La insoportable estupideZ del ser
Todo se puede decir con una sonrisa.
Qué curioso. Es lo mismo que pensaban los protagonistas de Funny games.
reflexiones de un melómano en calzoncillos
Todo se puede decir con una sonrisa.
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Paolo
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Etiquetas: cine, funny games, michael haneke, psoe, zapatero
Desde tiempo inmemorial, la llegada del verano ha coincidido con la intensificación de las campañas contra los incendios forestales. Desde aquel célebre lema del ICONA, "Cuando un monte se quema, algo suyo se quema" ("...señor Conde", que le añadió con genio Peridis), los mensajes de las autoridades siempre han tratado de incitar a los ciudadanos a luchar unidos contra la lacra del fuego (ya parezco hasta un político escribiendo). Pues bien, este verano el mensaje trata de concienciar a la sociedad para luchar unida contra un mal todavía peor que el del fuego: el Partido Popular. Ayer, en el Congreso, volvió a escenificarse la canción de la legislatura: el PP está solo, mientras el Presidente del Gobierno (el Estado es él) lucha tan denodada como generosa e inútilmente por la unidad y la concordia.
Al fin y al cabo, lo que el partido de Rajoy pretendía en el Parlamento era una auténtica infamia: nada más y nada menos quería que el Gobierno diera cuenta detallada ante los ciudadanos de sus contactos con una banda terrorista (habrase visto qué desfachatez) y, a la vez, que el Parlamento anulara el permiso concedido al ejecutivo para negociar con la misma banda, un permiso que dio lugar a uno de los episodios más hermosos y edificantes de la democracia española. Tenían razón todos los grupos cuando censuraron duramente las pretensiones del partido conservador. Lo mejor en estos casos es el silencio y la ficción.
Y se acabó la ironía.
Ha pasado un mes del anuncio por parte de ETA de la ruptura del "alto el fuego permanente" y sigo esperando. Aún no he escuchado ni leído absolutamente a ningún defensor del llamado "proceso de paz" reconocer que los que desde el principio nos opusimos a él teníamos razón, que no había un solo dato objetivo que hiciera pensar que ETA pretendía renunciar a la violencia a cambio de nada (su comunicado reclamaba exactamente lo mismo de siempre), que, en el mejor de los casos, todo fue un acto de fe en un Iluminado que no sabía de la misa la media, un acto de fe que a medida que pasaba el tiempo fue trufándose con mentiras, medias verdades y vergonzosos actos de apaciguamiento y humillación, que los adeptos asumieron con una normalidad sonrojante.
Ha pasado un mes, y estamos mucho peor que hace 30 días, muchísimo peor que antes de la famosa declaración del Congreso que, en lógica aplastante, pretendía anular el PP. Y estamos peor porque los ideólogos de la negociación (sector del PSOE liderado por Zapatero, IU y nacionalistas, los grandes beneficiados de la existencia de ETA, si no de cuándo iban a tener el poder que tienen) han conseguido hacer pasar el error del proceso, el bochorno de sus manejos y sus cesiones como un bienintencionado y deseable esfuerzo por ganar la paz, de cuyo fracaso no cabe hacer el menor reproche al Gobierno.
Entre los que, pese al fracaso del proceso y las mentiras evidentes de sus conductores, siguen defendiendo la necesidad de su puesta en marcha ("era una obligación", dicen falazmente), se han ido delimitando varios grupos. Todos coinciden en la buena fe del Presidente del Gobierno y la irresponsabilidad de la oposición realizada por el PP, pero sus justificaciones son de diversa índole. Repasémoslos:
1. Los amebas. "Yo, lo que diga Zapatero". Y no hay más.
2. Los cínicos. Niegan la evidencia: el Gobierno no ha negociado nada. Se ha ajustado escrupulosamente a la declaración del Congreso, rompiendo los contactos en cuanto tuvo la certeza de que ETA no abandonaba la violencia. Increíble, pero sí, muchos continúan afirmando esto, pasando incluso por encima del atentado del 30-D y la evidencia de los gestos apaciguadores del Gobierno después de esa fecha (por no hablar de todo lo anterior, esto es, la verificación fantasma, las cartas de extorsión a empresarios, la reunión pública PSE-Batasuna , las alusiones explícitas a la mesa de partidos, los zulos descubiertos, el robo de armas, etc., etc., siempre minimizados en pro del "noble objetivo de alcanzar la paz"; y ni siquiera entro en las muy verosímiles -por los hechos ya conocidos y el uso del lenguaje del Presidente- revelaciones de Gara).
