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lunes, 19 de noviembre de 2007

Setas envenenadas

J. leyó de un tirón Help a él, la novela inclasificable de Fogwill, antes incluso de que la editorial anunciase su primera publicación en España. Quería dormir, pero no podía; olvidar, y era imposible... Todo lo golpeaba en la soledad fría de la noche. En las imágenes abracadabrantes y alucinógenas provocadas por el jarabe de Vera, que era como el peyote de las ceremonias aztecas, cualquier cosa cabía. El coito interminable, la mezcla de semen, orina, heces y sangre con la que se saciaban los amantes, la sed inextinguible del poeta, el deseo ferviente y macabro de la muerta, porque Vera, aunque hablase y se frotase contra el cuerpo del otro, estaba real y completamente muerta... Y mientras la ficción tomaba fuerza, rellenaba los huecos de la realidad, temblequeaba en la luz tenue del cuarto desnudo, la cama vacía se convertía ante él en el Gran Teatro del Mundo, el Aleph donde todo giraba y se condensaba, visible pero inalcanzable, y la imagen espectral de Vera se fundía justo delante suyo con la de la mujer a la que había amado en noches como aquélla. Y se materializó ante sus atónitos ojos su auténtica dimensión de pulga, quebrada por el peso del vacío y de la cobardía. Todo es inútil. Ninguna repetición es posible. No hay París. Nada se repite. Ni se recupera.

miércoles, 10 de octubre de 2007

Moralistas

Tabla periódica
Para J., el problema básico de los moralistas no era otro que el de la incapacidad para encontrar (o inventar) un sistema en el que cada comportamiento hallara, incluso desde la primera vez que se hiciera manifiesto, natural acomodo en un espacio único y distinto de la regla general, de tal manera que el juicio que mereciera fuera simple e inexcusable, primario, como el cyan en la ruleta de los colores. Un orden de la vida en el que todo estuviera previsto de antemano y encajara en el universo ético con la elegancia de los elementos en la tabla periódica de Mendeleyev, ordenados verticalmente por sus valencias electrónicas, horizontalmente por su número atómico con tal armonía y distinción que a cada uno, aun a los que ni siquiera se conocen todavía, les corresponde (les espera) su cuadrícula, perfectamente individualizada y singular, y todos juntos, actuando en relaciones insospechadas para los sentidos, componen la materia de la que están hechas las cosas, la vida. Al fin y al cabo, el orden que han creído atrapar siempre las religiones sin conseguirlo, tan atadas a la historia e impotentes ante la casuística en permanente transformación de los actos humanos como los sistemas filosóficos más complejos. J. no dejaba de sorprenderse con la forma en que el hombre, mecanismo de reproducción de genes como la amapola o el zorzal, escapaba tan insistentemente a las leyes más simples de la naturaleza.

martes, 11 de septiembre de 2007

Amami, Alfredo

J. no era un amante especialmente entregado de la ópera, que le parecía un género por completo anquilosado, con todos esos ridículos dramas de cartón piedra continuamente sobre la escena, que de tan falsos causaban risa, cuando no vergüenza ajena. Pero había un momento que lo emocionaba hasta las lágrimas. Literalmente. Uno solo. Y no podía evitarlo. Era identificar la triste melodía del clarinete y se sobresaltaba, escuchar a Violetta decir aquello de "Lo vedi?, ti sorrido" y el vello se le erizaba, el estómago se le encogía y la garganta se le secaba. Al llegar el estallido del "Amami, Alfredo" la vista la tenía ya, invariablemente, por completo nublada. Cuando estaba acompañado, su extremo pudor en materia de sentimientos le hacía disimular la emoción como buenamente podía, pero en cualquier caso en ese momento evitaba mirar a nadie, pues el brillo intenso de sus ojos vidriosos lo habría delatado. En cambio, cuando estaba solo, lloraba a lágrima tendida. Muchas veces había intentado racionalizar esa conmoción, absurda, irracional, preparándose mentalmente para el impacto, pero había sido del todo punto inútil. Ya sé lo que va a pasar, un efecto que está descrito en los tratados de psicología y del que han hablado los musicólogos. Y nada. Como mucho, conseguía frenar el torrente tumultuoso de las lágrimas, pero la humedad que le provocaba el estremecimiento era inevitable. Había terminado por resignarse. Y, sencillamente, huía. Por norma, evitaba ver o escuchar La traviata al completo. Aislado de su contexto, entendió, el fragmento era por completo inocuo, no tenía ningún poder sobre sus emociones. O eso al menos creía.

domingo, 10 de junio de 2007

Deseando amar

Para J., si estaban bien contadas, las historias de amor eran siempre desesperadamente tristes.

domingo, 27 de mayo de 2007

El coronel no tiene quien le escriba

La mujer se desesperó.
—Y mientras tanto qué comemos —preguntó, y agarró al coronel por el cuello de la franela. Lo sacudió con energía—. Dime, qué comemos.
El coronel necesitó setenta y cinco años —los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto— para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder.
— Mierda.

