre de 2005

Mendigos

Cuando Cachanito doblaba la esquina y comenzaba a subir la cuesta, detrás llevaba ya una larga reata de niños que no paraban de reír y soltarle puyas. “Cachanito, que se te caen los calzones”, “Cachanito, ¿desde cuándo no te comes un pollo?”, “Cachanito bebe vino y tira peos”... Y Cachanito, acostumbrado a las burlas, seguía adelante, impertérrito, como si nada de aquello fuera con él, con su andar cansino y titubeante, sus dientes podridos y destartalados, su jersey mugriento y los pantalones raídos a medio caer, sujetos a la cintura con una deshilachada cuerda de esparto. De vez en cuando, algún niño, más desvergonzado y audaz que el resto, se atrevía a ponerse justo detrás de él y a tirarle de los perniles con fuerza hacia abajo, dejando al descubierto unos calzoncillos que un día fueron blancos y largos y en ese momento aparecían marrones y llenos de agujeros. Las risas se multiplicaban entonces y a ellas nos sumábamos todos, mientras Cachanito se sostenía los pantalones con una mano y alzaba la botella que llevaba en la otra en tono amenazante, rodeado por los pilluelos que celebraban con renovadas mofas su enfado. La burla terminaba cuando la señora Dolores salía de casa y espantaba a los muchachos revoleando con gestos imperiosos el delantal. Cachanito recobraba entonces su tranquilidad y su mesura y seguía a la señora Dolores hasta el zaguán de su casa.

Cachanito era uno de los borrachos oficiales del pueblo, y diariamente llevaba su botella para que la señora Dolores, nuestra vecina de enfrente, se la llenase con el vino más barato de su bodega, que previamente, como todo el mundo sospechaba y nosotros sabíamos a ciencia cierta, había sido pasado por agua. “A mí es que me da pena ese pobre hombre”, se justificaba una tarde ante mi madre, “y por eso le echo agua al vino, por lo menos bebe menos de lo que él se cree”. Yo tenía un miedo cerval a Cachanito, tanto que cuando su peregrinaje diario con la botella en la mano coincidía con una jornada sin clases y él aparecía por la esquina rodeado por una decena larga de niños mayores que lo acosaban, yo corría rápido a esconderme, para seguir el espectáculo tras los visillos de la ventana o por las rendijas que dejaba la puerta entreabierta.

Una mañana en que, no recuerdo por qué razón, yo no había ido al colegio, mi madre acababa de darme la talega y unas monedas para que me acercara a casa de Micaela a por el pan y, en el último momento, salió hasta la puerta para terminar de alisarme el pelo con un poco de agua justo cuando Cachanito pasaba por delante de nuestra casa. Desconozco qué podía estar haciendo en aquel preciso instante por allí. Llevaba las manos libres, andaba mucho más recto y firme que de costumbre, se había afeitado la barba y alguien debía haberle lavado los pantalones, que parecían otros. Cuando me miró, con una sonrisa falta de costumbre, estrafalaria, pero que yo intuí amistosa, mi madre notó mi estremecimiento y me abrazó por la espalda. Cachanito se paró entonces y por primera y única vez en mi vida oí su voz: “Cuando yo era niño, mi madre también me peinaba con agua”, y luego siguió, con paso lento, recto y sereno, su camino. Nunca más volví a verlo lúcido, pero desde entonces, cada vez que Cachanito, tambaleándose y con gesto torcido, daba la vuelta a la esquina de mi calle acompañado por su séquito infamante, yo corría a esconderme en el lugar más alejado de nuestra casa para no oír las risas ni las burlas. Con la cabeza apretada contra la almohada, llorando a lágrima viva, imaginaba a Cachanito de niño, derrotado por la fiebre y las anginas, acostado en una cama de sábanas blanquísimas, y a su madre que se acercaba para tomarle la temperatura con las manos temblorosas y, como tantas veces había hecho conmigo la mía, dejarle un beso, como sólo las madres saben dejarlos, en sus infantiles mejillas ardientes.

