Mostrando entradas con la etiqueta clavero arévalo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta clavero arévalo. Mostrar todas las entradas

miércoles, 8 de marzo de 2006

Levantaos

Don Manuel Clavero Arévalo acaba de hacer una propuesta para la definición de Andalucía en el Preámbulo del nuevo Estatuto: "El Parlamento de Andalucía declaró a Blas Infante padre de la patria andaluza, las multitudinarias manifestaciones del 4 de diciembre de 1978 y el referéndum del 28 de febrero de 1980 expresaron la voluntad del puebo andaluz de no ser menos que la comunidad que más rango tuviese en España. El artículo 2 de la Constitución reconoce la realidad nacional de Andalucía como nacionalidad".

La fórmula Clavero le parece al PSOE una "aportación interesante". Diego Valderas, coordinador regional de IU, abogó por estudiar cualquier sugerencia que "avance en la identidad nacional de Andalucía". El PP considera cerrada la discusión en el término "nacionalidad histórica", tras el acuerdo alcanzado hace semanas con los socialistas. El PA insiste en cambio en que lo preceptivo es emplear el término "nación". Dio la casualidad de que ayer comparecían en el Parlamento autonómico diversos agentes sociales en el marco de la ronda de consultas convocadas para recabar sus puntos de vistas acerca del proyecto estatutario. Preguntados por la cuestión, el Centro de Estudios Históricos Andaluces y el SOC (Sindicato de Obreros del Campo) se decidieron por el término "nación", mientras que la Coordinadora de ONG apostó por el de "tierra de personas solidarias".

¡Andaluces, levantaos!
(Blas Infante, en el Himno de Andalucía)

jueves, 2 de marzo de 2006

Andaluces (II)

Decíamos ayer que es el marco físico, la unidad estructural que representan la Penibética y el Atlas africano, el que determina y configura el genio del pueblo andaluz, que históricamente puede detectarse ya en Tartessos, se sobrepone a la vil ocupación púnica para florecer con la Bética romana y supera la depresión goda para expandirse en toda su riqueza con la asimilación del Islam. En eso andaban los andalucistas enfrascados cuando valle del Guadalquivir abajo avanzan imparables las huestes de Fernando III, horror, terror y pavor, de dónde han salido estos bárbaros. Los dos siglos largos que van de la toma de Córdoba (1236) hasta la caída de Granada (1492) determinan que el modelo de gestión aplicado en el valle del Guadalquivir sea radicalmente diferente al que luego será empleado en la Andalucía oriental. Nace así para Clavero la imposición de las dos Andalucías en un intento (una ficción) centralista por quebrar su pujanza y su brillo, pues ya conocemos el adagio de unidad = esplendor, desunión = decadencia. La creación de cuatro reinos en las tierras conquistadas (Jaén, Granada, Córdoba y Sevilla) supuso en la práctica la destrucción de la unidad, de forma que “Andalucía no recuperó su personalidad y unidad política territorial hasta el Real Decreto-Ley 27 de abril de 1978”.

