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miércoles, 10 de octubre de 2007

Moralistas

Tabla periódica
Para J., el problema básico de los moralistas no era otro que el de la incapacidad para encontrar (o inventar) un sistema en el que cada comportamiento hallara, incluso desde la primera vez que se hiciera manifiesto, natural acomodo en un espacio único y distinto de la regla general, de tal manera que el juicio que mereciera fuera simple e inexcusable, primario, como el cyan en la ruleta de los colores. Un orden de la vida en el que todo estuviera previsto de antemano y encajara en el universo ético con la elegancia de los elementos en la tabla periódica de Mendeleyev, ordenados verticalmente por sus valencias electrónicas, horizontalmente por su número atómico con tal armonía y distinción que a cada uno, aun a los que ni siquiera se conocen todavía, les corresponde (les espera) su cuadrícula, perfectamente individualizada y singular, y todos juntos, actuando en relaciones insospechadas para los sentidos, componen la materia de la que están hechas las cosas, la vida. Al fin y al cabo, el orden que han creído atrapar siempre las religiones sin conseguirlo, tan atadas a la historia e impotentes ante la casuística en permanente transformación de los actos humanos como los sistemas filosóficos más complejos. J. no dejaba de sorprenderse con la forma en que el hombre, mecanismo de reproducción de genes como la amapola o el zorzal, escapaba tan insistentemente a las leyes más simples de la naturaleza.

viernes, 5 de octubre de 2007

Concordato

La niña todavía no ha cumplido 4 años. Va por primera vez a la escuela, un centro público. Ha pasado dos años en guardería y su nivel de desarrollo y sociabilidad es perfectamente normal. Así que, a pesar de que, por edad es de las más pequeñas de su clase, y eso en etapa preescolar se nota mucho, se integra sin problemas en el grupo. A la semana o así de empezar el curso, el padre recibe una llamada de la profesora. Que ha comprobado que en la matrícula alguien ha marcado con una x la casilla que dice alternativa a la asignatura de Religión y Moral Católicas, y quería comprobar si no había sido un error, porque se trata del único caso de la clase. El padre le responde que no, que la casilla la marcó él y que no se trata de un error. La profesora le explica entonces que al ser un caso único el colegio no puede ofrecer una alternativa y que la única solución es que la niña pase la hora de religión en otra aula, lo cual ella piensa que no es lo mejor para una niña tan pequeña. El padre está de acuerdo en que no parece lo más adecuado y queda en acercarse al Centro para hablar con el Director.

El Director le repite más o menos lo que ya sabe, añadiendo que nunca se ha dado el caso de que a esas edades haya niños suficientes cuyos padres rechacen la religión (algunos Testigos de Jehová, pero nunca a la vez) como para plantearse organizar el Centro de otra forma. El padre le pregunta entonces, muy sorprendido, que en ese caso, por qué ofrecen la alternativa. El Director alude a obligaciones legales y a que, en el fondo, la alternativa existe: si él no quiere que su hija estudie religión se le ofrece la posibilidad de mandarla esa hora a otra clase. El padre empieza a ponerse serio y le dice que esa es una alternativa falaz, que la opción que se le ofrece es mucho peor que aceptar la que se presenta como "no obligatoria", salvo que uno sea un fundamentalista y escoja el sufrimiento de su hijo al seguimiento puro y fiel de sus convicciones, y que es inaudito que en un estado de derecho y aconfesional se pueda plantear esa disyuntiva. Dándose cuenta de que pierde el tiempo y que poco más le queda por decir y escuchar, el padre se marcha y se dirige a hablar con la profesora, quien le da por completo la razón, pero insiste en que ella piensa que es mejor que la niña se quede en clase, que ella se la llevaría a la sala de profesores y la atendería, pero que a esa hora tiene otra tarea encomendada en el Centro, y que al fin y al cabo a esas edades en la clase de religión sólo se dan valores, de forma muy amplia y general. El padre dice entonces que por qué no ponen la clase de religión a primera o a última hora y él lleva a su hija después o la recoge antes, y todos contentos. A la profesora le parece una buena solución, pero que debe plantearla al Jefe de Estudios.

