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viernes, 12 de octubre de 2007

Patria

Bandera de España
patria. (Del lat. patria). f. Tierra natal o adoptiva ordenada como nación, a la que se siente ligado el ser humano por vínculos jurídicos, históricos y afectivos.

patriota. (del gr. πατριώτης, compatriota). com. Persona que tiene amor a su patria y procura todo su bien.

[DRAE, vigésima segunda edición, 2001]

1. Pocas veces estaré más de acuerdo con una definición del Diccionario de la Academia. Poco tengo que añadir en este sentido que no haya escrito en días pasados. Los vínculos jurídicos de la nación (la nación de ciudadanos) son la garantía de nuestros derechos individuales, de nuestra seguridad, de la igualdad de todos ante la ley, pero una nación no es sólo eso: la nación tiene un fundamento histórico (y desde luego es anterior a la noción de ciudadanía como la concebimos hoy), un desarrollo en el tiempo, se soporta en la trama creada por la vida en común de sus gentes, que ha forjado una serie de vínculos afectivos y de intereses que son vitales para su existencia y su buena salud. Por supuesto que la base de la vida nacional es el armazón jurídico que lo sustenta, pues los vínculos afectivos son subjetivos y asimétricos, pero también reales, existentes, innegables, y además por completo necesarios. La pretendida asepsia sentimental que muestran ante estas cuestiones algunos izquierdistas, ácratas y ultraliberales de distinto signo (los extremeños se tocan) me parece en la mayor parte de los casos producto de una pose forzada y falsa.

Desde esta perspectiva, podríamos atribuir a los símbolos la función de actuar como una argamasa que fundiera los tres términos de la definición: son garantía de la seguridad jurídica (de ahí, por ejemplo, que Fernando Savater afirmara hace unos días que la bandera española representa hoy en el País Vasco garantía de respeto a los derechos del ciudadano), han sido fijados por ley de acuerdo a su especial significación histórica y sirven como elemento para identificarnos en torno a una causa común, que puede ser, entre muchas otras, un acontecimiento deportivo internacional, una guerra o una situación delicada vivida en el extranjero (¿dónde mejor acudir que al lugar en el que ondea la bandera de tu país?).

En condiciones normales, soy de los que piensa que hay que evitar cualquier tipo de estridencia simbólica: las banderas cuelgan de los mástiles que les corresponde y el himno suena cuando tiene que hacerlo en función del protocolo, y ya está. Personalmente no he enarbolado una bandera ni cantado un himno en mi vida. Pero a nadie escapa que no vivimos en condiciones normales, con un proceso de descomposición nacional abierto y el ultraje a la nación (esto es, a sus ciudadanos) a través de sus símbolos que se ha generalizado en las últimas semanas en determinadas zonas del país. Y en momentos así, están plenamente justificadas las invocaciones a hacer un uso sin complejos de los símbolos que nos representan a todos, a honrarlos, en cuanto tienen un valor simbólico (sospecho que algunos no conocen todavía el significado del término) que no sólo garantizan el imperio de la ley y el respeto de nuestros derechos, sino que apelan a los sentimientos mayoritarios de afecto entre compatriotas. Y si el Gobierno, acomplejado y débil, no es capaz de asumir este papel, no veo cuál es el problema de que lo haga el jefe de la oposición (y eso no quita para que esté de acuerdo con muchos otros en que el famoso vídeo de Rajoy resulta cutre y rancio, y en que él está francamente mal, acartonado y artificial).

2.
Decía Cela, creo que citando en parte a Pío Baroja, que la diferencia entre el nacionalista y el patriota es que el nacionalista cree que su tierra es la mejor del mundo, mientras que el patriota lo que piensa es que su tierra merece lo mejor del mundo. La definición del DRAE recoge sin duda este sentido, con el que estoy plenamente de acuerdo. No deja de resultar curiosa la evolución de la izquierda política y sociológica española en los últimos 70 años con respecto a los conceptos de "patria" y "patriota". Los republicanos (con Azaña, Negrín, Prieto, Machado y Unamuno a la cabeza) se consideraban a sí mismos grandes patriotas. Sentían como un orgullo el estar dispuestos a ofrecer lo mejor de cada uno para el bien de la nación. Lo contrario era un insulto. De ahí sin duda el desgarro que muchos sintieron al ser tratados por el bando vencedor de la Guerra Civil como "antiespañoles" (y no cabe duda de que ahí está parte del origen del descrédito de los "patriotas" entre la izquierda española). Pero es que el término "patriota" sigue significando en el resto del mundo lo mismo que durante la Segunda República española, no hay motivos para cargarlo con ningún otro sentido espurio. Ya no hay excusas. Franco murió hará pronto 32 años. Un patriota es el que está dispuesto al sacrificio personal (y no pienso necesariamente en términos dramáticos, que sería el sacrificio llevado a su límite) por el bien colectivo, que es, por otro lado, un impulso biológicamente natural, incluso egoísta (mirándolo desde el punto de vista evolucionista está absolutamente claro), pues el bien del colectivo en el que vives es tu propio bien y el bien de tus hijos. ¿Que tiene usted problemas para identificar dónde está el bien y dónde el colectivo? Entonces es que usted tiene, en efecto, un problema.