Pero con ser grave el desaguisado que el invasor castellano cometió contra el territorio andaluz, peor fue lo de la población, y aquí es cuando los andalucistas se ponen muy nerviosos, pues todo el mundo sabe que el modelo repoblador del valle del Guadalquivir supuso la sustitución de la población autóctona por colonos traídos de Castilla. Como reconoce Clavero, sólo individuos aislados o grupos muy pequeños se salvaron de la deportación. ¿Y el genio andaluz? ¿Qué paso con él? En principio, no habría razón alguna para temer nada, ya que si es el marco físico el que lo forma y lo determina, cabría esperar que los nuevos habitantes acabarían representándolo con igual dignidad que los antiguos, el medio los convertiría en perfectos andaluces, pero claro, quién renuncia así como así a Tartessos, la Bética y Al Andalus. Y aquí es donde el delirio de Blas Infante alcanza sus cotas más desaforadas. Así lo cita Clavero: “El principio de la barbarie germánica ha triunfado aparentemente pero los pueblos andaluces rurales quedan ahí, plenos de raza pura, mientras que las ciudades se llenan de gente extraña. Andalucía no se fue. Sus pueblos rurales [están] constituidos por los moriscos sumisos de conversión anterior y lejana a la época de cristianos viejos; por los moriscos que retornaron de la forzosa emigración, refugiándose en tierras y campos. Son inconfundibles, campesinos sin campos. Son los flamencos (felag-mengu, campesino-expulsado)”. Ya en su época, todos los lingüistas y los folcloristas rechazaron la etimología infantiana de ‘flamenco’, un disparate descomunal, que no debería merecer la más mínima atención de nadie. Es lo característico del nacionalismo: Infante retuerce los hechos para que quepan en su previo esquema mental. Como no era posible que la Andalucía eterna desapareciera así como así, la hace refugiarse en los moriscos de los pueblos (curiosamente, Cuenca Toribio, historiador andalucista, dice que son las ciudades las que mejor han preservado el espíritu andaluz) y llegar a la edad contemporánea perfectamente identificada con la figura del jornalero, que no representa otra cosa que la raza mora vencida, que canta sin descanso su tragedia a través de un treno desesperado: el cante jondo. “El jornalero, ni ríe cuando ríe, ni llora cuando llora. Sin embargo, no pasa día sin que aún venga a ser o a recordar lo que fue o a contar su historia. Es cuando dice, sin saber lo que dice, sin que nadie entienda lo que dice... una terrible, una lúgubre melodía que tiembla en sus labios exangües, que contorsiona su cuerpo y que descompone en gesto trágico las líneas de su semblante. Es lo felag-mengu. ¡Cante jondo! Ya veréis, si vive o no Andalucía.”

Si, como dice Clavero, Andalucía no recupera su personalidad y su libertad hasta 1978 largo y duro es el camino. Así que entre medias los andalucistas se entretienen con episodios como el de 1641 cuando el duque de Medina-Sidonia y el marqués de Ayamonte encabezan un movimiento nobiliario para conseguir la secesión de los cuatro reinos andaluces del resto de los de Castilla. Se trata, como han analizado todos los historiadores medianamente serios, de un intento de medrar movido por la ambición personal, aprovechando la situación que se vivía en Portugal (donde la hermana del duque, doña Luisa de Guzmán, acababa de convertirse en reina) y Cataluña. Y a Clavero eso le duele: “Realmente produce tristeza que una acción de tanta gravedad y trascendencia para España y para Andalucía se intentara tan sólo por los móviles tan mezquinos como los que nos narra Domínguez Ortiz y que no se tuvieran en cuenta otros que, aún insuficientes para una acción secesionista, defendieran más los intereses de Andalucía, la posibilidad de redimir al pueblo andaluz de la miseria o la búsqueda de una España unida con Portugal, Andalucía y Cataluña por lazos federales...”. Lo que produce verdadera tristeza es la estulticia solemne que se demuestra en un párrafo como éste. Pero no muy convencido todavía, Clavero continúa: tenía que haber algo más que el mero interés, y usa la confesión del duque al rey (cuando su intento fracasa y pide clemencia), en la que se describen los planes de la rebelión, que se llevaría a cabo con el apoyo extranjero, y cómo, para ganarse a la mayor parte de la población, se ofrecería la liberación de los tributos por ciudades y villas, y termina así: “La plata de los galeones se dividiría en cuatro partes: una para Francia, otra para Holanda, otra para Portugal y otra para mí”. Y, sorprendentemente, ante esta confesión explícita de las intenciones de latrocinio, Clavero ¡aún sostiene que los planes de secesión pueden entenderse en parte como un intento de forzar el federalismo!