El tiempo fue pasando y, sin que pudiera darme cuenta de ello, Cachanito desapareció de mi calle, de mis juegos y de mis angustias de niño. Moriría por entonces, sabe Dios en qué condiciones, o simplemente cambió su lugar de aprovisionamiento. Sólo sé que un día dejé de echarlo de menos. En realidad nunca supe absolutamente nada de él, pero aquella mañana en que yo no había ido al colegio y me disponía a hacerle un mandado a mi madre, aquel hombre, tantas veces humillado e insultado y de quien yo me había reído con la inconsciente crueldad de la naturaleza, me dio una lección que jamás olvidaría, cuando, vaya usted a saber por qué, reivindicó ante mis asustados seis años su dignidad de ser humano, haciéndome saber sin alharaca ni trascendencia alguna que él también había sido un niño como yo. La lección no la olvidé pero sí a él, hasta hace sólo unas semanas, cuando el asesinato de una mendiga en un cajero de Barcelona me hizo revivir aquel lejanísimo episodio, que creí perdido para siempre. Mientras los diarios nos vendían la sensacional historia de la víctima (triunfadora secretaria de dirección, madre de una hija, que había arruinado su vida a causa de las drogas), yo me acordé de Cachanito, cuya historia nadie venderá jamás porque ya nadie conoce. Por eso aquí he querido dejar constancia de que al menos vivió, fue niño y a mí me ayudó a crecer.

jueves, 27 de octubre de 2005

Azules

Cielo de Sevilla (26-10-05)
"Dijo el azul un día:
- Hoy tengo un nuevo nombre. Se me llama
Azul Pablo Ruiz Azul Picasso" (Rafael Alberti)

De los cielos de Sevilla en las tardes claras de octubre, el día siguiente a una jornada de lluvia. Azules intensos, plenos que cantaran (demasiado, ay) los idealistas del Modernismo, como José María Izquierdo, presa por siempre en la Alameda de su tierno y patético error de amor. Azules de pasear entre las sombras estrechas de la judería y no saber cuáles eran aquellos cielos que Romero Murube se lamentaba de haber perdido, porque junto a la gran cruz de forja, sentados en el banco de piedra, el azul, filtrado por el verde de las hojas, se hace tan frágil, tan fluido, tan líquido que desearíamos quedarnos ahí para siempre, divagando sobre ese naranjo cargado de azahar a destiempo. Azules de las grúas y de las norias, de las antenas enhiestas y de las cigüeñas que decidieron quedarse, azules de las calles bulliciosas y de los barrios lejanos y sucios, azul estrépito de las rondas, de las tejas que cantan a la Giralda y de las palmeras cimbreantes de los parques, azul magnolio el de Cernuda y azules los jacarandás y los cernícalos que chillan su amor por las avenidas. Luz azul del sur en otoño. Cielos azules de lluvia en tardes de indefinible tristeza. Transparencias de luna colgada por hilos invisibles, aunque el corazón llore por dentro y un pintor recorra moroso las calles, arrasadas por los orines y la mierda, de una ciudad imposible.

martes, 25 de octubre de 2005

Rojos

Ceci n'est pas un tomate
Los mejores eran los de doña Rosa, la madre del hueverón, una mujer lozana y fuerte, cuyas mejillas permanentemente arreboladas eran la mejor publicidad para los productos del huerto que trabajaba el marido, aquel hombrecillo pequeño y con piorrea que a mí me parecía imposible que fuera el padre de nuestro amigo José Antonio. Si hasta él mismo nos lo contó en una de esas noches de verano en las que, sentados en corro a la puerte del almacén de la funeraria, nos dábamos al morboso placer de las confidencias. "A mí se me murió un padre." Un padre, dijo. Y todos lo miramos con la boca abierta, que la muerte era entonces para nosotros una realidad aún demasiado lejana, pese a la cercanía de los ataúdes y las cruces imitando al marfil que a menudo veíamos salir por aquella puerta. Esa era la confesión más gorda que nadie había hecho nunca, por lo menos desde que el Migue reconoció haberse acostado con una prima y habérselo cogido todo. Trini se llamaba la prima, que yo desde entonces la miraba y me corría como un hilo de seda por la columna que me bajaba hasta la rabadilla y me obligaba a quedarme quieto y a apretar las piernas hasta casi hacerme daño. José Antonio estaba inflado, tuvo un padre que se murió y ahora tenía otro, se le notaba orgulloso por haber sido capaz de sorprendernos durante un momento, un rato que seguramente fue menor de lo que recuerdo, porque enseguida terció Fran, el sabelotodo: "Pero ese no era tu padre. Era sólo el primer marido de tu madre". Pues anda que acabó de arreglarlo, el enterado. Entonces las madres podían tener varios maridos. Yo ya veía a mamá haciendo desfilar por casa a un padre y otro padre y otro padre... Pero José Antonio no se amilanó, nos reservaba una sorpresa aún mayor. "¿Queréis saber cómo se murió?" Claro, cómo no íbamos a querer saberlo, ¿es que con siete años hay alguien que sepa cómo se muere la gente? "Se pegó un tiro. Tenía problemas con el dinero y se pegó un tiro." Hasta aquel momento, para nosotros los tiros sólo eran los que salían en las películas de indios, y ninguno pensaba que de verdad pudieran llegar a matar a nadie, luego los mismos indios y vaqueros salían en otras películas. Pero aquello era distinto. Un padre de José Antonio se había pegado un tiro y por eso él ahora tenía otro padre... Uf. Cómo puede llegar a impresionar la idea del suicidio la mente de un niño. Desde aquel día empecé a mirar a la madre del hueverón de otra forma y cada vez que entraba en su casa imaginaba dónde habría sido que su primer marido (¿pero de verdad había sido el primero?), desesperado por las deudas, se quitó la vida. ¿Tal vez fue en aquel taller de carpintero a medio desmantelar en el que jugábamos a construir edificios de veinte plantas? ¿Y dónde estaría la escopeta?, pensaba mientras miraba disimuladamente detrás del torno.

