La frase más graciosa
Superpablo (Ferrol, España):
La frase más graciosa es cuando una alumna apesadumbrada se pregunta retóricamente en alto "¿Y ahora, qué debo hacer?" y le responde otra, que estaba escondida, "Debes morir" y la mata.
reflexiones de un melómano en calzoncillos
Superpablo (Ferrol, España):
La frase más graciosa es cuando una alumna apesadumbrada se pregunta retóricamente en alto "¿Y ahora, qué debo hacer?" y le responde otra, que estaba escondida, "Debes morir" y la mata.
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Paolo
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Todo se puede decir con una sonrisa.
Qué curioso. Es lo mismo que pensaban los protagonistas de Funny games.
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En una obra publicada a principios de los años 80 del siglo pasado, La persistencia del Antiguo Régimen, Arno J. Mayer desmontaba en toda regla la idea de que las llamadas revoluciones burguesas de finales del siglo XVIII y principios del XIX habían dado lugar al nacimiento de sociedades por completo nuevas. Más allá de que las ideas revolucionarias iniciaran entonces la disolución del mundo antiguo, éste resistió en condiciones aceptables hasta 1945. Analizando la economía, la sociedad, la política y la cultura, Mayer llegaba a la conclusión de que la sociedad occidental siguió siendo fundamentalmente rural y de que aunque la vieja nobleza fuera desgastándose poco a poco, en realidad siguió conservando su poder y su capacidad de influencia y de dominio casi intactos. Para Mayer, las dos guerras mundiales (que él llama la Guerra de los Treinta Años del siglo XX) no son sino el último intento de la aristocracia europea por mantener sus privilegios en un mundo que se transformaba más lentamente de lo que habitualmente se tiende a creer.
En este sentido, adaptadas a la evolución de las entidades políticas, las oligarquías dominantes emplearon sin complejos y sin rubor el concepto de 'nación', tal y como se había ido llenando de contenido a lo largo del siglo XIX, como forma de aglutinar a los individuos en favor y en defensa de su causa, del mismo modo que, antiguamente, la corona o la religión habían funcionado como elementos simbólicos de cohesión. Esta idea fue magníficamente atrapada por Kubrick en Senderos de gloria, película considerada mayoritariamente como un film radicalmente antibelicista. Resulta fácil compartir este juicio, pero en mi opinión, Senderos es en realidad y ante todo un film crudamente antinacionalista.
La celebérrima y conmovedora escena final, que a menudo se interpreta mal. Kubrick no nos habla de la capacidad de los hombres, aun sometidos a una presión extrema, para la compasión y la ternura. No es eso. No es que los soldados queden de pronto conmocionados por la belleza del canto de la chica alemana, ni siquiera por sus lágrimas, su fragilidad o su inocencia. Es que esa melodía popular que oyen, entrecortada y gimoteante, la conocen perfectamente, posiblemente la han oído en los labios de sus madres o la han cantado muchas veces ellos mismos. Es tan de ellos (franceses) como de los enemigos (alemanes). Atrapados en un engranaje diabólico, impotentes para huir de él (y la anécdota principal de la película deja claros los métodos empleados por los superiores para que no lo olviden fácilmente), los soldados descubren de pronto (o acaso no; pero los espectadores, sí) que no son tan distintos de aquellos a los que combaten, que en el fondo están sirviendo la causa de un poder del que no participan y que los ha reclutado enarbolando la idea de una nación que es la de todos los nacionalistas que han existido y existen, aquella que se esfuerza en definirse exclusivamente por los rasgos que (supuestamente) no tienen sus vecinos, creando así una identidad demediada y falsa, perversa y letal. Y es que en el fondo, ser antinacionalista y ser antibelicista viene a ser la misma cosa.
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Con esta escena (más en concreto, desde la aparición de la mesa de juego a la luz de las velas hasta el beso), creí sentir por primera vez en mi vida el síndrome de Stendhal.
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La mujer nació y vive en la costa, en una población cercana a Hiroshima. Sin duda, la vio encenderse un día de agosto de hace ocho años. El niño es su nieto y nació en Tokyo, después de la guerra. De Hiroshima oirá hablar muy pronto. No es el típico conflicto entre generaciones lo que en 1953 filmó Yasujiro Ozu. Con Tokyo monogatari hizo uno de los dibujos más lúcidos, sobrios y conmovedores que nunca se hayan trazado sobre un cambio de época, uno de los más brutales cambios de época jamás producidos, el que ocurrió en Japón después de 1945. Lo viejo y lo nuevo por algún tiempo juntos. Los viejos, conscientes de que ellos tienen que morir para que vivan los jóvenes. Cambios que siempre se ven mejor desde lejos, como William Wordsworth miraba desde Inglaterra la Revolución Francesa: "Fue una dicha estar vivo en aquella aurora. Ser joven fue el mismo cielo". Pero toda aurora nace del ocaso de algo. En Ozu, el ocaso está lleno de serenidad y belleza y en la aurora se adivina ya el germen de su propia destrucción.