En 1812, las Cortes de Cádiz crean la nación política española, la única existente (pues los españoles tampoco somos tales en esencia), un acto de enorme trascendencia en el mundo, pues debe recordarse que la revolución liberal española es la tercera de la historia (tras la americana y la francesa). Repuesto el autoritarismo de Fernando VII por dos veces, en 1833, a su muerte, la nación española recupera la soberanía apuntada en 1812. Fue justamente en aquel año emblemático cuando el ministro de Fomento, el granadino Javier de Burgos iba a trazar la división provincial de España. Los cuatro reinos del sur se iban a convertir en ocho provincias, que son meras circunscripciones territoriales. Es ahí, justo por ese acto político y administrativo, cuando nace Andalucía, transformada luego por el Estatuto de 1981, dentro de la Constitución del 78, en una comunidad autónoma, que se ajusta territorialmente de forma exacta a los límites trazados en 1833. Me parece un esfuerzo baldío abundar en la aparición del andalucismo en la segunda mitad del siglo XIX, con la famosa Constitución de Antequera de 1883, que no fue sino un documento elaborado por un minúsculo partido (Partido Republicano Demócrata Federal) inspirado en Pi i Margall y su resurgir en los años 10 del siglo XX, con la obra de Blas Infante y la Asamblea de Ronda de 1918, hasta el fracasado intento de consensuar un estatuto con la Segunda República. Nada nuevo tendría que decir: palabrería vacua y mitos resobados una y otra vez. Como es bien sabido, Blas Infante sería asesinado en los primeros días de la Guerra Civil, una muerte tan cruel, injusta e innecesaria como la de tantos otros, que acabaría por mitificar su figura hasta el punto de convertirlo en un mártir de la causa andalucista y, gracias a eso, ser elevado a los altares de la política alumbrada en 1978, cuando, por el Estatuto vigente, toda Andalucía se convirtió oficialmente en andalucista.

Afirma Clavero en su libro que para poder hablar de un pueblo andaluz tiene que haber algo que caracterice esencialmente a los andaluces y los diferencie de los no andaluces, y dedica todo su esfuerzo (como antes lo hicieron Infante y el resto de andalucistas) en buscar qué puede ser eso. Yo tengo la respuesta: nada. El pueblo andaluz no existe en esencia, se funda a través de un acto político. No existe un carácter andaluz ni un habla andaluza ni una cultura andaluza (como puede comprobar cualquiera que viaje por Andalucía). La de andaluz es una categoría política, y en el momento de la historia en que estamos no debería aspirar a ser otra cosa. Curiosamente, el artículo 8 del Estatuto vigente lo define a la perfección: “A los efectos del presente Estatuto, gozan de la condición política de andaluces los ciudadanos españoles que, de acuerdo con las leyes generales del Estado, tengan vecindad administrativa en cualquiera de los municipios de Andalucía”. Eso es todo. En El nacionalismo. Una ideología (Tecnos, 2005), afirma Alfredo Cruz Prados: “El nacionalismo, a la hora de caracterizar la nación, se ve obligado a llevar a cabo numerosas opciones. Tiene que optar por unos rasgos sobre otros, en función de cuáles sean más diferenciadores respecto del entorno. Tiene que decidirse por progresar en unas diferencias y retroceder, por ello mismo, en otras. Y tiene que optar por desconocer o, al menos, considerar irrelevantes algunas diferencias existentes entre los mismos miembros de la nación. Para que la definición de la identidad nacional –elaborada fundamentalmente con los factores que la diferencian del entorno– sea universalmente válida en todo el ámbito de la nación, es preciso convertir en imperceptibles o carentes de importancia identitaria aquellas diferencias internas que pudieran cuestionar la universal aplicabilidad de esa definición. [...Por lo que] la definición nacionalista de la nación es una definición puramente estratégica. Qué rasgos o factores se privilegian como notas definidoras de la nación depende de cómo se encuentre caracterizado el entorno contra el que se dirige el nacionalismo en cuestión”. Y esa es la pura realidad del nacionalismo: una tautología (la nación existe porque su esencia se define por los rasgos que yo previamente he escogido para que pueda ser distinta de la nación que tengo al lado) siempre dirigida contra otra. Así que fobia al nacionalismo. También.

miércoles, 1 de marzo de 2006

Andaluces

La historia ha reconocido la figura de Blas Infante como padre de la patria andaluza e ilustre precursor de la lucha por la consecución del autogobierno que hoy representa el Estatuto de Autonomía para Andalucía.