Eran los mejores, los más rojos, cuando tenían que ser rojos, y los más grandes y duros cuando mamá los abría por la mitad y me los daba con sal para que fuera haciendo ganas de comer. Yo frotaba una parte contra la otra con fuerza, como le había visto hacer a ella, para que la sal se introdujera bien y no se cayera al suelo al morderlos. Acababa de verlos en las manos de doña Rosa, metiéndomelos en una bolsa, sin pesarlos siquiera. "Dos kilos (aunque siempre eran más). Y toma, llévale a tu madre también estos pimientos, mira qué verdes están". Y yo lo cogía todo y salía corriendo, porque desde que conocía su secreto, las manos de doña Rosa me producían la misma sensación de angustia que las de Marín, el empleado de la funeraria que siempre que doblaban las campanas de la iglesia se acercaba con sus andares de grulla y abría la puertecita pequeña del almacén con esos guantes negros que Fran decía que eran los mismos que llevaba el asesino de no sé qué película de terror que había visto en casa de su primo Eduardo, aunque nadie lo creía ya, desde lo del buque fantasma todos sabíamos que Fran lo que tenía era mucho cuento y que lo único que le interesaba era impresionarnos, nada más que impresionarnos. Aquellos tomates aún inmaduros del mediodía, mientras el olor del cocido y el sonido de la válvula de la olla inundaban la casa, o aquellos otros rojos, tan intensos y sabrosos que el barreño de gazpacho no duraba ni medio almuerzo, se han quedado impresos en mi memoria para siempre. De los tiempos en que los tomates eran baratos y la tecnología muy cara. De los tiempos en que los niños aún jugábamos en medio de la calle durante horas sin que un solo coche viniera a molestarnos. De los tiempos en que las confidencias y los cuentos de terror tenían un sentido contados a la luz de un alto farol casi siempre estropeado. Hoy los tomates son carísimos y la mayoría de las veces absolutamente insípidos, así que hay que aliñarlos con vinagre y especias y acompañarlos con una loncha de queso feta o algo parecido para crear al menos la sensación de un sabor que siempre me parece artificial. Y aquel rojo del gazpacho del mediodía... Rojo como nunca he vuelto a verlo. Aunque, quién sabe, si la oferta de rojos sigue creciendo al ritmo actual, puede que los tomates, por lo menos, bajen de precio.

jueves, 20 de octubre de 2005

Anónimo

Foto de Robin Davies
Quand je menais les chevaux boire j'entendis le coucou chanter
Il me disait dans son langage "ta bien-aimée on va l'enterrer"
-Ah que dis-tu méchante bête j'étais près d'elle hier au soir
Mais quand je fus dedans la lande j'entendis les cloches sonner
Et quand je fus dedans l'église j'entendis les prêtres chanter
Donnais du pied dedans la châsse "réveillez-vous si vous dormez!"
-Non je ne dors ni ne sommeille, je vous attends dedans l'Enfer
Vois ma bouche est pleine de terre et la tienne est pleine d'amour
Auprès de moi reste une place et c'est pour toi qu'on l'a gardée.