3. Los utilitaristas. La mayoría provienen del grupo anterior. Son cínicos sin careta. Conscientes de que negar la evidencia tiene unos límites y de que hacer el ridículo de forma manifiesta acarrea una dosis importante de pérdida de prestigio (imprescindible para la supervivencia profesional de muchos de ellos), asumen que el Gobierno negoció, pero que eso en sí no es malo, que es aceptable plantearse cesiones políticas con tal de acabar con el terrorismo. Están muy bien retratados en la frase de Ignacio Sánchez Cuenca que reproducía hace unos días Ignacio en su blog:
Todo esto, francamente, es un disparate. No tiene mucho sentido decidir con criterios morales si negociación o derrota. En teoría, son dos medios para conseguir un mismo fin, la desaparición del terrorismo. Su uso debe venir dictado por las circunstancias.Es, sin duda, la postura de Zapatero y del sector del PSOE que domina el partido. Aparte de que esta postura me resulta éticamente deleznable (sobre todo, ¡40 años, más de 800 muertos y miles de heridos después!) ha demostrado ser por completo ineficaz. Lo más útil para combatir el terrorismo es negar absolutamente la posibilidad de la negociación. Sólo dejando claro que no se negociará en ninguna circunstancia y atacándolos desde todos los flancos de la lucha policial y jurídica, los terroristas se quedarán sin expectativas. Sobre esto volveré después más en extenso.
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1. El Presidente recibe una carta de ETA: "Nos rendimos".
2. El Presidente comunica la buena nueva. Anuncia inicios de contactos para el fin de la violencia.
3. El Presidente manda a sus emisarios a reunirse con ETA.
4. Los emisarios vuelven: "Presidente, se rinden si les damos lo que piden. Es decir, somos nosotros los que nos rendimos".
5. El 29 de diciembre de 2006 el Presidente anuncia solemne ante el pueblo expectante: "Las cosas van muy bien. El año que viene estaremos todavía mejor".
6. El 30 de diciembre de 2006, ETA pone una bomba en la terminal 4 de Barajas y asesina a dos personas.
7. El Presidente da por cerrado el proceso, pero mantiene los gestos apaciguadores hacia los terroristas.
8. El 5 de junio de 2007 ETA da por finalizado el "alto el fuego permanente".
9. Dos días después, en una entrevista para la televisión, el Presidente declara que el proceso fracasó porque ETA pidió un precio político.
10. De todo lo anterior, se deduce que la petición del precio político (que, según lo que el Presidente dijo en 9, ocurrió en 4) se produjo en realidad en las horas que pasaron entre la declaración presidencial del 29 de diciembre y el estallido de la bomba en Barajas al día siguiente (es decir, entre 5 y 6). Y si no es así (es decir, si realmente aconteció en 4), el Presidente nos mintió (en 5).
11. "Los españoles nos merecemos un Gobierno que no nos mienta" (Alfredo Pérez Rubalcaba, 13-03-2004)
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Uno de los más lúcidos y brillantes análisis que se ha hecho en la prensa de la actual situación de la política española la escribió Carlos Martínez Gorriarán y la publicó ABC en su Tercera del pasado 23 de mayo:
La promoción de lo peor
No es muy corriente que un Fiscal General se dedique a proporcionar coartadas y lemas electorales a la rama política ilegalizada de una banda terrorista en activo, deslegitimando de paso las leyes del Estado que ha jurado defender y arruinando años de trabajo y resistencia de miles de ciudadanos vascos perseguidos por ETA, pero eso mismo es lo que ha hecho Cándido Conde-Pumpido con su equiparación de la Ley de Partidos al inaceptable limbo jurídico de Guantánamo. Así lo ha certificado Pernando Barrena a su modo: “Las elecciones están amañadas –ha venido a decir– y la mejor prueba es que el propio Estado lo ha reconocido; todos los cargos que nos hubieran correspondido de no haberse ilegalizado algunas listas de ANV, serán cargos usurpados y los usurpadores deberán responder por ello” (una amenaza en toda regla a los futuros alcaldes y concejales). El Fiscal General no habla en nombre del Estado, pero se puede disculpar la confusión de Barrena, ya que nadie puede creer a estas alturas que haya diferencia práctica alguna entre la portavocía gubernamental y la fiscalía. Tampoco entre Cándido Conde-Pumpido y Pernando Barrena, que habla en nombre de Batasuna (que no existe, nos dicen todos los días socialistas y jueces galácticos): a este punto hemos llegado, a que el Fiscal convierta en víctimas a los verdugos.
¿Y cómo hemos llegado aquí? La pregunta clásica de los perdidos. Uno de los frutos más venenosos del zapaterismo es, lo estamos viendo, la progresiva difuminación de fronteras y funciones entre los distintos organismos del Estado, consecuencia lógica de una confusión inicial catastrófica: la indiferencia entre verdad y mentira, hechos y opiniones. O entre Partido y Estado, Estatuto y Constitución, anomia y tolerancia. Todo es igual, nada es mejor, como en el Cambalache del maestro Discépolo. “La ideología”, según el presidente Rodríguez Zapatero, es “una idea lógica”, pero la política no debe ser ideológica para no caer esclava del pensamiento racional y abrirse al mágico, mientras que las palabras deben estar al servicio de la política, y no al contrario. De todo este turbión de charlatanería de feria –ese bullshit de Harry Frankfurt tan actual– surge una pregunta inquietante de respuesta inequívoca: si todo debe estar al servicio de la política, ¿al servicio de qué o de quiénes está la política? Obvio: al servicio de los usufructuarios.