Blas Infante, con las Juntas Liberalistas que él creara, se coloca en la vanguardia del andalucismo al luchar incansablemente por recuperar la identidad del pueblo andaluz; por conseguir una Andalucía libre y solidaria en el marco irrenunciable de la unidad de los pueblos de España; por reivindicar el derecho de todos los andaluces a la autonomía y a la posibilidad de decidir su futuro.

El Estatuto de Autonomía se ha logrado gracias a la aportación inestimable del pueblo andaluz que, en conjunto, ha desempeñado su protagonismo indiscutible en la recuperación de su identidad.


(Preámbulo al Estatuto de Autonomía para Andalucía, aprobado por referéndum popular el 20 de octubre de 1981; ratificado por el Congreso de los Diputados el 17 de diciembre de 1981 y por el Senado el 23 de diciembre de 1981; sancionado por Su Majestad el Rey Don Juan Carlos I el 30 de diciembre de 1981; publicado en el Boletín Oficial del Estado, número 9, de 11 de enero de 1982; publicado en el Boletín Oficial de la Junta de Andalucía, número 2, de 1 de febrero de 1982)

Qué decir de este monumento a la estulticia. Que en sólo tres párrafos se puedan encadenar tal cantidad de tópicos y de bobadas (desde ese impagable “la historia ha reconocido”, hasta el memorable la “recuperación de su identidad”) podría causarnos vergüenza ajena o una incontenible tendencia a la carcajada si no estuviera contenido en la norma jurídica básica de la comunidad autónoma andaluza.

¿Cuál es esa identidad que los andaluces recuperamos gracias a la lucha incansable de Blas Infante y a “nuestra inestimable aportación, en conjunto (desde luego)”, se preguntarán ustedes? Como habrán intuido, es una identidad que viene de lejos, de muy lejos, que ha sobrevivido a todas las contingencias históricas, manteniendo inalterable la esencia de un pueblo, el andaluz, que se cuenta entre los más extraordinarios que hayan poblado jamás el universo. Ya está. Tartessos, pensarán muchos. ¡Quiá! ¡Tartessos es de una modernidad del todo punto inaceptable para fundamentar las raíces de lo andaluz! Infante se remonta más atrás aún. ¿El Argar? ¡Ja! ¡El Argar! Antes de ayer mismo, como quien dice. ¡El neandertal de Gibraltar, el hombre de Orce! Que no, que no, que se equivocan ustedes, que Blas Infante ha descubierto la esencia de lo andaluz mucho más atrás, en el tiempo en que el primer mamífero ni siquiera se había puesto en pie, en la era secundaria nada menos, cuando la Penibética formaba con África una unidad hasta el Atlas. Es esa una unidad natural, que, por ser natural, ni se ha roto ni puede romperse. Los conocimientos geológicos del padre de la patria andaluza eran, como puede comprobarse, de una profundidad esclarecedora. Pues nada. Saquemos nuestras propias conclusiones del descubrimiento: Andalucía es una unidad de destino en lo geológico.