[El coronel no tiene quien le escriba. Gabriel García Márquez]
Ante la urna semivacía, muy noble, muy leal, muy heroico, invicto y mariano, J. se sintió triste y azul.

miércoles, 23 de mayo de 2007

El átomo del tiempo

El sexo en siete lecciones
I

Gozo y tortura
que el Tártaro y el Cielo
–uña de carne– desempeñan.

Al sexo y su desorden milagroso,
a su perfecto matrimonio
de beso y abrelatas, sucumbimos.

A la gloria del sexo,
a su desenfrenado latrocinio,
su avaricia impecable,
· alto cedemos.

II

Y por estar a flote,
por ser la superficie de la espuma en la piel,
por ser lo más visible y general,
por ser el más común lugar del paraíso visitado,
el sexo, lo evidente,
lo que a todos iguala,
lo esencial –sabia era Eva,
ingenuo Segismundo–,
por ser el sexo algo tan real,
lo único real acaso,
sólo se existe y vive a su merced.

No es reducible el sexo a números ni a ciencia,
no es cosa comprensible,
no es natural ni humano
y la divinidad lo desconoce.

Lo real no está sujeto a inquisición.

III

El tiempo escaso por costumbre
y, por la costumbre, frágil,
no basta para el amor
y es demasiado para el sexo.

Pero si en sexo se midiera el tiempo
si el sexo –el gozo, mejor dicho– fuera
una unidad de tiempo,
sería la más pequeña
que el reloj pudiera imaginar,
la apenas registrable,
el átomo del tiempo.

IV

Ni el denodado goce de los cuerpos,
ni el carnívoro roce de las bocas,
ni las fieras sensuales de los dedos,
ni las mejillas ardorosas,
ni el sudor refrescante de los pechos
–su rima encantadora–,
· ni el tacto delicioso de los muslos,
· ni la plata del pubis,
· ni las caudas azules y viriles,
son suficientes para el sexo.

La plena saciedad misma, no basta.
Lacios los cuerpos tras el goce, exhaustos,
bebidos uno a otro hasta las plantas,
sueñan, despiertos, con el sexo.
Sólo han probado, sólo empiezan a hervir.
La saciedad más absoluta
es siempre, apenas, el principio.

V

El cuerpo es siempre virgen para el sexo.
El cuerpo siempre, Paul, recomenzando.
Y el cuerpo eterno, el fiero eterno cuerpo
muere antes que el sexo.


VI

Y nada de que el sexo
sólo con amor es sexo.
El sexo es siempre amor,
nunca el amor es sexo.
El amor no es amor,
el sexo es el amor.
No hay sexo sin amor
pero hay amor sin sexo, y no lo es.
Todo amor sin sexo es corruptible.
Sólo una advertencia:
es ya desgracia conocida
que el sexo y el amor no sean posibles
sino con personas,
con almas y con cuerpos de cuatro dimensiones,
con seres existentes,
y nunca con fantasmas o sombras pasajeras,
mucho menos con plantas o gallinas.

VII Y ÚLTIMA

El sexo es una cosa
que se embellece cuando se la mira.
Y la prostitución es su magnífico revés,
su negación perfecta,
su ausencia depresiva.
El sexo es este Dios moldeado
por su más portentosa y vil creatura.