Hay una cierta tendencia en atribuir al relativismo la responsabilidad última de los desatinos gubernamentales y la decadencia socialista, pero me parece una atribución demasiado sofisticada. Para ser relativista hay que haber dado bastantes vueltas a cuestiones de cierta enjundia filosófica, y no se ven por ninguna parte. Que el presidente Zapatero promocionara su “Alianza de Civilizaciones” como uno de los frentes estratégicos de su política exterior adolescente no parece la consecuencia de la equiparación relativista del islamismo y la democracia, por ejemplo, sino una muestra rotunda de puro oportunismo. De lo que se trataba era de iniciar negociaciones con un enemigo potencial que podía estar interesado en un reparto de la tarta beneficioso para ambas partes, esto es, compartir una concepción mafiosa de la política. Y en efecto, hemos ido viendo que esa regla inspira no sólo la Alianza de Civilizaciones, esa nada, sino asuntos domésticos como la negociación política con ETA, la reforma del Estatuto catalán o las maniobras empresariales a la mullida sombra del poder del Estado. La desvergonzada manipulación de la Fiscalía General o de la CNMV toman sentido en ese cuadro general: no se trata solamente que hayan caído en manos de sujetos sin escrúpulo alguno, que también, sino de que estas instituciones públicas han sido puestas de inmediato al servicio de una política que no tiene otro horizonte ni objetivo que la supervivencia y el medro de sus administradores. Y como éste es un mal objetivo (en su doble sentido), resulta imprescindible la selección y promoción sistemática de las peores alternativas: desde las personas, iluminados o rufianes o tontos o todo junto, a las salidas políticas de los líos en que éstas se pierden en pos de sus ambiciones.
Es comprensible que haya muchas personas incrédulas todavía, refractarias a la cuestión de fondo: que hemos caído en manos de un grupo resultante de una larga, sistemática y eficiente selección negativa, especialidad de los partidos políticos donde el PSOE amerita el Nóbel, de haberlo. Lamentablemente, es cierto. Si reclaman alguna documentación adicional para llegar a esta conclusión, pierdan cuidado: el diario Gara ya ha comenzado a publicar sus rigurosas exclusivas, de muy buena fuente, sobre la negociación política entre ETA y los enviados socialistas, con Jesús Eguiguren a la cabeza, otro acabado ejemplo de esa política de selección de incapaces, tan ambiciosos como carentes de escrúpulos. Naturalmente, el pensamiento mágico progubernamental se apresurará a desechar el dato y a negar toda credibilidad – “pues viene de un partido ilegalizado”, dice María Teresa Fernández de la Vega– a los mismos sujetos con los que, sin embargo, se empeña en llevar adelante lo que llaman un “proceso de paz”, gigantesca incongruencia que no implica problema alguno para el zapaterismo, capaz de negociar acuerdos trascendentales con grupos cuya existencia no sólo niega –Batasuna– o confunde –ANV–, sino de los que dice no creer ni una palabra ni esperar nada. Claro que esto es una bagatela al lado del empeño en aliar civilizaciones, por ejemplo.
La gran ventaja que ha disfrutado el zapaterismo es, precisamente, la incredulidad que despierta la correcta interpretación de sus intenciones y procedimientos. Cierto día discutía con un exsecretario general socialista, defenestrado por Zapatero, la implicación socialista en la famosa “mesa de partidos” con ETA. Por razones morales (imposible que su partido cayera tan bajo) y políticas (no podían ser tan torpes), no podía aceptar el hecho de que ya se estaban celebrando reuniones de esa mesa, según noticias publicadas por la prensa sin desmentido alguno.
La promoción de las peores ideas y de las peores personas ha ido avanzado como una invasión de termitas que ha brotado a la luz con el derrumbe de algunas estructuras carcomidas en la oscuridad. Muchos prefieren consolarse suponiendo que se trata de un problema aislado, menor, que no podrá con nuestro sólido edificio institucional. Peligroso consuelo, desmentido por la sórdida historia del “proceso de paz”. Lamentablemente, la sociedad española no brilla por su alto nivel de exigencia democrática o por su conciencia ciudadana. Muchos piensan que Zapatero y compañía pueden y deben hacer lo que quieran si a cambio consiguen que ETA no les estropee la cena con la imagen de un atentado, o si los islamistas eligen ciudades remotas para poner sus bombas. Esta actitud no es típica de gente de escaso nivel cultural, sino que abunda entre los catedráticos universitarios, los periodistas de peso o los empresarios más boyantes. Sea cómplice o fatalista, la promoción de lo peor es una muy larga tradición de la España plural. Tenemos un año por delante para comprobar si somos un país democrático normal, es decir, una sociedad de ciudadanos con algún sentido de la realidad, cierta autoestima, algún amor a la libertad y la mínima solidaridad debida a sus conciudadanos en peligro por el hecho de serlo. Porque el problema de fondo que está agravando el zapaterismo es la inmadurez de la democracia española, la pobreza de nuestra cultura política, la fragilidad de las instituciones que caen en manos de incompetentes e indeseables que parece imposible quitarse de encima. Tolerar a los peores es llamar a gritos al desastre de lo peor. Y es lo que pasará si no hacemos algo al respecto.