Y si una tarde de otoño, bajo la lluvia...

martes, 26 de julio de 2005

Azar

Si mi hermano no hubiera muerto, yo no habría nacido jamás. Fue esa una constatación tardía, alumbrada mucho después de que conociese lo sucedido. Hasta entonces, era a menudo el juego de imaginar cómo habría sido nuestra vida con otro hermano en casa, recrear su aspecto (pues ni siquiera fotos), sus gestos, las tardes de verano junto a alguien mucho más cercano en edad... Hasta que un día, la luz automática del entendimiento, y la sonrisa de pronto helada.

No recuerdo cuándo supe de su existencia. Sería seguramente una referencia tangencial, indeseada, cogida inopinadamente al vuelo. Pues nadie hablaba de aquello. Y yo no pregunté, nunca lo hice. Incluso cuando, después de la sorpresa y el sobrecogimiento, abrí cajones y más cajones para saber y tuve que acabar conformándome con los fríos datos oficiales del libro de familia, nacido tal día y muerto tal otro, apenas tres meses de vida, y a continuación mi página, ni siquiera entonces pregunté. Fueron otras conversaciones en el filo las que me abrieron la conciencia, el catarro sin curar, un error médico, el taxi que nunca llegó a urgencias, y yo miraba a mi madre y me preguntaba cómo pudo aguantar aquello, el hijo muerto en brazos, el desgarro, la vida sin embargo inevitable y después yo.

Quizá todo empezara con la lápida de mi padre muerto y aquel “yacen restos de su hijo E.” que volvió a trastornarme, quizá entonces, con la sombra de la muerte todavía instalada en la casa, se abrieran las primeras grietas en la imaginación del niño que yo era aún. Pero el tiempo pasa, emociones más fuertes se sobreponen a las antiguas, y olvidas. Hasta que un día, no sabes cómo, te descubres pensando en que tuviste un hermano que nunca conociste y en que él tuvo que morir para que tú nacieras. En el fondo, siempre es así. Alguien muere, alguien nace. Eso es todo. O no.

Una vez leí el cálculo que un científico había hecho acerca de cuántos seres humanos distintos eran posibles. La cifra era de tal calibre que la posibilidad de llegar a nacer resultaba absolutamente minúscula. Han sido necesarias tal cantidad de pequeñas cosas para que quienes poblamos la tierra seamos hoy exactamente quienes somos y no otros completamente distintos, que la mente se pierde en elucubraciones, se marea en analizar los detalles más nimios (bastaría que aquella noche tu padre se hubiera acostado media hora más tarde, y así con cada uno de tus antepasados, hasta las ochocientas generaciones), se aniquila pensándose a sí misma, para concluir que, en el fondo, es el azar el que gobierna el mundo y que todos somos, de uno u otro modo, producto de sus sucesivas, imprevistas concatenaciones.

miércoles, 6 de julio de 2005

Saltos

Los hay al Infierno. Y al Paraíso. Hay recuerdos demasiado absorbentes. Que te envuelven y te atrapan en una red espesa de referencias múltiples y ubicuas. Presencias difusas. Sombras incompletas. Ruidos familiares. Gritos silenciosos. Fuegos fatuos que marcan los lindes del camino. Olvidos que nunca llegan. Sueños ondulantes, que te acechan permanentemente, acodados junto a ti en la barra del bar o sonriéndote desde la pantalla del televisor, esperando pacientemente a que bajes las defensas. Y luego están las palabras, que salen y entran, entran y salen como los alevines en las redes de los pescadores. A menudo se quedan atascadas. Pero hay veces que fluyen y colean y, aunque parezcan no decir nada, en el fondo lo dicen todo, tan torpes como siempre y sin embargo cristalinas. Basta con saber leer, no tanto en los signos escritos cuanto en la mano de quien los dibuja. Y entender que es tan delgada la línea que separa un salto de otro salto...

sábado, 18 de junio de 2005

Relato

Cuando despertó, el dinosaurio ya no estaba allí.