Nací en un pueblo de la Sierra Norte de Sevilla. Como mi madre era natural de una localidad del sur de Badajoz, mis primeros viajes de la infancia se dirigieron más hacia el norte que hacia el sur. Recuerdo que la primera vez que visité Sevilla, la capital, me sorprendió lo raro que hablaba la gente, era un habla por completo diferente a la de mi pueblo, que se parecía muchísimo más a la que yo había conocido también en el pueblo de mi madre o en el de algún pueblo del norte de la provincia de Córdoba, donde vivía una tía. Por lo demás, más allá de su naturaleza urbana, no descubrí nada en Sevilla, ninguna esencia, ningún genio particular, que yo no hubiera visto ya en las gentes de la sierra. Pero en esto llegó la autonomía. Yo estaba en algún curso de la segunda etapa de la EGB cuando empezó a discutirse sobre el proceso, y de pronto los maestros nos enseñaron que, aunque nadie nos lo hubiera dicho hasta ese momento, nosotros éramos andaluces y hablábamos andaluz, que nuestras raíces se asentaban en el mismo lugar que la de los almerienses y los granadinos y eran por completo distintas de las de los extremeños. Fue un descubrimiento bestial, del que creo que todavía no me he recuperado.

Investigando, descubrí que aquello que decía Blas Infante de la geología no era ninguna tontería. Andalucía se levantaba en un marco físico excepcional, en una situación geográfica “única en España, única en Europa y única en el mundo” (El ser andaluz, Manuel Clavero Arévalo, 1983, ampliado y reeditado en 2005 por la editorial cordobesa Almuzara ). Siguiendo a Clavero, entendí que Andalucía llevaba luchando desde tiempo inmemorial por su unidad perdida, que si en lo geográfico viene de la era secundaria (y es una unidad imposible de romper, ya que es natural), en el terreno histórico tiene unos orígenes que en ningún otro pueblo pueden ser “tan apasionantes y bellos”: Tartessos. ¡La gallina! Dice Clavero, que “algunos con el fin de quitar importancia a Tartessos como precedente egregio para la actual Andalucía, han lanzado la especie de que Tartessos fue una ciudad pero no un territorio que pudiera identificarse con el de nuestras ocho provincias actuales”. ¡Malvados! Ningunear de esa forma a la patria. Pero de eso nada, pues ya nos advierte él de que “las teorías sobre el origen no indígena de la cultura tartesia no es [sic] ni siquiera sostenible [sic], a pesar de su inclusión dentro del mundo de las colonizaciones mediterráneas” (perdón por la sintaxis, pero don Manuel estaba muy preocupado con el café cuando perpetró esta frase). Lo “verdaderamente importante para los andaluces [es] que muchos siglos antes del nacimiento de Cristo, el territorio que hoy es Andalucía, estaba regido por una monarquía de carácter autóctono a la que se vincula la primera gran civilización de Occidente”. Y termina: “Pocos pueblos podrán esgrimir para sus orígenes un esplendor semejante”. No me cabe la menor duda.

Como cualquier aficionado a la historia antigua sabe bien, la existencia de un reino llamado Tartessos que coincidiera (más o menos) con lo que hoy es Andalucía está siendo cada vez más cuestionada. Las últimas excavaciones en el cerro del Carambolo de Sevilla parece que han supuesto un jarro de agua fría para el esplendor originario de lo andaluz, pues los restos (tesoro incluido) parecen ser de origen fenicio, y las últimas teorías apuntan a que lo que se llama tartésico no es sino la mezcla del aporte de los innumerables viajeros de procedencia oriental que visitaron el sur de España al menos desde el final del segundo milenio antes de Cristo, hasta el punto de que resulta ridículo hablar de elementos autóctonos y elementos foráneos, pues éstos son por completo indistinguibles. Una pena. Era un principio ciertamente bello y esperanzador para un pueblo.

A los andalucistas (y Clavero no es una excepción) no terminan de caerles demasiado bien los cartagineses, que vinieron a fastidiar a los pacíficos andaluces primitivos hasta acabar destruyendo su unidad política (¡malos!). Esto pasó, sin duda, porque los andaluces de entonces (es decir, los tartesios) “no fueron un pueblo guerrero, no fueron gentes belicistas, dejando estas tareas en manos de mercenarios celtas o celtíberos”, carácter que van a conservar por supuesto los andaluces de las siguientes generaciones hasta hoy mismo, pues la del pacifismo es una de nuestras esencias básicas como pueblo.