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Entre las múltiples virtudes que adornan a nuestro presidente Rodríguez Zapatero no se encuentran desde luego la de la prudencia ni la de la diplomacia. Nada más ganar las elecciones generales anunció que España volvía al corazón de Europa que, según él, representaban la Francia de Chirac y la Alemania de Schroeder, que habían tenido el valor de oponerse al imperialismo americano, y el corazón hizo casi de inmediato bluff, como el de una alcachofa puesta a hervir. Decidido a hacer méritos para que un cálido abrazo lo acogiese en ese retorno a la Europa de los buenos, impulsó deprisa y corriendo un referéndum de aprobación de una supuesta Constitución europea entre la indiferencia de sus propios votantes. Luego se colgó la medalla de que los españoles nos poníamos a la cabeza del proyecto europeo al ser los primeros en apoyar la Constitución, y el tratado de marras (pues no era otra cosa) encalló al primer contacto con otros europeos menos ansiosos por cortar cintas inaugurales. Apoyó a Kerry y ganó Bush. Dijo que el de Angela Merkel era un proyecto fracasado y hoy Merkel es una de las mujeres más influyentes de Europa.
Pero como de los golpes y las caídas se aprende, ayer, tras la victoria de Nicolas Sarkozy en las presidenciales francesas, nuestro presidente se aprestó a comentar que Sarkozy representa a una derecha abierta y moderna (o sea, que no es como la de otros). Mientras eso ocurría en España, en París, el nuevo presidente de la Francia eterna explicitaba el contenido del ideario que le ha llevado al triunfo: "Trabajo, autoridad, respeto e identidad nacional". De cederle ese lema a los conservadores españoles, nadie duda de que la derecha "abierta y moderna" de Sarkozy pasaría a situarse automáticamente en España (a ojos de Zapatero y su troupe) a la extrema derecha de la derecha extrema. Pero da igual. Zapatero ha aprendido la lección y ya será difícil cogerlo en otro renuncio. Es propio del pensamiento mágico, relativista e infantil atribuir la verdad a la personalidad del que dice las cosas y no a las cosas que se dicen, o hacer de la realidad una entidad ficticia, cuya existencia depende del contexto social en que se manifieste. Aprendida la lección de la diplomacia, a Zapatero le queda un arduo recorrido hasta entender el significado de los términos "realidad" y "verdad". Mientras, tiene por delante el ancho mundo de la política de las emociones, un espíritu que tan bien supo recoger Segoléne Royal en uno de sus últimos mítines: "Amaos los unos a los otros". Y la concordia se hizo.
En plena oleada de indignación nacional por el apoyo del Gobierno Aznar a los aliados que intervinieron en Iraq, algunos manteníamos que lo que se jugaba en las elecciones generales de 2004 no era la alineación internacional de España con EEUU-Gran Bretaña o con Alemania-Francia, dos parejas que, antes o después, iban a acabar coincidiendo en una política similar para Oriente Medio y frente al fundamentalismo islámico, una cuestión por completo menor para nuestros intereses más urgentes. Lo que se jugaba en aquellas elecciones era el problema de España, tal y como ha ido afectándonos cíclicamente desde hace algo más de un siglo, desde que la generación del 98 lo puso en primerísimo plano de la vida cotidiana. El problema de España es el problema de su organización territorial, de su vertebración. Y en aquel momento de marzo de 2004 se presentaban al elector dos opciones muy claras: el PP representaba una cierta estabilidad del estado de las autonomías, la búsqueda de un cierre aceptable del modelo de manera definitiva y de forma que el estado mantuviera una capacidad de poder suficiente para potenciar el equilibrio interterritorial; el PSOE, IU y los partidos nacionalistas representaban el mantenimiento de una estructura abierta permanentemente, lo que suponía más poder para los territorios y un debilitamiento de la capacidad de decisión del estado. El problema de la segunda opción, la triunfante, es que no sabemos a dónde nos conduce. Como un auténtico aprendiz de brujo, el PSOE de Zapatero se ha puesto a hacer ingeniería social, algo extremadamente peligroso, sólo admisible cuando existe una crisis del sistema verdaderamente grave, cuando se llega a un punto sin retorno, a una situación en la que el mantenimiento de la estructura del estado es más perjudicial que la aventura de la búsqueda de algo nuevo. Es decir, una situación como la de 1931 o la de 1975, pero en absoluto como la de 2004, cuando a una inmensa mayoría de los españoles no le preocupaba en absoluto el modelo existente de estructura territorial. Lo cierto es que se ha emprendido un camino difuso, nebuloso y peligroso por satisfacer las ansias de poder de las oligarquías nacionalistas de Cataluña y el País Vasco, y todo ello se ha hecho fijándolo teóricamente en un equívoco político verdaderamente insólito: para Zapatero y sus acólitos lo progresista es la debilitación de un poder central igualador en torno a la categoría del ciudadano y la entronización de caudillajes locales, a la manera feudal; un equívoco que parece que sólo se da en España (por ejemplo, en el referéndum italiano que propugnaba más poder para los territorios la derecha defendía el Sí y la izquierda el No). En sólo tres años la deriva nacional ha alcanzado tal punto de esquizofrenia que al Gobierno de España le sienta mal que sus ciudadanos se manifiesten con banderas españolas, mientras en los actos en que los que sus miembros participan se enarbolan enseñas preconstitucionales (como la tricolor) y a todos parece bien. Todos los riesgos han sido puestos sobre la mesa. El concepto mismo de nación española está afectando a los partidos políticos. Apenas queda el PP como partido nacional y, de manera incomprensible, se suma también de forma indecente y electoralista a empujar en el sentido señalado por Zapatero, y lo hace defendiendo adefesios como el nuevo Estatuto andaluz. Más allá aún, están algunos (a los que la buena fe se les supone, exactamente igual que el desconocimiento más elemental de las leyes de la historia) que juegan a contextualizarlo y desdramatizarlo todo. Se reformó el Estatuto de Cataluña y no se ha roto España, y se ríen, jaja. Como si el proceso puesto en marcha se hubiera detenido justo en el momento de su inicio, como si esto no fuera sólo el punto de partida de algo que ya se está notando (la desafección entre españoles de distintas regiones y la de muchos españoles con sus propios símbolos constitucionales es verdaderamente grave), pero que sólo alcanzará a mostrar sus auténticas consecuencias sobre la vida cotidiana dentro de una o dos generaciones.