sábado, 29 de septiembre de 2007

Una idea de España (II)

Hay por supuesto otras ideas de España, que sus postulantes considerarán igualmente defendibles. Justamente por eso, porque las ideas sentimentales sobre lo que es o debe ser la nación son múltiples, subjetivas y no siempre compatibles entre sí, es deseable encontrar un punto de acuerdo racional y objetivo, que sea aceptable por todos y que todos estén dispuestos a defender, y a mí no se me ocurre otro que el de la Ciudadanía, es decir el del Derecho, el de una justicia igual para todos, con obligaciones y derechos iguales para todos, claramente definidos en un documento base (la Constitución) dentro de un sistema de libre concurrencia y democracia, y a partir de aquí que cada cual defienda su propio proyecto como mejor entienda (con el límite, obvio, de las leyes).

En cualquier caso, para mí, repito, las naciones no pueden ser sólo (no son en realidad) un sistema administrativo común, es decir, no son sólo Estado (aunque se identifiquen en la práctica con él), y España, estoy convencido, es mucho más que eso, es una trama inextricable de afectos e intereses forjados en una historia de convivencia milenaria (sí, milenaria). Si la memoria no me juega una mala pasada, creo que fue Francesc Cambó quien en un momento de su trayectoria de nacionalista catalán se separó de la línea independentista de Macià al afirmar que la convivencia de siglos había creado tal madeja de relaciones entre los habitantes de España que la independencia de cualquiera de sus partes no podía sino causar un trauma de consecuencias nefastas para todos. En su interesantísimo libro sobre el nacionalismo, Alfredo Cruz Prados afirmaba que las naciones necesitan un proyecto común que las impulse. En mi opinión, ese proyecto común no sería en España otra cosa que una mirada global, española, sobre los problemas globales y locales, por encima de particularismos y localismos, es decir la tendencia contraria a la que vivimos hoy, cuando se ha instalado la idea de que la presión regional, localista es la única manera de no resultar marginado en el reparto de inversiones. Hace unos días, en una muy seguida tertulia radiofónica, un famosísimo (y para mí, penoso) periodista madrileño decía a un celebérrimo colega andaluz que él tenía que estar en el fondo muy contento porque Andalucía era la principal beneficiaria del chalaneo de la financiación autonómica. Pues bien, yo, como andaluz, no estoy contento, no estoy en absoluto contento, porque la rapiña autonómica en la que nos hemos instalado sólo causa (está causando ya) insolidaridad, desapego afectivo entre los españoles y el fomento de un clientelismo regional de paniaguados que hace de la democracia una auténtica caricatura de sí misma.

Quiero decir con todo esto que si bien la idea de España como una simple nación de ciudadanos libres debe ser la base común de nuestro proyecto colectivo, el contenido con el que eso se llene no resulta indiferente, que hay proyectos políticos que favorecen la solidaridad y la cohesión y, en ese sentido, nos benefician a todos, y proyectos que sólo alientan el egoísmo particularista y el separatismo, y que por tanto nos perjudican en la misma medida. De ahí que el nuevo partido de Savater y Díez no pueda quedarse en una simple definición de España como nación de ciudadanos, lo cual considero por supuesto básico, que espero (esperamos, me atrevería a decir) algo más. Es por eso que la famosa referencia de Savater a que "la idea de España se la suda" me parezca muy desafortunada para salir de los labios del promotor de un nuevo partido político. Y que conste que la entiendo, que estoy convencido de conocer el sentido en el que está pronunciada. De hecho, varios días después, Carlos Martínez Gorriarán daba en su blog una explicación sobre el particular que puedo compartir perfectamente y que, por su interés, transcribo:

[...] que ideas de España hay tantas como españoles (unas 44 millones, creo). Que el problema no son esas ideas –FS tendrá la suya, claro, sino la insistencia de algunos autoerigidos guardianes de la nación en que hay una Idea de España obligatoria: pues mire, esa es otra variedad del nacionalismo obligatorio que detestamos. No estamos aquí para soportar a gente que habla en nombre de Cataluña, que te quiere meter a balazos la gran Euskal Herria o que vocifere tu presunta obligación de asumir su Idea de España. Lo que importa de la nación es que es una sociedad de ciudadanos que comparten una comunidad con muchas dimensiones, pero cuya dimensión más importante es la ciudadanía en un Estado. En un Estado de derecho, naturalmente (comparto con los liberales la idea de que lo único que justifica al Estado es su obligación de garantizar las libertades públicas e imponer la paz monopolizando estrictamente el ejercicio de la violencia). Vamos, que lo importante es la ciudadanía española, no la fantasmagórica Idea de España que parece formulada por un Hegel de zarzuela. Así pues, la única idea de España que debemos aceptar los 44 millones se llama Constitución. Fernando Savater lleva defendiendo muchos años la ciudadanía española, y explicando que ser ciudadano comporta tanto derechos y libertades personales como obligaciones y responsabilidades comunes. No conozco a nadie que haya defendido tan bien este sencillo y vital principio como Fernando Savater, ni que haya estado tan amenazado y perseguido durante tanto tiempo por hacerlo tan claramente, cuando podía haberse dedicado a sus cosas y mientras algunos de sus críticos actuales iban con dodotis. Para mí, y para cualquiera que no se crea Don Pelayo, eso es defender España.
No es muy distinto de lo que yo llevo dicho, con una sola objeción: yo sí creo que la idea (minúsculas) de España es importante, yo sí creo que es crucial que un partido político que nace lo haga llenando de contenido ese espacio inconcreto que queda pasada la primera (y necesaria) definición de carácter formalmente administrativo, y es más, creo que UPD tiene una idea de España, tiene un proyecto, cuyas líneas generales se han difundido ya. Por eso me parece aún más erróneo el comentario de Savater, que quizá no se ha dado todavía cuenta de que ya no es sólo un intelectual que conecta con los ciudadanos escribiendo libros y columnas en los periódicos, sino que es el promotor de un partido político que aspira a convertirse en un factor clave para la gobernabilidad del país. Quienes compartimos su visión de España (y yo, globalmente, la comparto) no esperábamos que nos dijera que "la idea de España se la suda", sino que hiciera una defensa de su idea de España, que sin duda tiene y que muchos, repito, compartimos. Cuando uno se mete a político tiene que cuidar mucho expresiones como éstas, fácilmente manipulables y no comprensibles para un conjunto no pequeño de ciudadanos. Lo recogía perfectamente Esteban en su Cuadrilátero de ayer.

Cuadrilátero de Esteban. 28-09-2007
Pues eso. Hoy se presenta formalmente en sociedad UPD. De corazón y por interés, mucha suerte.

viernes, 28 de septiembre de 2007

Una idea de España

Soy español. Lo cual no es decir demasiado. Soy español porque nací en España. Otros que no han nacido en España también son españoles porque sus padres lo son (como, por ejemplo, Juan Carlos de Borbón) o porque están casados con españoles o porque residen en España y han cumplido una serie de requisitos que exigen las leyes para adquirir la nacionalidad española (como tantos futbolistas hispanoamericanos) o porque las instituciones se la han otorgado por razones especiales de mérito y vinculación con nuestro país (es el caso de Mario Vargas Llosa). Todos los españoles tenemos un documento (el DNI) donde lo dice (Nacionalidad: Española). Se trata de una simple condición administrativa, que compartimos algo más de 40 millones de personas (teniendo en cuenta que en el mundo viven hoy más de 6.000 millones no es demasiado, ciertamente). Españoles son Juan Carlos de Borbón y el futbolista del Real Madrid Julio César Baptista, Mario Vargas Llosa y Blas Piñar, Josep Carod Rovira y Arnaldo Otegui. Como ciudadanos españoles, todos estamos sujetos al ordenamiento jurídico de España, que nos impone una serie de obligaciones y nos reconoce una serie de derechos. Ser español tiene, desde el punto de vista administrativo, ventajas e inconvenientes, como ser alemán o chino. Creo, en cualquier caso, que nadie en su sano juicio discutirá que, comparando con el resto del mundo, las ventajas de ser español son muy superiores a los inconvenientes; de hecho, estoy convencido de que un elevadísimo porcentaje de esos 6.000 millones de personas que viven en nuestro planeta si pudieran optar, elegirían sin duda las ventajas de la nacionalidad española a la suya propia (y que pregunten si no a los chinos, a los sudaneses, a los guatemaltecos, a los birmanos o a los iraníes).

