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sábado, 29 de septiembre de 2007

Una idea de España (II)

Hay por supuesto otras ideas de España, que sus postulantes considerarán igualmente defendibles. Justamente por eso, porque las ideas sentimentales sobre lo que es o debe ser la nación son múltiples, subjetivas y no siempre compatibles entre sí, es deseable encontrar un punto de acuerdo racional y objetivo, que sea aceptable por todos y que todos estén dispuestos a defender, y a mí no se me ocurre otro que el de la Ciudadanía, es decir el del Derecho, el de una justicia igual para todos, con obligaciones y derechos iguales para todos, claramente definidos en un documento base (la Constitución) dentro de un sistema de libre concurrencia y democracia, y a partir de aquí que cada cual defienda su propio proyecto como mejor entienda (con el límite, obvio, de las leyes).

En cualquier caso, para mí, repito, las naciones no pueden ser sólo (no son en realidad) un sistema administrativo común, es decir, no son sólo Estado (aunque se identifiquen en la práctica con él), y España, estoy convencido, es mucho más que eso, es una trama inextricable de afectos e intereses forjados en una historia de convivencia milenaria (sí, milenaria). Si la memoria no me juega una mala pasada, creo que fue Francesc Cambó quien en un momento de su trayectoria de nacionalista catalán se separó de la línea independentista de Macià al afirmar que la convivencia de siglos había creado tal madeja de relaciones entre los habitantes de España que la independencia de cualquiera de sus partes no podía sino causar un trauma de consecuencias nefastas para todos. En su interesantísimo libro sobre el nacionalismo, Alfredo Cruz Prados afirmaba que las naciones necesitan un proyecto común que las impulse. En mi opinión, ese proyecto común no sería en España otra cosa que una mirada global, española, sobre los problemas globales y locales, por encima de particularismos y localismos, es decir la tendencia contraria a la que vivimos hoy, cuando se ha instalado la idea de que la presión regional, localista es la única manera de no resultar marginado en el reparto de inversiones. Hace unos días, en una muy seguida tertulia radiofónica, un famosísimo (y para mí, penoso) periodista madrileño decía a un celebérrimo colega andaluz que él tenía que estar en el fondo muy contento porque Andalucía era la principal beneficiaria del chalaneo de la financiación autonómica. Pues bien, yo, como andaluz, no estoy contento, no estoy en absoluto contento, porque la rapiña autonómica en la que nos hemos instalado sólo causa (está causando ya) insolidaridad, desapego afectivo entre los españoles y el fomento de un clientelismo regional de paniaguados que hace de la democracia una auténtica caricatura de sí misma.

Quiero decir con todo esto que si bien la idea de España como una simple nación de ciudadanos libres debe ser la base común de nuestro proyecto colectivo, el contenido con el que eso se llene no resulta indiferente, que hay proyectos políticos que favorecen la solidaridad y la cohesión y, en ese sentido, nos benefician a todos, y proyectos que sólo alientan el egoísmo particularista y el separatismo, y que por tanto nos perjudican en la misma medida. De ahí que el nuevo partido de Savater y Díez no pueda quedarse en una simple definición de España como nación de ciudadanos, lo cual considero por supuesto básico, que espero (esperamos, me atrevería a decir) algo más. Es por eso que la famosa referencia de Savater a que "la idea de España se la suda" me parezca muy desafortunada para salir de los labios del promotor de un nuevo partido político. Y que conste que la entiendo, que estoy convencido de conocer el sentido en el que está pronunciada. De hecho, varios días después, Carlos Martínez Gorriarán daba en su blog una explicación sobre el particular que puedo compartir perfectamente y que, por su interés, transcribo:

[...] que ideas de España hay tantas como españoles (unas 44 millones, creo). Que el problema no son esas ideas –FS tendrá la suya, claro–, sino la insistencia de algunos autoerigidos guardianes de la nación en que hay una Idea de España obligatoria: pues mire, esa es otra variedad del nacionalismo obligatorio que detestamos. No estamos aquí para soportar a gente que habla en nombre de Cataluña, que te quiere meter a balazos la gran Euskal Herria o que vocifere tu presunta obligación de asumir su Idea de España. Lo que importa de la nación es que es una sociedad de ciudadanos que comparten una comunidad con muchas dimensiones, pero cuya dimensión más importante es la ciudadanía en un Estado. En un Estado de derecho, naturalmente (comparto con los liberales la idea de que lo único que justifica al Estado es su obligación de garantizar las libertades públicas e imponer la paz monopolizando estrictamente el ejercicio de la violencia). Vamos, que lo importante es la ciudadanía española, no la fantasmagórica Idea de España que parece formulada por un Hegel de zarzuela. Así pues, la única idea de España que debemos aceptar los 44 millones se llama Constitución. Fernando Savater lleva defendiendo muchos años la ciudadanía española, y explicando que ser ciudadano comporta tanto derechos y libertades personales como obligaciones y responsabilidades comunes. No conozco a nadie que haya defendido tan bien este sencillo y vital principio como Fernando Savater, ni que haya estado tan amenazado y perseguido durante tanto tiempo por hacerlo tan claramente, cuando podía haberse dedicado a sus cosas y mientras algunos de sus críticos actuales iban con dodotis. Para mí, y para cualquiera que no se crea Don Pelayo, eso es defender España.
No es muy distinto de lo que yo llevo dicho, con una sola objeción: yo sí creo que la idea (minúsculas) de España es importante, yo sí creo que es crucial que un partido político que nace lo haga llenando de contenido ese espacio inconcreto que queda pasada la primera (y necesaria) definición de carácter formalmente administrativo, y es más, creo que UPD tiene una idea de España, tiene un proyecto, cuyas líneas generales se han difundido ya. Por eso me parece aún más erróneo el comentario de Savater, que quizá no se ha dado todavía cuenta de que ya no es sólo un intelectual que conecta con los ciudadanos escribiendo libros y columnas en los periódicos, sino que es el promotor de un partido político que aspira a convertirse en un factor clave para la gobernabilidad del país. Quienes compartimos su visión de España (y yo, globalmente, la comparto) no esperábamos que nos dijera que "la idea de España se la suda", sino que hiciera una defensa de su idea de España, que sin duda tiene y que muchos, repito, compartimos. Cuando uno se mete a político tiene que cuidar mucho expresiones como éstas, fácilmente manipulables y no comprensibles para un conjunto no pequeño de ciudadanos. Lo recogía perfectamente Esteban en su Cuadrilátero de ayer.