(Eduardo Lizalde)
En la humillante soledad del verano de sus 20 años, el sudor resbalando por las sienes, cada grieta de la pared, cada sombra proyectada sobre el techo memorizadas, J. se lo repetía una y otra vez. "El sexo es el amor." "El sexo es el amor." Y sus mayores siempre le habían dicho que todo en esta vida se consigue con amor propio, con el frecuente, tenaz y firme recurso al amor propio.

sábado, 5 de mayo de 2007

Jiga

A veces J. se sentía fuera, barrido por un viento cuyo origen no acertaba a desvelar, desconcertado y vulnerable. Entonces trataba de racionalizarlo todo, de ahondar en la raíz misma de los hechos, en la esencia de lo que sentía y de aquello que le hacía sentir así y no de otra forma, lo ponía todo en duda, todo lo rastreaba, lo destapaba y lo sometía a crítica. Volvía sobre sus pasos, sobre lo ya vivido, lo retorcía, le daba la vuelta, lo miraba desde las sombras, dejando que creciera en una luz y a una distancia nunca antes contempladas. Buscaba la verdad o el consuelo. Rasgar el tul de las apariencias o dejarse mecer en la quietud inconsciente del delirio. Porque había un desajuste entre la realidad como los demás decían verla y como él la veía, un desajuste que alcanzaba a todo aquello que pasaba aun rozándolo, las nubes negras que traían fuego y no lluvia, el silencio ensordecedor de la sierra, el equívoco título de una canción o de un poema, las obras tantas veces recorridas y hasta memorizadas, de pronto irreconocibles, como si fueran nuevas, donde él leía placer, era el dolor, si sentía frío el cantor decía abrasarse...

Échame un vistazo al menos de arriba abajo
mírame cómo estoy de cabo a rabo enamorado
tengo enamorados los ojos
y tengo la boca enamorada
y tengo el pie izquierdo enamorado
y mucho más el pie derecho
tengo también enamoradas las espumosas ingles
y el pene conmovido enamorado como los niños de sus maestras
y los testículos al borde de las lágrimas de puro enamorados
tengo las manos pesadamente enamoradas
tengo enamorado el pecho combatiente
tengo con delirio enamorada la saliva
tengo la vieja cabeza altanera perdidamente enamorada
y enamoradas como vírgenes ridículas todas sus ideas
y todas mis palabras enamoradas hasta la tartamudez
y tengo enamorada la memoria
y enamorada hasta la abyección la imaginación
tengo el día y la noche enamorados
tengo enamorada cada hora con una herida roja y un sexo violeta
tengo enamorados los oídos y todo lo que oyen
y enamorada la lectura de cada línea que leo y cada idea que pienso
tengo la inteligencia magníficamente enamorada como una estúpida
y tengo enamorado este dedo meñique
y enamorado el gesto con que escribo estas líneas
tengo la voz con que te llamo enamorada
y enamorada la paciencia milagrosa en que te espero
porque te espero enamorado y no me dejes así
junta apretadamente todo esto en tu abrazo
dueña de los enjambres y de las cataratas reúneme
recoge fuertemente en tu abrazo de hermana insensata
apretados contra tus pechos más claros que los himnos
calmados en tu seno de cauce de las fiebres caudales
todos estos pedazos doloridos.
(Jiga, Tomás Segovia)
La misma voz del poeta, que se arrastraba lenta y pesada, desmentía a su modo de ver el título escogido para los versos. Nada en ellos había de la jubilosa carnalidad de la giga, sino más bien la desesperación del que se siente fuera ya del mundo, la cadencia casi líquida y etérea de una zarabanda profunda y dolorida.

viernes, 13 de abril de 2007

Soleá

A J. le producían urticaria los haikus, los tankas y en general todas esas formas breves de la poesía oriental, con sus cielos siempre demasiado azules, sus aborrecibles lunas de oro y plata, sus bosques eternamente susurrantes y la tibieza acariciadora de los pútridos labios de la amada. Y para colmo, la defensa del pedantuelo de Borges. Pero una vez topó con un poema de Aquilino Duque, una soleá, que es el haiku de los gitanos, y se replanteó absolutamente todas sus fobias. Decía así:

Reloj de arena
tu cuerpo.
Te estrecharé la cintura
para que no pase
el tiempo.

jueves, 5 de abril de 2007

Torso de Apolo arcaico

Para J., Rilke servía como una especie de gran vademécum en el que siempre hallaba sin esfuerzo la imagen capaz de penetrar en su estado de ánimo, de cifrar y poner en orden sus obsesiones, de encontrar palabras para aquello que más hondo sentía. A menudo bastaba con abrir uno de sus libros de poemas y dejarse llevar por el azar; en sus metáforas ambiguas, en su abigarrado y hermético universo de constantes proyecciones turbulentas bastaba con trastocar el orden de un verso, con añadir una preposición o variar el sentido de un sustantivo para crear algo nuevo que lo señalaba con el dedo.