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Para J., si estaban bien contadas, las historias de amor eran siempre desesperadamente tristes.
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En 1994, Alvin Straight se embarcó a sus 73 años en una aventura que lo llevó por poblados, granjas, llanos y montañas desde Laurens (Iowa) hasta Mt. Zion (Wisconsin) montado en una cortacésped John Deere a la que acopló un pequeño remolque con las cosas imprescindibles para el viaje. Su odisea, emprendida con el objetivo de reencontrarse con un hermano gravemente enfermo con el que no se hablaba desde hacía diez años, duró seis semanas, y sobre ella hizo David Lynch su película más sobria, limpia, elegante y emotiva. The Straight story se tituló en España Una historia verdadera y en ella Lynch, tan acostumbrado a retratar el lado oscuro del ser humano, nos ofrece la cara más decente y presentable de nuestra especie. En su periplo, el viejo Straight sólo encuentra a gente encantadora, dispuesta a ofrecerle su comprensión y su ayuda.
Mirando atrás, compruebo que mi vida ha estado llena de gente así, que el mundo está lleno de gente así. Que cada vez que nos caemos o nos damos un buen coscorrón, sea donde sea que eso nos pase, hay muchísima más gente dispuesta a tendernos la mano y curarnos la herida que a pisarnos el cuello o a mirar para otro lado. Hay días en que me obligo a pensar así, porque está claro que no todos tienen la misma suerte.
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Kingo Gondo es un alto ejecutivo de una importante empresa de zapatos que rechaza la propuesta de un ambicioso grupo de accionistas para hacerse, uniendo sus paquetes de valores, con el control de la compañía. La oferta incluye una rebaja en la calidad del producto para aumentar los beneficios, pero Gondo es un hombre honesto, que ha ascendido en el negocio desde los puestos más humildes y tiene sus propias ideas al respecto del futuro de la empresa. Moviéndose en la sombra, arriesgando su patrimonio personal (pues ha tenido que hipotecar su impresionante mansión, situada en una elevación de terreno desde la que se domina casi toda la ciudad), Gondo ha conseguido un acuerdo en secreto que lo convertirá en accionista mayoritario, incluso en el caso de que los ejecutivos que trataron de pactar con él se aliaran ahora con la actual dirección. El acuerdo ya está firmado y la otra parte sólo espera la entrega de un dinero que le ha costado mucho conseguir. Gondo se muestra satisfecho y confiado. Pero esa misma tarde recibe una llamada anónima que le informa de que su hijo ha sido secuestrado y le exige, a cambio de su vida, el pago de una cantidad por completo desorbitada. Gondo no duda en ningún momento en aceptar el chantaje y pagar, cualquier cosa antes de poner en peligro la vida de su hijo, a pesar de que eso supondrá no sólo el fin del sueño por controlar la compañía, sino la ruina total, pues ni siquiera podrá hacer frente al pago de la hipoteca. Sin embargo, de pronto el niño aparece y se descubre que el secuestrado ha sido su compañero de juegos, hijo del chófer de su padre. Gondo respira, pues piensa que el secuestrador no podrá exigir a un simple chófer el pago de ningún tipo de rescate, pero se equivoca: el secuestrador no cambia en absoluto sus exigencias. Si él no hace frente al pago de los treinta millones de yens, matará al niño. El dilema moral (la vida del hijo de su chófer o la compañía de zapatos) se resuelve rápido: pagará, lo cual lo convierte en una respetada figura pública. Lo que no sabe entonces Gondo es que en el camino que le llevará primero a abrazar al niño liberado, luego a la recuperación de su dinero (demasiado tarde: la hipoteca ha vencido, y el embargo ha sido ejecutado) y a la captura y condena a muerte del secuestrador (para entonces, él es ya el dueño de una pequeña empresa de zapatos) va a terminar por descubrir el poder arrasador del odio, su capacidad para convertir una vida en un infierno permanente que puede llevarse por delante muchas ilusiones y muchas otras vidas.