Total, que al llegar los cartagineses se rompe la unidad de la patria, que entra en un período de decadencia del que nos libran los romanos, quienes recuperan, “no por capricho”, dice Clavero con perspicacia, la unidad territorial de Andalucía con la creación de la Bética, pues como cualquiera puede comprobar comparando este mapa con uno de la España autonómica, la Bética ocupaba con exacta precisión de topógrafo el territorio de la actual Andalucía. Además, y reconozco que esto es una obviedad, la Bética era una de las regiones más cultas de todo el Imperio romano y sin duda la más activa de las provincias hispánicas, lo cual no fue suficiente para evitar la invasión de los bárbaros, una invasión que afectó a todo el Imperio (no vayan a creer) y volvió a provocar la disgregación de la unidad andaluza y con ello su declive. Como pasaba con los cartagineses, parece que los godos tampoco cumplían con el perfil del andaluz tipo, y por eso mejor pasar de puntillas por los dos siglos largos de su presencia en suelo hispano. No obstante, bien pueden servirnos para confirmar una regla histórica, que se ha cumplido siempre de forma inexorable: la unidad de Andalucía coincide con sus momentos de grandeza; la división de su territorio, con la decadencia. Y eso es lo que pasa justo con los godos, que fueron, estos sí, auténticos extranjeros en la acogedora y mesozoica tierra andaluza.

La gloriosa invasión musulmana (luego iremos con ella, no fue invasión, sino asimilación) de principios del sigo VIII quedaba algo lejos, y eso obviamente ponía en peligro la continuidad de la esencia histórica del andalucismo. Algo había que hacer, así que sin cortarse un pelo, los andalucistas toman a San Hermenegildo y lo convierten en un autonomista de raza. No, no se rían. Lean, lean: “Ocultos tras la pantalla religiosa, latían con fuerza, dice Cuenca Toribio, los intereses autonomistas de la antigua aristocracia hispano-romana, secundada, con probabilidad, por nobles godos, mal adaptados a la nueva situación centralizadora. Estalló [pues] la guerra dura y larga entre Leovigildo, el rey centralista y arriano, y Hermengildo, el rey católico de la Bética”. Como se sabe, la guerra la ganó Leovigildo, pero, según Clavero, en realidad, como ocurre tantas veces en la historia, la perdió, pues su intento por imponer sus concepciones centralistas se saldaron con un rotundo fracaso.

Y en estas, llegó Tarik, y los andaluces, hartos de la opresión centralista, acogieron con satisfacción a quienes habrían de hacerles recobrar la fuerza, el vigor y el esplendor de la unidad perdida. Clavero tarda algunas páginas en reconocer que Al Andalus “excedió con mucho [el territorio] del que actualmente es Andalucía”, pero eso no importa, ya que ese territorio original fue reduciéndose hasta coincidir durante mucho tiempo casi con la actual Andalucía, y cuando se redujo tanto que sólo quedó el reino de Granada dejó de llamarse Al Andalus, para convertirse en el reino nazarí. Por supuesto, durante la existencia de Al Andalus se cumple rigurosamente la regla histórica que ya conocemos: unidad es igual a magnificencia; desunión, igual a decadencia. Y la época de la unidad y de la magnificencia es, por encima de cualquier otra, la del Califato de Córdoba. De qué forma Clavero consigue saltar sobre el hecho de que durante el Califato Al Andalus no era Andalucía y que es justamente en la etapa de su decadencia cuando el territorio de Al Andalus se acerca más al de la actual comunidad autónoma, no me lo pregunten porque es algo que se me escapa.

