miércoles, 27 de abril de 2005

Conciencias

El espectáculo que el PP y sus medios afines están dando a cuenta de la ley recién aprobada en el Parlamento que regula el matrimonio entre personas del mismo sexo resulta en verdad sorprendente y desalentador. Inducidos por los obispos y la prensa conservadora, dirigentes populares de todo rango y condición tratan de convertir el trámite legal de las bodas en un problema de conciencia, hasta el punto de que un número indeterminado de alcaldes y otros cargos públicos del partido afirman que se negarán a casar a parejas de homosexuales, ya que estas bodas van contra sus principios.

Se trata, de forma evidente, de un abuso de la clásula de conciencia, que la ley regula en otras cuestiones (como la del aborto o, en su día, la del servicio militar) de manera lógica y razonable. En este caso, sin embargo, no resulta ni lógico ni razonable apelar a la objeción de conciencia, pues nos movemos en un terreno bien distinto. El matrimonio no es otra cosa que un contrato civil entre dos personas, que exige unos requisitos a los contrayentes, les concede una serie de derechos y les impone unas obligaciones. La firma de este contrato se ritualiza públicamente, pero no es más que un trámite de carácter legal, en la que un funcionario (juez, alcalde, concejal) da fe de que los contrayentes se comprometen a aceptar las reglas que lo rigen. Simplemente. En el aborto hay un conflicto moral objetivo, pero aquí no. Es como si un funcionario de correos se negase a entregar los envíos de la Conferencia Episcopal, alegando que el contenido de los mismos atenta contra su ateísmo, o de un sex shop, por considerarlos inmorales; o como si un funcionario de tráfico se negase a matricular coches deportivos, por su evidente peligrosidad en las carreteras. La ley no admite objeciones para aquellos en quienes los ciudadanos han delegado su aplicación, salvo en los casos excepcionales contemplados por la propia ley. Todo lo demás resulta un subterfugio inaceptable y doloso, más en una cuestión como ésta, en la que ni siquiera parece pretenderse negar el derecho de las parejas del mismo sexo a firmar un contrato civil con las mismas cláusulas del matrimonio, sino sólo el hecho de que sea considerado nominalmente matrimonio. En el fondo, se trata de esa repulsión ideológica a que los invertidos se le peguen a uno más de la cuenta, repulsión asentada firmemente en la moral católica.

Por eso la llamada a la desobediencia civil por parte de miembros autorizados de la Iglesia Católica no debe ser mirada como una mera anécdota de carácter folclorista, sino como una realidad que afecta de manera decisiva a la línea de flotación de la convivencia cotidiana. En su entraña está la incapacidad de la derecha española para construir una opción de valores morales laicos, al margen del dictado de la jerarquía católica, una auténtica tragedia para la vida política de nuestro país. En último término uno desearía que la Iglesia llevase la clásula de conciencia que invoca hasta sus últimas consecuencias y renunciase a la financiación que le proporciona un Estado que permite prácticas que atentan contra sus principios morales. Sería un primer paso para alcanzar la efectiva separación entre la Iglesia y el Estado, que aún tenemos pendiente.

viernes, 22 de abril de 2005

Libros

Mañana es el día del libro. A esta hora, decenas de artículos alumbrados por insignes columnistas descansarán ya en las redacciones de decenas de periódicos de España incitando a la lectura. Yo también tenía que escribir el mío. Aquí va:

Leer no es bueno. Y no me refiero a la habilidad necesaria para descifrar un texto escrito, que resulta imprescindible en nuestra sociedad. Me refiero a leer por gusto, por placer, por cultivarse, por aprender. Leer no es (necesariamente) bueno. Goebbels se jactaba de que leía un libro cada día. Y no sé ustedes, pero yo no tengo al ministro de propaganda nazi en mi panteón personal de la bonhomía y la virtud. Leer (así, en abstracto) no significa nada. Leer no hace mejor a nadie. (Herr Goebbels es sólo un minúsculo pececillo en un mar de lectores inicuos.) Ni más sabio. Recuerdo a un bibliotecario muy moderno que se enorgullecía de que a su biblioteca acudían muchas amas de casa. ¿Qué leen?, le pregunté. Novelitas de Corín Tellado, que hemos comprado para ellas. Vale. Leer no hace más reflexivo a nadie. Es más, estoy convencido de que leer puede llegar a idiotizar, y, de hecho, tiene completamente idiotizada a buena parte de la juventud española, que se mueve entre magos con varita, tierras medias y el apasionante romance que destapa el último número del Pronto (tú pasa el paño). Un libro es sólo un manojo de hojas cosidas, que puede almacenar el más excelso poemario jamás escrito, la teoría científica más trascendente y la más apasionante narración, pero también las mayores estupideces salidas de la mente más obtusa del mundo, la más infame bazofia disfrazada de literatura y hasta manuales para descuartizar a los vecinos sin que se entere la policía. (Con la circunstancia de que todo aquello que sigue a la conjunción adversativa es hoy lo más habitual y, por consiguiente, lo más leído.)

“Ten un hijo, planta un árbol, escribe un libro”. Esta fórmula para la perduración del nombre y la simiente de los hombres en el mundo es una de las más dañinas que jamás haya imaginado nadie. No sólo puede afectar a la superpoblación y al equilibrio ecológico mundial, sino que es producto de que diariamente se editen en el universo millones de páginas absolutamente innecesarias e inanes. Todo el mundo quiere escribir su libro. Bien. ¿Pero por qué me tiene que tocar siempre a mí corregir aquellos que pergeñan los mayores agujeros cerebrales con los que haya podido toparme en mi vida? Ya lo sé. Para que luego todos ellos puedan comentar orgullosos a sus amigos: “He cometido un libro”.

domingo, 10 de abril de 2005

Símbolos

Santa Maria del Fiore. Florencia

Guillaume Dufay sólo pasó diez meses de su vida en Florencia (entre junio de 1435 y abril de 1436), diez meses que marcaron toda su existencia, pues el compositor flamenco sintió ya por siempre su destino unido al de la ciudad toscana. Nacido posiblemente en 1397, cerca de Bruselas, Dufay llegó a Florencia al ingresar por segunda vez en la capilla pontificia de Eugenio IV, que había abandonado en 1433 para convertirse en maestro de coro de la rica corte de Saboya, camino que volvería a repetir en 1437. El Papa había llegado a la Toscana con todo su séquito con el propósito de volver a consagrar la catedral florentina, Santa Reparata, que sería rebautizada como Santa Maria del Fiore tras la culminación del intenso proyecto de reconstrucción iniciado a finales del siglo XIII y al que había puesto majestuoso final la cúpula diseñada por Filippo Brunelleschi, a la que aún quedaban algunos retoques.

La solemne ceremonia de consagración tendría lugar el 25 de marzo de 1436, y para ella Dufay compuso Nuper rosarum flores, uno de los motetes más célebres y analizados no sólo del siglo XV, sino de toda la Historia de la música. Compuesta según la técnica de la isorritmia, la obra utiliza como cantus firmus el introito gregoriano que se cantó al comienzo de la ceremonia, Terribilis est locus iste, que Dufay coloca simultáneamente en los dos tenores en forma de canon libre. Ambos tenores son isorrítmicos y cada uno presenta el cantus firmus cuatro veces, según esquemas rítmicos (o taleas) diferentes, coincidentes además con una melodía (o color) distinta. El motete se compone pues de cuatro taleas, que empiezan en los compases 1, 57, 113 y 141 con veintiocho notas breves de silencio para los tenores, durante los cuales se desarrolla un dúo de ritmo libre entre las voces superiores (llamadas aquí triplum y motetus). A continuación, los tenores presentan el cantus firmus con otras veintiocho breves, por lo que cada talea cuenta de 56 notas breves.

En principio nada extraordinario. Lo que da al motete su carácter especial es la relación entre las proporciones rítmicas de cada talea. Si lo normal en la técnica isorrítmica era la de una progresiva disminución, aquí Dufay emplea la proporción 6:4:2:3. Fue precisamente esta característica la que desató a principios de los años 70 del siglo pasado todo tipo de especulaciones sobre el simbolismo del motete, pues se suponía que Dufay habría plasmado en sonido las proporciones del templo florentino, en concreto las proporciones de la nave (6) con respecto al transepto (4), al ábside (2) y a la elevación de la cúpula (3), proporciones que el compositor habría conocido de primera mano a través de Brunelleschi, con quien coincidió en Florencia. Sin embargo, hoy se sabe que las proporciones de la Catedral no son exactamente esas, pese a lo cual el carácter simbólico del motete persiste, y es que Dufay derivó las proporciones de su obra de una tradición bíblica, según la cual las proporciones 6:4:2:3 correspondían al templo de Salomón.

