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jueves, 30 de junio de 2005

Nocturno

Noche estrellada. Vincent van GoghFue el recuerdo del viento jugando con tu falda, mezclado con el sonido tenue de un piano. Habíamos estado paseando entre las acacias, los plátanos, las mimosas y los grandes tilos del parque hasta llegar al recto camino de tierra de los magnolios. Yo recordé los versos de Cernuda y tú me hablaste de deseo. Te besé mil veces sobre un tronco poblado por cientos de hormigas. Luego, durante la cena, el hormigueo fue otro. Sonaba Chopin, tú bebías callada, a sorbos espaciados y lentos, y en mi imaginación el rojo del vino se mezclaba con el de tus labios, los mismos labios que acababa de morder como se muerde una fresa. Juntos buscaban mi lengua, bajaban hasta mi garganta y allí, fundidos con mi saliva, se convertían en susurros, suspiros, risa, voz que sólo quería encontrar las palabras justas para definirte. Fragante, dije. Pero tú no lo entendiste. Te inclinaste sobre los platos de diseño como para oír mejor. Y yo te tomé de las manos y te hablé de las campanas de mi infancia doblando a muerto, aquella paz, que un día fue algo parecido a la tristeza, la curiosidad o el desconcierto, la certidumbre en la eternidad del presente, el equilibrio de todas las cosas que mantenían firme la vida, las bromas y el juego de pronto detenidos por el cortejo fúnebre, el conocimiento cierto de que nada habría capaz de arrebatarnos la alegría, ni siquiera el tiempo. Era aquella paz la que había recuperado. Entre tú y yo ya no quedaban rescoldos de la ira ni de la desconfianza ni del miedo. Tú sonreías, las manos ardientes, los ojos agudos, los labios humedecidos por la punta saltarina de la lengua, mientras la música cubría con un manto de compasión mis palabras. Salimos a la noche estrellada. La ciudad quedaba lejos, y tu piel me llamaba. Me aparté de la autovía, paré el motor del coche y te abracé. Zumbaba una danza galante en los altavoces, el asiento ardía bajo tus muslos y cuando sentí tus dientes en mi cuello supe que era yo el vampirizado. Fue el recuerdo de tus manos en mi espalda, mira cómo trepan las hormiguitas, dijiste, el aliento de tus gemidos en mi boca y la zarabanda que nos acunaba. Bajaron las estrellas. Bramaron de nuevo los caballos. Las calles se abrieron de repente y el sol nos separó. Eran sólo cinco días, pero pasaron las semanas, los meses y los años. Esta noche regresas, y no me atrevo a asomarme al balcón; temo que el cielo se desplome sobre mi cabeza y nos quedemos para siempre sin estrellas.

sábado, 18 de junio de 2005

Relato

Cuando despertó, el dinosaurio ya no estaba allí.

martes, 15 de febrero de 2005

Gorriones

Gorrión

En mi pueblo había un bar en el que criaban gorriones. Tenían unas jaulas pequeñas, en las que entraban para comer y dormir, pero que permanecían siempre abiertas, y los pájaros podían volar libremente por el local, recorriendo la barra de arriba abajo con sus saltitos armoniosos y posándose en las cabezas de los niños. Yo solía ir con mis padres a aquel bar de vez en cuando, sobre todo cuando se acercaba el verano y la alameda cercana se convertía en el paseo preferido por todo el pueblo. Frente al bar, había una fuente casi a ras de suelo con dos hermosos caños de bronce por los que constantemente salía un agua siempre fría y reparadora. Los niños solíamos arrodillarnos, para beber directamente de los caños, y el agua nos sabía a gloria. Los adultos se acercaban al bar a pedir un vaso con el que poder saciar la sed. También, cuando en las noches calurosas del verano los vecinos sacaban sus sillas y sus hamacas en torno a la fuente, tenían siempre cerca vasos que ofrecer a los paseantes. Jamás oí al dueño del bar ni a los vecinos quejarse, y eso que en los días de fiesta el trasiego podía ser continuo y más de un vidrio terminaba hecho añicos contra el suelo.

Pero hablaba de los gorriones del bar. No eran muchos. Recuerdo sólo tres o cuatro ejemplares, piando y revoloteando encima de mi cabeza o acercándose a picotear los trozos de pan que la gente les ofrecía. De vez en cuando alguno se aventuraba a salir a la calle, pero no tardaba en volver entre el revuelo de quienes habían quedado dentro y la alegría de los niños. Quizá fuera entonces cuando aprendí a amar a los gorriones. Hay pocos animales que me gusten más. Con su pelaje gris y sus chirridos que no alcanzan ni la categoría de canto, veo en ellos la representación perfecta de la humildad y de la libertad. Nos escogieron a nosotros para vivir, vinieron a nuestras ciudades y aquí se quedaron, no como las palomas, que trajimos a la fuerza, esas ratas con alas.

Se quedaron en nuestras ciudades, sí, pero con condiciones. Serían siempre libres. Y que no pensáramos que nos iban a dar demasiadas satisfacciones, que fuéramos olvidándonos de espectáculos coloristas o musicales. Ellos se encargarían de la limpieza menuda, pequeña de nuestras aceras, azoteas y parques y procurarían evitar anidar en lugares molestos, pero nada más. Y desde luego se negaron en rotundo a ser enjaulados. Si coges a un gorrión pequeño, lo pones en una jaula y lo sacas a la terraza, no necesitarás alimentarlo. Lo hará su propia madre hasta que el animal tenga la edad de salir del nido. En ese momento, si la jaula no se abre, la propia madre acabará por envenenarlo. No. No se puede encerrar a un gorrión de por vida como si fuese un canario o un jilguero. Son animales libres, que van y vienen constantemente, comiendo en nuestras calles, bebiendo de nuestras macetas y amándose en nuestros balcones. Nos conquistaron. Y a mí me gusta verlos así, picoteando la rama de la esparraguera en mi ventana, trasteando hasta hallar el hueco de la red por el que volar más allá, aunque yo no siempre entienda lo que buscan.