En cualquier caso, cometería yo un delito de lesa traición a la patria si no dedicara algunas líneas más a explicar cómo la esencia de lo andaluz se manifiesta de forma reluciente en la cultura hispanomusulmana, aunque para eso lo mejor es recurrir a nuestro padre, a Blas Infante, que para eso lo tenemos. Por supuesto, está el hecho incontestable de que los andaluces se levantan a favor de Tarik y sus hombres (esto lo dice en un libro titulado La verdad sobre el complot de Tablada y el estado Libre de Andalucía, que publicó en 1932), por lo que no puede hablarse de conquista (la conquista es la otra, la de los cristianos, que traería a nuestra tierra siglos de desgracias continuadas). Para Blas Infante, el genio andaluz es capaz de imponerse al carácter rudo de los hombres del norte de África, creando una síntesis gloriosa de tolerancia y libertad: Al Andalus era una “lámpara única encendida en la noche del Medievo”. Andalucía era entonces libre, ahora es esclava (es el ahora de Blas Infante cuando pronuncia la conferencia que en 1919 se convertirá en El Ideal andaluz, pues en el ahora de ahora mismo vuelve a ser libre, bajo el régimen chavista). Andalucía era un paraíso de la cultura, la tolerancia, la libertad y la riqueza, en la nación se había instalado un “bienestar general que permitía ir a caballo a todo el mundo en lugar de ir a pie”. ¡Qué hermosa imagen la de la sociedad andaluza a caballo! Esa convivencia de siglos define a la perfección el genio andaluz y marca las características de su nacionalismo, que es ¡antibelicista, acogedor, antirregionalista y antinacionalista!, como refleja la celebérrima divisa de nuestro escudo: “Andalucía por sí, para España y la Humanidad”. Y luego lo deja todo bien clarito: “Hay que aprovechar esos períodos libres [se refiere a Al Andalus, evidentemente] para reencontrar el río de la genialidad, fuerzas sociales culturales, para hacer del hombre andaluz, hombre de luz, como lo fue antaño, cuando fue capaz de crear un foco cultural como Tartessos e inundó el mundo occidental con la sabiduría de Al Andalus”.

Por supuesto, esto significa que Andalucía no es Europa (ya lo sabíamos, desde el mesozoico al menos), la Andalucía auténtica es extraña a esa España europeizada por los cristianos. “Nosotros no podemos, no queremos, no llegaremos jamás a ser europeos [uf, casi lo consigue]... Pero jamás hemos dejado de ser lo que somos de verdad: esto es, andaluces, euro-africanos, euro-orientales, hombres universalistas, síntesis armónicas de hombres”. Y sigue luego: “¡Europa, no; Andalucía! Europa es por su método, la especialización que convierte al individuo en pieza de máquina. Andalucía por el suyo, es la integridad que apercibe al individuo como un mundo completo ordenado al mundo creador. Europa es el individuo para la masa. Andalucía, el individuo para la Humanidad. Europa es el feudalismo territorial e industrial, Andalucía, el individualismo libertario que siente el comunismo humano, evolutivo, único comunismo indestructible por ser natural, el que añoraron todos los taumaturgos; aquel que tiene un alma en la aspiración, que cada individuo llegue en sí a intensificar, de crear por sí, pero no para sí, sino para dárselo a los demás. Ese único comunismo posible que no puede llegar a crearse por artificio maquinista, sino por la alegría y por el espíritu que la alegría viene a crear. Europa es el empaque dominador megalómano, rabiosamente utilitario. Andalucía es, como decía no sé quién, como son sus casas de apariencia humilde, con patios, jardines centrados por fuentes; sencillez por fuera; iluminación por dentro”. No entiendo cómo se pueden escribir tantas tonterías seguidas y seguir conservando un gramo de prestigio intelectual. (Al menos, Andalucía no tiene de padre de la patria a un racista. Cierto. Al menos.)

En definitiva, que el genio andaluz (“exaltación imaginativa con vehemencia y repentismo, psicología optimista y atractivo de la belleza de un medio risueño”), fundamentado en un optimismo de raíz griega, acaba imponiéndose, como acabamos de ver, a la naturaleza de lo árabe. “De esta manera, Andalucía fue el refugio del genio griego durante la barbarie medieval en el resto del mundo” (El Ideal andaluz). Pero esa barbarie también acabaría alcanzándola en forma de cruel conquista cristiana... [Continuará]