Libros
Mañana es el día del libro. A esta hora, decenas de artículos alumbrados por insignes columnistas descansarán ya en las redacciones de decenas de periódicos de España incitando a la lectura. Yo también tenía que escribir el mío. Aquí va:
Leer no es bueno. Y no me refiero a la habilidad necesaria para descifrar un texto escrito, que resulta imprescindible en nuestra sociedad. Me refiero a leer por gusto, por placer, por cultivarse, por aprender. Leer no es (necesariamente) bueno. Goebbels se jactaba de que leía un libro cada día. Y no sé ustedes, pero yo no tengo al ministro de propaganda nazi en mi panteón personal de la bonhomía y la virtud. Leer (así, en abstracto) no significa nada. Leer no hace mejor a nadie. (Herr Goebbels es sólo un minúsculo pececillo en un mar de lectores inicuos.) Ni más sabio. Recuerdo a un bibliotecario muy moderno que se enorgullecía de que a su biblioteca acudían muchas amas de casa. ¿Qué leen?, le pregunté. Novelitas de Corín Tellado, que hemos comprado para ellas. Vale. Leer no hace más reflexivo a nadie. Es más, estoy convencido de que leer puede llegar a idiotizar, y, de hecho, tiene completamente idiotizada a buena parte de la juventud española, que se mueve entre magos con varita, tierras medias y el apasionante romance que destapa el último número del Pronto (tú pasa el paño). Un libro es sólo un manojo de hojas cosidas, que puede almacenar el más excelso poemario jamás escrito, la teoría científica más trascendente y la más apasionante narración, pero también las mayores estupideces salidas de la mente más obtusa del mundo, la más infame bazofia disfrazada de literatura y hasta manuales para descuartizar a los vecinos sin que se entere la policía. (Con la circunstancia de que todo aquello que sigue a la conjunción adversativa es hoy lo más habitual y, por consiguiente, lo más leído.)
“Ten un hijo, planta un árbol, escribe un libro”. Esta fórmula para la perduración del nombre y la simiente de los hombres en el mundo es una de las más dañinas que jamás haya imaginado nadie. No sólo puede afectar a la superpoblación y al equilibrio ecológico mundial, sino que es producto de que diariamente se editen en el universo millones de páginas absolutamente innecesarias e inanes. Todo el mundo quiere escribir su libro. Bien. ¿Pero por qué me tiene que tocar siempre a mí corregir aquellos que pergeñan los mayores agujeros cerebrales con los que haya podido toparme en mi vida? Ya lo sé. Para que luego todos ellos puedan comentar orgullosos a sus amigos: “He cometido un libro”.