sábado, 29 de enero de 2005

Esfera

Esfera armilarUna de las imágenes más recurrentes de la mística de todas las culturas para expresar la idea de perfección absoluta es la de la esfera. En la filosofía oriental la encontramos, por ejemplo, en la rueda cósmica del taoísmo, cuyos movimientos debe seguir, sin inmutarse, el Sabio, pues sólo así será completamente libre. La tradición filosófica occidental resulta especialmente rica en el empleo de metáforas que recurren a la forma esférica. Y es que desde los pitagóricos, las corrientes más influyentes del pensamiento griego consideraron la esfera como la más perfecta de las figuras geométricas. Así, Parménides concibió el ser como perfecto en todas sus partes, comparable a una redondeada esfera, idea que tomó posiblemente siguiendo el ejemplo de Jenófanes quien, en opinión de algunos autores, fue el primero en concebir a Dios en forma esférica. Quien sin duda alguna lo imaginó así fue Empédocles, para quien la divinidad era "una realidad esferoide llena de alegre orgullo en su dominador reposo". Según Empédocles, la esfera es la imagen del mundo "cuando el Amor lo penetra enteramente", la etapa final que ha de volver necesariamente.

Platón y sus seguidores (muy especialmente, Plotino) fueron también fervorosos defensores de la esfera como metáfora suprema de la perfección, y a través de su corriente filosófica la idea llegó hasta la Baja Edad Media. Así, en el Liber XXXIV Philosophorum, un libro pseudohermético del siglo XII, aparece la siguiente fórmula: Deus est sphaera cujus centrum ubique, circumferentia nusquam (“Dios es una esfera cuyo centro está en todas partes y cuya circunferencia no se halla en parte alguna”), definición de la divinidad que cita Tomás de Aquino y que Pascal tomaría tal cual, seguramente a través de Montaigne. En el siglo XIII, la metáfora es empleada también por Roberto Grosseteste, para quien "Dios es también luz y el universo una esfera luminosa que se expande desde un punto central en las tres dimensiones del espacio". La idea se encuentra en otros muchos autores: Leibniz, Rabelais, Tauler, Eckhart, Marsilio Ficino, Nicolás de Cusa, Kepler, Paracelso, en la cábala protorrenacentista y hasta en los antiguos himnos órficos y, por supuesto, no es ajena al idealismo alemán. Así, la encontramos en Fichte, Schelling, Oken o van Baader, a través de los cuales llega incontaminada hasta el siglo XX.

Pero un hombre NO es una esfera. Así que está decidido. El lunes me pongo a dieta.

(No puedo sino expresar mi eterna gratitud a José Ferrater Mora y su excepcional Diccionario de Filosofía, que me acompaña desde hace muchos años y sin el cual este post habría sido completamente imposible)

miércoles, 12 de enero de 2005

Castillos

Le enseñé a poner los bloques perfectamente alineados. Lo más importante de un castillo es siempre la base. ¿Ves? Hay que ir imbricando los bloques para que formen un muro sólido; si no, se caen, como te ha pasado a ti... Y aquí ponemos las piezas curvas, para levantar la torre, desde el mismo suelo, pero bien soldada con las paredes. Luego, si quieres, podemos ponerle otras torres más pequeñas, como adorno... También habrá que pensar en dejar algunos huecos para las ventanas. Todos los castillos tienen ventanas, si no serían muy oscuros, ¿no te parece? Me miraba con sus ojos grandes y dulces, muy abiertos, mientras sostenía en sus manos la torre altísima y tambaleante que había estado construyendo antes de que yo la interrumpiera con mis reglas arquitectónicas. ¿Y cuándo terminemos el castillo qué? Pues... lo tiramos y hacemos otro, este sin torres y sin ventanas, qué te parece. No dijo nada. Simplemente se dio la vuelta y siguió añadiendo bloques a su torre ruinosa, mientras yo colocaba un torreón verde en el ala oeste, menudo triunfo. Sí, nos dedicamos a construir castillos sólidos, adornados y con múltiples ventanas para luego derribarlos y empezar otra vez desde el principio. Sólo los intrépidos optan por las torres altas, inestables y tambaleantes. Parecen decir, con Epicuro, qué más da si se cae, dónde estoy yo no habita la muerte... Me encantaría. Ser constructor de torres.

viernes, 7 de enero de 2005

Citas

Un magnífico relato de Cortázar y un precioso post de la chica de la falda roja me han devuelto a una antigua y nunca concluida discusión de foro sobre la posibilidad de enamorarse a distancia, más en concreto, a través de las distintas posibilidades que hoy nos brinda la informática. La realidad es lo suficientemente compleja y la casuística tan amplia que no seré yo quien se atreva a responder categóricamente en sentido negativo, aunque de partida crea que la química de nuestro cerebro necesita de la presencia y del contacto físico, real, para disparar hormonas y activar conexiones sin los cuales el enamoramiento no pasa de la mera elucubración autocompasiva. En cualquier caso, es una evidencia que tras las máquinas están las personas, que al otro lado de la red hay siempre alguien, por lo que no puede resultarnos extraño que un contacto meramente virtual provoque una fascinación mutua, tan cercana siempre del enamoramiento (y, en su otra cara, de la decepción) que no parece complicado confundirlos. Hay que tener, por supuesto, mucho cuidado de que esa fascinación no sea el producto de una simple proyección de nuestras necesidades, fantasías o deseos sobre alguien a quien la distancia convierte en sujeto fácilmente moldeable a la medida de nuestros ideales. Pero, al fin y al cabo, ¿no hacemos eso constantemente en todas nuestras relaciones? Tal vez sí, tal vez sea esa la trampa que nos tiende permanentemente la naturaleza y, por tanto, la conclusión más razonable consista en aceptar que estamos hechos de puro fuego, que somos como las ascuas de los planetas en formación, y que, en el fondo, necesitamos de tan poco para enamorarnos...

martes, 4 de enero de 2005

Currículum

Tienen vida propia. Uno los rellena un día, inflando allí la importancia de los cursos y camuflando allá el tiempo de experiencia, sin convencimiento alguno, más por contentar a quienes te insisten en que es necesario para encontrar o mejorar de trabajo que por necesidad propia. Y ellos solos crecen, se ramifican y multiplican como las enredaderas que cubrían el patio de mi tía Valentina, mi queridísima tía Valentina, un punto apenas ya en la memoria.