Flos florumPero el simbolismo de Nuper rosarum flores no termina ahí. Se ha interpretado el tratamiento canónico de los dos tenores (con el tenor II una quinta por encima del tenor I) como un reflejo de la superposición de la cúpula de Brunelleschi sobre una cúpula interior más pequeña o como alusión a la relación entre Santa Maria del Fiore y la iglesia madre de todas las fundaciones marianas, Santa Maria Maggiore de Roma. El constante juego de Dufay con el número siete puede entenderse también como una alusión a la Iglesia o a la Virgen, por la que Dufay profesó una especial devoción, como muestra el último disco del joven Ensemble Musica Nova, que presenta trece obras entre motetes, himnos y antífonas dedicados a María, con una sola excepción. Se trata en efecto del motete isorrítmico que da título al disco, Flos florum, que Dufay compuso también durante su estancia florentina y que no está dedicado a la Virgen, sino a la misma ciudad toscana, en el único ejemplo de motete cívico dejado por el compositor. En las voces juveniles, ardientes, claras, transparentes y magníficamente trabadas del Ensemble Musica Nova se realiza pues la simbiosis perfecta entre la ciudad a la que el músico quiso sentirse ligado de por vida y el modelo de mujer virginal que dominó siempre su devoción y sus más íntimos sentimientos.

(Sin La Música del Renacimiento de Allan W. Atlas, que me desbrozó el motete, publicado en su Antología anexa, yo habría sido incapaz de escribir este artículo)

martes, 5 de abril de 2005

Lee

Tigre y dragón


Soy un desordenado espectador de cine que ha dejado de acudir a los cines. Así que mejor variar el sentido del discurso: soy un desordenado espectador de cine que sólo ve cine televisado, lo cual significa que no veo cine, sino televisión, aunque a mí lo que me gusta es el cine y no la televisión. En fin… Quiere esto decir que no sigo las novedades de las carteleras, aunque siempre hay algunos títulos que se me van quedando clavados por ahí en sabe dios qué rincones de la memoria y en cuanto tengo ocasión, ¡zas!, me los televiso.

Me pasó el sábado con Tigre y dragón de Ang Lee, que me cautivó. Veo a Lee como uno de esos antiguos directores de estudio, que hoy estaban liados con un western, el mes que viene hacían una de gángsters, al siguiente una comedia y luego un melodrama, todo ello con la habilidad suficiente para encontrar siempre, y por encima del género y sus necesidades, el espacio para marcar con su mirada los afectos del espectador (¡me gusta el palabro –“afectos”–, tan barroco!). Creo que a eso le llaman estilo.

Ang Lee es un director con estilo. Es difícil encontrar en el cine actual a un realizador capaz de confeccionar películas tan absolutamente diferentes entre sí y que, conservando su perfecta individualidad, carguen con esa especie de marca de fábrica que las identifica y las aglutina en torno a la personalidad de su creador. Conozco cinco de las ocho películas de Lee. Para las dos primeras, El banquete de bodas y Comer, beber, amar (es anterior a ambas Manos que empujan, que no he visto), el director taiwanés escribió sus propios guiones. Películas de familias chinas en torno a una mesa, sí, pero mucho más que eso. Nada de choques culturales e intergeneracionales, que sí, que también, pero lo que importa está debajo, una mirada de una ternura, una frescura y una lucidez desacostumbradas sobre las relaciones personales y la forma de afrontar los obstáculos que la sociedad (los otros) van poniendo en el camino.

Sentido y sensibilidad¿Sería capaz de mantener Lee el control sobre su propio estilo con una producción hollywoodiense y un guión ajeno? Lo fue. Sentido y sensibilidad podría parecer un salto en el vacío: una película victoriana, con sus códigos morales rigurosos y su atmósfera asfixiante, lo cual derivaba en una estética diametralmente opuesta a sus anteriores filmes chinos, y así lo entendió a la perfección el director artístico de la producción, pero en el fondo se trataba, otra vez, de hacer una película de personajes constreñidos por su entorno. Lee eludió la tentación de recargar la oposición de caracteres que parecía exigir la novela de Jane Austen, y volvió a deslumbrarnos con una poética sencilla y sincera, en la que las inevitables referencias que todos tenemos acerca de la tramoya histórica se diluían en puras emociones, filmadas con una sensibilidad y un respeto por los personajes y el espectador admirables. Cine grande.

La tormenta de hieloCon La tormenta de hielo, Lee volvía a dar un golpe de timón. Película con final trágico, acaso innecesario, que podía haber sido desgarradora pero no lo fue, de rutinas conyugales y mentiras cotidianas, ilusiones perdidas y escenario de oropel, todo en el ambiente de la América de principios de los años 70, en el que parecen fundirse la contracultura nacida del 68 y el inmarcesible American way of life. Si la primera sensación que tenemos es que por una vez el director taiwanés abandona a los personajes a su suerte, que simplemente los observa como un entomólogo miraría a sus bichitos, pronto descubrimos que en el fondo lo que Lee hace es una renuncia consciente y explícita al juicio sobre ellos, pues sabe que eso sólo podría suponer su condena. Prefiere por eso crear en su torno un ambiente de ambigüedad moral que terminará por justificar su comportamiento. Es en este aspecto en el que tanto me recuerda a Medianoche en el jardín del bien y el mal de Clint Eastwood, película en su momento infravalorada, como esta de Lee. Ambas, estoy convencido, ganarán prestancia con el tiempo.

Más o menos por la fecha de estreno de La tormenta de hielo terminó mi idilio con los cines, así que me perdí en pantalla grande los tres siguientes títulos de Ang Lee: Cabalga con el diablo, ambientada en la guerra de secesión americana, Tigre y dragón y Hulk, su visión del famoso cómic de la Marvel. Pero recordaba que en su día me habían hablado muy bien de la segunda, así que pude recuperarla el sábado. ¿Cómo se comportaría Lee en una película de género, además en un género tan especial como el del cine de artes marciales? ¿Cedería a la tentación de la épica de grandes efectos?

Nada de eso. Lo que se supone va a ser una película de acción se convierte gracias a la sensibilidad de su mirada en un intimista y lírico cuento de amor. O mejor dicho en dos genuinos, originales relatos amorosos, porque son dos historias románticas paralelas las que atraviesan la película: una de amor juvenil, rebelde, ardiente, rompedor de tabúes y barreras sociales; otra, de amor maduro, sosegado, que se ha visto permanentemente insatisfecho a causa de las convenciones y los rígidos códigos de conducta de la China medieval, y que cuando parece por fin imponerse sobre ellos se ve frustrado por la muerte. Dos grandes historias de amor que se enmarcan en un escenario de magia, en el que las escenas de lucha están repletas de continuos hallazgos visuales, que fascinan sin apabullar. Nada chirría, nada resulta estridente, una sutileza en la narración (que incluye un largo flashback para explicar la singular historia de amor de los dos jóvenes) envuelve el mundo de pasiones soterradas que sostiene de manera conmovedora Michelle Yeoh. En sus ojos, en su mirada limpia y anhelante, hay más verdad que en los miles de horas de absurdos efectos especiales con que nos aburre el ridículo cine épico de hoy. (En su mirada y en sus frases: “Los sentimientos reprimidos son más intensos”.)

sábado, 2 de abril de 2005

Papa

Hoy, a las 21 horas y 37 minutos, ha muerto en Roma a los 84 años de edad Karol Wojtila, después de 26 años, cinco meses y diecisiete días de reinado con el nombre de Juan Pablo II. Sus últimas apariciones públicas, por voluntad propia o de la gerontocracia vaticana que lo custodiaba, han sido sencillamente patéticas, si no crueles. Frente al discurso de quienes pretenden que ha sido una forma de llamar la atención sobre la dignidad de enfermos y ancianos (habitualmente invisibles en el seno de nuestra sociedad), yo sólo he visto la reafirmación católica del sufrimiento, el dolor y el martirio como un bien deseable. No tardarán en llegar las peticiones de beatificación, que él mismo impulsó de manera desconocida hasta su pontificado: 1.338 beatificados y 482 canonizados, más que todos sus predecesores en los últimos cuatro siglos juntos. Lo deja todo atado y bien atado: de los 119 cardenales con derecho a votar a su sucesor, 116 han sido nombrados por él. Sólo el paso del tiempo dará la perspectiva necesaria para enjuiciar el lugar que ocupa en la historia, hoy día absolutamente hipertrofiado.

viernes, 1 de abril de 2005

Tarántula

La TarantellaLa tarántula (Lycosa tarentula) es uno de los animales con más injusta mala fama del mundo. Mortal para sus presas, no por la fuerza de su veneno, sino por la potencia de sus mandíbulas y la precisión para alcanzar justo el centro de las transmisiones nerviosas cerebrales, para el ser humano es prácticamente inofensiva, pues su picadura sólo provoca una sensación de dolor local que puede ser intensa, pero remite en poco tiempo.

