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jueves, 12 de julio de 2007

Contra la censura

Mientras el PP (adiós definitivamente con la manita), se aferra a lo más rancio y retrógrado de su electorado y promueve un supuesto derecho a la objeción de conciencia con respecto a una asignatura de valores cívicos, sus amigos de la curia siguen a lo suyo, a promover la censura. Y que quede claro: si hoy no arden las hogueras de la Inquisición en los quemaderos públicos de las ciudades europeas no es gracias a la Iglesia, sino a quienes, durante siglos, la combatieron con toda la fuerza de la razón y aun a riesgo de sus vidas.

miércoles, 27 de abril de 2005

Conciencias

El espectáculo que el PP y sus medios afines están dando a cuenta de la ley recién aprobada en el Parlamento que regula el matrimonio entre personas del mismo sexo resulta en verdad sorprendente y desalentador. Inducidos por los obispos y la prensa conservadora, dirigentes populares de todo rango y condición tratan de convertir el trámite legal de las bodas en un problema de conciencia, hasta el punto de que un número indeterminado de alcaldes y otros cargos públicos del partido afirman que se negarán a casar a parejas de homosexuales, ya que estas bodas van contra sus principios.

Se trata, de forma evidente, de un abuso de la clásula de conciencia, que la ley regula en otras cuestiones (como la del aborto o, en su día, la del servicio militar) de manera lógica y razonable. En este caso, sin embargo, no resulta ni lógico ni razonable apelar a la objeción de conciencia, pues nos movemos en un terreno bien distinto. El matrimonio no es otra cosa que un contrato civil entre dos personas, que exige unos requisitos a los contrayentes, les concede una serie de derechos y les impone unas obligaciones. La firma de este contrato se ritualiza públicamente, pero no es más que un trámite de carácter legal, en la que un funcionario (juez, alcalde, concejal) da fe de que los contrayentes se comprometen a aceptar las reglas que lo rigen. Simplemente. En el aborto hay un conflicto moral objetivo, pero aquí no. Es como si un funcionario de correos se negase a entregar los envíos de la Conferencia Episcopal, alegando que el contenido de los mismos atenta contra su ateísmo, o de un sex shop, por considerarlos inmorales; o como si un funcionario de tráfico se negase a matricular coches deportivos, por su evidente peligrosidad en las carreteras. La ley no admite objeciones para aquellos en quienes los ciudadanos han delegado su aplicación, salvo en los casos excepcionales contemplados por la propia ley. Todo lo demás resulta un subterfugio inaceptable y doloso, más en una cuestión como ésta, en la que ni siquiera parece pretenderse negar el derecho de las parejas del mismo sexo a firmar un contrato civil con las mismas cláusulas del matrimonio, sino sólo el hecho de que sea considerado nominalmente matrimonio. En el fondo, se trata de esa repulsión ideológica a que los invertidos se le peguen a uno más de la cuenta, repulsión asentada firmemente en la moral católica.

Por eso la llamada a la desobediencia civil por parte de miembros autorizados de la Iglesia Católica no debe ser mirada como una mera anécdota de carácter folclorista, sino como una realidad que afecta de manera decisiva a la línea de flotación de la convivencia cotidiana. En su entraña está la incapacidad de la derecha española para construir una opción de valores morales laicos, al margen del dictado de la jerarquía católica, una auténtica tragedia para la vida política de nuestro país. En último término uno desearía que la Iglesia llevase la clásula de conciencia que invoca hasta sus últimas consecuencias y renunciase a la financiación que le proporciona un Estado que permite prácticas que atentan contra sus principios morales. Sería un primer paso para alcanzar la efectiva separación entre la Iglesia y el Estado, que aún tenemos pendiente.

jueves, 20 de enero de 2005

Condones

Son un invento útil, lo reconozco. Y además se presentan en formas, texturas, colores y hasta sabores variados, variopintos y variexóticos, para que cualquiera pueda escoger según su gusto y su conveniencia. Pero resultan un fastidio, una incomodidad, una fatiga, un coñazo. Así que entiendo a la perfección que a los obispos no les gusten. Pero de ahí a convertirlos en un problema moral...