Me llamaron de una empresa que no conocía para una entrevista. Tenían un currículum mío, necesitaban un profesor para un curso y creían que yo daba el perfil requerido. Ya sabía que les iba a decir que no, pues el curso versaba sobre algo que traté en otro tiempo, hace demasiado, y siempre de forma tangencial. Pero me podía la curiosidad. Aparqué mal, esperé poco. Me atendieron dos chicas jóvenes, más jóvenes que yo, un curioso cambio de perspectiva, cuando buscaba trabajo los entrevistadores siempre me miraban desde la autoridad que da no sólo el poseer la capacidad de aceptarte o rechazarte, sino también la que proporciona la edad. Ahora los dos factores jugaban de mi lado. Sí, curioso cambio de perspectiva. La que hablaba era alta y guapa, con una sonrisa que la hacía aún más joven, se la notaba desenvuelta, acostumbrada a tratar diariamente con gente de todo tipo. La otra, bajita y con una cara casi de porcelana, parecía más tímida, o acaso era su papel, observarme sin perder ni un detalle de mi barba de dos días, mi pelo desordenado, la camisa por fuera del pantalón, esas cosas...

Les pregunté cómo había llegado mi currículum hasta allí. Me dieron el nombre de una tercera persona, a la que, recordé, yo le había dejado uno hace varios años, he olvidado para qué. Me contaron lo que estaban buscando. Yo lo que hacía y que no creía cumplir con el perfil que ellas precisaban. Insistieron. Asombrado, me di cuenta de que en realidad no me encontraba en una entrevista de selección de personal, sino que me estaban ofreciendo ya el puesto: un curso de 700 horas, muy bien pagado. Dependía de mí. Y les dije que no, que tenía demasiadas cosas entre manos, que organizarme en apenas un mes para preparar algo como eso me superaba, que en realidad ya sabía que iba a decir que no, que había acudido sólo por curiosidad, por conocerlas (a ellas, tan simpáticas), por salir de casa una mañana como ésta, que me disculparan si les había hecho perder el tiempo. Sonríen y me hablan entonces de otros cursos que a lo mejor se ajustan mejor a mi perfil, y tal vez puedan interesarme. Les pido que por favor no dejen de avisarme y mientras nos despedimos compruebo que la más baja cojea ostensiblemente, parece algo congénito, y entiendo algunas cosas, la cojita.

Cuando salgo a la calle el frío de la mañana ha desaparecido por completo. Tengo que lavar el coche, que ese ignominioso "guarro, lávalo" de la luna trasera desaparezca por fin, que mis hijas no se rían cada vez que pasamos por su lado. Pongo la radio, y Wish you where here de Pink Floyd. Me clava al asiento. Mientras doy vueltas para salir de un barrio que no conozco siento cómo el vacío se va apoderando de mí, un vacío ridículo, innecesario, absurdo, una nostalgia que se dirige hacia algo que en realidad nunca tuve, que es la peor de las nostalgias, la de las fantasías y los deseos eternamente insatisfechos, la que te deja la sensación de fracaso y estrépito más desoladores. Y decido que esto tengo que escribirlo, para fijarlo en alguna parte, para despegarlo de mí y tratar de evitarlo otra vez en el futuro, aunque ya sé que será inútil, pues ha habido otras veces, otros textos muy parecidos a éste fijados en papeles hace años olvidados. Además que en ese momento ni siquiera sé si sabré trasmitir por escrito lo que de verdad siento. Y no lo sé.

domingo, 26 de diciembre de 2004

Demonios

El Infierno (Tríptico de El juicio final) de El BoscoMucho antes de que los curas agitaran la eternidad ante nuestros espantados ojos de niño, estaban ellos. Entre los cuerpos abrasados por el deseo de los bailarines paleolíticos, en medio de las bacanales y los orgiásticos rituales de la primavera. Te cercaron. Recuerda los susurros, la brisa tibia sobre los párpados y los minúsculos calambres en el abdomen. La belleza. Trataron de robársela transmutándolos en carneros enfurecidos y babeantes, desparramando en su torno efluvios sulfurosos, ataviándolos con fuegos, pústulas, colmillos y tridentes. Pero ahí siguieron, para que nunca olvidáramos que carne y sangre somos. Recuerda que te hicieron feliz, que fueron los únicos que pudieron detener el tiempo. Para ti. No les temas, pues el infierno nos acompaña en cada paso a nosotros y no a ellos.

Sí, tu niñez: ya fábula de fuentes.

sábado, 25 de diciembre de 2004

Ángeles

Coronación de la Virgen de Ghirlandaio (detalle)

Nos precedieron. En el lamento de Isis, en las ánforas griegas encalladas en nuestras costas, con la espada flamígera expulsando a nuestros primeros padres del Paraíso, en las Inmaculadas de Murillo, tañendo laúdes y arpas celestiales. Te escoltaron. Recuerda que naciste a su amparo y creciste por su incorpórea mano vigilada, en los incendios, en lo profundo de las cavernas y en medio de las olas como rascacielos del Mar del Norte. Te guiaron. Y se hicieron parte de ti, para que sintieras el privilegio de alumbrarlos. Los miras con asombro, viendo cómo crecen sus alas. Algún día no muy lejano volarán libres, para custodiar y crear otras vidas. Jamás se detienen. Y aunque se marchen, seguirán para siempre revoloteando sobre tu cabeza, fijas las miradas en tu corazón. No temas, pues sabes bien que sólo son terribles en las elegías de Rilke.