Sin embargo, esta araña de aspecto especialmente siniestro ha sido asociada durante siglos en la imaginación popular de buena parte de Europa con graves trastornos físicos, que llegaban a ocasionar incluso la muerte. Las descripciones de los males ocasionados por las tarántulas coinciden en señalar que a una primera sensación de dolor no especialmente agudo, seguía, a medida que pasaban las horas, una intranquilidad creciente, que derivaba en dificultades respiratorias, convulsiones, desmayos y auténticos ataques de locura que, si no eran convenientemente tratados, producían la muerte del paciente. Nada de esto puede asociarse con la picadura de una tarántula, aunque sí con la de otra araña, de mucho menor tamaño, con la que comparte hábitat. Se trata del Latrodectus tredecim guttatus, que inyecta en sus víctimas una sustancia química, el alfa-latroxina, que puede llegar a provocar graves perturbaciones en el ser humano, similares a las que durante mucho tiempo se adscribieron a las producidas por su inocente vecina.

Otro de los efectos que durante siglos se atribuyeron a la picadura de la tarántula era el de la caída del afectado en un estado general de melancolía, que solía relacionarse también con algún tipo de decepción amorosa, hasta el punto de que había mujeres que fingían haber sufrido la picadura de una tarántula para someterse al remedio que por entonces se consideraba más eficaz, la cura de tarantismo. Hasta hace no mucho, estas sesiones seguían celebrándose en la región de Nápoles y la Apulia, al sur de Italia, y consisitían en una de las prácticas de musicoterapia más antiguas que se conocen. Identificado el problema (habitualmente, una mujer joven que caía en un estado de sopor melancólico), se invitaba a un conjunto de músicos a la casa de la paciente. Los músicos se situaban en torno a su lecho y comenzaban a interpretar una danza en ritmo de seis por ocho, primero de manera lenta, para ir incrementando la intensidad y la velocidad poco a poco. En un momento dado, la paciente se levantaba y empezaba a bailar frenética y lúbricamente al ritmo de la danza, hasta terminar cayendo agotada otra vez sobre la cama. Volvía el estado de sopor. Volvían los músicos a tocar su lenta melodía, y el proceso se repetía, con sólo algunas breves paradas para comer y dormir, durante días, hasta que se consideraba que la paciente recuperaba la normalidad, y se la daba por curada.

Al parecer, la primera sesión de tarantismo documentada se celebró a finales del siglo XIV en Tarento. De ahí que la danza sea conocida como tarantela y el animal que ocasionaba el mal como tarántula, aunque existen otras versiones para explicar el origen etimológico de ambos términos. Durante siglos se celebraron estas ceremonias en todo el sur de Italia, con el disgusto de la Iglesia Católica, que no tuvo más remedio que aceptarlas, pero que determinó que la curación de las pacientes no se debía en realidad a los efectos de la música, sino a la intercesión de San Pablo. En fin, la misma obsesión por el control social de siempre.

Lo cierto es que la tarantela se convirtió en una forma habitual de la música popular del sur de Italia durante el Renacimiento y el Barroco, y su influencia sobre la música culta está perfectamente documentada, como muestra este disco, tercero del conjunto L'Arpeggiata de Christina Pluhar, que se convirtió hace sólo tres años en un extraordinario éxito internacional. En mi opinión es uno de los mejores discos, de cualquier tipo de música, que se hayan grabado nunca, aunque su alcance real sólo se entiende cuando se tiene la suerte de ver al grupo en directo y uno tiene la ocasión de escuchar a Lucilla Galeazzi cantar a pleno pulmón ese Ah, vita bella! capaz de acabar con cualquier pena de amor que pueda llegar uno a imaginarse.

S'e fatta mezzanotte, una notte scura scura,
S'e fatta mezzanotte, dorme la luna.
S'e fatta mezzanotte, ma era in pieno giorno,
Di colpo mi si è spenta la luce intorno.
S'e fatta mezzanotte ed io non so perché!

Ti piacevano le salsicce, mo' non le mangi più...
Ti piacevano le ciliege, mo' non le mangi più...
Ti piaceva fare all'amore a tutte quante l'ore
Ah, vita bella! Perchè non torni più?

Ti piaceva il pane caldo, ti piaceva pasta e fagioli;
Ti piaceva la tua famiglia, ti piacevano i tuoi figlioli...
Ti piaceva la festa e ballo, ti piaceva andare a cavallo,
Ah, vita bella! Perchè non torni più?

Ti piaceva la campagna, mo' non la guardi più...
Ti piaceva il profumi dei fiori, mo' non lo senti più...
Ti piaceva stare a guardare il sole quando si tuffa il mare...
Ah, vita bella! Perchè non torni più?

Y, aunque haya momentos en que pueda parecerte imposible, la vida acaba volviendo. Siempre.

martes, 22 de febrero de 2005

Encantamiento

Apolo y Marsias. PeruginoOrfeo representa la fuerza oscura de la música, su poder mágico para subvertir el orden de las cosas y la voluntad de los hombres. En eso se parece a Eros, y también a Dioniso, divinidad igualmente musical, ligada a los ritos orgiásticos, a la danza y a la flauta, instrumento que no dejaba de despertar suspicacias en Grecia, debido a su procedencia oriental. Orfeo, vinculado a la lira, el instrumento nacional griego por excelencia, significa, en cambio, la unión esencial entre la poesía y la música a través del canto.

La disputa entre ambos universos, el de la lira, urbano y culto, y el de la flauta, rural y popular, tuvo uno de sus episodios más célebres en el duelo entre Marsias, un sileno frigio del séquito de Dioniso, y Apolo. Se cuenta que cuando Atenea inventó la flauta la lanzó lejos de sí, porque al tocarla le deformaba la boca. Fue Marsias quien la recogió y se convirtió en su más brillante tañedor, hasta el punto de que oyendo a Apolo tocar la lira se sintió con fuerzas para desafiarlo a un duelo. El dios aceptó el reto con la condición de que el perdedor quedase a merced del vencedor. Los habitantes de Nisa, jueces del pleito, dieron el triunfo a Apolo, quien, aún irritado por lo que consideraba una insolencia inaceptable, ató a Marsias a un árbol y lo desolló vivo. Su muerte causó un duelo universal. Los faunos, sátiros, silenos, ninfas y dríades le lloraron tanto que sus lágrimas acabaron formando en Frigia un río que recibió el nombre de Marsias. Otra versión de la leyenda cuenta que fue el propio Apolo, arrepentido, el que hizo que se formase el río.

En El Banquete de Platón, Alcibíades otorga al discurso de Sócrates el mismo poder encantatorio de la flauta de Marsias:

Éste [Marsias], en efecto, encantaba a los hombres mediante instrumentos con el poder de su boca y aún hoy encanta al que interprete con la flauta sus melodías –pues las que interpretaba Olimpo digo que son de Marsias, su maestro–. En todo caso, sus melodías, ya las interprete un buen flautista o un flautista mediocre, son las únicas que hacen que uno quede poseso y revelan, por ser divinas, quiénes necesitan de los dioses y de los ritos de iniciación. Mas tú te diferencias de él sólo en que sin instrumentos, con tus meras palabras, haces lo mismo. De hecho, cuando nosotros oímos a algún otro, aunque sea muy buen orador, pronunciar otros discursos, a ninguno nos importa, por así decir, nada. Pero cuando se te oye a ti o a otro pronunciando tus palabras, aunque sea muy torpe el que las pronuncie, ya se trate de mujer, hombre o joven quien las escucha, quedamos pasmados y posesos. Yo, al menos, señores, si no fuera porque iba a parecer que estoy totalmente borracho, os diría bajo juramento qué impresiones me han causado personalmente sus palabras y todavía ahora me causan. Efectivamente, cuando le escucho, mi corazón palpita mucho más que el de los poseídos por la música de los coribantes, las lágrimas se me caen por culpa de sus palabras y veo que también a otros muchos les ocurre lo mismo.

¿Pero tiene razón Platón y son el discurso y la melodía los responsables del encantamiento o éste lo genera en realidad la persona que habla o que canta? ¿No será acaso que el encantamiento se oculta en el oído, en el corazón de quien escucha y sus efectos se disparan sin explicación lógica alguna? ¿Hay entonces ritos estrictos que cumplir para liberarse de los efectos turbadores del canto, de la palabra, del amor?

lunes, 21 de febrero de 2005

Leviatán

"¿Es él quién te suplicará durante mucho tiempo, te hablará con timidez? ¿Se comprometerá por contrato contigo para convertirse en tu servidor de por vida? ¿Te divertirá como un pajarito o lo atarás para alegría de tus hijas? ¿Será puesto en venta por asociados y luego despachado entre mercaderes? ¿Acribillarás su piel de dardos, picarás su cabeza con el arpón? Pon solamente la mano sobre él en recuerdo de la lucha. No volverás a empezar." (Job, 40, 27-32)

martes, 15 de febrero de 2005

Gorriones

Gorrión

En mi pueblo había un bar en el que criaban gorriones. Tenían unas jaulas pequeñas, en las que entraban para comer y dormir, pero que permanecían siempre abiertas, y los pájaros podían volar libremente por el local, recorriendo la barra de arriba abajo con sus saltitos armoniosos y posándose en las cabezas de los niños. Yo solía ir con mis padres a aquel bar de vez en cuando, sobre todo cuando se acercaba el verano y la alameda cercana se convertía en el paseo preferido por todo el pueblo. Frente al bar, había una fuente casi a ras de suelo con dos hermosos caños de bronce por los que constantemente salía un agua siempre fría y reparadora. Los niños solíamos arrodillarnos, para beber directamente de los caños, y el agua nos sabía a gloria. Los adultos se acercaban al bar a pedir un vaso con el que poder saciar la sed. También, cuando en las noches calurosas del verano los vecinos sacaban sus sillas y sus hamacas en torno a la fuente, tenían siempre cerca vasos que ofrecer a los paseantes. Jamás oí al dueño del bar ni a los vecinos quejarse, y eso que en los días de fiesta el trasiego podía ser continuo y más de un vidrio terminaba hecho añicos contra el suelo.