El infierno del odio (Tengoku to jigoku, que parece que literalmente significa en realidad Cielo e infierno) no es una de las más conocidas películas de Akira Kurosawa, pues trata un tema que en principio parece algo ajeno a sus intereses. No estrenada en España en su momento (desconozco si sigue inédita en los cines), la película se ha dado a conocer recientemente, primero en vídeo y luego en dvd. Ahora llega a los quioscos (todo el mundo sabe que adoro los quioscos) en una colección dedicada al gran maestro japonés, y verla antes de ayer supuso para mí una subida de adrenalina inesperada. Entre el retrato psicólogico de unos personajes magníficamente individualizados y el thriller policíaco más clásico (la escena en la que el inspector Tokura da paso a los distintos equipos de investigadores que van reconstruyendo el puzzle formado por los detalles conocidos del caso es antológica, como la puesta en marcha del plan para capturar al secuestrador, casi hitchcockiana en la sabiduría con la que se mantiene y alarga el suspense), Kurosawa aprovecha para plantear, con calculada ambigüedad, la influencia del ambiente en la naturaleza humana. Un tema muy de nuestros días, que Kurosawa mira desde la perspectiva del odio de clase (la época en que la obra fue filmada, año 1963, no parece ajena a este punto de vista), pero que hoy podríamos trasladar al ámbito político o religioso. Por ejemplo, ¿cómo se construye un terrorista? ¿Los terroristas nacen o se hacen? ¿Basta con el adoctrinamiento? ¿El fanatismo llevado hasta sus límites presupone una personalidad torturada o una vez terminado su trabajo el terrorista se dedica a sus tareas cotidianas con espíritu claro y despejado?
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Etiquetas: akir akurosawa, cine, el infierno del odio
Soy un desordenado espectador de cine que ha dejado de acudir a los cines. Así que mejor variar el sentido del discurso: soy un desordenado espectador de cine que sólo ve cine televisado, lo cual significa que no veo cine, sino televisión, aunque a mí lo que me gusta es el cine y no la televisión. En fin… Quiere esto decir que no sigo las novedades de las carteleras, aunque siempre hay algunos títulos que se me van quedando clavados por ahí en sabe dios qué rincones de la memoria y en cuanto tengo ocasión, ¡zas!, me los televiso.
Me pasó el sábado con Tigre y dragón de Ang Lee, que me cautivó. Veo a Lee como uno de esos antiguos directores de estudio, que hoy estaban liados con un western, el mes que viene hacían una de gángsters, al siguiente una comedia y luego un melodrama, todo ello con la habilidad suficiente para encontrar siempre, y por encima del género y sus necesidades, el espacio para marcar con su mirada los afectos del espectador (¡me gusta el palabro –“afectos”–, tan barroco!). Creo que a eso le llaman estilo.
Ang Lee es un director con estilo. Es difícil encontrar en el cine actual a un realizador capaz de confeccionar películas tan absolutamente diferentes entre sí y que, conservando su perfecta individualidad, carguen con esa especie de marca de fábrica que las identifica y las aglutina en torno a la personalidad de su creador. Conozco cinco de las ocho películas de Lee. Para las dos primeras, El banquete de bodas y Comer, beber, amar (es anterior a ambas Manos que empujan, que no he visto), el director taiwanés escribió sus propios guiones. Películas de familias chinas en torno a una mesa, sí, pero mucho más que eso. Nada de choques culturales e intergeneracionales, que sí, que también, pero lo que importa está debajo, una mirada de una ternura, una frescura y una lucidez desacostumbradas sobre las relaciones personales y la forma de afrontar los obstáculos que la sociedad (los otros) van poniendo en el camino.
¿Sería capaz de mantener Lee el control sobre su propio estilo con una producción hollywoodiense y un guión ajeno? Lo fue. Sentido y sensibilidad podría parecer un salto en el vacío: una película victoriana, con sus códigos morales rigurosos y su atmósfera asfixiante, lo cual derivaba en una estética diametralmente opuesta a sus anteriores filmes chinos, y así lo entendió a la perfección el director artístico de la producción, pero en el fondo se trataba, otra vez, de hacer una película de personajes constreñidos por su entorno. Lee eludió la tentación de recargar la oposición de caracteres que parecía exigir la novela de Jane Austen, y volvió a deslumbrarnos con una poética sencilla y sincera, en la que las inevitables referencias que todos tenemos acerca de la tramoya histórica se diluían en puras emociones, filmadas con una sensibilidad y un respeto por los personajes y el espectador admirables. Cine grande.
Con La tormenta de hielo, Lee volvía a dar un golpe de timón. Película con final trágico, acaso innecesario, que podía haber sido desgarradora pero no lo fue, de rutinas conyugales y mentiras cotidianas, ilusiones perdidas y escenario de oropel, todo en el ambiente de la América de principios de los años 70, en el que parecen fundirse la contracultura nacida del 68 y el inmarcesible American way of life. Si la primera sensación que tenemos es que por una vez el director taiwanés abandona a los personajes a su suerte, que simplemente los observa como un entomólogo miraría a sus bichitos, pronto descubrimos que en el fondo lo que Lee hace es una renuncia consciente y explícita al juicio sobre ellos, pues sabe que eso sólo podría suponer su condena. Prefiere por eso crear en su torno un ambiente de ambigüedad moral que terminará por justificar su comportamiento. Es en este aspecto en el que tanto me recuerda a Medianoche en el jardín del bien y el mal de Clint Eastwood, película en su momento infravalorada, como esta de Lee. Ambas, estoy convencido, ganarán prestancia con el tiempo.