Pero además me siento español. Quiere esto decir que tengo vínculos afectivos especiales con las cosas que se relacionan con España y con sus ciudadanos (lo cual no significa que me gusten todas sus cosas ni que sea amigo ni siquiera que simpatice con todos sus ciudadanos, pues no hablo de afectos personales, sino de un sentimiento general de pertenencia a una comunidad, algo muy propio de los humanos, primates, luego animales sociales). Estos vínculos no son innatos, no nací sintiéndome español. Se han creado porque durante mi vida he compartido con los españoles una forma de acercarme al mundo, a través de la educación, los medios de comunicación, el idioma, los juegos, las fiestas o los artículos que llegan a las tiendas, que ha sido diferente al modo de acercarse al mundo de los franceses o los portugueses (eso está sin duda cambiando con la globalización e internet, pero yo he cumplido ya los 40, qué quiere que les diga, uno no abandona sus vínculos afectivos de hoy para mañana). Me siento español porque comparto con los españoles no sólo obligaciones y derechos administrativos, sino toda una serie de modos de vida que me hacen alegrarme con los éxitos de los españoles y entristecerme con sus fracasos o sus catástrofes de forma más intensa que por los éxitos, los fracasos y las catástrofes de otros ciudadanos del mundo. Por eso, las inundaciones provocadas por la ruptura de la presa de Tous me estremecieron mucho más que las ocurridas este año en Inglaterra, los incendios de Galicia me espantaron más que los de Grecia, los accidentes de los autobuses escolares ocurridos en España me acongojan siempre mucho más que los ocurridos en el extranjero, los atentados de ETA son para mí más terribles que los del IRA o los de Hamas y prefiero las victorias de Fernando Alonso o Rafa Nadal a las de Raikkonen o Federer.

Lo que no soy es un nacionalista español. Y esto es lo que muchos siguen sin entender. Sentirse español no significa ser nacionalista español, como sentirse catalán o almeriense o malayo no significa ser nacionalista catalán, almeriense o malayo. (Todos estos sentimientos no son además excluyentes. Uno puede sentirse catalán y español, almeriense y español e incluso malayo, almeriense, catalán y español, en distinto grado pero al tiempo.) Para que yo fuera nacionalista español tendría que pensar, por ejemplo, que ser católico y ser español es la misma cosa (como defienden todavía algunos) o que el español es la lengua propia de España y por tanto sólo son auténticos españoles aquellos que la hablan o que España es una unidad de destino en lo universal o que sólo son españoles los amantes de los toros o de las quinielas o alguna formulación similar que hiciera de la nación española una esencia inmutable y eterna, con atributos propios (lengua, cultura) de naturaleza colectiva e inexcusable. Al decir que me siento español ni siquiera estoy afirmando la existencia de la nación española (no necesito en realidad hacerlo, pues su existencia es una realidad histórica incuestionable, y yo soy siempre muy respetuoso con la realidad y con la historia), sino mi especial afinidad sentimental hacia lo español (aunque deteste los toros y no me guste el flamenco).

Estos sentimientos son por supuesto, por definición, siempre personales y subjetivos, pero creo sinceramente que son mayoritarios entre los ciudadanos que tienen la categoría administrativa de españoles. Con los que no tienen esos sentimientos no tendría que pasar en realidad nada, pues su españolidad administrativa les garantiza absolutamente todos los derechos individuales, idénticos a los del primero de los patriotas (se puede ser patriota sin ser nacionalista, sí, pero eso, si te parece, querido Ignacio, lo dejaremos para otra ocasión), y nadie les niega la posibilidad de expresar ni manifestar sus sentimientos de pertenencia a otras comunidades humanas en la manera que estimen oportuna (con la única limitación, obvia, de la ley). Es evidente que el sentimiento no puede ser hoy el vínculo fundamental que mantenga unida a una comunidad política, a una nación (en el sentido que le daba ayer, es decir, un Estado). Las naciones que me esfuerzo en defender como realmente existentes y necesarias son las naciones de ciudadanos libres e iguales ante la ley, por lo que es la Constitución, el marco que establece los derechos y las obligaciones de esos ciudadanos, el auténtico punto de encuentro, el consenso básico que garantiza la libertad y la seguridad de todos, la madre del cordero de la nación.