Pero hablaba de los gorriones del bar. No eran muchos. Recuerdo sólo tres o cuatro ejemplares, piando y revoloteando encima de mi cabeza o acercándose a picotear los trozos de pan que la gente les ofrecía. De vez en cuando alguno se aventuraba a salir a la calle, pero no tardaba en volver entre el revuelo de quienes habían quedado dentro y la alegría de los niños. Quizá fuera entonces cuando aprendí a amar a los gorriones. Hay pocos animales que me gusten más. Con su pelaje gris y sus chirridos que no alcanzan ni la categoría de canto, veo en ellos la representación perfecta de la humildad y de la libertad. Nos escogieron a nosotros para vivir, vinieron a nuestras ciudades y aquí se quedaron, no como las palomas, que trajimos a la fuerza, esas ratas con alas.

Se quedaron en nuestras ciudades, sí, pero con condiciones. Serían siempre libres. Y que no pensáramos que nos iban a dar demasiadas satisfacciones, que fuéramos olvidándonos de espectáculos coloristas o musicales. Ellos se encargarían de la limpieza menuda, pequeña de nuestras aceras, azoteas y parques y procurarían evitar anidar en lugares molestos, pero nada más. Y desde luego se negaron en rotundo a ser enjaulados. Si coges a un gorrión pequeño, lo pones en una jaula y lo sacas a la terraza, no necesitarás alimentarlo. Lo hará su propia madre hasta que el animal tenga la edad de salir del nido. En ese momento, si la jaula no se abre, la propia madre acabará por envenenarlo. No. No se puede encerrar a un gorrión de por vida como si fuese un canario o un jilguero. Son animales libres, que van y vienen constantemente, comiendo en nuestras calles, bebiendo de nuestras macetas y amándose en nuestros balcones. Nos conquistaron. Y a mí me gusta verlos así, picoteando la rama de la esparraguera en mi ventana, trasteando hasta hallar el hueco de la red por el que volar más allá, aunque yo no siempre entienda lo que buscan.

lunes, 14 de febrero de 2005

Ruidos

Reconozco que si no he escrito antes de esto ha sido por pereza, porque mira que le he dado vueltas. Pero ya no tengo excusa. Dos posts recientes de Lukas y de Manuel Harazem me lo hacen mucho más fácil. Vivimos envueltos en una masa de ruido, en la que la música ha pasado a jugar un tristísimo papel: se ha convertido en obligatoria. Apenas queda una cafetería en la que poder tomarse un café sin la emisora de éxitos de fondo, un taxi en silencio, una tienda en la que moverse sin sentirse apabullado por el ritmo de actualidad (las tiendas de moda joven son lugares perfectamente insalubres para trabajar, ¿qué hacen los sindicatos al respecto?), hasta las librerías se han convertido en espacios con hilo musical incorporado. Hace poco hablaba con una dependienta del Corte Inglés que había tenido la mala suerte de ser colocada al lado de la sección de música y la veía resignada. Si para mí era una auténtica tortura pasar sólo veinte minutos en aquel lugar infernal, no podía imaginar lo que debía de ser para alguien que tiene que pasar todo el día en ese sitio, que trabaja allí. Y no me estoy refiriendo ahora a la calidad de la música. Para el caso me dan lo mismo los Chunguitos que Monteverdi. Es la imposición del sonido por obligación lo que denuncio. Y lo hemos asumido con absoluta normalidad, como el asfalto que hierve en verano bajo nuestros pies o los tabiques de papel que nos unen más que nos separan de los vecinos. Son los tiempos, claro. Pero hubo otros tiempos, como Pascal Quignard nos recuerda en El odio a la música:

En el mundo europeo, hasta mil novecientos catorce, el gallo decía el alba, el perro el extranjero, el corno la caza, el carillón de la iglesia marcaba las horas, la trompa la diligencia, el tañido fúnebre la muerte, el guirigay el segundo matrimonio de las viudas, las flautas y el tambor el sacrificio de alguna efigie carnavalesca. Los raros violines de los músicos ambulantes señalaban la fiesta anual y acompañaban tandas de juegos tan añejos como la prehistoria.

Para escuchar música escrita había que esperar la Misa solemne del domingo, cuando los vientos de los órganos exhalaban acordes y los hacían rebotar a todo lo largo de la nave.

La espalda del auditor se estremecía de súbito.

Lo que era una rareza es hoy más que una frecuencia. Lo que era extraordinario ha trocado en un asedio que asalta sin fin la ciudad y el campo. Los hombres se transformaron en los asaltados por la música, en los asediados por la música. Más que las lenguas vernaculares, la música tonal y orquestal se ha convertido en el tonos social.

Así, después de la guerra total del tercer Reich alemán y como consecuencia de la tecnología de la reproducción de los melos, amar u odiar la música remite por vez primera a la violencia propia, originaria, que funda el dominio sonoro.


Sí, ya sabemos que Quignard se convirtió de amante en odiador profesional de la música (y por eso leo sus obras a la contra, que con las cosas de comer no se juega). Pero me temo que a este paso no será el único.

viernes, 11 de febrero de 2005

Mahler

Gustav Mahler (1860-1911)Gustav Mahler era un neurótico de tendencias sado-depresivas, que se regodeaba con el sufrimiento. Sólo así puede entenderse que fuera capaz de componer esos terribles Kindertotenlieder mientras sus dos hijos se le acercaban a besarlo en la mejilla. Obsesionado con el sentido de la existencia, trató de establecer la base de su obra a mitad de camino entre un panteísmo de corte naïf (“Mi música es sólo un sonido de la Naturaleza”) y un trascendentalismo místico que la mayor parte de las veces terminó convertido en pura histeria.

Despótico a la vez que brillante como director y carente de las mínimas habilidades sociales, su matrimonio con Alma Schindler fue de todo menos feliz. Angustiado por la situación de su relación conyugal, el compositor recurrió a Freud, quien muchos años después recordaría aquella sesión en los siguientes términos:

Analicé a Mahler una tarde del año 1912 (¿o 1913?) [fue en 1910] en Leyden. Si puedo creer en los informes, esa vez conseguí mucho con él. La visita le pareció necesaria porque, en ese período, la esposa se había rebelado contra el hecho de que la libido de Mahler se había retraído de ella. En varias expediciones muy interesantes a lo largo de la historia de su vida, descubrimos sus condiciones personales para el amor, y especialmente su complejo de la Virgen María [fijación materna]. Tuve muchas oportunidades de admirar la capacidad de comprensión psicológica de este hombre genial. En ese momento no se aclaró la fachada sintomática de su neurosis obsesiva. Fue como si uno hubiera hundido un solo ariete en una estructura misteriosa.

En los años 30, el psicoanalista Theodor Reik recabó informes variados (entre ellos, este de Freud) para terminar afirmando:

Buscaba la verdad metafísica oculta detrás y más allá de los fenómenos de este mundo. Perseguía el ideal. Nunca se fatigó en su búsqueda de ese secreto trascendente y sobrenatural de lo absoluto, y no advirtió que el gran secreto de lo trascendente, el milagro de lo metafísico, consiste en que no existe.

Un secreto que rastreó a lo largo de toda su obra. Tomemos por ejemplo la Sinfonía en do menor, la de la Resurrección, de la que escribió en carta a un amigo:

...denominé “Ceremonia fúnebre” al primer movimiento, y si desea saberlo es el héroe de mi Primera Sinfonía el ser a quien estoy enterrando, y el ser cuya vida estoy reflejando en un espejo límpido, encarando el asunto en cierta perspectiva. Al mismo tiempo, se trata del gran interrogante: ¿por qué habéis vivido? ¿Por qué vuestros sufrimientos? ¿Todo esto es una broma gigantesca y horrible? Debemos resolver de un modo u otro estos interrogantes si pretendemos continuar viviendo. Cuando este llamado resuena en la vida de cada uno, debe ofrecer una respuesta, y yo formulo dicho respuesta en el último movimiento.