Más o menos por la fecha de estreno de La tormenta de hielo terminó mi idilio con los cines, así que me perdí en pantalla grande los tres siguientes títulos de Ang Lee: Cabalga con el diablo, ambientada en la guerra de secesión americana, Tigre y dragón y Hulk, su visión del famoso cómic de la Marvel. Pero recordaba que en su día me habían hablado muy bien de la segunda, así que pude recuperarla el sábado. ¿Cómo se comportaría Lee en una película de género, además en un género tan especial como el del cine de artes marciales? ¿Cedería a la tentación de la épica de grandes efectos?
Nada de eso. Lo que se supone va a ser una película de acción se convierte gracias a la sensibilidad de su mirada en un intimista y lírico cuento de amor. O mejor dicho en dos genuinos, originales relatos amorosos, porque son dos historias románticas paralelas las que atraviesan la película: una de amor juvenil, rebelde, ardiente, rompedor de tabúes y barreras sociales; otra, de amor maduro, sosegado, que se ha visto permanentemente insatisfecho a causa de las convenciones y los rígidos códigos de conducta de la China medieval, y que cuando parece por fin imponerse sobre ellos se ve frustrado por la muerte. Dos grandes historias de amor que se enmarcan en un escenario de magia, en el que las escenas de lucha están repletas de continuos hallazgos visuales, que fascinan sin apabullar. Nada chirría, nada resulta estridente, una sutileza en la narración (que incluye un largo flashback para explicar la singular historia de amor de los dos jóvenes) envuelve el mundo de pasiones soterradas que sostiene de manera conmovedora Michelle Yeoh. En sus ojos, en su mirada limpia y anhelante, hay más verdad que en los miles de horas de absurdos efectos especiales con que nos aburre el ridículo cine épico de hoy. (En su mirada y en sus frases: “Los sentimientos reprimidos son más intensos”.)
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Después de ver Abre los ojos juró que me esforcé, me esforcé y me esforcé por mantenerlos bien abiertos (los ojos interiores) tratando de entender qué era lo que había llevado a gente a la que conocía y respetaba intelectualmente a hacer el elogio de semejante bodrio. Claro que también repiqueteaba en mi cerebro la advertencia de mi amigo P R ("No hay una sola frase inteligente en toda la película"). Y no es que no hubiera una sola frase inteligente, es que la película era un profundo insulto a la inteligencia.
Con ese precedente, me negué a pagar una entrada por ver Los otros, película que recuperé el otro día en TVE, en medio del mayor aparato publicitario-propagandístico que se haya conocido nunca en el cine español, con motivo del estreno de Mar adentro. Sin entrar en la polémica del paralelismo de la película con El sexto sentido y cuál de las dos fue concebida en primer lugar, Los otros me pareció mejor concebida y acabada que la anterior (no era necesario mucho, desde luego), pero de una vacuidad extrema.
No quiero quitarle a Amenábar mérito alguno. Es hábil con la cámara, indudablemente, y poco a poco va aprendiendo a contar una historia, pero el problema es que el trasfondo de sus películas es inane, cuando no rídículo, algo que puede ser considerado como símbolo de nuestro tiempo y que deriva indudablemente de las influencias que él reconoce en su cine, ¡que no pasan de Spielberg! Lo cual viene a ser más o menos como si un novelista joven afirmase que sus referentes como escritor son Antonio Gala y Arturo Pérez-Reverte y que para él Cervantes, Quevedo, Galdós, Clarín o Baroja son sólo nombres.
No he visto Mar adentro, y no pienso pagar una entrada por verla. Amigos que la han visto y que trabajan en el entorno del cine (y de quienes me fío) coinciden (lo que es noticia) en que Amenábar no se atreve a ponerse en la piel de Sampedro, que es incapaz de adoptar la posición de alguien que quiere morirse, que la película es tremendamente tramposa con los sentimientos del espectador y que además la música (Amenábar insiste en escribir sus propias bandas sonoras) es de auténtico sonrojo.
En cuanto al exagerado apoyo de los medios afines al Gobierno y al PSOE a un film que trata un tema de una extraordinaria hondura humana y social desde la perspectiva más correctamente política que pueda imaginarse, me produce un profundo rechazo. Que Amenábar haya aprovechado justamente este momento para salir del armario (¿ante quién, si en el entorno del cine su condición de homosexual era conocida de sobra?) para redondear así el círculo del talante y mercadear con su sexualidad convierte el rechazo en pura repugnancia.
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