Hoy, elmundo.es trae una entrevista con Francisco Sosa Wagner, quien fuera profesor de Zapatero y miembro del tribunal que concedió sobresaliente cum laude a una tesis del hoy presidente del Gobierno (se ha hecho un excesivo hincapié sobre la calificación de la tesis, lo cual sólo es posible desconociendo que el sobresaliente cum laude es casi lo menos que se estila en este tipo de trabajos académicos). Sosa Wagner habla con absoluta claridad, y no me resisto a traer hasta aquí los puntos fundamentales de su discurso:
-"Nos hemos lanzado a la reforma de los estatutos sin antes habernos puesto de acuerdo en lo esencial: el Estado. Hemos metido a España en un quirófano para una gran operación alumbrados por una simple vela."Creo que somos muchos los que queremos eso, pero tenemos que hacer algo, juntos, sin complejos, y pronto.
-"Nos cansamos de escuchar que con estas reformas vamos hacia un Estado federal y eso no es verdad en absoluto."
-"Como socialdemócrata, combato abiertamente la idea de cuanta más descentralización, más 'progre' soy y más pegatinas me pongo."
-"Nosotros caminamos claramente hacia el confederalismo. Es un disparate esto de que cada uno apruebe por su cuenta los estatutos alentados por un incesante victimismo local."
-"Quitémosnos las caretas de una vez. Nadie quiere una reforma del Senado para que se convierta en una cámara de representación territorial en la que todas las autonomías son iguales. Eso no lo quiere nadie: a lo que se aspira es a la bilateralidad. Es lo que se está haciendo en Cataluña y lo que se quiere hacer también en Andalucía."
-"Hasta ahora el problema era la sobrerrepresentación de los nacionalistas, ahora está ocurriendo algo más grave: la territorialización de los partidos nacionales."
-"Esto ha tomado ya un ritmo imposible de frenar. El Estado se irá fragmentando cada vez más. Veremos cómo el Gobierno será cada vez más incapaz de hacer nada, de legislar nada, de imponer nada."
-"La reforma de la Constitución para reforzar el 'disco duro' del Estado es la única salida a todo este absurdo, pero ¿quién quiere eso?"
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P. En septiembre de 2004 pronunció usted una frase, en una sombra que le hizo Juan José Millás para EL PAÍS Semanal pocos meses después de llegar a la Presidencia: "Yo cada noche le digo a mi esposa: 'no te puedes imaginar la cantidad de cientos de miles de españoles que podrían gobernar". ¿Sigue pensando lo mismo después de todas las experiencias, especialmente las malas, que ha tenido al frente del Gobierno?
R. Absolutamente. Sí, absolutamente. Hay una formulación muy típica de ese mundo cultural que es el sueño americano: cualquiera puede llegar a presidente del Gobierno. Mi concepción es otra. Es una concepción democrática. Es decir, es el derecho. El derecho que cualquier ciudadano de este país tiene a poder ser presidente de Gobierno.
P. Yo no entendí aquella frase desde el punto de vista del derecho, sino de la capacidad.
R. (Silencio)
P. Quizá lo entendí mal.
R. No, no. Es que la capacidad para votar y ser votado...
P.... la dificultad de gobernar...
R. ... la capacidad para votar y ser votado en democracia es universal.
P. Ya, pero quiero decir...
R. No, no, no es un tema menor, esta polémica que hemos tenido. No es un tema menor. Es que una buena concepción de la democracia debe representar que uno se cree que cualquier ciudadano, si la ley lo permite, puede ser elector, por supuesto, y elegible. Esto es muy importante en democracia. Y lo único que hay que tener es una gran vocación política, eso por supuesto. Y una familia que te ayude. Hay gente que me dice: "Lo que hay que aguantar" y tal. Y digo, por favor, es una altísima responsabilidad y por tanto un gran orgullo.
Desde que en 1823 James Monroe (V Presidente de los EEUU) formuló la doctrina que lleva su nombre, y que puede resumirse en el slogan "América para los americanos", los estados europeos empezaron a ver con preocupación la emergencia de una gran potencia al otro lado del Atlántico. La expansión de las primitivas colonias hacia el Pacífico y la Guerra de Secesión retrasaron lo que parecía inevitable, la preponderancia americana en el concierto mundial de las naciones.