Cuadrilátero de Esteban. 28-09-2007
Pues eso. Hoy se presenta formalmente en sociedad UPD. De corazón y por interés, mucha suerte.

viernes, 28 de septiembre de 2007

Una idea de España

Soy español. Lo cual no es decir demasiado. Soy español porque nací en España. Otros que no han nacido en España también son españoles porque sus padres lo son (como, por ejemplo, Juan Carlos de Borbón) o porque están casados con españoles o porque residen en España y han cumplido una serie de requisitos que exigen las leyes para adquirir la nacionalidad española (como tantos futbolistas hispanoamericanos) o porque las instituciones se la han otorgado por razones especiales de mérito y vinculación con nuestro país (es el caso de Mario Vargas Llosa). Todos los españoles tenemos un documento (el DNI) donde lo dice (Nacionalidad: Española). Se trata de una simple condición administrativa, que compartimos algo más de 40 millones de personas (teniendo en cuenta que en el mundo viven hoy más de 6.000 millones no es demasiado, ciertamente). Españoles son Juan Carlos de Borbón y el futbolista del Real Madrid Julio César Baptista, Mario Vargas Llosa y Blas Piñar, Josep Carod Rovira y Arnaldo Otegui. Como ciudadanos españoles, todos estamos sujetos al ordenamiento jurídico de España, que nos impone una serie de obligaciones y nos reconoce una serie de derechos. Ser español tiene, desde el punto de vista administrativo, ventajas e inconvenientes, como ser alemán o chino. Creo, en cualquier caso, que nadie en su sano juicio discutirá que, comparando con el resto del mundo, las ventajas de ser español son muy superiores a los inconvenientes; de hecho, estoy convencido de que un elevadísimo porcentaje de esos 6.000 millones de personas que viven en nuestro planeta si pudieran optar, elegirían sin duda las ventajas de la nacionalidad española a la suya propia (y que pregunten si no a los chinos, a los sudaneses, a los guatemaltecos, a los birmanos o a los iraníes).

Pero además me siento español. Quiere esto decir que tengo vínculos afectivos especiales con las cosas que se relacionan con España y con sus ciudadanos (lo cual no significa que me gusten todas sus cosas ni que sea amigo ni siquiera que simpatice con todos sus ciudadanos, pues no hablo de afectos personales, sino de un sentimiento general de pertenencia a una comunidad, algo muy propio de los humanos, primates, luego animales sociales). Estos vínculos no son innatos, no nací sintiéndome español. Se han creado porque durante mi vida he compartido con los españoles una forma de acercarme al mundo, a través de la educación, los medios de comunicación, el idioma, los juegos, las fiestas o los artículos que llegan a las tiendas, que ha sido diferente al modo de acercarse al mundo de los franceses o los portugueses (eso está sin duda cambiando con la globalización e internet, pero yo he cumplido ya los 40, qué quiere que les diga, uno no abandona sus vínculos afectivos de hoy para mañana). Me siento español porque comparto con los españoles no sólo obligaciones y derechos administrativos, sino toda una serie de modos de vida que me hacen alegrarme con los éxitos de los españoles y entristecerme con sus fracasos o sus catástrofes de forma más intensa que por los éxitos, los fracasos y las catástrofes de otros ciudadanos del mundo. Por eso, las inundaciones provocadas por la ruptura de la presa de Tous me estremecieron mucho más que las ocurridas este año en Inglaterra, los incendios de Galicia me espantaron más que los de Grecia, los accidentes de los autobuses escolares ocurridos en España me acongojan siempre mucho más que los ocurridos en el extranjero, los atentados de ETA son para mí más terribles que los del IRA o los de Hamas y prefiero las victorias de Fernando Alonso o Rafa Nadal a las de Raikkonen o Federer.