Sí, tu niñez: ya fábula de fuentes.

martes, 30 de noviembre de 2004

Muerte

Cuando mi padre murió, yo tenía catorce años y pensaba que el tiempo no me alcanzaría jamás. Era la época de los veranos interminables y el deslumbramiento ante el poder fascinador del sexo. No recuerdo mi adolescencia como un período de rebeldías, turbulencias o rupturas traumáticas. Fue más bien el lentísimo transitar por un paraíso que puso en mi mano los frutos todos de la vida, unos dulces y otros (los menos) amargos, que administré con menos pasión de la convenida y los errores propios de la inexperiencia.

Estudié, leí, jugué, amé, cometí actos viles y nobles de manera casi paritaria, triunfando unas veces y fracasando otras, hasta que un día fui, como todos los hombres, expulsado del Paraíso, y comencé a sentir al tiempo pegado a mis tobillos. En las colas seguían llamándome "muchacho", pero para las instituciones pronto dejé de ser joven y de beneficiarme de promociones, tarjetas y las más variopintas discriminaciones positivas, a las que casi nunca recurrí.

Trabajé, seguí estudiando, leyendo, jugando y amando, fui padre y sentí al tiempo trepar por mis piernas hasta la cintura. De pronto noté que en la frutería me llamaban "señor", la distancia a la red había aumentado inverosímilmente y me sorprendí dando explicaciones que ni yo creía en el despacho de un jefe de estudios de secundaria.

Ahora miro hacia atrás y mis recuerdos abarcan más años que los que me quedan, según lo que la ciencia demográfica otorga como esperanza de vida a los varones españoles de mi generación. Siento ya las cosquillas del tiempo en las lumbares y desde hace un par de años, la muerte se ha convertido en una sombra cotidiana. De pronto, gente a la que conocí y a la que quise ya no está, ha desaparecido, y los hospitales, los tanatorios y los cementerios se han convertido en lugares más habituales que los pubs o las pistas de tenis. Y sé que ya nunca dejará de ser así. Que se encadenarán los entierros como las borrascas en el otoño, hasta que un día un rayo me alcance y me parta por la mitad. Para entonces, espero estar seguro de haber vivido.

viernes, 26 de noviembre de 2004

Piercings

Cuando uno está solo y aburrido en un hotel suele hacer cosas insospechadas. A mí por ejemplo me da por el zapping, en busca del programa más cutre que me sea posible imaginar. Anoche me detuve en un canal local, de esos que de madrugada ocupan más de la mitad de la pantalla con publicidad y contactos. En la ventanita que quedaba (arriba a la derecha) aparecían una presentadora y un sexólogo atendiendo a preguntas de los espectadores. Justo fue llegar yo y llamar una chica (puede que estuviera preparado: demasiada elocuencia expresiva) que decía que como estaba aburrida de su vida sexual había ido con su novio a que le hicieran un piercing en el pene, pero que ahora tenía un problema: cuando se la metía, le dolía. Que qué podía hacer. La pregunta obviamente se respondía sola: "Que se lo quite", dijo el sexólogo y corroboró la presentadora, poniendo cara de asco. Siguieron unas disquisiciones de carácter didáctico acerca de lo mejor para animar la alicaída vida sexual de esta pobre muchacha. "Disfrázate", le recomendó la presentadora. "Móntate hoy Las mil y una noches, mañana el hospital, al otro una tienda de campaña y así..."

Seguí con el zapping, pero no pude deshacerme de la imagen del piercing genital, que parece haberse puesto tan de moda. Y es que no alcanzo a entender el afán que le ha entrado a la gente por agujerearse el cuerpo con pretensiones supuestamente estéticas. Me repelen los piercings en la nariz, que en los días de resfriado deben de ser ligeramente molestos, me causan dentera los de la lengua (pero sí a mí me salió el año pasado una llaguita justo debajo y pasé tres días insoportables), reconozco que la primera vez que vi en una playa a una mujer con un piercing en un pezón casi me desmayo y cuando en alguna porno aparece una chica con uno en el clítoris me entran ganas de pasarme a Bambi y a El rey león . "Esto no es nuevo. El adorno del cuerpo existe desde que el hombre es hombre. Los primitivos ya se hacían piercings", argumentan los entusiastas. "Ya, ya. No me parece mala comparación".

martes, 16 de noviembre de 2004

Sopranos

Hasta hace bien poco, yo pensaba que las sopranos eran unas señoras gordas capaces de romper toda una cristalería de Murano con un solo berrido. Sin duda, esa idea era producto de una fuerte impresión sufrida durante mi infancia, cuando la mente del ser humano es moldeable como un bloque de plastilina y tele no había más que una. Debió de ser en 300 millones o un programa por el estilo (presentaba Alfredo Amestoy, eso seguro). Montserrat Caballé, a quien veía por primera vez en mi vida, cantó algo que no entendí, salvo que al final se moría (y eso porque se chivó el Amestoy). "¿Pero se muere de verdad?" "Anda, niño. Está haciendo un papel", me dijo mi padre. "Jo. Pues nadie querrá hacer ese papel." "Claro. Por eso se lo dan a las gordas", terció mi hermano, que para mí estaba por entonces sólo un escalón por debajo de Dios. "Y si se está muriendo, ¿cómo puede chillar tanto?" "Porque es una soprano. Y las sopranos, no chillan, cantan." "Pues mamá, cuando canta lo de las cruces, no chilla así." "Porque tu madre no es soprano." "¡Ah! ¿Y todas las sopranos son gordas?" "Todas." La sentencia de mi hermano era para mí un auténtico dogma de fe, de tal modo que, cuando crecí, jamás me creí la patraña esa de que había sopranos delgadas, que cantaban como la Caballé. Aquello no era sino una burda estratagema publicitaria: nos enseñaban a una guapa, pero luego la que cantaba era una gorda. "¿Pero es que no ves que está haciendo play-back?", tuve que aclararle una vez a mi hermana, que no se enteraba demasiado bien del asunto.