Tras el extraordinario desarrollo industrial que siguió a la Guerra de Secesión, los EEUU se sintieron con la fuerza y el poder suficientes como para irrumpir en el mundo en el momento justo en el que las potencias europeas se disputaban el globo en una expansión imperialista cuyas consecuencias sentimos duramente hoy. Mientras, en la segunda mitad del siglo XIX, América se había convertido en una tierra de promisión para millones de emigrantes europeos, una tierra de acogida generosa y feraz. Los estadounidenses aprovecharon esta desorbitada afluencia de mano de obra para asentar y potenciar aún más su crecimiento. Quedaba claro que los EEUU, pese a todos sus problemas de integración y diversidad cultural, hablarían con voz alta, clara y única al mundo. Y asi lo hizo saber en 1904 Theodor Roosevelt, con su Corolario a la doctrina Monroe, por el que se reservaba el derecho a intervenir en cualquier país de su zona de influencia y se autoasignaba poderes de policía internacional.
Europa, atascada por los coletazos de los grandes imperios autocráticos y de la aristocracia ancien régime, perdía influencia con rapidez, hasta el punto de que por dos veces tuvieron los americanos que intervenir en nuestro continente para sacarnos las castañas del fuego. En la segunda mitad del siglo XX, convertidos definitivamente en la gran potencia económica, militar y política del mundo, cabeza indiscutida de uno de los dos polos en los que se fracturó la política internacional con la Guerra Fría, los EEUU terminaron por adquirir todos los perfiles que han caracterizado tradicionalmente a los grandes imperios de la Historia: admirados y odiados al mismo tiempo, los americanos desarrollaron sentimientos de orgullo, arrogancia y seguridad en sus fuerzas que fueron consolidándose a medida que se hundía el bloque soviético y que se quebraron de manera estruendosa el 11 de septiembre de 2001.
Aquello fue el comienzo de una nueva era, que en Europa aún sigue sin ser asumida en todas sus dimensiones. Cuando los dirigentes estadounidenses afirmaron que consideraban el ataque de Al Qaeda como una auténtica declaración de guerra del terrorismo islámico, y que estaban dispuestos a afrontar esa guerra, que, a pesar de carecer de las características de las guerras clásicas, sería larga y dura, muchos siguieron pensando en función de los conflictos regionales típicos de la guerra fría, a los que el mundo parecía ya acostumbrado. Uno de los que así lo creyeron fue, para su desgracia y la de los iraquíes, Saddam Hussein, que pensó que podría mantenerle indefinidamente el pulso al gigante americano. Pero no. La disuasión del poderío soviético ya no existía, y los EEUU, liderando una coalición internacional más amplia de lo que habitualmente se admite, lo derrocó con estrépito.
Afrontar unas elecciones presidenciales con la situación empantanada en Iraq (es cuestión de ver la botella medio llena o medio vacía: lo de Afganistán era infinitamente peor y acaban de celebrarse con gran éxito, reconocido incluso por la prensa socialdemócrata europea, unas elecciones democráticas) podía ser un arma de doble filo. Tradicionalmente los americanos se habían puesto siempre detrás de sus dirigentes en períodos de guerra, pero ¿ocurriría lo mismo ahora, cuando Bush parecía tener en contra a la mayoritaria opinión de los medios periodísticos e intelectuales del mundo? En realidad eso iba a importar poco, como se demostró, para el resultado final de las elecciones. Primero, porque extrapolar la política americana a Europa, como se ha insistido una y otra vez en la prensa del viejo continente, era un auténtico disparate. Segundo, porque el término intelectual le viene bastante grande a los Moore, Robbins, Springsteen y demás millonarios del cine y el pop en campaña promocional permanente. En estas circunstancias, hemos vivido unas semanas patéticas, de simplificación constante y necedades continuas, que podían recogerse a puñados, con sólo conectar la televisión o la radio, pasarse por un quiosco o dar un paseo por la red.
De pronto, la elección del presidente de los EEUU se convirtió en un asunto de vital trascendencia para el universo, como si el triunfo de Kerry fuera a suponer un cambio en la política exterior americana. De repente se hizo la amnesia, y todos parecieron olvidar que los intervencionistas y los expansionistas fueron siempre los demócratas y que Bush llegó al poder con la promesa de un repliegue progresivo de EEUU sobre sí mismo, promesa que cambió drásticamente la realidad impuesta por el 11-S. No parece que las caricaturas que se llevan haciendo de Bush en todo el tiempo de su mandato (ya ocurrió con Reagan) haya afectado lo más mínimo al elector americano, si acaso para movilizar a las bases del Partido Republicano. Las comparaciones, hechas desde España, de Bush con Aznar y de Kerry con Zapatero tenían tan poco fundamento que a alguien medianamente informado sólo podían causarle risa. Y sin embargo, muchos medios españoles apostaron por acentuarlas, llegando hasta el ridículo en el caso del diario El Mundo que en un editorial hilarante pedía el voto para Kerry, como si su voz fuese a tener alguna influencia en la opinión americana.