Oyendo anoche la sinfonía comprobaba cómo es la de Mahler una música en la que se mezcla la melodía más sublime (ese Andante de gracia casi schubertiana o el Urlicht, delicadísimo) con la cencerrada populachera más infame, el más audaz pasaje rítmico con la más simple, vacua y grandilocuente pretensión de trascendencia. Y a la gente le gusta (¡no digamos a Baricco!). Así que la mezcla funciona. En un artículo publicado en el número de enero de la revista Scherzo, Antonio Muñoz Molina establecía un inteligente paralelismo entre la música de Mahler y el Ulysses de Joyce. Así que termino con él:

Hay, en la novela como en la sinfonía, una ambición insensata de contener el mundo, propósito que los dos declararon de manera más o menos explícita. […] En Mahler, como en Joyce, la tensión entre el orden y el desorden permanece siempre explícita, no suavizada ni embellecida del todo por las sabidurías del arte. [...] Al adentrarnos en Ulises o en la Tercera, la Cuarta o la Séptima de Mahler ­–pero con casi todas ellas tengo una impresión parecida– lo que sentimos es que estamos sumergiéndonos en la materia misma del mundo, no en su representación o en su resumen: en su variedad, en su aleación indescifrable de azar y destino, de vulgaridad y belleza, de disonancias lacerantes y milagrosas armonías. Hay música y obras literarias que son como habitaciones acolchadas, como jardines, como refugios seguros para quien se acerca a ellas: pero en Joyce, como en Mahler, la experiencia más poderosa es la de la intemperie, la de los sonidos y las caras que aparecen por sorpresa y se borran a la vuelta de una esquina. […] No hay tal delicadeza en las escenas urbanas de Joyce o de Mahler: hay ruidos, no rumores, músicas baratas y fanfarrias de bandas, están los materiales crudos de la existencia de la gente común, lo chabacano mezclado con lo más excelso, lo que atruena machaconamente y lo que tiene un sonido de tal delicadeza que apenas puede captarlo el oído más alerta. Mahler era un judío bohemio que se hizo católico para escalar en las jerarquías sociales y musicales del imperio austrohúngaro; Joyce, un fugitivo del catolicismo y de Irlanda, un apátrida de elección que creó en el Leopold Bloom de Ulises a uno de los judíos más desarraigados de la literatura del siglo XX. Gracias a ellos la música y la novela ensancharon sus límites para contener el mundo.

jueves, 3 de febrero de 2005

Popea

PopeaAl principio parece un corral de vecinos. Fortuna y Virtud, ventana con ventana, se pelean por el Hombre, concepto en esencia metafísico, que nadie debería relacionar con una montaña de músculos subiendo por las escaleras, aunque por las voces y las increpaciones que escuchamos podría parecerlo. Y de improviso, como suele, aparece en escena un niño engreído y burlón que se descuelga desde la azotea para recordarles a las dos excitadas contendientes que quien de verdad domina la voluntad de los hombres es él y sólo él, Amor. Sorprendidas, estupefactas, aturdidas, Fortuna y Virtud se lanzan señales de apaciguamiento. Como siempre, el niñato ese tiene razón, y las dos se detienen a escuchar su historia.

Y el Amor cuenta y cuenta cómo en el año 62 hasta un Emperador de Roma se postró ante él, provocando una crisis en las mismísimas instituciones del Imperio. Porque fue el Amor quien condujo a Nerón a repudiar a Octavia para casarse con Popea. Sí, sí, que te crees tú eso, se oye comentar entre el público, hasta entonces en asombrado silencio. Los autores del comentario no son otros que Gian Francesco Busenello y Claudio Monteverdi, que se han puesto de pie y han tomado el escenario para contar la historia a su manera. Tú te sientas y te callas, niñito insolente.

¿Qué puede esperarse de un gobierno monárquico? Tiranía. Corrupción. Violencia. Crueldad. Busenello es veneciano. Conoce bien las guerras que su república ha tenido que librar para mantenerse independiente, para rechazar el expansionismo de los reinos vecinos y de las grandes potencias lejanas, los sacrificios, las renuncias. Es además miembro de los Incogniti, una Academia que hace del escepticismo y la crítica del poder la razón última de su existencia.

Así que el Amor, ¿no? Verán ustedes, Popea no ama a Nerón. No. En absoluto. Sólo aspira al poder, a las riquezas, a la impunidad que le permitirá su ascenso hasta la cúspide, ella, la hija de un senador de Roma, convertida en Emperatriz, su sitio natural. Y sí, ya conocemos sus requiebros, "Deja que mis brazos rodeen tu cuello igual que tu belleza circunda mi corazón", sus zalamerías, "¿Cómo has encontrado de dulces, señor, los besos de mi boca?, ¿y las manzanas de mi pecho?", sus fantasiosas hipérboles, "Quiero que mis suspiros te prueben que, renacida, por ti languidezco y por ti muero, y muriendo o viviendo, no dejo de adorarte". Blablabla. Palabras. Porque la conocemos también en la intimidad, la hemos visto descubriendo sus ambiciones ante Arnalta, su nodriza, y la hemos visto impávida, sin dudar lo más mínimo en apretar aún más a Nerón para que elimine a Séneca, el obstáculo interpuesto en el camino hacia el poder.

Sí, ya sabemos que Séneca no tuvo nada que ver con esto, que se suicidó cuatro años más tarde, pero lo traemos aquí porque nos venía bien para demostrar la auténtica realidad del poder monárquico, la auténtica naturaleza de Nerón. ¿Que significan las leyes para él? Nada. Ya nos ha dejado claro que las leyes sólo atan a los súbditos, qué palabra tan expresiva, qué hallazgo idiomático. Al menos, podrían pensar, Nerón es un tirano pero sí actúa movido por el Amor. No. Craso error. Nerón sólo es un niño inestable, voluble y caprichoso, cansado de su antiguo juguete y que quiere uno nuevo. Todos sabemos que lo romperá muy pronto, que no pasarán ni dos años para que golpee, hasta matarla, a Popea, embarazada de su segundo hijo (¡ay, esa niñita muerta a los cuatro meses!). Ese era su destino, el de Popea. Y se lo trazó Arnalta con escrupulosa lucidez, "Mira, niña, que te buscas tu ruina". Para qué. Para nada. Pero tampoco se hagan falsas ilusiones respecto de esta nodriza, correveidile y alcahueta. Su advertencia enmascara sus sueños, sólo pretende medir la temperatura, comprobar hasta qué punto hierve la relación entre esos dos en los que se apoya su éxito. Por eso, cuando ve el triunfo de Popea cercano, ¡ay, si te vi no me acuerdo!, ella, que nació sierva, convertida en matrona, sus ambiciones cumplidas, qué más da que algunos cadáveres queden por el camino.

En sentido estricto un único cadáver, sí, el de Séneca. Podríamos compadecernos de él, pero ¿de este pedante que predica lo que nunca ha practicado vamos a compadecernos? Si hasta sus familiares y amigos se burlan de él cuando les dice, poco antes de tomar la cicuta, que ya va siendo hora de aplicar su filosofía, la que tanto esfuerzo se ha tomado en difundir, y ellos le replican que muy bien, que se muera él si quiere, pero que ellos de morirse nada, y se lo dicen a ritmo de ballo, jajaja, Claudio ahí estuviste genial.

Pero luego están los desterrados. Octavia, la pobre Octavia, que se lamenta por el desprecio del Emperador, por tener que abandonar las comodidades de su rango, su ciudad, a su familia. Octavia, la intrigante. ¿Hay acaso en ella un sólo gramo de amor, de compasión? No. Ella mueve sus hilos, despiadada, apoyada en ese vejestorio de Nutrice, que ve horrorizada cómo su estrella se va apagando, para no perder el trono, la corona, el poder. ¿No es acaso ella la que busca a Otón y le arranca la promesa de que se cuidará muy mucho de que Popea muera, cuanto antes, esa zorra convertida en un obstáculo para los dos? Y Otón, el gran llorón (¿pero quién podría esperarse que acabaría siendo Emperador?), el general que llega triunfante de las campañas de Lusitania, él, que despreció a Drusilla por su ama, por Popea, la hija de un senador con aspiraciones, y se encuentra como pago la misma medicina. Popea también tiene aspiraciones y se ha convertido en la amante del Emperador, ya ni siquiera te mira, eres una piedra insignificante en su camino, una cucaracha que aplastará cuando se sienta segura de su poder. Y tú no la amas, en el fondo no la amas ni un tanto así, y lo sabes perfectamente, estás despechado, claro, pero por la humillación, ¡qué poco te cuesta aceptar enseguida los ofrecimientos descarados de Drusilla! Y cómo la usaste, qué poca grandeza, Otón, disfrazado de mujer para asesinar a otra mujer mientras duerme. Tú, un general de Roma, detenido justo por Amor cuando vas a cometer el crimen. (Jajaja, Francesco, buen golpe de timón diste ahí, que el niñito se sienta al menos protagonista por un rato.) Pero tú, Otón, tú, siempre suplicando a los demás, intrigando, compadeciéndote a ti mismo, bah, ni tu reacción final, la de reconocerte como el auténtico criminal para exculpar a Drusilla, te salva.