Sin embargo, eso no quita para que considere que los vínculos afectivos son importantes, muy importantes para la estabilidad de la nación y la felicidad de sus ciudadanos. De hecho son esos vínculos los que han atacado con saña, allí donde son fuertes, los partidos nacionalistas en 25 años de control de la educación, de los medios de comunicación públicos y de los presupuestos, contando casi siempre con la aquiescencia de los partidos nacionales, que han aceptado los hechos consumados cuando no han entrado en una especie de subasta pública a nivel regional por ver quién hacía la oferta más nacionalista, más provinciana, más pueblerina. Cuando se dice que España se rompe, lo que se está afirmando, pese a que a muchos les suene a catastrofismo, es una realidad fácilmente contrastable, que los vínculos afectivos entre los españoles se descuajaringan poco a poco, paso a paso, y que ese descuajaringamiento empieza a alcanzar rango de ley entre la indiferencia general, que los nacionalistas están teniendo éxito y que no se aprecian signos de reacción entre los partidos nacionales tradicionales.

En último término, no pasa nada por que España se rompa, dicen algunos. Sí que pasa, pasa que se rompe. Y yo no quiero que eso suceda. No quiero por razones sentimentales, que ya he explicado; y no quiero por razones prácticas, pues creo que ser una nación nos beneficia a todos. Puede que llegue un día en que los vínculos afectivos se hayan deteriorado hasta tal punto que la gente prefiera que España se divida en varias naciones. Como demócrata, no me quedará más remedio que aceptarlo y pagar la parte alícuota del precio que eso nos cueste, pero antes de que eso llegue prefiero trabajar por que no ocurra, y la forma más ilusionante de hacerlo me parece que a día de hoy es apoyar el proyecto de Unidad, Progreso y Democracia, el nuevo partido político liderado por Rosa Díez, surgido en el entorno del movimiento cívico Basta Ya y promovido por Fernando Savater, entre otros. A la espera de su definición programática en aspectos concretos, su apuesta por una nación de ciudadanos con igualdad de derechos y obligaciones en todo el territorio nacional me parece imprescindible para el futuro. Soy más partidario de los regímenes unitarios que de los federales (mi modelo en realidad no es otro que el de la jacobina y centralista república francesa), pero la forma de organización me parece asunto menor siempre que se garantice ese principio básico de igualdad ciudadana: una federación de territorios con ciudadanos iguales me parece una fórmula no ideal pero aceptable, y hasta ahí estoy dispuesto a esforzarme por el consenso: nada de confederaciones ni de federalismo asimétrico, que es la misma cosa. Esa es mi idea de España. Y esa es para mí la España que vale la pena defender.

jueves, 27 de septiembre de 2007

Una idea de nación (II)

Y sin embargo las naciones existen. Son una realidad histórica que nadie en su sano juicio se atrevería a discutir. El problema parece residir entonces en encontrar criterios objetivos para delimitar qué cosa sea una nación y cuál no. Y para ello lo mejor es partir de algo elemental e incuestionable, algo que ninguna persona de espíritu racional negaría: las naciones son entidades puramente humanas, no son entes metafísicos y eternos, sino organizaciones sujetas a la constante mudanza de los asuntos propios de los hombres. Basta estudiar un poco de historia para comprobar que las naciones han cambiado (y de hecho, siguen cambiando constantemente) de forma, modelo, extensión, símbolos, estructuras y todos aquellos atributos que les son propios en función de infinidad de variables. Por cambiar, ha cambiado hasta el concepto de nación. Obviamente, el animal político de Aristóteles no tiene nada que ver con el del siglo XVIII o con el de nuestros días. Si la nación trata de caracterizar determinadas formas de asociación entre seres humanos, su propia definición ha ido cambiando en la medida en que han cambiado las formas de organización.