El Jefe de Estudios da un respingo en la silla cuando el padre le plantea el problema. Que teme que no será posible, primero porque los horarios ya están hechos y tener en cuenta esa casuística obligaría a rehacerlo todo, con lo que el perjuicio sería mayor; y segundo, porque la hora de religión está considerada como lectiva, por lo que ningún alumno puede abandonar el centro mientras se imparte. El padre le explica que a él le parece todo eso muy bien, pero que la ley también dispone una alternativa a la religión, y la que le ofrece el Centro no es viable, por lo que en el fondo es inexistente. El Jefe de Estudios se encoge de hombros, y le dice que él no puede hacer otra cosa y que si quiere, que vaya a hablar con el Inspector de zona, pero que él piensa que será para nada, porque otros años ha habido casos parecidos (pocos, pero los ha habido) y ha sido para nada. El padre le dice que si él ya sabe que es para nada, que para qué lo manda, si para quedarse tranquilo y lavar su conciencia. Como piensa que lo del Inspector puede ir para largo, el padre vuelve a hablar con la profesora para decirle que acepta que la niña dé la clase de Religión y Moral Católicas, pero que seguirá buscando alguna alternativa aceptable para sacarla en cuanto pueda.

Contra pronóstico, el Inspector de zona lo recibe rápido. Se hace cargo del problema, pero afirma que la organización de la alternativa a la religión es un asunto interno de los centros, y habiendo sólo un niño en un aula es muy difícil ofrecer alguna solución diferente, que entiende que la niña es muy pequeña, pero que la alternativa que se le ofrece es lógica, y los niños se acostumbran pronto y no suelen tener problemas. El padre le responde que no es eso lo que dice su profesora, una experiencia de 35 años con niños pequeños, que lo sabrá mejor que nadie. Ante el planteamiento de las otras alternativas, el Inspector se convierte en una especie de muro absorbente. Imposibilidad legal. Así que los padres se aguantan y la niña recibe su ración semanal de valores y moral católicos.

Al curso siguiente la niña va a cumplir 5 años. La madre es esta vez la que habla con la profesora. La situación no ha cambiado, que a esas edades sólo dan valores y que ella ve mejor que la niña siga en clase. Y sigue.

La niña va a cumplir 6 años y ya está en 1º de Primaria. El padre se sorprendió de que en la matrícula ya no figurara la casillita con la alternativa a la Religión y Moral Católicas, pero a la semana de empezar el curso le llegó un papelito donde se le pedía que eligiera. Los padres lo hablan y deciden marcar la casillita con la "alternativa" y esperar a ver cuál es esta vez la respuesta del Centro. Lo llama la profesora (que es la misma que en Preescolar: está a punto de jubilarse y está tan feliz con ese grupo que ella ha pedido que la dejen hasta que terminen el primer ciclo de Primaria; todos contentos, porque es una maestra excelente), que lo mismo que el otro año, que la niña ya es un poco mayorcita y a lo mejor ya no le afecta tanto, pero que ella sigue pensando que en principio no es bueno sacarla de su clase, que ella hará lo posible por atenderla en el caso de que decidan eso, pero que ni siquiera es seguro que vaya siempre a la misma clase, que dependerá de cada momento. Los padres parecen resignados, que está bien, que le den su ración de doctrina semanal, pero que ellos no piensan comprarle ningún libro. La catequista lo soluciona con fotocopias, invento del demonio. A esta altura de la vida, los valores han adquirido un perfil inquietante, y la niña llega algunos días a casa con ideas un tanto raras, hasta tal punto que en una reunión de padres, algunas madres se quejan de las cosas que llegan diciendo sus hijos, no sé qué de muertos andantes, de palomas-mechero y de angelitos con espada, y muchos aseguran que el año que viene los sacan de religión. Los padres recuerdan entonces el caso de la hija de unos amigos, que necesitó hasta tratamiento psicológico para superar la fobia a dormir con la luz apagada, pues cuando ella se quedaba sola entraba en su cuarto "un hombre con alas". Así que los padres hablan a menudo con la niña y le piden que no haga caso de lo que le diga la seño de religión, que son como los cuentos que por la noche lee con su madre...