Pero quedaba el corolario, que ha sido bastante peor. Muchos se han sorprendido de la victoria republicana, y han buscado la justificación: América está dividida y en estas elecciones se ha impuesto la América profunda, rural y ultraconservadora, dicen (¿alguien recuerda los argumentos que empleaba la inteligencia socialista cuando desde la derecha se utilizaban las mismas tesis para el caso español: el PP era el partido de las ciudades y el progreso, mientras que el PSOE representaba al campo atrasado y subvencionado?). Es más, los americanos se han convertido en unos paletos e ignorantes integrales que no han sido capaces de detectar el olor a azufre que despedían Bush y su equipo y no han hecho caso a las prudentes llamadas al cambio que les llegaban desde Europa (un vendaval iba a derribar a los protagonistas de la foto de las Azores, y entonces el mundo viviría en paz, felicidad y armonía perpetuas). Lo terrible es que se esgrimen incluso argumentos morales deslegitimadores, que no hacen sino recordar las barbaridades de la política americana en Sudamérica o en Iraq. Y eso se hace desde Europa, casi como queriendo descargar la responsabilidad de los previsibles ataques terroristas del futuro en el voto inmoral de más de cincuenta millones de americanos. Cuán flaca es la memoria. Y cuán estúpido puede llegar a ser el hombre blanco, ¿verdad Míster Moore?
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Mi cultura televisiva es insignificante. Salvo para las contadas películas que me interesan (que grabo, no hay quien soporte cortes de hasta 20 minutos seguidos de publicidad) y algunas retransmisiones deportivas, mi minúsculo aparato de 14 pulgadas no pasa de ser un trasto del que me quejo constantemente porque me quita espacio para los libros. Como Jesús dijo una vez aquí, lo que de verdad me gustaría sería que TVE (la que pagamos todos) se convirtiera en un aburridísimo canal de documentales científicos e históricos, ciclos de cine en blanco y negro, retransmisiones de óperas (no se me ha olvidado que en tiempos de Pilar Miró llegó a ofrecerse una Lulú de Alban Berg en directo desde la Zarzuela), entrevistas a poetas y neurocirujanos, programas sobre historia de la música, debates sobre literatura y arte egipcio, etc., etc., etc.
Estoy convencido de que esa televisión sería mucho más barata. Y la otra (la que hoy domina por doquier) ya la ofrecen las privadas. La sacrosanta libertad de elegir mierda para comer quedaría así resguardada. Una de las grandes falacias del debate sobre la televisión pública en España en los últimos años es el de su financiación. TVE pierde cada año cantidades ingentes de dinero, y para tratar de evitarlo se endeuda, paradójicamente, cada vez más con programaciones carísimas que pretenden competir por la publicidad con las cadenas privadas. Este círculo vicioso es, sin embargo, fácil de romper. Se trata simplemente de renunciar a la competencia y utilizar la televisión que pagamos entre todos para ofrecer el servicio público para el que en principio está destinada. Pero resulta evidente (y aquí está el meollo del asunto) que así perdería el carácter de propagandista del partido en el gobierno que ha tenido siempre en España, independientemente de las siglas y los nombres de quienes manden. Algunos ya ni se callan en público las estrategias que utilizan para facilitar el control ideológico. Hace algo más de un año asistí a una reunión en la que con todo el desparpajo del mundo un directivo de Canal Sur Televisión afirmaba que Andalucía Directo era un buen programa, pero que hacía perder audiencia. Por eso, media hora antes de que empezara el informativo de la noche, se había metido, como si fuera una cuña para ganar audiencia, otro programa, un resumen de lo mejor del día en uno de esos concursos infames con gente (infame) dentro. Así. Tan claro como lo cuento ahora. Era la única forma de asegurarse de que cuando el gobierno andaluz emitiera el parte diario, el índice de audiencia fuera políticamente aceptable.
Esta semana ha tenido lugar una reunión entre enviados del gobierno de Zapatero y de las televisiones privadas para pactar una serie de puntos que supuestamente protejan a los niños de la basura televisiva, todo ello con la amenaza de fondo del gobierno socialista de que si no se llegaba a un acuerdo, estos puntos serían impuestos. Niños. Nada mejor que hablar de ellos como ejemplo de la progresiva puerilización de nuestra sociedad. Resulta terrible asistir al derrumbamiento, una por una, de las ideas que sustentan nuestra civilización. En este caso, se trata de la responsabilidad (y de su otra cara, la libertad). Como si la televisión fuera obligatoria, los padres parecen exigir del Gobierno que regule sus contenidos. Como si no hubiera más remedio que enchufar a los niños. Que el Gobierno decida lo que mis hijos pueden ver en la tele, que yo no tengo tiempo. Que decida lo que yo puedo ver y lo que no, lo que tengo que votar cada cuatro años.
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Cientos de millones de mujeres en el mundo viven en situaciones de discriminación legal, sojuzgadas y sometidas al imperio arbitrario de padres, hermanos o maridos y a unas tradiciones religiosas y sociales que las esclavizan, impidiéndoles disfrutar de los mismos derechos que los varones.
Afortunadamente, esa situación es desconocida en las democracias occidentales desde hace mucho tiempo. Los ordenamientos jurídicos de todos los países avanzados reconocen la igualdad de derechos de hombre y mujer ante cualquier situación vital y a lo largo de toda su existencia. Las excepciones a la norma son en realidad poco significativas. Así, en la Constitución española de 1978 se reconocen dos situaciones de desigualdad legal, una de las cuales aún persiste, pero afecta solamente a una familia: es la prelación del varón sobre la mujer en la sucesión al trono. La otra ha sido ya abolida en la práctica, al desaparecer el servicio militar obligatorio, que tenían que prestar sólo los hombres.