La confusión que provoca el despliegue diacrónico de las ideas y conceptos en la historia es el paraíso del buen teórico del nacionalismo. Ahí es donde te envuelve en sus falacias y su fofa retórica, tan falsas como infantiloides, pero capaces de hacer mella en el ánimo de personas no demasiado instruidas o poco reflexivas. Lo he repetido ya muchas veces: la falacia fundamental con la que juega el nacionalista de hoy es la confusión interesada entre dos conceptos de nación diferentes: la 'nación' cultural derivada del idealismo alemán (un engendro de nefastas consecuencias prácticas) y la 'nación' política, que parte del pensamiento ilustrado y es, en el fondo, la que domina la política mundial del último siglo. Así que definamos ya la nación en función del más extendido de sus usos en la actualidad: Nación es una comunidad política con soberanía. El nacionalista vulgaris (en esta horrorosa, por espantosamente fea y hortera, página, se nos presenta un tipo peculiar de nacionalista, Xavier Sala-i-Martin, mucho más nacionalista y esencialista de lo que él quiere hacer ver, menos original de lo que algunos pretenden, pero una desviación sin duda del nacionalista medio), el nacionalista ordinario de nuestras miserias, decía, reclama nación cultural, pero lo que en realidad quiere es la nación política. Parece en cualquier modo que el salto conceptual lo han dado ya, públicamente, de lo cual me congratulo. Es más fácil discutir cuando todos los que discuten atribuyen a las palabras los mismos significados.

Tampoco es el de soberanía un concepto eterno y metafísico, se me dirá. No, claro que no, pero conviene no tomarlo demasiado a la ligera. De hecho para millones de hombres en todo el mundo, la soberanía es algo que les pilla un poco lejos: se la quedan para sí dictadores y reyezuelos de diversa índole. El concepto de soberanía nacional (o al menos el inicio de su aplicación práctica) no tiene mucho más de dos siglos. Pero hace dos siglos, ¡ya existían las naciones! Es decir ya existían comunidades políticas perfectamente definidas. La soberanía de la nación significó simplemente la extensión del derecho a decidir sobre su propio destino de un número mayor de individuos, un número que siguió incrementándose hasta alcanzar, con la implantación de la democracia de masas en pleno siglo XX, a todos los miembros de la comunidad. Con esto, planteo simplemente que cuando nace la categoría de ciudadano, ese ciudadano no es un ente abstracto, con capacidad para asociarse libremente con los ciudadanos que desee, sino que es ciudadano de una entidad política preexistente, de una nación. La continuidad de esas entidades políticas soberanas en el tiempo, independientemente de su organización interna y de la asunción de la soberanía, es en mi opinión el mejor criterio para delimitar lo que es una nación.

Un concepto determinado por la historia. Por supuesto. Claro que es importante la historia. Las cosas podrían haber sido de otra forma, pero fueron como fueron. ¿Tienen que ser siempre así? No, desde luego. Los asuntos humanos, ya lo he dicho, cambian permanentemente, pero ¡¡la realidad existe!! Una realidad que se ha configurado históricamente hasta crear el tipo de organización política que hoy conocemos. Habida cuenta de que los individuos son hoy ciudadanos de derechos (y me refiero, obvio, a las democracias de tipo occidental), que
ostentan la soberanía de sus naciones y que por tanto pueden decidir sobre cualquier cuestión que les competa y les afecte como colectivo, siguiendo para ello las reglas democráticas de toma de decisiones, nada más útil que afirmar que, en definitiva, la nación de ciudadanos coincide absolutamente con el Estado. Que naciones son, hoy, en Occidente, los Estados soberanos. Ni más ni menos. Y que ambas cosas (nación y soberanía) pueden cambiarse, claro que sí. Los que, partiendo de su estatus de ciudadanos de una nación, quieran crear estados nuevos (luego, naciones) pueden seguir básicamente tres caminos: a) la guerra de conquista (en desuso, la verdad); b) la revolución (es lo que hace ETA); c) convencer al resto de ciudadanos que comparten con ellos soberanía de que lo mejor para todos es hacer de su nación varias (es lo que hicieron en Checoslovaquia, por ejemplo). Obviamente todas estas decisiones tienen un coste. Yo voto por no pagarlo.

