sábado, 28 de mayo de 2005

Alucinaciones

Me disponía a escribir sobre el Don Giovanni que Paco López presentó ayer en su Teatro Villamarta de Jerez cuando acabo de leer en un inteligente comentario al Don Giovanni de Giancarlo del Monaco en La Coruña, ese que ha contado con el estridente vestuario de Ágatha Ruiz de la Prada (y es que, sinceramente, a Don Juan no le pegan los colorines), la referencia (para muchos, parece que inevitable) a la trasposición ambiental y escénica de las óperas a épocas diferentes a la originalmente prevista por sus autores, algo que molesta muchísimo a gran parte de los aficionados al género, pero no a mí . La gente va a la ópera por la música (dicen, y es muy posible que así sea), pero eso no quita para que la ópera sea teatro. Es cierto que muchos registas buscan llamar la atención sólo a través de la extravagancia más desconcertante, que algunos no conocen la música ni a los cantantes, por lo que los obligan a cantar en posiciones inverosímiles y antimusicales, que otros aprovechan cualquier argumento para psicoanalizarse a sí mismos o a los espectadores, pero en manos de dramaturgos inteligentes y bien formados ese tipo de trasposiciones permite seguir puntos de vista diferentes sobre las ideas contenidas en la obra original (aunque aceptemos que la parte musical de la ópera sea la fundamental, no estamos hablando de música abstracta: en la ópera se transmiten ideas, algo que parecen no entender los que sólo van a escuchar a los cantantes), enfatizando algunos aspectos y desdeñando otros, lo que nos ayuda a profundizar en su sentido. De hecho, las más grandes obras de arte son aquellas que admiten un mayor número de interpretaciones. ¿Cuánto se ha escrito, desde posiciones incluso divergentes, sobre el Quijote, y de qué modo esos análisis han enriquecido nuestra visión del texto de Cervantes? Una ópera encierra en sí misma muchas posibilidades, muchas formas de mirarla, y lo más importante es que el realizador sea capaz de contárnosla y explicárnosla de forma coherente, sólida, sugerente. El mayor o menor realismo de la puesta en escena me parece completamente secundario.

Paco López ambienta su Don Giovanni a principios del siglo XX, aunque la escenografía es bastante convencional y apenas hay elementos (exceptuado el vestuario y las pistolas) que nos hagan sospecharlo. Como todos los mitos, el del burlador sevillano admite interpretaciones muy diversas. López nos ofrece la imagen de un Don Juan brutal y depravado, heroinómano, irreverente y sacrílego, que termina sus horas fornicando sobre una mesa convertida casi en altar (por cierto, que la beneficiaria del fornicio era una compañera y amiga, ya le preguntaré que tal es Carlos Álvarez visto tan de cerca), mientras se enfrenta a la figura de un Comendador que se presenta envuelta en las alucinaciones que al Don le provocan las drogas, quizá eso explique su triple presencia en el cementerio (la del personaje que se mueve lentamente por la escena mientras canta -o al menos, lo intenta, sin mucho éxito, para qué engañarnos; obviaremos por pudor el nombre del cantante- , la de la estatua, situada fuera de la vista del espectador, y la de su impresionante sombra proyectada sobre uno de los muros del decorado). Hasta ahí, todo transcurre de manera sobria y podríamos hablar incluso de una narración convencional, pero desde ese momento, López opta por una puesta en escena mucho más arriesgada y audaz, que ofrece algunos momentos de notable impacto visual, como el muy sugerente ambiente orgiástico de una cena plagada de símbolos (aunque escasa de figurantes). Da la impresión de que López rehúye la idea de lo sobrenatural actuando sobre la naturaleza depravada de Don Juan. Son las alucinaciones las que parecen hacerle ver al Comendador que llega dispuesto a vengarse, y en ese punto, López tiene una idea interesante, incluso brillante, pero que no termina de desarrollar. En medio del fragor de la escena, mientras se ocupa del placer de una dama de negro, Don Juan toma una pistola en sus manos. Los excesos con las drogas le provocan visiones extrañas, estatuas que aparecen a su espalda, sombras que le tienden la mano exigiéndole el pago de una deuda, y de pronto él se ve ahí, tiene una pistola, la mira, se apunta con ella a la sien, todo da vueltas, pero aquella parece en efecto la única forma de cumplir su palabra, él, que no conoce el miedo, enfrentado a sus propios fantasmas, el suicidio lo llevará a la mesa del Comendador... Y sin embargo, de repente se levanta, hace un gesto extraño, deja caer la pistola y es engullido por una fuerza exterior. Qué lástima de idea desaprovechada: desalojar a los espíritus hasta del Don Juan de Mozart.

4 comentarios:

Portorosa dijo...

Gracias por la mención.
Como (sinceramente) dije, soy consciente de mis limitaciones. Tus comentarios me parecen muy útiles; así que creo que haré bien en seguir leyéndote.
Un placer.

Ignacio dijo...

No acabo de entender, P. ¿Desaprovechada porque no los desaloja del todo o porque no les da un lugar coherente?

Paolo dijo...

Bueno, da la impresión de que al final se le cuela el elemento sobrenatural. Creo que lo coherente habría sido dejarlo todo dentro de la mente alucinada de Don Juan (nada nuevo por otro lado, ya se han hecho cosas parecidas, pero plantearlo en una producción salida de tan cerca de la Tierra de María Santísima habría sido un logro completo).

Gin dijo...

Hombre, de cerca Carlos Alvarez no está mal. Aunque no sé cómo resultará TAN de cerca.