Ayer los titulares de los periódicos españoles rezaban exultantes por la apertura de miras que demostraba la Iglesia patria al aceptar, en boca del Secretario de la Conferencia Episcopal, el uso del preservativo dentro del "contexto [de] una prevención integral y global del sida", que la frasecita también requería un explicador simultáneo. El contexto... Interesante. Pues los jefes del Secretario no han tardado ni 24 horas en poner sordina a sus palabras, con estas otras afirmaciones: "Es necesario hablar con claridad. Existen cuarenta [¡¡¡40!!!] métodos para evitar el sida, pero no todo lo que producen los laboratorios se puede utilizar. Es necesario tener en cuenta los aspectos morales. La conciencia y la fe deben intervenir. Un católico deberá escucharlas para ser coherente y rechazar el recurso al preservativo, un medio que la moral católica condena". Es José Luis Redrado, secretario del Consejo Pontificio para la Pastoral de la Salud, quien habla.

Cuarenta métodos para evitar el sida. Urge que la política de comunicación del Vaticano se haga más fluida, porque conociendo cuarenta métodos para evitar el sida, que se los tengan callados puede ser tenido por un auténtico delito de genocidio. Cuarenta. A ver si me salen. Abstinencia, fidelidad, abstinencia, fidelidad, abstinencia, fidelidad, abstinencia, fidelidad, abstinencia, fidelidad, abstinencia, fidelidad, abstinencia, fidelidad, abstinencia, fidelidad, abstinencia, fidelidad, abstinencia, fidelidad, abstinencia, fidelidad, abstinencia, fidelidad, abstinencia, fidelidad, abstinencia, fidelidad, abstinencia, fidelidad, abstinencia, fidelidad, abstinencia, fidelidad, abstinencia, fidelidad, abstinencia, fidelidad, abstinencia y fidelidad. ¡¡¡Cuarenta!!! Pues tienen razón. Aunque veinte de ellos no parecen demasiado científicos, porque si yo le soy fiel a alguien con Sida, ya me dirán...

Si no fuera por el daño que ha causado a millones de personas durante milycientos de años, la doctrina de la Iglesia Católica en materia sexual sería para tomársela a risa. Hace mucho, por fortuna, que la inmensa mayoría de los (que se llaman) católicos, no atienden a la jerarquía en materia de moral sexual (por el bien de sus cuerpos y de sus mentes, dicho sea de paso) y sin embargo ellos (el clero y sus exégetas) siguen ahí, encerrados en su corralito particular, haciéndose sus pajas mentales (disculpen los monseñores la expresión, empleada sólo con el objeto de favorecer la mayor difusión del mensaje, otro día les hago la exégesis), que si masturbarse es un desorden de naturaleza x, pero que no alcanza el nivel de desorden de las relaciones prematrimoniales, que serían xx, y no digamos ya el uso de los condones, que sobrepasan todos los niveles hasta llegar a la categoría xxx, orgías y bestialismo aparte.

Parece que el deseo, el sexo hace a los individuos libres e incontrolables, y eso no debe estar previsto en el capítulo 69 de su escatalogía. Amén.

martes, 28 de septiembre de 2004

Religión

Es como remontar el curso de las décadas. La Segunda República Española cometió un error estratégico al tratar de modernizar el país reduciendo los privilegios de una Iglesia Católica reacia a perder su desmesurada influencia sobre la sociedad. La reacción de los sectores más cercanos al clericalismo fue un factor decisivo en los trágicos acontecimientos que pusieron final al proyecto republicano.