miércoles, 26 de septiembre de 2007

Una idea de nación



En una obra publicada a principios de los años 80 del siglo pasado, La persistencia del Antiguo Régimen, Arno J. Mayer desmontaba en toda regla la idea de que las llamadas revoluciones burguesas de finales del siglo XVIII y principios del XIX habían dado lugar al nacimiento de sociedades por completo nuevas. Más allá de que las ideas revolucionarias iniciaran entonces la disolución del mundo antiguo, éste resistió en condiciones aceptables hasta 1945. Analizando la economía, la sociedad, la política y la cultura, Mayer llegaba a la conclusión de que la sociedad occidental siguió siendo fundamentalmente rural y de que aunque la vieja nobleza fuera desgastándose poco a poco, en realidad siguió conservando su poder y su capacidad de influencia y de dominio casi intactos. Para Mayer, las dos guerras mundiales (que él llama la Guerra de los Treinta Años del siglo XX) no son sino el último intento de la aristocracia europea por mantener sus privilegios en un mundo que se transformaba más lentamente de lo que habitualmente se tiende a creer.

En este sentido, adaptadas a la evolución de las entidades políticas, las oligarquías dominantes emplearon sin complejos y sin rubor el concepto de 'nación', tal y como se había ido llenando de contenido a lo largo del siglo XIX, como forma de aglutinar a los individuos en favor y en defensa de su causa, del mismo modo que, antiguamente, la corona o la religión habían funcionado como elementos simbólicos de cohesión. Esta idea fue magníficamente atrapada por Kubrick en Senderos de gloria, película considerada mayoritariamente como un film radicalmente antibelicista. Resulta fácil compartir este juicio, pero en mi opinión, Senderos es en realidad y ante todo un film crudamente antinacionalista.

La celebérrima y conmovedora escena final, que a menudo se interpreta mal. Kubrick no nos habla de la capacidad de los hombres, aun sometidos a una presión extrema, para la compasión y la ternura. No es eso. No es que los soldados queden de pronto conmocionados por la belleza del canto de la chica alemana, ni siquiera por sus lágrimas, su fragilidad o su inocencia. Es que esa melodía popular que oyen, entrecortada y gimoteante, la conocen perfectamente, posiblemente la han oído en los labios de sus madres o la han cantado muchas veces ellos mismos. Es tan de ellos (franceses) como de los enemigos (alemanes). Atrapados en un engranaje diabólico, impotentes para huir de él (y la anécdota principal de la película deja claros los métodos empleados por los superiores para que no lo olviden fácilmente), los soldados descubren de pronto (o acaso no; pero los espectadores, sí) que no son tan distintos de aquellos a los que combaten, que en el fondo están sirviendo la causa de un poder del que no participan y que los ha reclutado enarbolando la idea de una nación que es la de todos los nacionalistas que han existido y existen, aquella que se esfuerza en definirse exclusivamente por los rasgos que (supuestamente) no tienen sus vecinos, creando así una identidad demediada y falsa, perversa y letal. Y es que en el fondo, ser antinacionalista y ser antibelicista viene a ser la misma cosa.

miércoles, 22 de marzo de 2006

Himno

Habida cuenta de que ayer se liquidó de un plumazo la nación española tal y como la conocíamos desde 1812, y consciente de la imperiosa necesidad de nuevos símbolos que tendrá a partir de ahora la nonata Federación de Repúblicas Cuasiibéricas (menos mal que nos queda Portugal), me permito sugerir a los padres de la nueva patria la adopción como himno del que abajo propongo, en el convencimiento de que en su sentido y profundo discurrir de siglos pueden sentirse representados tanto vándalos como suevos, alanos, vascones, vacceos, turdetanos y hasta neandertales. Todo sea por la paz y la concordia perpetuas. Pax Catalana.

lunes, 22 de noviembre de 2004

Nación

Oratorio de San Felipe Neri. CádizLas fachadas del Oratorio de San Felipe Neri de Cádiz están repletas de lápidas que conmemoran la promulgación de la primera Constitución española, que tuvo lugar solemnemente en este edificio neoclásico de planta elíptica el 19 de marzo de 1812. La mayoría de las placas de piedra datan del Centenario de aquel acto histórico, aunque las hay posteriores, y en su mayor parte son recordatorios ofrecidos por ciudades españolas, o por países integrados en la corona de España que tuvieron representación en las Cortes gaditanas, a sus diputados. Entonces, nadie dudaba de que Cataluña, León o las Vascongadas fueran España. También tenían clara su ciudadanía española los cubanos, los uruguayos o los filipinos, pues como disponía el artículo 1, "la Nación española [era] la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios". En cualquier caso, no dejaba de resultar diáfano para la mayoría de los diputados a Cortes que la situación de las colonias americanas y asiáticas era muy particular, que a no tardar mucho la desvinculación de la metrópoli sería inevitable (y deseable) y que la cita expresa de "los españoles de ambos hemisferios" sólo significaba otorgar a todos los individuos que habitasen en territorio español las garantías legales de la ciudadanía.