Así que cuando conocí a Saf no pude dar crédito a lo que me decía. "¿Tú soprano? ¡Ja!" Estábamos sentados en el Muelle de la Sal, atardecía y una gaviota despistada revoloteaba haciendo círculos sobre el Puente de Triana. "Mira. Parece un buitre", le dije para tratar de romper el incómodo silencio que se había producido tras mi, tal vez inconveniente, imprecación. Saf tenía la vista perdida en un punto inconcreto del río, las piernas colgando por el malecón, mientras comía pipas compulsivamente, todo en el más sepulcral silencio (¡menudo esfuerzo!). "Bueno, qué, ¿no vas a decir nada?" "No me crees, ¿verdad? Pues peor para ti. Ya no te canto." "Cantar, cantar, cantar... Cantar puede hacerlo cualquiera. Hasta los grillos y las ranas
cantan. ¡Ja!Una cosa es cantar y otra muy distinta ser una soprano." Me miró inexpresiva medio segundo y volvió a su trajín devorapipas, incrementando progresivamente el ritmo de bamboleo de sus piernas. Pasaron unos minutos larguísimos. La gaviota seguía haciendo círculos interminables en medio de la noche y a lo lejos los altavoces de un barco de recreo extendían por todas las márgenes del Guadalquivir un ritmo dulzón de bolero. "La gaviota te está mirando. ¿Y si fuera un buitre?" Levantó un segundo la vista y luego la desvió hacia el barco. "A lo mejor está esperando a que te atragantes con una cáscara." Nada. Seguía sin reaccionar. "Bueeeeeeeno. Venga, no te enfades. No quería ofenderte. Anda, cántame algo." "No." "Que sí, Saf, que te creo. Eres la primera soprano delgada que veo en mi vida. Anda, cántame." "No." "Venga, que te creo de verdad de la buena. Cántame La Traviata, porfi." "No." No, no, no, no y no. No fui capaz de sacarle otra palabra en toda la noche, que de repente se hizo muy, muy corta, porque terminó su paquete de pipas (¡que le había comprado yo, la muy interesada!), se levantó muy digna, miró un instante a la gaviota-buitre que seguía colgada allá arriba sin prestarnos la menor atención, me dirigió un mohín de disgusto y se marchó.

No he vuelto a verla desde entonces, a pesar de lo cual no renuncio a conseguir que algún día pueda perdonarme y me cante el "Amami, Alfredo", ya sea por teléfono. ¿Alguien puede decírselo, si la ve? Que le diga también que ya no creo que todas las sopranos sean mujeres gordas capaces de romper copas con la fuerza de su voz. Saf las derrite con su corazón.

jueves, 30 de septiembre de 2004

Ética

No tengo demasiado claras las razones por las cuales he releído determinados libros. Supongo que las motivaciones (que en su mayor parte he olvidado) habrán sido diferentes en cada caso. Lo que no he olvidado son los libros que he leído más de una vez ( y obvio las repetidas lecturas infantiles de Los hijos del Capitán Grant o Las aventuras de Marco Polo, en aquellos grandes tomos ilustrados que me regalaron por la Primera Comunión, que para algo tuvo que servir). No son muchos: La Celestina, El Lazarillo, el Quijote, Hamlet, Macbeth, Romeo y Julieta, El Rey Lear, Madame Bovary, El proceso, Ulysses, El extranjero, Rayuela, Cien años de soledad, Crónica de una muerte anunciada, La colmena, Luces de bohemia, Tirano banderas, alguna otra novela que seguramente se me escapa, algún poemario (Neruda, Machado, Cernuda...) y relatos varios (Poe, Cortázar, Borges, Hemingway, Bécquer, Quevedo...).

Todo esto viene porque anteanoche volví, después de varios meses, sobre Octaedro, uno de los libros de relatos del Cortázar post-rayuela al que todavía no le había hincado el diente. Antes del verano leí los dos primeros relatos y luego tuve que dejarlo hasta antes de ayer. Cuando cogí el libro, ya sabía que no podía pasar al tercero sin antes haber releído los dos primeros. "Liliana llorando" es una muestra típica del Cortázar de siempre: alguien al que le queda poco tiempo de vida y que imagina (casi recrea) cómo serán las cosas entre sus familiares y amigos en los momentos inmediatamente posteriores a su muerte. "Los pasos en las huellas" no deja, en cambio, de ser algo atípico y extraordinario. Mis recuerdos de la primera lectura eran notablemente nebulosos. Aquella vez no pasó nada especial, leí casí mecánicamente la historia de un hombre enfrentado a un dilema ético, como si aquello no fuera conmigo y desease terminar cuánto antes para pasar al cuento siguiente. Es como si no hubiese encontrado a Cortázar en aquellas páginas, como si hubiera entendido literalmente su advertencia previa: "Crónica algo tediosa, estilo de ejercicio más que ejercicio de estilo de un, digamos, Henry James que hubiera tomado mate en cualquier patio porteño o platense de los años veinte".