Pronto la niña tendrá 7 años. Ya ha empezado el curso, y los padres reciben otra vez el papelito con la disyuntiva. Marcan alternativa. La profesora esta vez no llama. Se sorprenden, pero es la niña la que les dice que en clase de religión la seño se la ha llevado a la sala de profesores y ha estado leyendo. ¿Algún niño más? No, sola. Valentía la de los padres, sí, señor. Pero lo importante es que parece que la niña se lo ha tomado bien. Sólo lo parece. A la segunda vez ya no le hace tanta gracia, a la tercera repite una y otra vez que ella quiere estar con sus compañeros. Los padres se lo piensan. Le explican que cuando ella lee un cuento, sabe que es un cuento, que es una fantasía, algo que no ocurre en la realidad, pero que en clase de religión lo que quieren es que ella crea que algunos cuentos, los cuentos de la religión son la realidad, y no sólo eso, sino que le piden que ella tiene que comportarse y ser como los protagonistas de esos cuentos, y que eso no está bien. No están seguros de que la niña lo entienda y esperan unos días más a ver qué dice y cómo reacciona. Eso sí, el libro de religión tiene este año su nombre, que se lo ha regalado la Junta de Andalucía. Continuará...

[Este relato está basado en hechos reales, ocurridos en un lugar de Andalucía entre los años 2004 y 2007. Los nombres han sido omitidos para garantizar la confidencialidad de los afectados]

La oferta obligatoria de Religión y Moral Católicas en los centros públicos españoles se asienta en los cinco Acuerdos (esto es, el Concordato) firmados entre España y el Vaticano el 3 de enero de 1979, o lo que es lo mismo, menos de un mes después de la aprobación en referéndum de la Constitución del 78, siete días justos después de su promulgación, por lo que es evidente que fueron negociados e incluso redactados antes de la aprobación y promulgación de la Carta Magna. El Concordato no hace otra cosa que reafirmar los ancestrales privilegios de la Iglesia Católica en España. Para que no hubiera problemas de encaje legal, se había dejado además convenientemente abierta una puerta en forma de artículo de la propia Constitución, el 16.3, de redacción premeditadamente alambicada y ambigua, pero que consagra en la práctica la hegemonía de la Iglesia Católica en el país, y unos privilegios que deberían resultar inaceptables para un Estado supuestamente aconfesional, luego laico, que es lo mismo. La catequesis en los colegios financiada con dinero público es una muestra bien visible de esos privilegios. Han pasado casi 30 años desde entonces y gobiernos presididos por Adolfo Suárez, Leopoldo Calvo Sotelo, Felipe González, José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero no han hecho nada por cambiar una coma de aquel artículo y aquellos acuerdos inaceptables para cualquier estado soberano que se precie del valor de su soberanía. ¿Para cuándo toca?

jueves, 31 de mayo de 2007

Aportaciones andaluzas al multiculturalismo

San Fernando en Mateos Gago San Fernando conquista Sevilla por segunda vez. Como todo el mundo sabe, en la ciudad de Sevilla no hay demasiada costumbre de sacar a los ídolos de madera en procesión, así que al Cabildo catedralicio, siempre preocupado por confortar las almas descarriadas de sevillanos y visitantes, se le ocurrió poner en marcha una inédita experiencia piloto: pasear una imagen del Rey Santo por los alrededores de la Catedral, aprovechando para ello el día de su onomástica. (No, no sacaron la momia, esa hay que visitarla dentro del templo. Bien que lo sentimos los morbosos del mundo.) Aquí la tienen, la Espada del santo sobre la Giralda, almohade desde la base hasta las campanas, ejemplo supremo del sincretismo cultural de la tierra de María Santísima. Por la mañana, el gobierno de progreso de la ciudad había otorgado a monseñor Amigo (cardenal de la Santa Iglesia Católica Apostólica y Romana) el título de hijo adoptivo y por la tarde algunos de sus miembros acompañaron al santo calle Mateos Gago arriba, magnífico ejercicio de prácticas para la procesión del Corpus del próximo jueves, a la que, como es costumbre, la corporación municipal asiste solemne en pleno.

