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jueves, 29 de noviembre de 2007

Noticias de España

Monumento a la Constitución de 1812. Cádiz
A menos de cinco años del bicentenario, Cádiz resiste...

Monumento a la Constitución de 1812. Cádiz
...con el corazón partío.

Cádiz. Noviembre 2007
Pero la duda que flota en el ambiente es en realidad otra. Por la ley de Memoria Histórica, ¿corresponde al Ayuntamiento de Barcelona la retirada de la placa o se trata de una competencia del Concejo local? Porque de renovarla en 2012 ni hablamos, ¿no?

Fachada del Oratorio de San Felipe Neri. Cádiz

viernes, 12 de octubre de 2007

Patria

Bandera de España
patria. (Del lat. patria). f. Tierra natal o adoptiva ordenada como nación, a la que se siente ligado el ser humano por vínculos jurídicos, históricos y afectivos.

patriota. (del gr. πατριώτης, compatriota). com. Persona que tiene amor a su patria y procura todo su bien.

[DRAE, vigésima segunda edición, 2001]

1. Pocas veces estaré más de acuerdo con una definición del Diccionario de la Academia. Poco tengo que añadir en este sentido que no haya escrito en días pasados. Los vínculos jurídicos de la nación (la nación de ciudadanos) son la garantía de nuestros derechos individuales, de nuestra seguridad, de la igualdad de todos ante la ley, pero una nación no es sólo eso: la nación tiene un fundamento histórico (y desde luego es anterior a la noción de ciudadanía como la concebimos hoy), un desarrollo en el tiempo, se soporta en la trama creada por la vida en común de sus gentes, que ha forjado una serie de vínculos afectivos y de intereses que son vitales para su existencia y su buena salud. Por supuesto que la base de la vida nacional es el armazón jurídico que lo sustenta, pues los vínculos afectivos son subjetivos y asimétricos, pero también reales, existentes, innegables, y además por completo necesarios. La pretendida asepsia sentimental que muestran ante estas cuestiones algunos izquierdistas, ácratas y ultraliberales de distinto signo (los extremeños se tocan) me parece en la mayor parte de los casos producto de una pose forzada y falsa.

Desde esta perspectiva, podríamos atribuir a los símbolos la función de actuar como una argamasa que fundiera los tres términos de la definición: son garantía de la seguridad jurídica (de ahí, por ejemplo, que Fernando Savater afirmara hace unos días que la bandera española representa hoy en el País Vasco garantía de respeto a los derechos del ciudadano), han sido fijados por ley de acuerdo a su especial significación histórica y sirven como elemento para identificarnos en torno a una causa común, que puede ser, entre muchas otras, un acontecimiento deportivo internacional, una guerra o una situación delicada vivida en el extranjero (¿dónde mejor acudir que al lugar en el que ondea la bandera de tu país?).

En condiciones normales, soy de los que piensa que hay que evitar cualquier tipo de estridencia simbólica: las banderas cuelgan de los mástiles que les corresponde y el himno suena cuando tiene que hacerlo en función del protocolo, y ya está. Personalmente no he enarbolado una bandera ni cantado un himno en mi vida. Pero a nadie escapa que no vivimos en condiciones normales, con un proceso de descomposición nacional abierto y el ultraje a la nación (esto es, a sus ciudadanos) a través de sus símbolos que se ha generalizado en las últimas semanas en determinadas zonas del país. Y en momentos así, están plenamente justificadas las invocaciones a hacer un uso sin complejos de los símbolos que nos representan a todos, a honrarlos, en cuanto tienen un valor simbólico (sospecho que algunos no conocen todavía el significado del término) que no sólo garantizan el imperio de la ley y el respeto de nuestros derechos, sino que apelan a los sentimientos mayoritarios de afecto entre compatriotas. Y si el Gobierno, acomplejado y débil, no es capaz de asumir este papel, no veo cuál es el problema de que lo haga el jefe de la oposición (y eso no quita para que esté de acuerdo con muchos otros en que el famoso vídeo de Rajoy resulta cutre y rancio, y en que él está francamente mal, acartonado y artificial).

2.
Decía Cela, creo que citando en parte a Pío Baroja, que la diferencia entre el nacionalista y el patriota es que el nacionalista cree que su tierra es la mejor del mundo, mientras que el patriota lo que piensa es que su tierra merece lo mejor del mundo. La definición del DRAE recoge sin duda este sentido, con el que estoy plenamente de acuerdo. No deja de resultar curiosa la evolución de la izquierda política y sociológica española en los últimos 70 años con respecto a los conceptos de "patria" y "patriota". Los republicanos (con Azaña, Negrín, Prieto, Machado y Unamuno a la cabeza) se consideraban a sí mismos grandes patriotas. Sentían como un orgullo el estar dispuestos a ofrecer lo mejor de cada uno para el bien de la nación. Lo contrario era un insulto. De ahí sin duda el desgarro que muchos sintieron al ser tratados por el bando vencedor de la Guerra Civil como "antiespañoles" (y no cabe duda de que ahí está parte del origen del descrédito de los "patriotas" entre la izquierda española). Pero es que el término "patriota" sigue significando en el resto del mundo lo mismo que durante la Segunda República española, no hay motivos para cargarlo con ningún otro sentido espurio. Ya no hay excusas. Franco murió hará pronto 32 años. Un patriota es el que está dispuesto al sacrificio personal (y no pienso necesariamente en términos dramáticos, que sería el sacrificio llevado a su límite) por el bien colectivo, que es, por otro lado, un impulso biológicamente natural, incluso egoísta (mirándolo desde el punto de vista evolucionista está absolutamente claro), pues el bien del colectivo en el que vives es tu propio bien y el bien de tus hijos. ¿Que tiene usted problemas para identificar dónde está el bien y dónde el colectivo? Entonces es que usted tiene, en efecto, un problema.

viernes, 5 de octubre de 2007

Concordato

La niña todavía no ha cumplido 4 años. Va por primera vez a la escuela, un centro público. Ha pasado dos años en guardería y su nivel de desarrollo y sociabilidad es perfectamente normal. Así que, a pesar de que, por edad es de las más pequeñas de su clase, y eso en etapa preescolar se nota mucho, se integra sin problemas en el grupo. A la semana o así de empezar el curso, el padre recibe una llamada de la profesora. Que ha comprobado que en la matrícula alguien ha marcado con una x la casilla que dice alternativa a la asignatura de Religión y Moral Católicas, y quería comprobar si no había sido un error, porque se trata del único caso de la clase. El padre le responde que no, que la casilla la marcó él y que no se trata de un error. La profesora le explica entonces que al ser un caso único el colegio no puede ofrecer una alternativa y que la única solución es que la niña pase la hora de religión en otra aula, lo cual ella piensa que no es lo mejor para una niña tan pequeña. El padre está de acuerdo en que no parece lo más adecuado y queda en acercarse al Centro para hablar con el Director.