Pobre Drusilla, la única que conserva algo de dignidad, pero ¿he dicho dignidad? No, más bien habría que decir que ella es el único argumento que le queda a Amor, porque sí, Drusilla -no se nos alcanza el motivo- ama a Otón sinceramente, y por él está dispuesta incluso a morir de modo injusto, ¿pero dignidad alguien que no tiene reparos en sacrificar la vida de la mujer que ha confiado en ella, que la deja velar su sueño? ¿Cómo es posible que Drusilla, tan pizpireta, tan enamorada, tan inspirada por los altos sentimientos alimente y dé curso a los deseos de venganza de Otón, de Octavia? Ella, convertida en la mano que golpea inmisericorde por aquellos que ven peligrar su poder, su posición, sus riquezas... Ella, cortesana enamorada, convertida en el vehículo del odio.

¿Y este es todo tu triunfo, Amor?

martes, 1 de febrero de 2005

Plan

El lendakari Juan José Ibarreche recoge esta tarde en la Carrera de San Jerónimo de Madrid algunas nueces desparramadas. En los próximos meses se prevén nuevas sacudidas del árbol. Mucha suerte a todos los que me leen.

domingo, 30 de enero de 2005

Insurgentes

 El País.es, 30-01-05. Acualizado a las 15:55Un tipo se acerca a un colegio electoral con un explosivo adosado a su cuerpo. Cuando considera que hay un número de individuos terroristamente aceptable en su torno hace estallar el explosivo. Mueren cerca de veinte personas. Y para El País es un insurgente.

Demos un salto con la imaginación en el tiempo. Vayamos a 1966. O, mejor aún, a 1947, cuando Franco ratifica en referéndum su jefatura vitalicia del Estado. Imaginemos a un miembro del Partido Comunista acercándose a un colegio electoral con un explosivo adosado a su cuerpo. Imaginemos que espera a estar rodeado por un número de individuos terroristamente aceptable en su torno. Imaginemos que hace estallar el explosivo. Mueren cerca de veinte personas. Imaginemos ahora el titular de El País.

Y recordar esta frase de Arcadi: "El énfasis sobre las causas del terrorismo es directamente proporcional a la distancia entre el lugar del terrorista y el lugar del enfático. A mayor distancia de las bombas mayor insistencia en las causas".

Sí, desde ahora, la prensa enfática.

sábado, 29 de enero de 2005

Esfera

Esfera armilarUna de las imágenes más recurrentes de la mística de todas las culturas para expresar la idea de perfección absoluta es la de la esfera. En la filosofía oriental la encontramos, por ejemplo, en la rueda cósmica del taoísmo, cuyos movimientos debe seguir, sin inmutarse, el Sabio, pues sólo así será completamente libre. La tradición filosófica occidental resulta especialmente rica en el empleo de metáforas que recurren a la forma esférica. Y es que desde los pitagóricos, las corrientes más influyentes del pensamiento griego consideraron la esfera como la más perfecta de las figuras geométricas. Así, Parménides concibió el ser como perfecto en todas sus partes, comparable a una redondeada esfera, idea que tomó posiblemente siguiendo el ejemplo de Jenófanes quien, en opinión de algunos autores, fue el primero en concebir a Dios en forma esférica. Quien sin duda alguna lo imaginó así fue Empédocles, para quien la divinidad era "una realidad esferoide llena de alegre orgullo en su dominador reposo". Según Empédocles, la esfera es la imagen del mundo "cuando el Amor lo penetra enteramente", la etapa final que ha de volver necesariamente.

Platón y sus seguidores (muy especialmente, Plotino) fueron también fervorosos defensores de la esfera como metáfora suprema de la perfección, y a través de su corriente filosófica la idea llegó hasta la Baja Edad Media. Así, en el Liber XXXIV Philosophorum, un libro pseudohermético del siglo XII, aparece la siguiente fórmula: Deus est sphaera cujus centrum ubique, circumferentia nusquam (“Dios es una esfera cuyo centro está en todas partes y cuya circunferencia no se halla en parte alguna”), definición de la divinidad que cita Tomás de Aquino y que Pascal tomaría tal cual, seguramente a través de Montaigne. En el siglo XIII, la metáfora es empleada también por Roberto Grosseteste, para quien "Dios es también luz y el universo una esfera luminosa que se expande desde un punto central en las tres dimensiones del espacio". La idea se encuentra en otros muchos autores: Leibniz, Rabelais, Tauler, Eckhart, Marsilio Ficino, Nicolás de Cusa, Kepler, Paracelso, en la cábala protorrenacentista y hasta en los antiguos himnos órficos y, por supuesto, no es ajena al idealismo alemán. Así, la encontramos en Fichte, Schelling, Oken o van Baader, a través de los cuales llega incontaminada hasta el siglo XX.

Pero un hombre NO es una esfera. Así que está decidido. El lunes me pongo a dieta.

(No puedo sino expresar mi eterna gratitud a José Ferrater Mora y su excepcional Diccionario de Filosofía, que me acompaña desde hace muchos años y sin el cual este post habría sido completamente imposible)

jueves, 27 de enero de 2005

Eros

Junto al lago, por Thomas Scalf

Me he convertido en pastor de tus ausencias
De tu piel sembrada de caricias y de fuentes
tan lejana
Cómo puede ser
te preguntas
que a la distancia
cotidianamente
yo te recorra
atravesando lomas y llanuras
remontando el cauce de los ríos
salvando las crestas más altivas y perdiéndome
umbroso
en los cálidos desfiladeros del deseo
Pero yo tampoco lo sé
Sólo que cuando caen las hojas
cuando las hojas del otoño caen
y el cielo es tan azul que hasta mirarlo duele
se me clava la nostalgia de tus labios
y sobre tu vientre
con mis dedos desnudos
dibujo flechas azules
y amapolas rojas
Una brisa leve me devuelve a la tarde tormentosa
Y entonces bailo
bailamos hasta caer exhaustos sobre las piedras húmedas
la gran luna naranja flotando sobre las olas
y una nube de estrellas atravesando nuestra carne
sin herirla

He regresado a los latidos del invierno
Y no me gusta
Pastoreo los sueños y sus monstruos

Amor

Junto al lago, por Thomas Scalf

Me he convertido en pastor de tus ausencias. De tu piel sembrada de caricias y de fuentes, tan lejana. Cómo puede ser, te preguntas, que a la distancia cotidianamente yo te recorra, atravesando lomas y llanuras, remontando el cauce de los ríos, salvando las crestas más altivas y perdiéndome umbroso en los cálidos desfiladeros del deseo. Pero yo tampoco lo sé. Sólo que cuando caen las hojas, cuando las hojas del otoño caen y el cielo es tan azul que hasta mirarlo duele, se me clava la nostalgia de tus labios, y sobre tu vientre, con mis dedos desnudos, dibujo flechas azules y amapolas rojas. Una brisa leve me devuelve a la tarde tormentosa. Y entonces bailo, bailamos hasta caer exhaustos sobre las piedras húmedas, la gran luna naranja flotando sobre las olas y una nube de estrellas atravesando nuestra carne sin herirla.

He regresado a los latidos del invierno. Y no me gusta. Pastoreo los sueños y sus monstruos.

miércoles, 26 de enero de 2005

Apariencias

Artificiosus Concentus pro Camera de Vilsmayr por Gunar LetzborAún asombrado por el descubrimiento del Artificiosus Concentus pro Camera, una colección de seis suites para violín solo del compositor austriaco Johann Joseph Vilsmayr, un alumno de Biber, asisto anoche al concierto del Trío Wanderer y descubro un perfil para mí prácticamente inédito de Aaron Copland.

Hasta hace apenas tres años, se consideraba que a la obra de Vilsmayr (depositada en la Biblioteca Británica) le faltaba el bajo continuo y por eso jamás se había interpretado. En un estudio recentísimo, hecho para su edición facsimilar, un tal P. H. Nobes ha llegado a la conclusión categórica de que en realidad la obra jamás tuvo continuo y que la indicación "Con Basso bellè imitante" debe de ser entendida en el contexto de la conducción de las voces polifónicas en el violín solo. Gunar Letzbor se ha atrevido ya a grabar la colección y el resultado es fascinante. Publicadas en 1715, por tanto poco anteriores a las sonatas y partitas de Bach, estas seis suites (formadas por entre 9 y 11 movimientos muy breves: el más largo dura poco más de tres minutos) conectan a la perfección el mundo de Biber (en el mejor estilo de la escritura para violín de los compositores austriacos de su tiempo, Vilsmayr emplea la scordatura en cuatro de las suites, recurre a temas populares y hace de la sorpresa, del contraste, del virtuosismo el motivo más profundo de su música) con el del Cantor. Acaso Bach no estaba tan solo como a menudo se piensa y tengamos que recomponer muchas de nuestras ideas sobre él y sobre su entorno.