Esta vez, sin embargo, el relato me ha atrapado desde su escueto primer párrafo: "Jorge Fraga acababa de cumplir cuarenta años cuando decidió estudiar la vida y la obra del poeta Claudio Romero". Todas las cartas sobre la mesa. Nada de alusiones veladas, de sugerencias que el lector tiene que colocar en el puzzle en el que se convierten la mayoría de sus historias. Aquí no se nos ocultan datos. Es justamente eso lo que juzgué poco cortazariano, seguramente poco atractivo para una calurosa tarde de verano. O acaso es que en estos meses ha pasado algo que me ha hecho sentirme el mismo Jorge Fraga. Este profesor, cuyo silencioso y discreto trabajo de intelectual no ha tenido el reconocimiento que él cree merecer, que siente celos de la popularidad alcanzada por escritores mediocres, se embarca en la tarea de su vida: redactar la biografía definitiva de un poeta que es considerado un héroe nacional. Tras años de labor escrupulosa y mecánica publica por fin un libro que tiene una acogida extraordinaria. Es el éxito con el que siempre soñó, el dinero, la fama, los galardones... Y, sin embargo, hay una sombra que le impide sentirse del todo satisfecho. Durante sus investigaciones tuvo la oportunidad de entrevistarse con la hija de Susana Márquez, una maestra que mantuvo una larga relación con el poeta, quien le proporciona una serie de cartas en las que éste se muestra como un hombre altruista, noble, generoso, lo que sólo sirve para engrandecer su figura ante los lectores... Pero ahora, cuando le espera un deseado puesto diplomático en Europa, intuye que hay algo más. Algo que siempre ha sabido y en lo que ha preferido no profundizar para no poner en peligro el éxito de su libro, de su carrera, de su vida. Se derrumba. Vuelve donde la hija de Márquez y le exige las otras cartas. Es sólo una, pero suficiente. La lee como quien vuelve sobre lo ya leído. El altruista era realmente un canalla. Y ahora él, en el discurso de recepción del Premio Nacional, tiene que contarlo al país, no puede callárselo, aunque sabe que puede olvidarse de Europa, de las entrevistas en la radio, de las nuevas ediciones, de la fama, del dinero y de su carrera. Aquella noche, cuando ha pasado todo y sólo falta esperar la consumación de su hundimiento, Jorge Fraga habla con su mujer:
"- Si pudieras dormir un rato -dijo Ofelia.
- No, es que tengo que encontrarlo. Hay dos cosas: eso que no entiendo, y lo que va a empezar mañana, lo que ya empezó esta tarde. Estoy liquidado, comprendés, no me perdonarán jamás que les haya puesto el ídolo en los brazos y ahora se los haga volar en pedazos. Fijate que todo es absolutamente imbécil, Romero sigue siendo el autor de los mejores poemas del año veinte. Pero los ídolos no pueden tener pies de barro, y con la misma cursilería me lo van a decir mañana mis queridos colegas.
-Pero si vos creíste que tu deber era proclamar la verdad...
- Yo no lo creí, Ofelia. Lo hice, nomás. O alguien lo hizo por mí. De golpe no había otro camino después de esa noche. Era lo único que se podía hacer".

Lo único que se podía hacer. Qué extraordinaria receta para nuestro putrefacto entorno político-mediático. Entonces era esto. Esto lo que me enganchó al relato. Lo único que se podía hacer. La ética nos escoge. A nosotros realmente sólo nos queda aceptarla.

jueves, 9 de septiembre de 2004

Agua

Me encanta cepillarle el pelo mientras le paso el secador, y lamento no hacerlo más a menudo. Me encanta tenerla sentada en mis rodillas, envuelta en la toalla, mientras me cuenta del caballo del parque y cómo ella y Sonia le daban de comer tierra o del lobo que se asomó a su cama la otra noche o de la canción que cantaba con Sara y Belén. Y me gusta creer que a ella también le gusta. Por eso, ahora que pasamos tanto tiempo juntos por las mañanas, me pide todos los días que la meta en ese barreño azul donde se bañaba su hermana. En apariencia lo hace para jugar con la ducha infantil que le compró su madre cuando era más pequeña y le espantaba la idea de que un chorro de agua le mojase la cara, pero en el fondo yo sé que es porque disfruta sentada en mis rodillas, contándome sus increíbles aventuras mientras siente mis caricias leves mezcladas con el calor y el runrún del secador. Me encanta sentir el roce de su espalda mientras le cepillo el pelo y escucho del castillo o del puzzle que haremos después, y lamento no sentirlo más a menudo. Lamento haber delegado tantas cosas, por comodidad, o por incapacidad, o por miedo, y cuando la oigo jugar a mi alrededor, mientras trabajo, haciendo familias con los paraguas o con los botes de crema o con los rotuladores y suena un preludio de Sainte Colombe imagino que el Paraíso original debió de ser algo así, un espacio donde el sentimiento de ternura fluía entre los hombres sin necesidad de palabras ni de gestos, imponiendo un orden en el que el tiempo parecía detenerse. Y entiendo el dolor que esa pérdida supuso para nuestros padres. Y, por todo eso, y aunque no considere imprescindible la paternidad para alcanzar a comprenderlo en toda su profundidad, el horror de Beslan me ha afectado tan íntimamente que, más a menudo de lo que ella necesita, me sorprendo preguntándole: "Cariño, ¿quieres agua?".

lunes, 21 de junio de 2004

Homeópatas

Mi vecina B. trabajaba como médico de familia en un centro de salud de Carmona y a la vez pasaba en su casa una consulta privada como homeópata (lo que viene a ser más o menos lo mismo que si un físico nuclear del CERN regentase en sus ratos libres un gabinete de tarot egipcio). Imagino que sería mi madre la que le comentó que en un control médico rutinario me habían detectado una hipertensión leve. “Eso se lo soluciono yo con unos globulitos”, le comentó espontáneamente B., y como por aquel entonces yo era incapaz de decirle que “no” a nadie, pero menos que a nadie a B., allí que me fui a su consulta, gratuita por supuesto.

