Torres
En 1172, el arquitecto Ahmed ben Baso inició la construcción de la nueva mezquita mayor sevillana, ya que la anterior, denominada de Ibn Adabbas, se había quedado pequeña. Doce años después, el sultán Abu Yacub Yusuf instó al alzado de un alminar, que se inició empleando sillares procedentes de monumentos cordobeses. La muerte del sultán provocó un giro en la construcción, ya que su hijo y heredero encomendó la dirección de la obra a Alí Gomara, que prefirió emplear ladrillo en lugar de la sillería. La torre fue rematada en marzo de 1198 con la colocación de cuatro manzanas doradas, que se desplomaron con el terremoto de 1356, cuando la ciudad ya había pasado a manos cristianas, reconquistada por Fernando III algo más de un siglo antes. Para sustituir el remate, se hizo con urgencia un pequeño campanario que sería sustituido a partir de 1558, cuando el arquitecto Hernán Ruiz se encargó de levantar el actual cuerpo de campanas, en un prodigio de equilibrio entre el estilo original de la torre y su nueva función, como campanario adosado a la catedral, aquella que se empezó a construir después de que el 8 de julio de 1401 el Cabildo catedralicio sevillano aprobara hacer un templo tan desmesurado "que en los siglos venideros nos tomen por locos".
Durante mucho tiempo se creyó que la cimentación de la Giralda ocupaba un área extensísima, que subía incluso Mateos Gago arriba. No de otro modo habría podido resistir el gran terremoto de 1755 (conocido como "de Lisboa", pero que afectó a muchas construcciones andaluzas), argumentaban algunos. Sin embargo, recientemente se descubrió que de cimentación extensa nada de nada, que la Giralda estaba virtualmente clavada en la tierra sevillana, exactamente igual que se clava una sombrilla en la arena de la playa. Un gesto audaz. Y es que los constructores almohades sabían que estaban levantando una torre y no un castillo...