Aaron CoplandPor lo que hace a Copland, la imagen que ha perdurado de él, la del compositor que abrió una vía popular en la música americana, representada por sus obras orquestales y sus ballets de toque puramente neoclásico y conservador escritos a partir de 1935, se hace añicos escuchando sus obras de los años 20. Conocía su Concierto para piano, escrito en 1926 que, más allá de los toques jazzísticos característicos de aquel tiempo, tampoco me causó mayor impresión. Sin embargo, anoche el Trío Vitebsk me dejó verdaderamente impresionado. Escrito en aquel mismo 1926 (o 1927), la obra, de apenas 13 minutos e inspirada en una canción popular judía, tiene auténtica garra, fuerza expresiva, intensidad y es de una modernidad sorprendente, que el compositor deja claro con un comienzo disonante y en el que recurre incluso a la microtonalidad. El desarrollo de la pieza no deja de ser original en ningún momento y concluye con un elegíaco canto del violonchelo que, por otro lado, tan bien se ajustaba al resto del programa (Smetana, Chaikovski).

No deja de resultar inquietante cómo nuestros juicios se asientan casi siempre en un mundo de apariencias que constantemente creamos (acaso por pereza o, quién sabe, por pura necesidad de supervivencia) y re-creamos. Y ese universo, que elaboramos a partir de la imagen deforme de la realidad, es el que guía nuestros comportamientos y nuestras relaciones. Cuántos errores no cometeremos diariamente por su culpa. Cuántas injusticias que afecten a personas reales, sufrientes, como nosotros encerradas en un mundo de apariencias incontrovertibles.

lunes, 24 de enero de 2005

Crítica

No resulta difícil escuchar en los corrillos de melómanos juicios contrarios a determinada música actual por abstrusa e incomprensible. Y en esos casos siempre me pregunto lo mismo: ¿pero realmente entienden el Ricercar a 6 de la Ofrenda musical, la Hammerklavier o el final de la Júpiter? Pienso que más bien se trata de un error de enfoque. Aquellos que no consiguen disfrutar con Atmósferas, Pli selon Pli o incluso con la Turangalila no deberían referirse a su incapacidad para entender estas obras, sino a su imposibilidad de sentirlas. Es indudable que las piezas musicales tienen una organización interna, y que la capacidad para comprender en profundidad el tipo de organización (diríamos, el estilo) escogido por el creador puede llegar a favorecer su disfrute; y, de hecho, creo que, en la mayoría de los casos, lo favorece, aunque, en determinadas condiciones, también consigue perturbarlo. Pero antes que nada la música (y el arte en general; acaso no la literatura, poesía aparte) nos atrapa y nos seduce por el impacto sensual y las emociones que ese encuentro con su materia puramente física nos provoca.

En el siglo XIX, y pensando en la pintura, John Ruskin se refería así a la función del artista y al carácter intuitivo que en los hombres provoca el disfrute de las obras de arte:

La función del artista en este mundo consiste en ser una criatura que ve y vibra, un instrumento tan delicado y tan sensible que ninguna sombra, ningún color, ninguna evanescente y fugitiva expresión de los objetos visibles que le rodean y ninguna emoción que llegue a su espíritu pueda ser olvidada o desvanecida en el libro de la memoria. Su tarea no es pensar, juzgar, argumentar o conocer. Ninguna de tales cosas concilia con él, su razón de ser sólo posee dos objetivos: ver y sentir.

Pedimos al arte que fije lo huidizo, que plasme lo incomprensible, que dé cuerpo a lo que no tiene dimensiones y que inmortalice las cosas efímeras. El verdadero fin del gran arte es lo infinito y lo maravilloso, que el hombre puede constatar sin comprender y amar sin saberlo definir.

A menudo comparto este antirracionalismo aplicado al mundo del arte. Nada más patético que encontrarse con alguien que antes de expresarte sus sensaciones sobre el concierto al que acaba de asistir espera a escuchar el juicio infalible de la crítica. Abandonemos la crítica. Hagámonos todos diletantes.

domingo, 23 de enero de 2005

Espejos

Los últimos descubrimientos parecen conducir a la conclusión de que la célebre Toccata y Fuga en re menor BWV 565 atribuida a Bach es en realidad una obra escrita para violín solo por algún contemporáneo cuyo nombre no ha perdurado. Es más que posible que Bach utilizara la pieza en su juventud para la prueba de algún órgano, tarea que le encomendaban de forma habitual, tal era el reconocimiento que había alcanzado, desde muy pronto, su pericia con el instrumento.

Escuchando el reciente registro en el que Alessio Bax toca al piano música barroca en versiones de compositores e intérpretes de los siglos XIX y XX, y que incluye la versión que Ferrucio Busoni hizo de la BWV 565, la realidad se me presentaba como reflejo de un reflejo, Baroque Reflections por Alessio Baxel que se obtiene al colocar dos espejos enfrentados, pero también como una sucesión de capas que hay que ir eliminando para alcanzar un núcleo originario que, a medida que avanzamos, parece alejarse más y más. Es el mismo principio que el de las muñecas rusas. Alguien compuso una obra para violín, que Bach escuchó y trasladó al órgano en una versión que Busoni llevó al piano, que un pianista llamado Alessio Bax tocó en mayo de 2004 ante unos micrófonos que permitieron la grabación de un disco que yo escucho hoy en mi casa. Capas de realidad. ¿Pero podemos llegar al principio? ¿Qué hay antes del violinista imaginando, escribiendo, tocando la tocata y fuga? O reflejos. Yo mismo situado entre dos espejos, colocados en el ángulo exacto que me permite ver a la vez mi espalda y mi rostro indefinidamente repetidos, perdiéndose hacia atrás hasta un principio imposible de identificar. Como si colocásemos la obra original para violín ante un espejo cóncavo que nos devolviese la imagen que de ella creó Bach y esta a su vez se reflejase en el espejo convexo de Busoni, que se reflejase en el espejo deforme de Bax, que se colocase entre los míos, los que me permiten verme a la vez por delante y por detrás, como si lo que escucho contuviera todas las posibilidades de una música que ni el violinista (pieza acaso no última de la Matrushka) imaginó.

Reflejos que a menudo se producen cuando leo algún texto que me conmueve y que reproduce con una exactitud inquietante mis propios y más profundos sentimientos, los que soy incapaz de ordenar. Eso me ocurrió ayer. Y basta un simple, leve giro de los espejos, para que, colocados en líneas perfectamente paralelas, las dos imágenes coincidan a la perfección y no sea posible ver más que una cara, la verdaderamente deseada, de la realidad. Reflejo de un reflejo. Sueños paralelos que, sin embargo, nunca coincidirán, porque, más allá de un ajuste fugaz y deslumbrador, los espejos jamás mantendrán el paralelismo riguroso de sus líneas que esa realidad (ese deseo) requeriría.

jueves, 20 de enero de 2005

Condones

Son un invento útil, lo reconozco. Y además se presentan en formas, texturas, colores y hasta sabores variados, variopintos y variexóticos, para que cualquiera pueda escoger según su gusto y su conveniencia. Pero resultan un fastidio, una incomodidad, una fatiga, un coñazo. Así que entiendo a la perfección que a los obispos no les gusten. Pero de ahí a convertirlos en un problema moral...

Ayer los titulares de los periódicos españoles rezaban exultantes por la apertura de miras que demostraba la Iglesia patria al aceptar, en boca del Secretario de la Conferencia Episcopal, el uso del preservativo dentro del "contexto [de] una prevención integral y global del sida", que la frasecita también requería un explicador simultáneo. El contexto... Interesante. Pues los jefes del Secretario no han tardado ni 24 horas en poner sordina a sus palabras, con estas otras afirmaciones: "Es necesario hablar con claridad. Existen cuarenta [¡¡¡40!!!] métodos para evitar el sida, pero no todo lo que producen los laboratorios se puede utilizar. Es necesario tener en cuenta los aspectos morales. La conciencia y la fe deben intervenir. Un católico deberá escucharlas para ser coherente y rechazar el recurso al preservativo, un medio que la moral católica condena". Es José Luis Redrado, secretario del Consejo Pontificio para la Pastoral de la Salud, quien habla.