martes, 31 de mayo de 2005

Morelliana

Puedo pasarme todo el día en la misma habitación, mirando por la ventana lo que pasa en la calle. Si me cierran la ventana, puedo tumbarme en la cama e imaginar que estoy asomado a la ventana mirando lo que pasa en la calle. Si me quitan la cama, me sentaré en el suelo soñando que estoy tirado en una cama imaginando que me asomo a una ventana por la que veo lo que pasa en la calle. Pero cuando me quitan el suelo me caigo. Y yo que creí haber superado hace tiempo la edad de la inocencia me sorprendo ahora, entre la incredulidad, la vergüenza, la rabia y la más devastadora de las tristezas, en plena caída libre, tratando de acertar con la dirección más benigna de los vientos. ¿Cómo se puede ser tan imbécil y seguir llamándose Paolo?

domingo, 15 de mayo de 2005

Madre

Soy incapaz de escribir sobre mi madre, que ha cumplido 80 años.

Hablo con mi madre

Mamá: ahora eres silenciosa como la ropa
del que no está con nosotros.
Te miro el borde blanco de los párpados
y no puedo pensar.

Mamá: quiero olvidar todas las cosas
en el fondo de una respiración que canta.
Pasa tus manos grandes por mi nuca
todos los días para que no vuelva
la soledad.

Yo sé que en cada rostro se ve el mundo.
No busques más en las paredes, madre.
Mira despacio el rostro que tú amas:
mira mi rostro en cada rostro humano.

He sentido tus manos.
Perdido en el fondo de los seres humanos te he sentido
como tú sentías mis manos antes de nacer.

Mamá, no vuelvas más a ocultarme la tierra.
Ésta es mi condición.
Y mi esperanza.

(Antonio Gamoneda. Blues castellano)

viernes, 22 de abril de 2005

Libros

Mañana es el día del libro. A esta hora, decenas de artículos alumbrados por insignes columnistas descansarán ya en las redacciones de decenas de periódicos de España incitando a la lectura. Yo también tenía que escribir el mío. Aquí va:

Leer no es bueno. Y no me refiero a la habilidad necesaria para descifrar un texto escrito, que resulta imprescindible en nuestra sociedad. Me refiero a leer por gusto, por placer, por cultivarse, por aprender. Leer no es (necesariamente) bueno. Goebbels se jactaba de que leía un libro cada día. Y no sé ustedes, pero yo no tengo al ministro de propaganda nazi en mi panteón personal de la bonhomía y la virtud. Leer (así, en abstracto) no significa nada. Leer no hace mejor a nadie. (Herr Goebbels es sólo un minúsculo pececillo en un mar de lectores inicuos.) Ni más sabio. Recuerdo a un bibliotecario muy moderno que se enorgullecía de que a su biblioteca acudían muchas amas de casa. ¿Qué leen?, le pregunté. Novelitas de Corín Tellado, que hemos comprado para ellas. Vale. Leer no hace más reflexivo a nadie. Es más, estoy convencido de que leer puede llegar a idiotizar, y, de hecho, tiene completamente idiotizada a buena parte de la juventud española, que se mueve entre magos con varita, tierras medias y el apasionante romance que destapa el último número del Pronto (tú pasa el paño). Un libro es sólo un manojo de hojas cosidas, que puede almacenar el más excelso poemario jamás escrito, la teoría científica más trascendente y la más apasionante narración, pero también las mayores estupideces salidas de la mente más obtusa del mundo, la más infame bazofia disfrazada de literatura y hasta manuales para descuartizar a los vecinos sin que se entere la policía. (Con la circunstancia de que todo aquello que sigue a la conjunción adversativa es hoy lo más habitual y, por consiguiente, lo más leído.)

“Ten un hijo, planta un árbol, escribe un libro”. Esta fórmula para la perduración del nombre y la simiente de los hombres en el mundo es una de las más dañinas que jamás haya imaginado nadie. No sólo puede afectar a la superpoblación y al equilibrio ecológico mundial, sino que es producto de que diariamente se editen en el universo millones de páginas absolutamente innecesarias e inanes. Todo el mundo quiere escribir su libro. Bien. ¿Pero por qué me tiene que tocar siempre a mí corregir aquellos que pergeñan los mayores agujeros cerebrales con los que haya podido toparme en mi vida? Ya lo sé. Para que luego todos ellos puedan comentar orgullosos a sus amigos: “He cometido un libro”.