En todas las Constituciones que se han aprobado en España desde entonces (1837, 1845, 1869, 1876, 1931 y 1978), sean conservadoras o progresistas, monárquicas o republicanas, no había tampoco la más mínima duda acerca de la existencia de la nación española y del carácter "irreductible de su territorio actual" (Constitución de 1931. Artículo 8). Oratorio de San Felipe Neri. CádizSin embargo, el actual Presidente del Gobierno no parece tenerlo tan claro. En una de las declaraciones más bochornosas que hemos tenido ocasión de escuchar en los siete meses de su mandato (y han sido unas cuantas), la semana pasada José Luis Rodríguez Zapatero se permitió afirmar que el Partido Popular haría bien en no hacer afirmaciones "fundamentalistas" al referirse a la nación española, pues esa era una categoría sujeta a discusión intelectual. Toreno y Azaña lo habrian fusilado en el acto. Por delito de lesa traición.

Él sin embargo se muestra ufano, de tanta tolerancia y talante tan progresista como va prodigando por el mundo. Por supuesto que el concepto de "nación" está en permanente discusión (intelectual, que no legal). Como todos los que tienen que ver con la organización de los seres humanos, como el de "democracia", el de "monarquía" o el de "autonomía". Lo que no debería estar en discusión para un Presidente de Gobierno es el escrupuloso respeto al ordenamiento jurídico vigente. Resulta absolutamente descorazonador que, prisionero de sus socios independentistas, el Presidente del Gobierno de España sea incapaz de afirmar la existencia de la Nación española, realidad muy anterior a la misma creación del concepto de "nación" que hoy se emplea para tratar de destruirla. Porque lo que hoy entendemos por "nación" es algo que ha ido evolucionando a lo largo de la historia. Los independentistas catalanes y vascos utilizan una idea germinada en la segunda mitad del siglo XIX (que, dicho sea de paso, difícilmente podría aplicárseles), cuando España existía ya como realidad política unificada e indiscutible al menos desde un siglo y medio atrás, con las reformas administrativas de los Borbones. Pero antes, cuando esa idea decimonónica de "nación" no se podía ni vislumbrar en los tratados políticos ni en la realidad social cotidiana, también existía España. Oratorio de San Felipe Neri. Cádiz (detalle) Durante la Edad Moderna, en los diferentes reinos peninsulares absolutamente nadie lo ponía en duda. El elemento de cohesión era entonces la monarquía, que, para el caso, tenía el mismo valor que hoy concedemos al Parlamento o al Gobierno, categorías entonces inexistentes. Exactamente igual que el término "nación", cargado de connotaciones bien distintas a las actuales. Pero ni un sólo habitante de Cataluña o de Galicia o de Navarra o de Mallorca ponía en duda su españolidad. La identificación con la "nación española" era absoluta. Algo que no puede afirmarse de los italianos o los flamencos que vivían en posesiones de dominio español. Ellos se sabían "no españoles". La diferencia parece meridianamente clara, y no conviene insistir en ella.

La realidad es insoslayable. Desde los reyes visigodos, existe una continuidad en la idea de España, idea que hasta el siglo XV hacía referencia a toda la Península, y que, pese a los acontecimientos históricos ocurridos por entonces, se mantuvo durante siglos en el imaginario colectivo, hasta el punto de que los descubridores portugueses no tenían ningún reparo en afirmar que ellos eran "españoles de Portugal". Cuando a fines de ese siglo XV surgen los primeros estados modernos (en terminología historiográfica), la Península se reordenó políticamente en dos realidades que subsisten hasta hoy. Sin embargo, los independentistas de Cataluña y las Vascongadas se acogen (en el arranque del siglo XXI) a una idea de "nación" aparecida en el siglo XIX (en términos históricos, antes de ayer) para reclamar la secesión de una realidad de convivencia milenaria y de organización política con varios siglos a sus espaldas. Patético.

Y ya sé que hay muchos tontos útiles que a este discurso le llaman "nacionalismo español". Jamás pude pensar que el mismísimo Presidente del Gobierno de España se encontrase entre ellos.