El Director le repite más o menos lo que ya sabe, añadiendo que nunca se ha dado el caso de que a esas edades haya niños suficientes cuyos padres rechacen la religión (algunos Testigos de Jehová, pero nunca a la vez) como para plantearse organizar el Centro de otra forma. El padre le pregunta entonces, muy sorprendido, que en ese caso, por qué ofrecen la alternativa. El Director alude a obligaciones legales y a que, en el fondo, la alternativa existe: si él no quiere que su hija estudie religión se le ofrece la posibilidad de mandarla esa hora a otra clase. El padre empieza a ponerse serio y le dice que esa es una alternativa falaz, que la opción que se le ofrece es mucho peor que aceptar la que se presenta como "no obligatoria", salvo que uno sea un fundamentalista y escoja el sufrimiento de su hijo al seguimiento puro y fiel de sus convicciones, y que es inaudito que en un estado de derecho y aconfesional se pueda plantear esa disyuntiva. Dándose cuenta de que pierde el tiempo y que poco más le queda por decir y escuchar, el padre se marcha y se dirige a hablar con la profesora, quien le da por completo la razón, pero insiste en que ella piensa que es mejor que la niña se quede en clase, que ella se la llevaría a la sala de profesores y la atendería, pero que a esa hora tiene otra tarea encomendada en el Centro, y que al fin y al cabo a esas edades en la clase de religión sólo se dan valores, de forma muy amplia y general. El padre dice entonces que por qué no ponen la clase de religión a primera o a última hora y él lleva a su hija después o la recoge antes, y todos contentos. A la profesora le parece una buena solución, pero que debe plantearla al Jefe de Estudios.

El Jefe de Estudios da un respingo en la silla cuando el padre le plantea el problema. Que teme que no será posible, primero porque los horarios ya están hechos y tener en cuenta esa casuística obligaría a rehacerlo todo, con lo que el perjuicio sería mayor; y segundo, porque la hora de religión está considerada como lectiva, por lo que ningún alumno puede abandonar el centro mientras se imparte. El padre le explica que a él le parece todo eso muy bien, pero que la ley también dispone una alternativa a la religión, y la que le ofrece el Centro no es viable, por lo que en el fondo es inexistente. El Jefe de Estudios se encoge de hombros, y le dice que él no puede hacer otra cosa y que si quiere, que vaya a hablar con el Inspector de zona, pero que él piensa que será para nada, porque otros años ha habido casos parecidos (pocos, pero los ha habido) y ha sido para nada. El padre le dice que si él ya sabe que es para nada, que para qué lo manda, si para quedarse tranquilo y lavar su conciencia. Como piensa que lo del Inspector puede ir para largo, el padre vuelve a hablar con la profesora para decirle que acepta que la niña dé la clase de Religión y Moral Católicas, pero que seguirá buscando alguna alternativa aceptable para sacarla en cuanto pueda.

Contra pronóstico, el Inspector de zona lo recibe rápido. Se hace cargo del problema, pero afirma que la organización de la alternativa a la religión es un asunto interno de los centros, y habiendo sólo un niño en un aula es muy difícil ofrecer alguna solución diferente, que entiende que la niña es muy pequeña, pero que la alternativa que se le ofrece es lógica, y los niños se acostumbran pronto y no suelen tener problemas. El padre le responde que no es eso lo que dice su profesora, una experiencia de 35 años con niños pequeños, que lo sabrá mejor que nadie. Ante el planteamiento de las otras alternativas, el Inspector se convierte en una especie de muro absorbente. Imposibilidad legal. Así que los padres se aguantan y la niña recibe su ración semanal de valores y moral católicos.

Al curso siguiente la niña va a cumplir 5 años. La madre es esta vez la que habla con la profesora. La situación no ha cambiado, que a esas edades sólo dan valores y que ella ve mejor que la niña siga en clase. Y sigue.

La niña va a cumplir 6 años y ya está en 1º de Primaria. El padre se sorprendió de que en la matrícula ya no figurara la casillita con la alternativa a la Religión y Moral Católicas, pero a la semana de empezar el curso le llegó un papelito donde se le pedía que eligiera. Los padres lo hablan y deciden marcar la casillita con la "alternativa" y esperar a ver cuál es esta vez la respuesta del Centro. Lo llama la profesora (que es la misma que en Preescolar: está a punto de jubilarse y está tan feliz con ese grupo que ella ha pedido que la dejen hasta que terminen el primer ciclo de Primaria; todos contentos, porque es una maestra excelente), que lo mismo que el otro año, que la niña ya es un poco mayorcita y a lo mejor ya no le afecta tanto, pero que ella sigue pensando que en principio no es bueno sacarla de su clase, que ella hará lo posible por atenderla en el caso de que decidan eso, pero que ni siquiera es seguro que vaya siempre a la misma clase, que dependerá de cada momento. Los padres parecen resignados, que está bien, que le den su ración de doctrina semanal, pero que ellos no piensan comprarle ningún libro. La catequista lo soluciona con fotocopias, invento del demonio. A esta altura de la vida, los valores han adquirido un perfil inquietante, y la niña llega algunos días a casa con ideas un tanto raras, hasta tal punto que en una reunión de padres, algunas madres se quejan de las cosas que llegan diciendo sus hijos, no sé qué de muertos andantes, de palomas-mechero y de angelitos con espada, y muchos aseguran que el año que viene los sacan de religión. Los padres recuerdan entonces el caso de la hija de unos amigos, que necesitó hasta tratamiento psicológico para superar la fobia a dormir con la luz apagada, pues cuando ella se quedaba sola entraba en su cuarto "un hombre con alas". Así que los padres hablan a menudo con la niña y le piden que no haga caso de lo que le diga la seño de religión, que son como los cuentos que por la noche lee con su madre...