Cuarenta métodos para evitar el sida. Urge que la política de comunicación del Vaticano se haga más fluida, porque conociendo cuarenta métodos para evitar el sida, que se los tengan callados puede ser tenido por un auténtico delito de genocidio. Cuarenta. A ver si me salen. Abstinencia, fidelidad, abstinencia, fidelidad, abstinencia, fidelidad, abstinencia, fidelidad, abstinencia, fidelidad, abstinencia, fidelidad, abstinencia, fidelidad, abstinencia, fidelidad, abstinencia, fidelidad, abstinencia, fidelidad, abstinencia, fidelidad, abstinencia, fidelidad, abstinencia, fidelidad, abstinencia, fidelidad, abstinencia, fidelidad, abstinencia, fidelidad, abstinencia, fidelidad, abstinencia, fidelidad, abstinencia, fidelidad, abstinencia y fidelidad. ¡¡¡Cuarenta!!! Pues tienen razón. Aunque veinte de ellos no parecen demasiado científicos, porque si yo le soy fiel a alguien con Sida, ya me dirán...

Si no fuera por el daño que ha causado a millones de personas durante milycientos de años, la doctrina de la Iglesia Católica en materia sexual sería para tomársela a risa. Hace mucho, por fortuna, que la inmensa mayoría de los (que se llaman) católicos, no atienden a la jerarquía en materia de moral sexual (por el bien de sus cuerpos y de sus mentes, dicho sea de paso) y sin embargo ellos (el clero y sus exégetas) siguen ahí, encerrados en su corralito particular, haciéndose sus pajas mentales (disculpen los monseñores la expresión, empleada sólo con el objeto de favorecer la mayor difusión del mensaje, otro día les hago la exégesis), que si masturbarse es un desorden de naturaleza x, pero que no alcanza el nivel de desorden de las relaciones prematrimoniales, que serían xx, y no digamos ya el uso de los condones, que sobrepasan todos los niveles hasta llegar a la categoría xxx, orgías y bestialismo aparte.

Parece que el deseo, el sexo hace a los individuos libres e incontrolables, y eso no debe estar previsto en el capítulo 69 de su escatalogía. Amén.

miércoles, 19 de enero de 2005

Vacío

Hay un poema de Kavafis, eterno nostálgico de Alejandría, que me pareció siempre la expresión última de la desesperanza. Se titula La Ciudad:

Dijiste: "Me iré a otra tierra. Me iré a otro mar.
Encontraré otra ciudad mejor que ésta.
Cada intento mío se ve condenado al fracaso
y mi corazón está enterrado, como un muerto.
¿Hasta cuándo se mantendrá mi mente en este marasmo?
A donde vuelvo la mirada, a donde miro,
sólo veo las desgraciadas ruinas de mi vida, aquí,
en donde he pasado, arruinado y corrompido tantos años".

No encontrarás nuevos parajes. No encontrarás otros mares.
La ciudad te seguirá. Recorrerás las mismas
calles y en los mismos barrios envejecerás.
Y te saldrán canas en estas mismas casas. Para ti,
no hay barco hacia otro sitio. Ni lo esperes. No hay camino.
Y, de la misma forma en que aquí, en este pequeño rincón,
has arruinado tu vida, la has destrozado también en toda la tierra.


Leídos a la distancia, estos versos me causaron una incómoda congoja, la sensación de que la fatalidad puede instalarse en nuestras vidas en cualquier momento y ya no dejarnos nunca. Ahora, que me asomo con frecuencia al vacío, se han convertido casi en un bálsamo, la constatación dichosa de que en la derrota también pueden encontrarse la belleza y la poesía, y el consuelo de que ahí jamás estaremos solos.

sábado, 15 de enero de 2005

Victoria

Victoria de los Ángles y Franco Corelli, fallecido también recientementeFue una Carmen tan angelical que casi parecía Micaela, pero así la quiso Thomas Beecham, y la voz era tan pura, el fraseo tan refinado, la pronunciación tan exquisita y la sensualidad estaba tan perversamente camuflada, tan esquivamente dosificada, que uno no tenía más remedio que caer de rodillas ante esta gitana de Barcelona, hija del pueblo, aristócrata del canto. Maltratada a menudo por la vida, tuvo que alargar su carrera más allá de lo razonable, pero eso permitió que algunos tuviéramos ocasión de escucharla en directo, aunque fuese en recitales. Y, pese al desgaste ocasionado por el tiempo, qué impresión la de oírle pronunciar “chez Lilas Pastia”, alargando la ché como si hubiese nacido en Triana, o escucharle su Mimì, que de tan delicada era como si se quebrara y volviera a recomponerse en cada frase, o sentir al teatro enardecido por esas Sevillanas del siglo XVIII que nadie en la ciudad habría cantado jamás mejor y con más gracia. Timbre cálido, expresión franca, emisión natural, articulación de seda, nunca nadie tanto ese ángel del cielo que invocase Musetta.

Triunfó en París y en Londres, en el Metropolitan y en Bayreuth, pero jamás se plegó a los caprichos de nadie. Pese a lo que he podido leer en algunos obituarios acelerados, fue una soprano lírica pura, que evitó siempre papeles que exigieran voces dramáticas (Cio-Cio San acaso fuera su límite) y que incluso rechazó la Mariscala, que seguramente le habría ido muy bien, porque después de Schwarzkopff, ¿quién iba a poder decir nada nuevo de ese personaje, uno de los más fascinantes de la historia de la ópera? Liederista excepcional, compartió escenarios con Dietrich Fischer-Dieskau, Irgmaard Seefried o Elisabeth Schwarzkopff, en veladas inolvidables, de las que han quedado algunos registros para escuchar genuflexos. Admirada por Callas casi hasta la adoración, fue siempre tremendamente crítica con lo que ella entendía como banalización del arte: salían sapos y culebras de su boca cuando le citaban a los tres tenores, se enfrentó al clan Caballé, negándose a participar en la Gala Lírica de inauguración del Teatro de la Maestranza y luego en los espectáculos de la Expo, controlados por Domingo y por Luis Andreu, aunque sí lo hizo en la apertura de los Juegos Olímpicos del 92 (¿en qué situación no se encontraría y qué oferta no le harían?). Fue también la única que se atrevió a protestar cuando se cometió la tremenda indelicadeza y la estupidez de conceder el premio Príncipe de Asturias de las Artes conjuntamente, como si formasen un coro, a los siete cantantes españoles de ópera más célebres, algunos de ellos enfrentados entre sí. Se quedó sola en su grito.

Victoria de los Ángeles (nacida Victoria López García) ha muerto esta mañana en un hospital de Barcelona. Tenía 81 años.

jueves, 13 de enero de 2005

Torres

GiraldaEn 1172, el arquitecto Ahmed ben Baso inició la construcción de la nueva mezquita mayor sevillana, ya que la anterior, denominada de Ibn Adabbas, se había quedado pequeña. Doce años después, el sultán Abu Yacub Yusuf instó al alzado de un alminar, que se inició empleando sillares procedentes de monumentos cordobeses. La muerte del sultán provocó un giro en la construcción, ya que su hijo y heredero encomendó la dirección de la obra a Alí Gomara, que prefirió emplear ladrillo en lugar de la sillería. La torre fue rematada en marzo de 1198 con la colocación de cuatro manzanas doradas, que se desplomaron con el terremoto de 1356, cuando la ciudad ya había pasado a manos cristianas, reconquistada por Fernando III algo más de un siglo antes. Para sustituir el remate, se hizo con urgencia un pequeño campanario que sería sustituido a partir de 1558, cuando el arquitecto Hernán Ruiz se encargó de levantar el actual cuerpo de campanas, en un prodigio de equilibrio entre el estilo original de la torre y su nueva función, como campanario adosado a la catedral, aquella que se empezó a construir después de que el 8 de julio de 1401 el Cabildo catedralicio sevillano aprobara hacer un templo tan desmesurado "que en los siglos venideros nos tomen por locos".

Durante mucho tiempo se creyó que la cimentación de la Giralda ocupaba un área extensísima, que subía incluso Mateos Gago arriba. No de otro modo habría podido resistir el gran terremoto de 1755 (conocido como "de Lisboa", pero que afectó a muchas construcciones andaluzas), argumentaban algunos. Sin embargo, recientemente se descubrió que de cimentación extensa nada de nada, que la Giralda estaba virtualmente clavada en la tierra sevillana, exactamente igual que se clava una sombrilla en la arena de la playa. Un gesto audaz. Y es que los constructores almohades sabían que estaban levantando una torre y no un castillo...

Triple

Ayer tuvo lugar una reunión de representantes de todas las federaciones regionales de Izquierda Unida para tratar la llegada del Plan Ibarreche al Congreso de los Diputados. Javier (¿Xabier?) Madrazo explicó en el desarrollo de la sesión que su apoyo al Plan en el País Vasco era sólo una estrategia para hacer que fuera debatido, mientras que Gaspar Llamazares explicó al final del conciliábulo que algunos diputados de IU votarían que no al Plan y que otros se abstendrían. O sea, que se lo juegan a 1X2. Si a mí me dejaran rellenar así las catorce casillas de la Quiniela, acertaba siempre. Pero no me dejan. Será por algo. A lo mejor es que en el Patronato de Apuestas Mutuas Deportivo Benéficas (porque se sigue llamando así, ¿no?) hay más coherencia que en el seno del Partido Comunista (que está más partido que comunista, ya saben).