El Rocío
Aquí, otro buen ejemplo de lo que la sociedad andaluza del siglo XXI puede ofrecer a la Alianza de Civilizaciones: lanzamiento de niño impuro en pro de su salvación. Que unos padres utilicen a su hijo para lucir públicamente su barbarie y su fanatismo religioso debería ser tenido en cuenta por el grupo de alto nivel (sean discretos, que se oyen demasiado las risas) de la ONU. Es más, me parece que Zapatero debería mandar inmediatamente esta foto al primer ministro turco para demostrar los esfuerzos que hace la sociedad española por el fomento de la Santa Alianza. Dios nos mira.

Los niños, sostengo, tienen el derecho humano de no ver sus mentes lisiadas por la exposición a las malas ideas de otras personas –sin importar quiénes sean estas personas–. Los padres, por lo tanto, no tienen licencia divina para adoctrinar a sus hijos en la forma que ellos personalmente eligen: no tienen derecho a limitar los horizontes del conocimiento de sus hijos, criándolos en una atmósfera de dogma y superstición, o el derecho a insistir en que sigan los estrechos caminos de su propia fe.
(Nicholas Humphrey. Citado por Richard Dawkins en El espejismo de Dios)

lunes, 30 de abril de 2007

Nuestra libertad

Sumisión
No es que vaya a hacerme más ateo, más antirrelativista, más antimulticulturalista ni más antiposmoderno de lo que ya soy, pero reconozco que la lectura simultánea de Mi vida, mi libertad, el relato autobiográfico de Ayaan Hirsi Ali, y El espejismo de Dios de Richard Dawkins ha sido como un puñetazo directo a la conciencia o, tal vez mejor, como un complejo vitamínico que sirviera para revitalizarla y mantenerla alerta. No sé si Ali y Dawkins se conocen personalmente, pero deberían. Ella quizá encontrara explicaciones claras y rotundas a tantas cosas que la han atormentado a lo largo de su vida y él... él saldría sin duda alguna ganando, pues tendría ante sí el vivo ejemplo de la construcción de una individualidad, de un pensamiento crítico, de una mente capaz de liberarse de las ataduras más severas para acabar enfrentada a sus propios espejismos.

El libro de Ayaan es apasionante. El relato de su infancia y su juventud, pasada entre Somalia, Arabia Saudí, Etiopía y Kenya, tiene la fuerza hipnótica de una gran novela de aventuras ambientada en un pasado lejano y exótico. Me costó trabajo aceptar que era una mujer algo más joven que yo la que me estaba contando su vida. A pesar de todo lo que sabemos acerca de los países musulmanes, pese a los múltiples reportajes de prensa y a los no menos numerosos documentales de televisión, a pesar de las noticias directas de conocidos que mantienen relaciones permanentes con comunidades musulmanas, era como si se abriera ante mí un mundo que nunca habría imaginado que llegara en esa forma a finales del siglo XX. Porque además, lo que Ayaan nos cuenta no es la situación provocada por el delirio ultrafundamentalista de los talibanes afganos o del wahabismo saudí, sino la situación diaria de millones de seres humanos que viven en los países islamistas moderados (y subrayo muy intencionadamente el adjetivo). Como ella va descubriendo con una lucidez extraordinaria a lo largo de su peripecia personal, no es una interpretación más o menos extremista del Islam la que causa esta situación, es el Islam en sí mismo el que pone barrotes no ya a los cuerpos, sino a las mentes de los individuos, tanto a hombres como a mujeres, aunque sean éstas las más perjudicadas, pues su única misión en el mundo, y en espera de la recompensa ultraterrena, es ser y mostrarse por completo sumisas, a Alá y a los varones. (No parece en vano que ‘Islam’ signifique literalmente ‘Sumisión’.)