Pronto la niña tendrá 7 años. Ya ha empezado el curso, y los padres reciben otra vez el papelito con la disyuntiva. Marcan alternativa. La profesora esta vez no llama. Se sorprenden, pero es la niña la que les dice que en clase de religión la seño se la ha llevado a la sala de profesores y ha estado leyendo. ¿Algún niño más? No, sola. Valentía la de los padres, sí, señor. Pero lo importante es que parece que la niña se lo ha tomado bien. Sólo lo parece. A la segunda vez ya no le hace tanta gracia, a la tercera repite una y otra vez que ella quiere estar con sus compañeros. Los padres se lo piensan. Le explican que cuando ella lee un cuento, sabe que es un cuento, que es una fantasía, algo que no ocurre en la realidad, pero que en clase de religión lo que quieren es que ella crea que algunos cuentos, los cuentos de la religión son la realidad, y no sólo eso, sino que le piden que ella tiene que comportarse y ser como los protagonistas de esos cuentos, y que eso no está bien. No están seguros de que la niña lo entienda y esperan unos días más a ver qué dice y cómo reacciona. Eso sí, el libro de religión tiene este año su nombre, que se lo ha regalado la Junta de Andalucía. Continuará...

[Este relato está basado en hechos reales, ocurridos en un lugar de Andalucía entre los años 2004 y 2007. Los nombres han sido omitidos para garantizar la confidencialidad de los afectados]

La oferta obligatoria de Religión y Moral Católicas en los centros públicos españoles se asienta en los cinco Acuerdos (esto es, el Concordato) firmados entre España y el Vaticano el 3 de enero de 1979, o lo que es lo mismo, menos de un mes después de la aprobación en referéndum de la Constitución del 78, siete días justos después de su promulgación, por lo que es evidente que fueron negociados e incluso redactados antes de la aprobación y promulgación de la Carta Magna. El Concordato no hace otra cosa que reafirmar los ancestrales privilegios de la Iglesia Católica en España. Para que no hubiera problemas de encaje legal, se había dejado además convenientemente abierta una puerta en forma de artículo de la propia Constitución, el 16.3, de redacción premeditadamente alambicada y ambigua, pero que consagra en la práctica la hegemonía de la Iglesia Católica en el país, y unos privilegios que deberían resultar inaceptables para un Estado supuestamente aconfesional, luego laico, que es lo mismo. La catequesis en los colegios financiada con dinero público es una muestra bien visible de esos privilegios. Han pasado casi 30 años desde entonces y gobiernos presididos por Adolfo Suárez, Leopoldo Calvo Sotelo, Felipe González, José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero no han hecho nada por cambiar una coma de aquel artículo y aquellos acuerdos inaceptables para cualquier estado soberano que se precie del valor de su soberanía. ¿Para cuándo toca?

sábado, 29 de septiembre de 2007

Una idea de España (II)

Hay por supuesto otras ideas de España, que sus postulantes considerarán igualmente defendibles. Justamente por eso, porque las ideas sentimentales sobre lo que es o debe ser la nación son múltiples, subjetivas y no siempre compatibles entre sí, es deseable encontrar un punto de acuerdo racional y objetivo, que sea aceptable por todos y que todos estén dispuestos a defender, y a mí no se me ocurre otro que el de la Ciudadanía, es decir el del Derecho, el de una justicia igual para todos, con obligaciones y derechos iguales para todos, claramente definidos en un documento base (la Constitución) dentro de un sistema de libre concurrencia y democracia, y a partir de aquí que cada cual defienda su propio proyecto como mejor entienda (con el límite, obvio, de las leyes).

En cualquier caso, para mí, repito, las naciones no pueden ser sólo (no son en realidad) un sistema administrativo común, es decir, no son sólo Estado (aunque se identifiquen en la práctica con él), y España, estoy convencido, es mucho más que eso, es una trama inextricable de afectos e intereses forjados en una historia de convivencia milenaria (sí, milenaria). Si la memoria no me juega una mala pasada, creo que fue Francesc Cambó quien en un momento de su trayectoria de nacionalista catalán se separó de la línea independentista de Macià al afirmar que la convivencia de siglos había creado tal madeja de relaciones entre los habitantes de España que la independencia de cualquiera de sus partes no podía sino causar un trauma de consecuencias nefastas para todos. En su interesantísimo libro sobre el nacionalismo, Alfredo Cruz Prados afirmaba que las naciones necesitan un proyecto común que las impulse. En mi opinión, ese proyecto común no sería en España otra cosa que una mirada global, española, sobre los problemas globales y locales, por encima de particularismos y localismos, es decir la tendencia contraria a la que vivimos hoy, cuando se ha instalado la idea de que la presión regional, localista es la única manera de no resultar marginado en el reparto de inversiones. Hace unos días, en una muy seguida tertulia radiofónica, un famosísimo (y para mí, penoso) periodista madrileño decía a un celebérrimo colega andaluz que él tenía que estar en el fondo muy contento porque Andalucía era la principal beneficiaria del chalaneo de la financiación autonómica. Pues bien, yo, como andaluz, no estoy contento, no estoy en absoluto contento, porque la rapiña autonómica en la que nos hemos instalado sólo causa (está causando ya) insolidaridad, desapego afectivo entre los españoles y el fomento de un clientelismo regional de paniaguados que hace de la democracia una auténtica caricatura de sí misma.

Quiero decir con todo esto que si bien la idea de España como una simple nación de ciudadanos libres debe ser la base común de nuestro proyecto colectivo, el contenido con el que eso se llene no resulta indiferente, que hay proyectos políticos que favorecen la solidaridad y la cohesión y, en ese sentido, nos benefician a todos, y proyectos que sólo alientan el egoísmo particularista y el separatismo, y que por tanto nos perjudican en la misma medida. De ahí que el nuevo partido de Savater y Díez no pueda quedarse en una simple definición de España como nación de ciudadanos, lo cual considero por supuesto básico, que espero (esperamos, me atrevería a decir) algo más. Es por eso que la famosa referencia de Savater a que "la idea de España se la suda" me parezca muy desafortunada para salir de los labios del promotor de un nuevo partido político. Y que conste que la entiendo, que estoy convencido de conocer el sentido en el que está pronunciada. De hecho, varios días después, Carlos Martínez Gorriarán daba en su blog una explicación sobre el particular que puedo compartir perfectamente y que, por su interés, transcribo:

[...] que ideas de España hay tantas como españoles (unas 44 millones, creo). Que el problema no son esas ideas –FS tendrá la suya, claro, sino la insistencia de algunos autoerigidos guardianes de la nación en que hay una Idea de España obligatoria: pues mire, esa es otra variedad del nacionalismo obligatorio que detestamos. No estamos aquí para soportar a gente que habla en nombre de Cataluña, que te quiere meter a balazos la gran Euskal Herria o que vocifere tu presunta obligación de asumir su Idea de España. Lo que importa de la nación es que es una sociedad de ciudadanos que comparten una comunidad con muchas dimensiones, pero cuya dimensión más importante es la ciudadanía en un Estado. En un Estado de derecho, naturalmente (comparto con los liberales la idea de que lo único que justifica al Estado es su obligación de garantizar las libertades públicas e imponer la paz monopolizando estrictamente el ejercicio de la violencia). Vamos, que lo importante es la ciudadanía española, no la fantasmagórica Idea de España que parece formulada por un Hegel de zarzuela. Así pues, la única idea de España que debemos aceptar los 44 millones se llama Constitución. Fernando Savater lleva defendiendo muchos años la ciudadanía española, y explicando que ser ciudadano comporta tanto derechos y libertades personales como obligaciones y responsabilidades comunes. No conozco a nadie que haya defendido tan bien este sencillo y vital principio como Fernando Savater, ni que haya estado tan amenazado y perseguido durante tanto tiempo por hacerlo tan claramente, cuando podía haberse dedicado a sus cosas y mientras algunos de sus críticos actuales iban con dodotis. Para mí, y para cualquiera que no se crea Don Pelayo, eso es defender España.
No es muy distinto de lo que yo llevo dicho, con una sola objeción: yo sí creo que la idea (minúsculas) de España es importante, yo sí creo que es crucial que un partido político que nace lo haga llenando de contenido ese espacio inconcreto que queda pasada la primera (y necesaria) definición de carácter formalmente administrativo, y es más, creo que UPD tiene una idea de España, tiene un proyecto, cuyas líneas generales se han difundido ya. Por eso me parece aún más erróneo el comentario de Savater, que quizá no se ha dado todavía cuenta de que ya no es sólo un intelectual que conecta con los ciudadanos escribiendo libros y columnas en los periódicos, sino que es el promotor de un partido político que aspira a convertirse en un factor clave para la gobernabilidad del país. Quienes compartimos su visión de España (y yo, globalmente, la comparto) no esperábamos que nos dijera que "la idea de España se la suda", sino que hiciera una defensa de su idea de España, que sin duda tiene y que muchos, repito, compartimos. Cuando uno se mete a político tiene que cuidar mucho expresiones como éstas, fácilmente manipulables y no comprensibles para un conjunto no pequeño de ciudadanos. Lo recogía perfectamente Esteban en su Cuadrilátero de ayer.

Cuadrilátero de Esteban. 28-09-2007
Pues eso. Hoy se presenta formalmente en sociedad UPD. De corazón y por interés, mucha suerte.

viernes, 28 de septiembre de 2007

Una idea de España

Soy español. Lo cual no es decir demasiado. Soy español porque nací en España. Otros que no han nacido en España también son españoles porque sus padres lo son (como, por ejemplo, Juan Carlos de Borbón) o porque están casados con españoles o porque residen en España y han cumplido una serie de requisitos que exigen las leyes para adquirir la nacionalidad española (como tantos futbolistas hispanoamericanos) o porque las instituciones se la han otorgado por razones especiales de mérito y vinculación con nuestro país (es el caso de Mario Vargas Llosa). Todos los españoles tenemos un documento (el DNI) donde lo dice (Nacionalidad: Española). Se trata de una simple condición administrativa, que compartimos algo más de 40 millones de personas (teniendo en cuenta que en el mundo viven hoy más de 6.000 millones no es demasiado, ciertamente). Españoles son Juan Carlos de Borbón y el futbolista del Real Madrid Julio César Baptista, Mario Vargas Llosa y Blas Piñar, Josep Carod Rovira y Arnaldo Otegui. Como ciudadanos españoles, todos estamos sujetos al ordenamiento jurídico de España, que nos impone una serie de obligaciones y nos reconoce una serie de derechos. Ser español tiene, desde el punto de vista administrativo, ventajas e inconvenientes, como ser alemán o chino. Creo, en cualquier caso, que nadie en su sano juicio discutirá que, comparando con el resto del mundo, las ventajas de ser español son muy superiores a los inconvenientes; de hecho, estoy convencido de que un elevadísimo porcentaje de esos 6.000 millones de personas que viven en nuestro planeta si pudieran optar, elegirían sin duda las ventajas de la nacionalidad española a la suya propia (y que pregunten si no a los chinos, a los sudaneses, a los guatemaltecos, a los birmanos o a los iraníes).

Pero además me siento español. Quiere esto decir que tengo vínculos afectivos especiales con las cosas que se relacionan con España y con sus ciudadanos (lo cual no significa que me gusten todas sus cosas ni que sea amigo ni siquiera que simpatice con todos sus ciudadanos, pues no hablo de afectos personales, sino de un sentimiento general de pertenencia a una comunidad, algo muy propio de los humanos, primates, luego animales sociales). Estos vínculos no son innatos, no nací sintiéndome español. Se han creado porque durante mi vida he compartido con los españoles una forma de acercarme al mundo, a través de la educación, los medios de comunicación, el idioma, los juegos, las fiestas o los artículos que llegan a las tiendas, que ha sido diferente al modo de acercarse al mundo de los franceses o los portugueses (eso está sin duda cambiando con la globalización e internet, pero yo he cumplido ya los 40, qué quiere que les diga, uno no abandona sus vínculos afectivos de hoy para mañana). Me siento español porque comparto con los españoles no sólo obligaciones y derechos administrativos, sino toda una serie de modos de vida que me hacen alegrarme con los éxitos de los españoles y entristecerme con sus fracasos o sus catástrofes de forma más intensa que por los éxitos, los fracasos y las catástrofes de otros ciudadanos del mundo. Por eso, las inundaciones provocadas por la ruptura de la presa de Tous me estremecieron mucho más que las ocurridas este año en Inglaterra, los incendios de Galicia me espantaron más que los de Grecia, los accidentes de los autobuses escolares ocurridos en España me acongojan siempre mucho más que los ocurridos en el extranjero, los atentados de ETA son para mí más terribles que los del IRA o los de Hamas y prefiero las victorias de Fernando Alonso o Rafa Nadal a las de Raikkonen o Federer.