Pese a esta igualdad ante el Derecho, sin vuelta atrás posible, persisten en nuestra civilización situaciones en las que los roles sexistas están tan asumidos, tan fijados en las relaciones y los comportamientos sociales que en determinados ámbitos conducen a discriminaciones prácticas y reales por causa de sexo. Resulta evidente que la generalización de determinadas prácticas se toma su tiempo en asentarse en todos los espacios de relación social. Hay quienes consideran que la mejor forma de acelerar estos procesos es la de empujar empleando una legislación discriminatoria. Discriminación positiva, le llaman. Y consiste en que, ya que hay mujeres que en determinados ámbitos son discriminadas, favorezcamos a todas las mujeres en todos los ámbitos. Así convertiremos antes la igualdad legal en igualdad social, efectiva y real. Pretensión excesiva y procedimiento bastardo, que actúa como un ariete contra el propio estado de derecho que lo desarrolla. Si todo el mundo (hombres y mujeres, musulmanes y católicos, pelirrojos y morenos, médicos y albañiles...) es igual ante la ley, combátanse desde la ley las injusticias y las discriminaciones que afectan individualmente a los sujetos y no sean favorecidos determinados colectivos con la excusa de mejorar sus posibilidades individuales.
Entre quienes defienden la discriminación positiva en favor de las mujeres, los hay que estiman que, ya que tradicionalmente las mujeres se han encargado en menor medida de labores políticas y de gobierno, lo ideal sería favorecerlas para que los puestos de responsabilidad pública estén ocupados paritariamente por hombres y mujeres, y hasta proponen fijar estas cuotas por ley. El actual gobierno socialista es un buen ejemplo, al estar formado por ocho hombres y ocho mujeres (aunque no resulta conveniente precipitarse; habrá que esperar a que el próximo candidato socialista a la presidencia del Gobierno sea una mujer: sólo así la aplicación maximalista de su principio de discriminación positiva paritaria será creíble). La pregunta es si los gobernados ganamos algo con esta situación. Parece que no, y que en una meritocracia, como en la que supuestamente vivimos, el acceso a los puestos públicos debe estar condicionado al mérito del aspirante y no a su sexo.
Deberían de ser las propias ministras las primeras interesadas en abonar la idea de que forman parte del Gobierno por su formación, su capacidad y su eficacia como gestoras y no por el hecho, irrelevante para la gobernación de la República, de la naturaleza de sus cromosomas sexuales. Pero parece, a tenor de la sesión de fotos conjunta que han concedido a una revista de moda, que esa, la de la igualdad entre hombres y mujeres, es cuestión que no les importa demasiado. “Aparecemos juntas porque somos las mujeres del Gobierno”. Curiosa forma de decir: “Somos cuota”.
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Etiquetas: cuotas, discriminación posotova, psoe, vogue, zapatero
1.
Pasqual Maragall ayer en un mitin y refiriéndose a Zapatero: "Cataluña está y estará inflexiblemente a tu lado, José Luis, y lo sabes porque estuvimos contigo en el momento decisivo, y tú sabes cuál es". Y tras el preámbulo, el meollo: "¿Es tan difícil de entender que Cataluña quiera recuperar los documentos del archivo de Salamanca que fueron robados a ciudadanos catalanes a punta de pistola en sus casas?". Y luego: "¿Quién se puede rasgar las vestiduras porque Cataluña como Escocia, tenga equipos propios?".
Respuesta de Zapatero: "No tengas dudas Pascual. Cumpliré todos mis compromisos con Cataluña. ¡Visca Cataluña! ¡Visca el Barça!" [sic].
Maragall 
2.
Cabaret, la película de Bob Fosse. Maximilien von Heune (Helmut Griem) y Brian Roberts (Michael York) van en coche. Se cruzan en la calle con un cadáver que yace, sobre un charco de sangre, en el suelo.
Maximilien: "Los nazis son una partida de matones, pero sirven a un objetivo, que nos libren de los comunistas. Luego, ya les pararemos los pies". Llegan al lugar donde se celebra una fiesta al aire libre. Césped, árboles, sol. Corren la cerveza y las risas. De repente, se oye a un joven entonar una melodía. Miradas de sorpresa y admiración. La cámara gira y nos revela que se trata de un miembro de las Juventudes Hitlerianas, y este es su canto:
The sun on the meadow is summery warm.
The stag in the forest runs free.
But gather together to greet the storm.
Tomorrow belongs to me.
The branch of the linden is leafy and green,
The Rhine gives its gold to the sea.
But somewhere a glory awaits unseen.
Tomorrow belongs to me.
The babe in his cradle is closing his eyes
The blossom embraces the bee.
But soon, says a whisper;
"Arise, arise,
Tomorrow belongs..."
Poco a poco, jóvenes y mayores, mujeres y hombres, niños y ancianos se le unen. Max y Brian se marchan. Brian: "¿Sigues creyendo que les pararéis los pies?".
Cabaret 