Lo que no soy es un nacionalista español. Y esto es lo que muchos siguen sin entender. Sentirse español no significa ser nacionalista español, como sentirse catalán o almeriense o malayo no significa ser nacionalista catalán, almeriense o malayo. (Todos estos sentimientos no son además excluyentes. Uno puede sentirse catalán y español, almeriense y español e incluso malayo, almeriense, catalán y español, en distinto grado pero al tiempo.) Para que yo fuera nacionalista español tendría que pensar, por ejemplo, que ser católico y ser español es la misma cosa (como defienden todavía algunos) o que el español es la lengua propia de España y por tanto sólo son auténticos españoles aquellos que la hablan o que España es una unidad de destino en lo universal o que sólo son españoles los amantes de los toros o de las quinielas o alguna formulación similar que hiciera de la nación española una esencia inmutable y eterna, con atributos propios (lengua, cultura) de naturaleza colectiva e inexcusable. Al decir que me siento español ni siquiera estoy afirmando la existencia de la nación española (no necesito en realidad hacerlo, pues su existencia es una realidad histórica incuestionable, y yo soy siempre muy respetuoso con la realidad y con la historia), sino mi especial afinidad sentimental hacia lo español (aunque deteste los toros y no me guste el flamenco).

Estos sentimientos son por supuesto, por definición, siempre personales y subjetivos, pero creo sinceramente que son mayoritarios entre los ciudadanos que tienen la categoría administrativa de españoles. Con los que no tienen esos sentimientos no tendría que pasar en realidad nada, pues su españolidad administrativa les garantiza absolutamente todos los derechos individuales, idénticos a los del primero de los patriotas (se puede ser patriota sin ser nacionalista, sí, pero eso, si te parece, querido Ignacio, lo dejaremos para otra ocasión), y nadie les niega la posibilidad de expresar ni manifestar sus sentimientos de pertenencia a otras comunidades humanas en la manera que estimen oportuna (con la única limitación, obvia, de la ley). Es evidente que el sentimiento no puede ser hoy el vínculo fundamental que mantenga unida a una comunidad política, a una nación (en el sentido que le daba ayer, es decir, un Estado). Las naciones que me esfuerzo en defender como realmente existentes y necesarias son las naciones de ciudadanos libres e iguales ante la ley, por lo que es la Constitución, el marco que establece los derechos y las obligaciones de esos ciudadanos, el auténtico punto de encuentro, el consenso básico que garantiza la libertad y la seguridad de todos, la madre del cordero de la nación.

Sin embargo, eso no quita para que considere que los vínculos afectivos son importantes, muy importantes para la estabilidad de la nación y la felicidad de sus ciudadanos. De hecho son esos vínculos los que han atacado con saña, allí donde son fuertes, los partidos nacionalistas en 25 años de control de la educación, de los medios de comunicación públicos y de los presupuestos, contando casi siempre con la aquiescencia de los partidos nacionales, que han aceptado los hechos consumados cuando no han entrado en una especie de subasta pública a nivel regional por ver quién hacía la oferta más nacionalista, más provinciana, más pueblerina. Cuando se dice que España se rompe, lo que se está afirmando, pese a que a muchos les suene a catastrofismo, es una realidad fácilmente contrastable, que los vínculos afectivos entre los españoles se descuajaringan poco a poco, paso a paso, y que ese descuajaringamiento empieza a alcanzar rango de ley entre la indiferencia general, que los nacionalistas están teniendo éxito y que no se aprecian signos de reacción entre los partidos nacionales tradicionales.

En último término, no pasa nada por que España se rompa, dicen algunos. Sí que pasa, pasa que se rompe. Y yo no quiero que eso suceda. No quiero por razones sentimentales, que ya he explicado; y no quiero por razones prácticas, pues creo que ser una nación nos beneficia a todos. Puede que llegue un día en que los vínculos afectivos se hayan deteriorado hasta tal punto que la gente prefiera que España se divida en varias naciones. Como demócrata, no me quedará más remedio que aceptarlo y pagar la parte alícuota del precio que eso nos cueste, pero antes de que eso llegue prefiero trabajar por que no ocurra, y la forma más ilusionante de hacerlo me parece que a día de hoy es apoyar el proyecto de Unidad, Progreso y Democracia, el nuevo partido político liderado por Rosa Díez, surgido en el entorno del movimiento cívico Basta Ya y promovido por Fernando Savater, entre otros. A la espera de su definición programática en aspectos concretos, su apuesta por una nación de ciudadanos con igualdad de derechos y obligaciones en todo el territorio nacional me parece imprescindible para el futuro. Soy más partidario de los regímenes unitarios que de los federales (mi modelo en realidad no es otro que el de la jacobina y centralista república francesa), pero la forma de organización me parece asunto menor siempre que se garantice ese principio básico de igualdad ciudadana: una federación de territorios con ciudadanos iguales me parece una fórmula no ideal pero aceptable, y hasta ahí estoy dispuesto a esforzarme por el consenso: nada de confederaciones ni de federalismo asimétrico, que es la misma cosa. Esa es mi idea de España. Y esa es para mí la España que vale la pena defender.