Lo que no soy es un nacionalista español. Y esto es lo que muchos siguen sin entender. Sentirse español no significa ser nacionalista español, como sentirse catalán o almeriense o malayo no significa ser nacionalista catalán, almeriense o malayo. (Todos estos sentimientos no son además excluyentes. Uno puede sentirse catalán y español, almeriense y español e incluso malayo, almeriense, catalán y español, en distinto grado pero al tiempo.) Para que yo fuera nacionalista español tendría que pensar, por ejemplo, que ser católico y ser español es la misma cosa (como defienden todavía algunos) o que el español es la lengua propia de España y por tanto sólo son auténticos españoles aquellos que la hablan o que España es una unidad de destino en lo universal o que sólo son españoles los amantes de los toros o de las quinielas o alguna formulación similar que hiciera de la nación española una esencia inmutable y eterna, con atributos propios (lengua, cultura) de naturaleza colectiva e inexcusable. Al decir que me siento español ni siquiera estoy afirmando la existencia de la nación española (no necesito en realidad hacerlo, pues su existencia es una realidad histórica incuestionable, y yo soy siempre muy respetuoso con la realidad y con la historia), sino mi especial afinidad sentimental hacia lo español (aunque deteste los toros y no me guste el flamenco).

Estos sentimientos son por supuesto, por definición, siempre personales y subjetivos, pero creo sinceramente que son mayoritarios entre los ciudadanos que tienen la categoría administrativa de españoles. Con los que no tienen esos sentimientos no tendría que pasar en realidad nada, pues su españolidad administrativa les garantiza absolutamente todos los derechos individuales, idénticos a los del primero de los patriotas (se puede ser patriota sin ser nacionalista, sí, pero eso, si te parece, querido Ignacio, lo dejaremos para otra ocasión), y nadie les niega la posibilidad de expresar ni manifestar sus sentimientos de pertenencia a otras comunidades humanas en la manera que estimen oportuna (con la única limitación, obvia, de la ley). Es evidente que el sentimiento no puede ser hoy el vínculo fundamental que mantenga unida a una comunidad política, a una nación (en el sentido que le daba ayer, es decir, un Estado). Las naciones que me esfuerzo en defender como realmente existentes y necesarias son las naciones de ciudadanos libres e iguales ante la ley, por lo que es la Constitución, el marco que establece los derechos y las obligaciones de esos ciudadanos, el auténtico punto de encuentro, el consenso básico que garantiza la libertad y la seguridad de todos, la madre del cordero de la nación.

Sin embargo, eso no quita para que considere que los vínculos afectivos son importantes, muy importantes para la estabilidad de la nación y la felicidad de sus ciudadanos. De hecho son esos vínculos los que han atacado con saña, allí donde son fuertes, los partidos nacionalistas en 25 años de control de la educación, de los medios de comunicación públicos y de los presupuestos, contando casi siempre con la aquiescencia de los partidos nacionales, que han aceptado los hechos consumados cuando no han entrado en una especie de subasta pública a nivel regional por ver quién hacía la oferta más nacionalista, más provinciana, más pueblerina. Cuando se dice que España se rompe, lo que se está afirmando, pese a que a muchos les suene a catastrofismo, es una realidad fácilmente contrastable, que los vínculos afectivos entre los españoles se descuajaringan poco a poco, paso a paso, y que ese descuajaringamiento empieza a alcanzar rango de ley entre la indiferencia general, que los nacionalistas están teniendo éxito y que no se aprecian signos de reacción entre los partidos nacionales tradicionales.

En último término, no pasa nada por que España se rompa, dicen algunos. Sí que pasa, pasa que se rompe. Y yo no quiero que eso suceda. No quiero por razones sentimentales, que ya he explicado; y no quiero por razones prácticas, pues creo que ser una nación nos beneficia a todos. Puede que llegue un día en que los vínculos afectivos se hayan deteriorado hasta tal punto que la gente prefiera que España se divida en varias naciones. Como demócrata, no me quedará más remedio que aceptarlo y pagar la parte alícuota del precio que eso nos cueste, pero antes de que eso llegue prefiero trabajar por que no ocurra, y la forma más ilusionante de hacerlo me parece que a día de hoy es apoyar el proyecto de Unidad, Progreso y Democracia, el nuevo partido político liderado por Rosa Díez, surgido en el entorno del movimiento cívico Basta Ya y promovido por Fernando Savater, entre otros. A la espera de su definición programática en aspectos concretos, su apuesta por una nación de ciudadanos con igualdad de derechos y obligaciones en todo el territorio nacional me parece imprescindible para el futuro. Soy más partidario de los regímenes unitarios que de los federales (mi modelo en realidad no es otro que el de la jacobina y centralista república francesa), pero la forma de organización me parece asunto menor siempre que se garantice ese principio básico de igualdad ciudadana: una federación de territorios con ciudadanos iguales me parece una fórmula no ideal pero aceptable, y hasta ahí estoy dispuesto a esforzarme por el consenso: nada de confederaciones ni de federalismo asimétrico, que es la misma cosa. Esa es mi idea de España. Y esa es para mí la España que vale la pena defender.

martes, 15 de mayo de 2007

Noticias

España, un día cualquiera.


domingo, 18 de marzo de 2007

Antefuero

A los que ayer se manifestaron en Pamplona por España y el fuero, me gustaría decirles que hay otra España posible (y deseable), la España de los ciudadanos, sin fueros ni privilegios para nadie. Vale, ya sé que el fuero está en la Constitución del 78 y a través de ella parece haber quedado fijado en los genes de nuestra democracia por siempre y para siempre, pero yo aspiro a abolir algún día todo tipo de privilegios forales (o a concederles graciosamente la independencia a quienes lo reivindiquen como un derecho: ahí os quedáis, y que os vayan dando), como los genes de la época de celo quedaron atrofiados en su día en el homo sapiens, y me jode que los navarros (y la compañía) salgan a la calle en manada para agitarlo delante de nuestra estólida cara de cornudos consentidos, y además con la colaboración entusiasta del PP...

