Artesanos
Mozart odiaba la flauta y el arpa. Cuesta trabajo creerlo escuchando el Concierto en do mayor que dedicó a ambos instrumentos, pero así era, o al menos así lo dejó dicho en varias ocasiones. El concierto es por supuesto una obra de circunstancias, como la inmensa mayoría de las que escribió a lo largo de su vida. A finales de marzo de 1778 el músico, que contaba ya 22 años, llega a París acompañado por su madre. Vienen directamente desde Mannheim, en un viaje que duró nueve días y medio, por el que Wolfgang se queja ("Nueve días sin poder hablar con nadie"). Hace ya seis meses que la pareja falta de Salzburgo, donde el padre ha tenido que quedarse por no enfurecer más al arzobispo Colloredo después del retraso de su anterior excursión por Europa. Leopold busca desesperadamente una corte que acoja a Wolfgang. Un puesto seguro de kapellmeister, esa es toda la aspiración del padre para el hijo al que ha exhibido durante años como una atracción de feria. Pero, perdida la gracia del niño prodigio, no hay puestos libres para Wolfgang, a pesar de su prestigio y de sus éxitos. Fracasado el intento en Mannheim, Leopold exige a su esposa y a su hijo que se dirijan a París y no a Italia, adonde desearía acercarse Wolfgang, recordando aún los aplausos de la infancia.
Wolfgang tarda en rebelarse contra la autoridad paterna y acepta sus designios. Amarga iba a ser, sin embargo, la experiencia del joven músico en París, donde tuvo que asistir solo e impotente a la corta enfermedad y a la muerte de su madre. Pero eso sería a principios del verano. En abril, recién llegado, Mozart ha iniciado sus contactos y se ha reencontrado con sus amigos de Mannheim, que se encontraban de gira en la capital francesa. Entre los primeros conocidos se encuentra el duque de Guisnes, flautista aficionado, y su hija, arpista virtuosa a la que el padre trata de convertir en compositora, pese a que el talento de la joven no pasaba al parecer de su gran habilidad como intérprete. El duque desprecia al hombre ("papanatas alemán", le llama) pero admira al músico y encuentra en seguida la oportunidad no sólo para solicitarle clases sino para encargarle una obra para esos dos instrumentos que Mozart consideraba insoportables.
Poco importa. El compositor va a poner toda su ciencia compositiva y su fantasía artística en cumplir dignamente con el encargo, que se quita de encima antes de que termine abril, pues a finales de julio se queja de que hacía tres meses que había entregado la obra y el duque aún no le había pagado por ella. Ese mismo mes ha visto nacer la Sinfonía concertante para instrumentos de viento y algunas otras obras menores. Esto quiere decir que la producción del músico sigue a buen ritmo y, aunque algunos analistas (entre ellos, los Massin) consideran que el Concierto para flauta y arpa no aporta nada nuevo e incluso puede considerarse un retroceso en el estilo del músico, lo cierto es que a la obra, escrita en la misma línea de la Sinfonía concertante, no le falta inspiración, en especial a su segundo movimiento, un Andantino de nostálgica y conmovedora poesía.
Esta aplicación de Mozart en una obra que para él sólo tenía interés pecuniario (uno recuerda en seguida las películas alimenticias de Buñuel en México) queda bien explicado por el valor sociológico de la música en el tiempo en que le tocó vivir. Es este un aspecto que estudió muy bien Norbert Elias en un libro publicado póstumamente con los ensayos dedicados al compositor, que estaba reuniendo y corrigiendo para corresponder a un encargo de su editor justo en el momento en el que le sorprendió la muerte. Para Elias, Mozart cumple, bien a su pesar, el papel histórico de bisagra entre un arte artesanal y un arte artístico, barrera que el compositor trató, aun sin ser consciente de ello, de traspasar cuando en 1781 se marcha a Viena con la intención de sobrevivir como compositor libre. Y aunque en un primer momento la suerte y el éxito le sonríen, el pulso social era demasiado fuerte, pues institucionalmente el terreno no estaba abonado y las elites que dominaban la cultura oficial vienesa no estaban dispuestas a permitir que se suplantaran los mecanismos de producción y difusión de la música, que, como casi siempre, también en ese aspecto iba a remolque del resto de las artes. Tuvo que pasar toda una generación para que Beethoven se encontrase ya en disposición de imponer su voluntad a públicos y editores. Pero en 1778, Mozart todavía es un compositor sumiso que sabe con quién se juega el pan y sabe atenerse al gusto de quien le encarga la música. Con un conocimiento profundo del medio musical en el que se desenvuleve, para el talento del compositor no supone ningún esfuerzo orientar su fantasía musical en el sentido deseado por sus clientes. La reflexión de Norbert Elias sobre esta cuestión va bastante más allá, y la reproduzco íntegra por su indudable interés:
En la fase del arte artesanal, el canon estético del que encarga la obra prevalecía como marco de referencia de la formación artística por encima de la fantasía artística personal de cualquier creador; la imaginación individual de este último se canaliza estrictamente según el canon estético del estamento dominante que encarga las obras. En la fase del arte artístico, los creadores están situados en un plano de igualdad por lo que se refiere a su situación social general con respecto al público que compra y admira el arte; y en el caso de su élite, del establishment de especialistas formado por los artistas de un país, están por encima de su público, en cuanto a poder, como jueces estéticos y pioneros del arte. A través de modelos innovadores pueden encauzar en otra dirección el canon establecido de la producción artística y quizás el gran público aprenda lentamente a ver y escuchar por sus ojos y sus oídos.
Interesante motivo de reflexión para relacionar con la polémica Azúa/Sánchez Verdú que ya tratamos por aquí. No seré yo quien lo haga ahora, pues sólo deseo dejar constancia de la aparición de una nueva grabación mozartiana de ese auténtico mago de la música del Clasicismo que es Jos van Immerseel, quien, de nuevo para el sello Zig Zag y al frente de su conjunto Anima Eterna ofrece tres muestras de música concertante de Mozart: además del Concierto para flauta y arpa en do mayor KV 299, con el flautista Frank Theuns y la arpista Marjan de Haer como solistas, el Concierto para dos pianos en mi bemol mayor KV 365, con el propio van Immerseel y Yoko Kaneko en los pianos, y el Concierto para trompa en mi bemol mayor KV 447 (el nº3), con Ulrich Hübner como solista. Un prodigio de refinamiento, elocuencia y profundidad.
Andantino del Concierto para flauta y arpa en do mayor KV 299 de Mozart. Frank Theuns, flauta; Marjan de Haer, arpa. Anima Eterna, Jos van Immerseel (Zig Zag)