Yo había estado anteriormente en aquella casa, pero cuando en ella no vivía todavía B., sino un matrimonio de ancianos que se había mudado hacía un par de años a un piso más cómodo y puso aquél en alquiler hasta que lo ocupó la homeópata. Me sorprendió comprobar que B. apenas tenía muebles. Una simple mesa de madera, lo que parecía un sofá-cama, dos sillas y un televisor colocado sobre una mesita demasiado pequeña era todo el mobiliario que adornaba el salón. Hizo que me sentara en una silla y ella cogió la otra, frente a mí, su melena morena suelta sobre los hombros, sus ojos oscuros clavados en un punto inconcreto de mi rostro. Tras los datos personales rutinarios, empezó pidiéndome mi historial médico, vacío hasta ese momento, todo lo cual anotó en un simple folio en blanco, con una letra redonda y voluminosa, letra típica de niña, seguro que hasta corona las íes con un circulito, pensé.

Luego comenzó el interrogatorio. Primero me preguntó por los estudios. Que cómo iban. No tuve que mentirle. Bien. Después por las relaciones familiares. Que cómo me llevaba con mi madre y mis hermanos. No supe muy bien qué contestar. Normal. “¿Cómo normal? Aquí no hay normal ni anormal. Cada persona es un mundo”. Le dije que ya me entendía. “No. No te entiendo”. Que bien, cómo iba a ser, eran mi madre y mis hermanos, cómo quería que me llevase con ellos. Me insistió. “¿Eso que tiene que ver?” Pues… no sé, lo normal es que la gente se lleve bien con su familia. A veces discutimos, pero… “¿Por qué discutís?” Por cosas… “¿Qué cosas?” Cosas sin importancia. “¿Sin importancia? ¿Seguro? ¿Y si son sin importancia por qué me las cuentas?” No sé, tú preguntaste. “No, yo no pregunté. Tú me dijiste espontáneamente que discutís. Eso será porque las discusiones te afectan. ¿En qué grado te afectan?”…Y así era todo, de modo que ahora no recuerdo exactamente lo que acabé confesándole, pero no me extrañaría que le dijera que en el fondo lo que yo quería era irme de misionero a Etiopía para que mi madre me dejase en paz de una vez o que ardía en deseos de asesinarlos a todos poniéndoles arsénico en el café, qué sé yo. “¿Qué relación tuviste con tu padre? Y no me digas otra vez que normal”. Supongo que le expliqué que no conocí nunca bien a mi padre, que murió cuando yo tenía catorce años, y apenas paraba en casa, todo el día en la tienda y luego se pasaba por el casino a charlar un rato con los amigos y tomarse una caña, y cuando volvía muchos días yo estaba ya durmiendo y…

Ahí debí parecerle sincero, porque no insistió y pasó a otro tema. Que le hablara de mis amigos. Lo hice, mientras ella me sonsacaba poco a poco. Quiénes eran, qué estudiaban, qué cosas solíamos hacer cuando estábamos juntos, con quién me llevaba mejor... “¿Y a ti qué te gusta?” Supongo que me puse colorado. “¿Que qué cosas te gusta hacer?”. Le hablé del baloncesto, de los libros, de la música. “Pero qué es lo que te hace sentir mejor?” No sé, depende… “¿Y las mujeres?” Me puse coloradísimo, seguro. También. “¿También qué?” Que me gustan también. “¿Y qué relaciones has tenido con ellas?” Recuerdo que temblaba, porque mientras me preguntaba aquello la hijaputa sonreía, como regocijándose por dentro, como vengándose por mis miradas cuando nos cruzábamos en la escalera o por aquella vez que ella subía delante mía y llevaba puesta la minifalda más mini que yo había visto en mi vida. Algunas, pocas, reconocí. “Cuéntame”, y se reía, seguro que por dentro se reía. En aquel momento yo ya no sabía por que razón había ido allí, si estaba en la consulta de una homeópata, de una psiquiatra o de una homeopsicópata que gozaba viéndome sufrir. Le conté lo que hacíamos en verano, en el pueblo, con las pandillas de niñas, las fiestas en casa de mi amigo E., y luego cuando conocí a M. y… “¿Pero tienes relaciones sexuales frecuentes?” Apretaba y apretaba y apretaba y hasta empezó a faltarme el aire, y balbuceé algunas sílabas inconexas, que querían decir que no, que muy frecuentes no… “¿Te masturbas mucho?” Y recuerdo que aquella pregunta me sirvió para volver a la realidad. Me incorporé en la silla y le dije que por qué quería saberlo, que para qué necesitaba saber eso, que eso en qué afectaba a mi hipertensión leve (enfaticé el adjetivo). “Tengo que conocerte bien antes de preparar el globulito. La homeopatía no funciona igual que la medicina tradicional. Aquí los medicamentos son individualizados. Necesito conocer cuáles son tus preocupaciones, tus deseos, tus aspiraciones, si eres feliz con tu vida o no… pero si te da corte, lo dejamos, puedes escribirme en un folio todo lo referente a tu vida sexual”, lo soltó casi sin mirarme, como diciendo, tampoco será tanto lo que tengas que contar, y volvió a sonreír, la muy cabrona, la habría estrangulado en aquel momento, pero no lo hice y acabé respondiéndole que sí, que eso sería lo mejor. Creo recordar que me preguntó alguna trivialidad más, que ya no se molestó ni en anotar en el papel, y me dijo que estaba bien, que no se me olvidara traerle el relato de mi vida sexual, que contara todo lo que se me ocurriera y yo considerase que era importante para mí, que aquello sería confidencial por supuesto, que era una profesional, y que una vez terminara su trabajo me lo devolvería si yo quería, y entonces se agachó para coger el boli, que no sé si se le había caído o ella mismo lo tiró, y no pude evitar mirar y darme cuenta de que en realidad estábamos en verano y su casa no tenía aire acondicionado y toda la ropa sobraba… y alzó la cara y me sonrió otra vez, antes de levantarse de la silla y de acompañarme hasta la puerta, que cuanto antes tuviera mi relato, antes me prepararía el globulito y antes tendría resuelto ese problema de hipertensión leve, concluyó, enfatizando el adjetivo.