(Cosa tan antigua la de los fueros, de verdad, qué bochorno...)

lunes, 5 de febrero de 2007

El aprendiz de brujo y su maestro

En plena oleada de indignación nacional por el apoyo del Gobierno Aznar a los aliados que intervinieron en Iraq, algunos manteníamos que lo que se jugaba en las elecciones generales de 2004 no era la alineación internacional de España con EEUU-Gran Bretaña o con Alemania-Francia, dos parejas que, antes o después, iban a acabar coincidiendo en una política similar para Oriente Medio y frente al fundamentalismo islámico, una cuestión por completo menor para nuestros intereses más urgentes. Lo que se jugaba en aquellas elecciones era el problema de España, tal y como ha ido afectándonos cíclicamente desde hace algo más de un siglo, desde que la generación del 98 lo puso en primerísimo plano de la vida cotidiana. El problema de España es el problema de su organización territorial, de su vertebración. Y en aquel momento de marzo de 2004 se presentaban al elector dos opciones muy claras: el PP representaba una cierta estabilidad del estado de las autonomías, la búsqueda de un cierre aceptable del modelo de manera definitiva y de forma que el estado mantuviera una capacidad de poder suficiente para potenciar el equilibrio interterritorial; el PSOE, IU y los partidos nacionalistas representaban el mantenimiento de una estructura abierta permanentemente, lo que suponía más poder para los territorios y un debilitamiento de la capacidad de decisión del estado. El problema de la segunda opción, la triunfante, es que no sabemos a dónde nos conduce. Como un auténtico aprendiz de brujo, el PSOE de Zapatero se ha puesto a hacer ingeniería social, algo extremadamente peligroso, sólo admisible cuando existe una crisis del sistema verdaderamente grave, cuando se llega a un punto sin retorno, a una situación en la que el mantenimiento de la estructura del estado es más perjudicial que la aventura de la búsqueda de algo nuevo. Es decir, una situación como la de 1931 o la de 1975, pero en absoluto como la de 2004, cuando a una inmensa mayoría de los españoles no le preocupaba en absoluto el modelo existente de estructura territorial. Lo cierto es que se ha emprendido un camino difuso, nebuloso y peligroso por satisfacer las ansias de poder de las oligarquías nacionalistas de Cataluña y el País Vasco, y todo ello se ha hecho fijándolo teóricamente en un equívoco político verdaderamente insólito: para Zapatero y sus acólitos lo progresista es la debilitación de un poder central igualador en torno a la categoría del ciudadano y la entronización de caudillajes locales, a la manera feudal; un equívoco que parece que sólo se da en España (por ejemplo, en el referéndum italiano que propugnaba más poder para los territorios la derecha defendía el Sí y la izquierda el No). En sólo tres años la deriva nacional ha alcanzado tal punto de esquizofrenia que al Gobierno de España le sienta mal que sus ciudadanos se manifiesten con banderas españolas, mientras en los actos en que los que sus miembros participan se enarbolan enseñas preconstitucionales (como la tricolor) y a todos parece bien. Todos los riesgos han sido puestos sobre la mesa. El concepto mismo de nación española está afectando a los partidos políticos. Apenas queda el PP como partido nacional y, de manera incomprensible, se suma también de forma indecente y electoralista a empujar en el sentido señalado por Zapatero, y lo hace defendiendo adefesios como el nuevo Estatuto andaluz. Más allá aún, están algunos (a los que la buena fe se les supone, exactamente igual que el desconocimiento más elemental de las leyes de la historia) que juegan a contextualizarlo y desdramatizarlo todo. Se reformó el Estatuto de Cataluña y no se ha roto España, y se ríen, jaja. Como si el proceso puesto en marcha se hubiera detenido justo en el momento de su inicio, como si esto no fuera sólo el punto de partida de algo que ya se está notando (la desafección entre españoles de distintas regiones y la de muchos españoles con sus propios símbolos constitucionales es verdaderamente grave), pero que sólo alcanzará a mostrar sus auténticas consecuencias sobre la vida cotidiana dentro de una o dos generaciones.

Hoy, elmundo.es trae una entrevista con Francisco Sosa Wagner, quien fuera profesor de Zapatero y miembro del tribunal que concedió sobresaliente cum laude a una tesis del hoy presidente del Gobierno (se ha hecho un excesivo hincapié sobre la calificación de la tesis, lo cual sólo es posible desconociendo que el sobresaliente cum laude es casi lo menos que se estila en este tipo de trabajos académicos). Sosa Wagner habla con absoluta claridad, y no me resisto a traer hasta aquí los puntos fundamentales de su discurso:

-"Nos hemos lanzado a la reforma de los estatutos sin antes habernos puesto de acuerdo en lo esencial: el Estado. Hemos metido a España en un quirófano para una gran operación alumbrados por una simple vela."

-"Nos cansamos de escuchar que con estas reformas vamos hacia un Estado federal y eso no es verdad en absoluto."

-"Como socialdemócrata, combato abiertamente la idea de cuanta más descentralización, más 'progre' soy y más pegatinas me pongo."

-"Nosotros caminamos claramente hacia el confederalismo. Es un disparate esto de que cada uno apruebe por su cuenta los estatutos alentados por un incesante victimismo local."

-"Quitémosnos las caretas de una vez. Nadie quiere una reforma del Senado para que se convierta en una cámara de representación territorial en la que todas las autonomías son iguales. Eso no lo quiere nadie: a lo que se aspira es a la bilateralidad. Es lo que se está haciendo en Cataluña y lo que se quiere hacer también en Andalucía."

-"Hasta ahora el problema era la sobrerrepresentación de los nacionalistas, ahora está ocurriendo algo más grave: la territorialización de los partidos nacionales."

-"Esto ha tomado ya un ritmo imposible de frenar. El Estado se irá fragmentando cada vez más. Veremos cómo el Gobierno será cada vez más incapaz de hacer nada, de legislar nada, de imponer nada."

-"La reforma de la Constitución para reforzar el 'disco duro' del Estado es la única salida a todo este absurdo, pero ¿quién quiere eso?"
Creo que somos muchos los que queremos eso, pero tenemos que hacer algo, juntos, sin complejos, y pronto.

sábado, 24 de diciembre de 2005

Iberia

A Garrotazos. Francisco de Goya
1. A garrotazos o a tortas. Como si una fatalidad histórica se cerniera sobre las tierras de España. No hay conflicto entre nosotros que no se arregle con una oportuna guerra civil. Y ya está. Conflicto solucionado hasta dentro de un par de generaciones, cuando el olvido y la ignorancia provoquen un nuevo deslizamiento del fiel de la balanza hacia la hiperlegitimidad histórica de unos privilegios disfrazados de derechos. Conflicto redivivo. Solución en puertas. Y lo preocupante es que el ciclo del apaciguamiento presenta hoy evidentes síntomas de agotamiento. Uno esperaría otra cosa del progreso.