Debo aclarar que si el relato de Ayaan tiene ese magnetismo y provoca esa fascinación no es desde luego porque esté escrito como un lamento continuo, como una jeremiada en la que ella se presente como la gran víctima, rodeada de seres malvados y perturbados mentales. No, todo lo contrario. Su fuerza radica en que lo que cuenta lo hace con absoluta naturalidad, porque aquello es lo natural, lo normal. No hay ni pizca de rencor en todo el libro, que está dedicado a su familia. No hay rencor para su abuela, sino cariño y agradecimiento por enseñarle a sobrevivir en su medio, a pesar de que fue su abuela la que, aprovechando la ausencia de los padres, la sometió a la mutilación genital. No hay rencor para su madre, una mujer permanentemente amargada y fuera de su mundo, que la maltrataba sistemáticamente, sino comprensión y amor. No hay rencor para su padre, que la repudió cuando se refugió en Holanda huyendo de un matrimonio indeseado, sino admiración y lealtad. Ni siquiera hay rencor para Rita Verdonk, la compañera de partido, ministra de Interior, que la sometió a un vergonzoso proceso político para arrebatarle la nacionalidad holandesa cuando las amenazas de muerte la hacían vivir rodeada de guardaespaldas y en permanente vigilia, cambiando casi cada noche de albergue. Ni rencor para los vecinos que la obligaron a abandonar su casa por el riesgo que suponía para la seguridad de su zona residencial. Es más, al final del libro, Ayaan hace una sentida referencia a su sentimiento de orgullo por haber podido conservar la nacionalidad holandesa y lanza un mensaje de agradecimiento a la sociedad que la acogió, pero además se reconoce como una privilegiada que pide que no se juzguen sus ideas por el hecho de poder ser considerada una víctima sino por el valor de esas ideas en sí mismas.

Ayaan jamás se regodea en lo escabroso. Narra la fractura de cráneo que le provocó un profesor de Corán casi como si le hubiera pasado a otra chica, mientras que el relato de su ceremonia de purificación (a los 5 años de edad) resulta terrorífico para cualquiera, pero ella lo narra con una sencillez y una sobriedad admirables, a pesar de que cuenta cómo la abrieron de piernas y la sujetaron entre varios y cómo sintió las tijeras que le seccionaban el clítoris y los labios menores y luego la aguja cosiendo los labios mayores, el dolor insoportable no sólo de ese momento, sino durante los quince días que tardó en reponerse. Y si a veces hace cierto énfasis en situaciones que para nosotros son del todo punto inaceptables, los protagonistas, las víctimas siempre son otros, como cuando estalla la guerra civil en Somalia y ella, que hacía apenas un mes se había trasladado a Kenya, se acerca hasta un campo de refugiados en la frontera para tratar de salvar a unos familiares. Las impresiones de aquellos días son sencillamente aterradoras. O como, cuando ya residiendo en Holanda, trabaja de intérprete y tiene que acompañar al ginecólogo a una chica somalí a la que habían practicado un tipo de ablación extrema, y nos cuenta el espanto de los médicos; o a aquella otra que pedía asilo político y tenía que traducir cómo había sido convertida en esclava sexual y cómo le habían arrebatado a su bebé y la habían obligado a contemplar cómo se abrasaba en una hoguera (por cierto, abro paréntesis, que esta práctica de arrojar a los niños al fuego mientras se viola a las madres está, según nos cuenta aquí Bernard-Hénri Levy, bastante extendida por la zona, pero creo que se trata de un asunto por el que no debemos preocuparnos demasiado, al menos de momento. Al fin y al cabo, se trata del conflicto interno de un estado soberano; ya habrá tiempo, si intervienen los estadounidenses, de manifestarnos horrorizados por su imperialista política exterior. Cierro paréntesis).

Otro momento clave del libro es la llegada al aeropuerto de Fráncfort, sus primeros días de estancia en Alemania y luego en Holanda. El descubrimiento emocionado de la civilización, del Estado de derecho, del individuo. Frente a la brutalidad y el oscurantismo de las autoridades de los países que había conocido, frente a la sumisión obligada a la religión y al honor de la familia, frente a la disolución de su individualidad en el cuerpo gregario del clan, de pronto la libertad, el individuo como sujeto de derechos inalienables, el funcionamiento regular de los servicios públicos y la existencia de un estado benefactor, cuyos agentes tratan de ayudarla a resolver sus problemas y no buscan la forma de extorsionarla. ¿Por qué hacéis esto por mí?, repite una y otra vez a policías y funcionarios. Es la ley, le responden, con absoluta naturalidad.