No hace falta decir que en los días siguientes mi actividad sexual se incrementó de forma considerable, no así la ampliación de mi círculo de amistades femeninas, que eso tardó todavía en llegar. Mientras, preparaba el relato de mis hazañas sexuales, que se convirtió en una mezcla de realidades y fantasías (más fantasías que realidades, para ser completamente sincero), que, no me cabía la menor duda, B. detectaría al primer vistazo. Se lo acerqué una tarde en la que el calor había superado todo lo imaginable. Me recibió vestida con una camiseta ancha que le cubría hasta la mitad del muslo. Yo sudaba. Me sonrió, cogió el papel y me despidió con un significativo gesto de los dedos de su mano izquierda. Menudo chasco. Yo me había imaginado sentado frente a ella, como el primer día, y el bolígrafo resbalando hasta el suelo una y otra vez. Comprobé amargamente que mi imaginación iba demasiado deprisa y que ella era mucho más perversa de lo que alguien como yo habría podido nunca sospechar.

Al día siguiente, cuando volví por la noche a casa, me encontré en la mesa de mi dormitorio un pequeño sobrecito con lo que supuse serían los globulitos (eran) y una hoja de instrucciones, por lo que sospeché que aquello había sido preparado varios días antes de que yo terminase mi patético relato, y que si me lo había pedido había sido sólo para divertirse y humillarme. Definitivamente tenía que matarla. Sólo me faltaba encontrar el método más apropiado, que hiciera compatible mi seguridad y mi impunidad con que ella fuera perfectamente consciente de todo lo que le estaba pasando, mira cómo te mató. Pero en ese instante aquello no me preocupaba. Tenía toda la noche por delante para pensarlo, porque estaba seguro de que aquella noche yo no pegaría ojo.

A la mañana siguiente desperté con una visible erección y un deseo tremendo de estrangular ipso facto a mi vecina, pero ambos accidentes se me pasaron casi enseguida, cuando leí la forma en que tenía que tomarme los globulitos. Durante tres meses debía renunciar a fumar (no fumaba), al alcohol (¡duro!), el café (un pequeño esfuerzo, pero quizá podría), la colonia (!!!), el desodorante (!!!!), la pasta dentífrica (!!!!!) y cualquier otro producto excitante o/y que supiera a menta. De sexo no decía nada. Menos mal. Cuando mi madre me preguntó, le respondí que había decidido no tomarme nada, que aquello era una tontería, que qué podía tener que ver la pasta de dientes y el desodorante con mi tensión, y así lo hice. En cuanto a B., apenas volví a cruzarme con ella en la escalera, y las veces que lo hice no me preguntó, como si supiera que su receta no había logrado superar la barrera de mi escepticismo, y al final del verano se mudó de casa. En su lugar, llegaron unos estudiantes de Cádiz que hablaban de una forma que a mi madre le hacía mucha gracia y que se quedaron en el piso hasta el final de sus respectivas y aburridas carreras.

Este fin de semana estuve en casa de mi madre recogiendo unos viejos apuntes que llevaba meses pidiéndome que me llevara, porque le ocupaban un sitio que necesitaba para meter no sé qué cosa que regalaban en el banco. Entre unas gráficas climáticas y unos folios amarillentos encontré el sobre con los globulitos intactos y el pliego de instrucciones con la letra ancha y vertical de B., las íes sin circulito. Pensé en ella, que a saber dónde estará ahora, y recordé esta (demasiado ya, ¡ay!) lejana historia, que seguro que el tiempo y la imaginación han acomodado, mientras escribía, a mis deseos.

miércoles, 19 de mayo de 2004

Patologías

Cuando conocí a FK decían que era un tenista prometedor, aunque por su forma de hablar lo que yo pensé es que había errado su vocación y que habría hecho un magnífico articulista para una revista satírica. Parecía tener una alta estima de sí mismo, aunque su simpatía la reservaba para sus amigos más allegados y la administraba de repente, cuando nadie lo esperaba, a borbotones. Con los no conocidos era exageradamente frío en el trato, bien fuera por timidez o por arrogancia. Pasados unos meses estimé que debería de ser timidez, pues alcancé un notable grado de complicidad con sus ocurrencias, aunque sin sobrepasar jamás la barrera de un contacto más íntimo (demasiados son los obstáculos que separan a dos tímidos patológicos). En el mejor momento de nuestra relación (él jugaba ya como profesional) se me apareció incluso como una persona generosa y abierta, aunque tenía a mi modo de ver un defecto grave: hablaba demasiado (mal) de sus rivales. Que si Fulanito tiene un drive de mariposón, que si Menganito no sabe cortar el revés, que si Zutanito coge la raqueta en la red como si tuviese en la mano una sartén... Pese a ello, jamás supuse que su reacción ante un tonto mal entendido sería la que tuvo. Fue entonces cuando conocí algo más de su pasado (siempre hay un amigo de un conocido de otro amigo con ganas de hablar). Supe de las auténticas torturas a las que lo sometió su padre para hacer de él un "Iván Lendl", las jornadas interminables de entrenamiento desde los siete años, el escaso contacto con los niños de su edad, el aislamiento en el Instituto, sus problemas de relación con las mujeres. No eran sólo unos celos patológicos los que se manifestaron con su airada y extemporánea respuesta a una confusión evidente, era también el rencor acumulado por tantos años de lucha contra sí mismo, tratando de ser quien evidentemente no era. Me alejé de él. De eso hará cosa de cuatro años. Ahora tiene ya 28 y sigue pateándose todos los torneos challenge de España.

La semana pasada le vi jugar un partido por primera vez en mi vida. Me pareció que tenía un drive de mariposón, que no sabía cortar el revés y que en la red cogía la raqueta como una sartén.