Rosa Torres-Pardo toca Iberia en Iberia2. Bajo el epígrafe "Música en las fábricas y en las casas del pueblo", la Fundación Largo Caballero viene organizando desde hace tres años actividades musicales en fábricas, centros de trabajo y casas del pueblo. Tras los conciertos en instalaciones de Renfe, Aceralia (en Avilés) o Talleres de Metro, el pasado jueves le tocó el turno a un hangar de Iberia, donde la pianista Rosa Torres-Pardo ofreció un par de cuadernos de la Iberia de Albéniz. La iniciativa recuerda los arreglos para pequeños conjuntos que Schoenberg y otros músicos de su tiempo hicieron de grandes obras sinfónicas y operísticas del pasado para acercarlas a los centros de trabajo. En los años 70 del siglo XX, Luigi Nono, Maurizio Pollini y Claudio Abbado encabezaron iniciativas similares en Italia, y por las mismas fechas, el pianista argentino Miguel Ángel Escalera hacía algo parecido por todo el mundo. Aunque sólo sea por la foto y la ruptura de la monotonía que imponen las actuales cadenas de montaje, vale congratularse por la idea.

3. Escuchando el lunes pasado la magnífica recreación de la Iberia de Albéniz completa que ofreció el joven y audaz Óscar Martín (Sevilla, 1976) no podía dejar de notar que ese color típicamente albeniciano, esa atmósfera singularísima que sólo es capaz de crear su música se alimenta en el fondo de un aire entre melancólico y trágico como sólo puede ser lo español. "Esa maravilla del piano" que es Iberia (así la llamó Debussy) consigue el milagro de superponer la gran tradición romántica y nacionalista vinculada a Liszt con el empuje arrollador del impresionismo francés y con una suerte de metonimia de lo hispánico que, aunque asociado a Andalucía (diez de las doce piezas tienen inspiración andaluza), sobrevuela con una gracia superlativa el tópico, el tipismo y la circunstancia temporal para captar la esencia ucrónica de una tierra (la nuestra) marcada por un fatalismo que acaso Indibil y Mandonio ya intuyeron mientras se enfrentaban a las legiones de Roma. Una síntesis artística de lo ibérico alumbrada en la mente de un catalán que residió en París y en Londres. Un camino para romper los círculos viciosos. Feliz Navidad.


Evocación del Cuaderno I de la Iberia de Isaac Albéniz. Esteban Sánchez (Ensayo)

martes, 15 de noviembre de 2005

Sentires

1. Como debieron de sentirse los afrancesados, que tuvieron que ver a aquellos que les traían la modernidad expoliando su país. ¿Cómo ponerse del lado del cura Merino y del "vivan las caenas"?, ¿cómo consentir el expolio? Así me siento yo ahora. ¿Cómo colocarse junto a Rouco y Jiménez Losantos, representantes de un clericalismo envilecedor?, ¿cómo consentir la rapiña indecente de un nacionalismo rampante y medieval apoyado en los agujeros neuronales del gobierno? Una luz de esperanza se encendió entonces en Cádiz. ¿Dónde está ahora la luz?

2. Cuanto más salto por la red más aislado me siento. Apenas un par de blogs o tres me confortan. Suelen ser los menos pretendidamente ingeniosos (para eso ya tengo a Catulo, a Quevedo, a Poe, a Cortázar, a Joyce, que no es por comparar, no es por comparar), los que no adulan ni a su padre, eluden exhibir diariamente sus intimidades y huyen de las comanditas melifluas y consoladoras como de la peste. Pero hay lazos que están más allá. Se crean, pese a todo, y uno no puede desasirse de ellos como quien se baja la cremallera del pantalón. Porque los sentires no son decisiones que se tomen. Nos toman. Y yo también busco y valoro más que nada, entre tanta farfollante hipocresía, la palabra consoladora del amigo.

3. Así. En tierra de nadie.

jueves, 13 de enero de 2005

Triple

Ayer tuvo lugar una reunión de representantes de todas las federaciones regionales de Izquierda Unida para tratar la llegada del Plan Ibarreche al Congreso de los Diputados. Javier (¿Xabier?) Madrazo explicó en el desarrollo de la sesión que su apoyo al Plan en el País Vasco era sólo una estrategia para hacer que fuera debatido, mientras que Gaspar Llamazares explicó al final del conciliábulo que algunos diputados de IU votarían que no al Plan y que otros se abstendrían. O sea, que se lo juegan a 1X2. Si a mí me dejaran rellenar así las catorce casillas de la Quiniela, acertaba siempre. Pero no me dejan. Será por algo. A lo mejor es que en el Patronato de Apuestas Mutuas Deportivo Benéficas (porque se sigue llamando así, ¿no?) hay más coherencia que en el seno del Partido Comunista (que está más partido que comunista, ya saben).

jueves, 30 de diciembre de 2004

Aldea

Si Marshall McLuhan hubiese conocido el caso español, no me cabe la menor dude de que habría modificado su exitosa fórmula: nada del mundo como una aldea global, la aldea (nuestra aldea) como el mundo. Resulta en verdad tragicómico acercarse a contemplar el espectáculo de un país en lucha permanente por profundizar en la atomización y la desintegración (incluida la morfológica). Tal vez sólo el caso patético de Polonia, ejemplarizante en su histórico y constante esfuerzo por autodestruirse, tenga parangón con la situación actual de España. En un reciente chat, Arcadi Espada afirmaba que en realidad la gente es cada vez menos nacionalista, que es el establishment de los partidos políticos el que causa esa falsa percepción de la realidad. No comparto su optimismo.

Hagamos el esfuerzo de alejarnos de la gran política (y mira que nos lo ponen difícil, con el aún reciente, pero seguro que ya antiguo -en estos días han tenido tiempo más que suficiente de tramar otro-, disparate del Archivo de Salamanca, un disparate al fin y al cabo "folclórico", en afortunada adjetivación de Fernando Savater) y bajemos a las comunidades autónomas, a las provincias, a los pueblos. En esta ola que nos arrastra, digna del mayor tsunami político-social del que yo tenga memoria, no hay presidente, regional o de diputación, ni alcalde que se precie, por pequeña que sea la clientela que administra, que no dedique buena parte de sus esfuerzos a buscar, con linternas, espectrógrafos y tuneladoras si es necesario, las señas de identidad propias que los singularicen con respecto a sus vecinos. No hay pueblo, por pequeño que sea, que no se crea con derecho a gestionar su propio teatro, su auditorio, su festival de música, sus cursos de extensión universitaria y hasta su equipo en primera. No existe villa ni parroquia, por minúscula que pueda parecer, que no aspire a tener su propio diccionario de modismos y expresiones locales, y eso cuando no pueden aplastar a sus vecinos con la lengua o el dialecto autóctonos, expresión última de la riqueza lingüística de la España plural.