La carrera política de Ali es aleccionadora. Su adscripción primera a los socialdemócratas y la sorpresa cuándo tras el 11-S descubre la ceguera absoluta de sus dirigentes con respecto al problema del Islam y de la inmigración (el 11-S le sirvió también para encontrar a “analistas estúpidos hasta la exasperación –en particular los que se autodenominaban arabistas [tenemos por aquí legiones de esos], aunque desconocían la realidad del mundo islámico– [que] escribían numerosos comentarios. En sus artículos decían que el islam había salvado del olvido a Aristóteles y el número cero gracias a los sabios musulmanes que habían vivido ochocientos años antes; que el islam era una religión de paz y tolerancia, carente del menor atisbo de violencia. Eran cuentos de hadas que no tenían nada que ver con el mundo real que yo conocía”.). Comienzan entonces sus primeros artículos, sus primeras comparecencias públicas, siempre polémicas, simplemente por contar la verdad. No me resisto a traer aquí un hecho en verdad significativo (y a la vez desmoralizador). Ayaan asiste a una mesa redonda cuyo tema era: “Occidente o el islam: ¿quién necesita un Voltaire?”. Para su (mi) sorpresa, la mayoría de oradores (occidentales) opinaban que Occidente necesitaba otro Voltaire y expresaban las razones por las que consideraban que las cosas estaban tan mal por aquí: “la arrogancia de invadir otros países, el neocolonialismo y la decadencia de un sistema que había creado sociedades consumistas” y el blablabla que por bien conocido me ahorro. Fue un iraní, profesor de Derecho Penal en Amsterdam, quien vino a decir que el islam necesitaba una renovación crítica, pero en el debate posterior la mayoría de los que pedían la palabra no estaban de acuerdo con el profesor iraní, sino con los primeros oradores. Entonces Ayaan se levantó: “Miren cuántos Voltaires tiene Occidente. No nos nieguen el derecho a tener también nuestro Voltaire. Miren a nuestras mujeres y miren a nuestros países. Miren cómo huimos y les pedimos refugio y cómo hay gente que en su locura estrella aviones contra edificios. Permítannos tener un Voltaire, porque aún vivimos en la Edad Oscura”. Luego, el asesinato de Pim Fortuyn, el partido liberal, las elecciones, el Parlamento, Sumisión Parte 1, Theo van Gogh, su asesinato y la huida de Europa.

Ella se esfuerza en presentar este último suceso como una decisión personal, tomada en realidad antes de que se pusiera en marcha el proceso contra su nacionalidad holandesa, pero está claro que después de la denuncia de sus vecinos, después de la odisea que la obligaron a seguir por preservar su seguridad a toda costa, Holanda (y en realidad toda Europa) había dejado de ser un lugar seguro en el que residir. Resulta curioso ver cómo Ali y Dawkins coinciden en la alusión a Spinoza, el primer espíritu verdaderamente libre de Europa. Algo va muy mal en nuestro continente si un país como Holanda, símbolo de la tolerancia y de la libertad, la patria de Spinoza, es incapaz de preservar la seguridad de gente como Fortuyn, como van Gogh o Ali, y no me refiero ahora a su vida, pues está claro que ningún estado puede garantizar al 100% la vida de nadie, sino a la seguridad de que su discurso, sus ideas, sus mensajes merecen ser protegidos hasta el final, aunque no los compartamos, porque sus crímenes (como los de tantos otros en España, el paralelismo resulta perfectamente consecuente) no fueron crímenes comunes, fueron crímenes políticos. Fortuyn y van Gogh murieron por ejercer su libertad, que es también la nuestra. Muchos otros lo han hecho en otro tiempo, ya lo sé, pero hasta hace bien poco existía una unidad sin fisuras en torno a la idea de que era importante mantener incólumes los valores de la libertad que nos han hecho ser lo que somos, ciudadanos libres e iguales en el seno de estados de derecho, unos valores que algunas tendencias ideológicas que se quieren dominantes han sustituido por una especie de “síndrome de Estocolmo”, por el cual es signo de inteligencia respetar aquello que atenta contra nuestros valores y nos destruye. No puedo olvidar que ante la irrupción pública de las polémicas en torno a Ayaan Hirsi Ali, no tardó mucho Timothy Garton Ash en acusarla de ser “una fundamentalista de la Ilustración”. Tontos útiles los hay en todas partes. Así que prefiero quedarme con una sentencia de esta mujer valiente y decidida, lúcida y admirable:

Algunos me preguntan si albergo algún deseo de morir por decir lo que digo. La respuesta es que no: me gustaría seguir viviendo. Sin embargo, hay cosas que es necesario decir, y hay épocas en que el silencio es cómplice de la injusticia.


martes, 28 de septiembre de 2004

Religión

Es como remontar el curso de las décadas. La Segunda República Española cometió un error estratégico al tratar de modernizar el país reduciendo los privilegios de una Iglesia Católica reacia a perder su desmesurada influencia sobre la sociedad. La reacción de los sectores más cercanos al clericalismo fue un factor decisivo en los trágicos acontecimientos que pusieron final al proyecto republicano.

Hoy, de nuevo la cuestión religiosa, dejando traslucir un retraso civilizatorio verdaderamente dramático. Que desde la jerarquía católica y los sectores más conservadores de la Iglesia se hable de "fundamentalismo laicista" debería de ser suficiente para entender la base del problema. Y es que el laicismo no puede ser jamás fundamentalista, porque el laicismo consiste simplemente en la proclamación de la neutralidad del Estado en materia ideológica (incluida, obviamente, la religión, la superideología que te soluciona todos los problemas con un simple acto de fe), algo tan sencillo de entender y que deberíamos de tener todos tan asumido que causa sonrojo el que alguien pueda considerar antirreligiosa su aplicación.

Ni siquiera se trata de eso. Llevado hasta sus últimas (y naturales) consecuencias, el laicismo debería de terminar con el adoctrinamiento religioso en las escuelas. Eso no socava ningún derecho, como pretenden los obispos. La libertad religiosa y de cultos está perfectamente garantizada y no corre ningún peligro. La aplicación de ese principio, básico en una sociedad moderna, simplemente actuaría en la eliminación de un privilegio intolerable, por el cual aquellos que desean utilizar los medios públicos para el adoctrinamiento ideológico de sus hijos pueden hacerlo siempre que esa ideología sea la católica.

Pero no, ni siquiera es eso. Los colegios van a seguir ofreciendo obligatoriamente doctrina religiosa a aquellos que lo deseen. Es algo mucho más nimio. Es volver a la situación anterior a la nefasta idea del PP de retomar la cuestión religiosa en su reforma de la educación. El debate era inexistente. Todos habíamos aceptado el punto muerto al que había llegado la situación. Los que consideramos que el estado laico debe tener una aplicación práctica y real sobre la vida cotidiana nos habíamos resignado a que los colegios siguiesen ofreciendo adoctrinamiento religioso con tal de que fuera una asignatura (se me hace difícil llamar "asignatura" a algo que no lo es) sin valor académico, algo tan obvio, por otro lado. La gran mayoría de los padres que escogían la religión para sus hijos (más empujados por la inercia que por la necesidad, desde luego) tampoco parecían especialmente preocupados. Así que el PP despertó a la bicha dormida, provocando de paso el fracaso de su reforma que, en algunos aspectos, era impecable y necesaria. Porque fue esto lo que hizo intolerable la reforma para muchos que consideramos que esa etapa de la disputa religiosa estaba ya superada y nunca tendríamos que volver a recorrerla.

Nos equivocamos. Hasta el punto de que resulta absolutamente patético leer determinada prensa y escuchar la COPE estos días. Han pasado siete décadas pero estamos como entonces, con el núcleo duro del clericalismo de este país poniendo sus intereses y sus privilegios como ejemplos de derechos que deben ser defendidos. Me da pavor pensar hasta dónde están dispuestos a llegar para conseguirlo.