Hoy, de nuevo la cuestión religiosa, dejando traslucir un retraso civilizatorio verdaderamente dramático. Que desde la jerarquía católica y los sectores más conservadores de la Iglesia se hable de "fundamentalismo laicista" debería de ser suficiente para entender la base del problema. Y es que el laicismo no puede ser jamás fundamentalista, porque el laicismo consiste simplemente en la proclamación de la neutralidad del Estado en materia ideológica (incluida, obviamente, la religión, la superideología que te soluciona todos los problemas con un simple acto de fe), algo tan sencillo de entender y que deberíamos de tener todos tan asumido que causa sonrojo el que alguien pueda considerar antirreligiosa su aplicación.

Ni siquiera se trata de eso. Llevado hasta sus últimas (y naturales) consecuencias, el laicismo debería de terminar con el adoctrinamiento religioso en las escuelas. Eso no socava ningún derecho, como pretenden los obispos. La libertad religiosa y de cultos está perfectamente garantizada y no corre ningún peligro. La aplicación de ese principio, básico en una sociedad moderna, simplemente actuaría en la eliminación de un privilegio intolerable, por el cual aquellos que desean utilizar los medios públicos para el adoctrinamiento ideológico de sus hijos pueden hacerlo siempre que esa ideología sea la católica.

Pero no, ni siquiera es eso. Los colegios van a seguir ofreciendo obligatoriamente doctrina religiosa a aquellos que lo deseen. Es algo mucho más nimio. Es volver a la situación anterior a la nefasta idea del PP de retomar la cuestión religiosa en su reforma de la educación. El debate era inexistente. Todos habíamos aceptado el punto muerto al que había llegado la situación. Los que consideramos que el estado laico debe tener una aplicación práctica y real sobre la vida cotidiana nos habíamos resignado a que los colegios siguiesen ofreciendo adoctrinamiento religioso con tal de que fuera una asignatura (se me hace difícil llamar "asignatura" a algo que no lo es) sin valor académico, algo tan obvio, por otro lado. La gran mayoría de los padres que escogían la religión para sus hijos (más empujados por la inercia que por la necesidad, desde luego) tampoco parecían especialmente preocupados. Así que el PP despertó a la bicha dormida, provocando de paso el fracaso de su reforma que, en algunos aspectos, era impecable y necesaria. Porque fue esto lo que hizo intolerable la reforma para muchos que consideramos que esa etapa de la disputa religiosa estaba ya superada y nunca tendríamos que volver a recorrerla.

Nos equivocamos. Hasta el punto de que resulta absolutamente patético leer determinada prensa y escuchar la COPE estos días. Han pasado siete décadas pero estamos como entonces, con el núcleo duro del clericalismo de este país poniendo sus intereses y sus privilegios como ejemplos de derechos que deben ser defendidos. Me da pavor pensar hasta dónde están dispuestos a llegar para conseguirlo.

domingo, 25 de julio de 2004

Ofrendas

La Ofrenda Nacional al Apóstol. Otro año. La misma sensación, entre el estupor, el bochorno y la indignación. ¿Por qué en mi nombre? Está claro que el rey y toda su familia pueden rezar abrazados a una estatua cuanto quieran, pero hacerlo en nombre de la Nación, del Estado es un atropello contra los fundamentos de la razón y de la libertad de conciencia. ¿Por qué tienen que hacernos partícipes a todos de un rito milagrero, asentado además en una tradición falsa?

Una de las esperanzas que alimentó el triunfo del PSOE en 1982 fue la de que se podría acabar por fin con los privilegios del pensamiento religioso en nuestra sociedad y, con ellos, con los de la institución que los perpetúa, la Iglesia Católica. 14 años tuvo para hacerlo. Esperanza frustrada. La situación es hoy aún peor. El nuevo gobierno socialista no sólo no está dispuesto a aplicar los criterios de neutralidad ideológica característicos de los estados modernos, sino que pretende seguir cediendo los medios públicos para el proselitismo religioso. Contra el terrorismo islámico, clases de Islam en la escuela pública. Contra la intromisión intolerable de las jerarquías eclesiásticas en la vida política, seguir consintiendo la catequesis en las escuelas y financiando sus actividades con cargo a los Presupuestos Generales del Estado. Y se autoproclaman progresistas...