El pretendido carácter anárquico de los españoles, que muchos viajeros románticos recogieron en sus libros de viaje por nuestro país y que supuestamente nos convertía en un pueblo ingobernable, ha alcanzado cotas dignas del esperpento en estos días de finales de 2004, en que no sólo los reyezuelos de taifas desafían, sin coste alguno, las leyes que a todos obligan, sino en que su fundamento se dinamita desde la propia administración central del Estado. La próxima invasión almohade, con su caudal dogmático e intolerante, nos la tenemos bien merecida. Pero no llegará de África, como muchos piensan. Se incuba lentamente en el interior de nuestra débil sociedad, intelectual y moralmente degradada.

lunes, 22 de noviembre de 2004

Nación

Oratorio de San Felipe Neri. CádizLas fachadas del Oratorio de San Felipe Neri de Cádiz están repletas de lápidas que conmemoran la promulgación de la primera Constitución española, que tuvo lugar solemnemente en este edificio neoclásico de planta elíptica el 19 de marzo de 1812. La mayoría de las placas de piedra datan del Centenario de aquel acto histórico, aunque las hay posteriores, y en su mayor parte son recordatorios ofrecidos por ciudades españolas, o por países integrados en la corona de España que tuvieron representación en las Cortes gaditanas, a sus diputados. Entonces, nadie dudaba de que Cataluña, León o las Vascongadas fueran España. También tenían clara su ciudadanía española los cubanos, los uruguayos o los filipinos, pues como disponía el artículo 1, "la Nación española [era] la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios". En cualquier caso, no dejaba de resultar diáfano para la mayoría de los diputados a Cortes que la situación de las colonias americanas y asiáticas era muy particular, que a no tardar mucho la desvinculación de la metrópoli sería inevitable (y deseable) y que la cita expresa de "los españoles de ambos hemisferios" sólo significaba otorgar a todos los individuos que habitasen en territorio español las garantías legales de la ciudadanía.

En todas las Constituciones que se han aprobado en España desde entonces (1837, 1845, 1869, 1876, 1931 y 1978), sean conservadoras o progresistas, monárquicas o republicanas, no había tampoco la más mínima duda acerca de la existencia de la nación española y del carácter "irreductible de su territorio actual" (Constitución de 1931. Artículo 8). Oratorio de San Felipe Neri. CádizSin embargo, el actual Presidente del Gobierno no parece tenerlo tan claro. En una de las declaraciones más bochornosas que hemos tenido ocasión de escuchar en los siete meses de su mandato (y han sido unas cuantas), la semana pasada José Luis Rodríguez Zapatero se permitió afirmar que el Partido Popular haría bien en no hacer afirmaciones "fundamentalistas" al referirse a la nación española, pues esa era una categoría sujeta a discusión intelectual. Toreno y Azaña lo habrian fusilado en el acto. Por delito de lesa traición.

Él sin embargo se muestra ufano, de tanta tolerancia y talante tan progresista como va prodigando por el mundo. Por supuesto que el concepto de "nación" está en permanente discusión (intelectual, que no legal). Como todos los que tienen que ver con la organización de los seres humanos, como el de "democracia", el de "monarquía" o el de "autonomía". Lo que no debería estar en discusión para un Presidente de Gobierno es el escrupuloso respeto al ordenamiento jurídico vigente. Resulta absolutamente descorazonador que, prisionero de sus socios independentistas, el Presidente del Gobierno de España sea incapaz de afirmar la existencia de la Nación española, realidad muy anterior a la misma creación del concepto de "nación" que hoy se emplea para tratar de destruirla. Porque lo que hoy entendemos por "nación" es algo que ha ido evolucionando a lo largo de la historia. Los independentistas catalanes y vascos utilizan una idea germinada en la segunda mitad del siglo XIX (que, dicho sea de paso, difícilmente podría aplicárseles), cuando España existía ya como realidad política unificada e indiscutible al menos desde un siglo y medio atrás, con las reformas administrativas de los Borbones. Pero antes, cuando esa idea decimonónica de "nación" no se podía ni vislumbrar en los tratados políticos ni en la realidad social cotidiana, también existía España. Oratorio de San Felipe Neri. Cádiz (detalle) Durante la Edad Moderna, en los diferentes reinos peninsulares absolutamente nadie lo ponía en duda. El elemento de cohesión era entonces la monarquía, que, para el caso, tenía el mismo valor que hoy concedemos al Parlamento o al Gobierno, categorías entonces inexistentes. Exactamente igual que el término "nación", cargado de connotaciones bien distintas a las actuales. Pero ni un sólo habitante de Cataluña o de Galicia o de Navarra o de Mallorca ponía en duda su españolidad. La identificación con la "nación española" era absoluta. Algo que no puede afirmarse de los italianos o los flamencos que vivían en posesiones de dominio español. Ellos se sabían "no españoles". La diferencia parece meridianamente clara, y no conviene insistir en ella.

La realidad es insoslayable. Desde los reyes visigodos, existe una continuidad en la idea de España, idea que hasta el siglo XV hacía referencia a toda la Península, y que, pese a los acontecimientos históricos ocurridos por entonces, se mantuvo durante siglos en el imaginario colectivo, hasta el punto de que los descubridores portugueses no tenían ningún reparo en afirmar que ellos eran "españoles de Portugal". Cuando a fines de ese siglo XV surgen los primeros estados modernos (en terminología historiográfica), la Península se reordenó políticamente en dos realidades que subsisten hasta hoy. Sin embargo, los independentistas de Cataluña y las Vascongadas se acogen (en el arranque del siglo XXI) a una idea de "nación" aparecida en el siglo XIX (en términos históricos, antes de ayer) para reclamar la secesión de una realidad de convivencia milenaria y de organización política con varios siglos a sus espaldas. Patético.

Y ya sé que hay muchos tontos útiles que a este discurso le llaman "nacionalismo español". Jamás pude pensar que el mismísimo Presidente del Gobierno de España se encontrase entre ellos.