Llevaba todo el día sin poder liberarse de la voz de Debbie Harry, que cantaba aquello de "...You've got to see her/ Go insane and out of your mind...", y era el gesto bergmaniano de Gena Rowlands en Otra mujer el que se le aparecía una y otra vez, como guiando sus pensamientos. Todo daba vueltas, el diluvio del día antes, el insomnio, la desesperación, Rowlands, Woody Allen y ahora el libro de Rilke en aquella vieja edición bilingüe que salvó de la guillotina de los restos de serie; y mientras en su cerebro, azul como el hielo y el deseo, seguía resonando la voz de fuego, "...Won't come in from the rain...", sus ojos resbalaron por el torso de Apolo para acabar sobre una línea que inconscientemente reinterpretó a su gusto, "pues no hay en ella un punto en que no te vea", y de pronto fue de nuevo la lluvia, inocentemente cayendo sobre su pelo encendido, sobre la piedra centenaria.

Archaïscher Torso Apollos

Wir kannten nicht sein unerhörtes Haupt,
darin die Augenäpfel reiften. Aber
sein Torso glüht noch wie ein Kandelaber,
in dem sein Schauen, nur zurückgeschraubt,

sich hält und glänzt. Sonst könnte nicht der Bug
der Brust dich blenden, und im leisen Drehen
der Lenden könnte nicht ein Lächeln gehen
zu jener Mitte, die die Zeugung trug.

Sonst stünde dieser Stein entstellt und kurz
unter der Schultern durchsichtigem Sturz
und flimmerte nicht so wie Raubtierfelle;

und bräche nicht aus allen seinen Rändern
aus wie ein Stern: denn da ist keine Stelle,
die dich nicht sieht. Du musst dein Leben ändern.

lunes, 29 de enero de 2007

Crotalogía o ciencia de las castañuelas

Crotalogía o ciencia de las castañuelas A J. le había parecido siempre que los tratados musicales abusaban de la paciencia del lector, que aun siendo un erudito o un consumado perito en la materia, necesitaba de un cargamento de vitaminas para mantener el pensamiento lógico en alerta con la disciplina que requería penetrar en los abstrusos laberintos de la armonía, complicada con la jerga más absurda que a gremio alguno se le hubiera dado crear. Bien estaba que la naturaleza abstracta de la ciencia musical exigiera de un rigor terminológico y de una formulación científica vedados a la mayoría y a los que había que acceder por niveles progresivos de adiestramiento, mediante una adecuada ordenación didáctica, pero a qué esa proliferación de ejemplos inanes, desafíos irresolubles y frases ininteligibles encadenados como anacolutos en la prosa de los novelistas más incompetentes. Por eso, fue para él un gozo que S. le descubriera la Crotalogía o Ciencia de las castañuelas, tratado del siglo XVIII debido a Francisco Agustín Florencio en que se hacía una recta composición del modo más adecuado de tocar las castañuelas, sin que la transparencia del discurso afectara a su rigor y aun a la belleza de sus expresiones. Lo habían leído una mañana de lluvia, sobre las sábanas aún calientes y desordenadas, intercambiando sonrisas y caricias, y J. creyó que aquello era un recurso más de la ciencia de la pedagogía, que dice que con agrado el conocimiento se hace más profundo y duradero. En adelante, J. no olvidaría nunca los axiomas del Capítulo II:

Axioma I. En suposición de tocar, mejor es tocar bien que tocar mal.
Axioma II. Toda tocación de castañuela hecha según reglas, es preferible a la que se hace sin conocimiento de las leyes y reglas crotalógicas.
Axioma III. La mejor tocación es la que mejor se adapta al son de la guitarra, a la música de las seguidillas, y al genio del bolero.
Axioma IV. El bailarín que toca las castañuelas hace dos cosas; y el que baila y no toca, no hace más que una cosa.
Axioma V. Un mismo cuerpo no puede a un mismo tiempo tocar y no tocar las castañuelas.
Axioma VI. El que no toca las castañuelas, no se puede decir que las toca bien ni mal.

Impugnación a la crotalogía
Tan provechosa le pareció a J. la instrucción en la ciencia crotalógica, que una vez vuelto a la rutina trasteó por las bibliotecas virtuales hasta hallar una Impugnación literaria a la crotalogía erudita o ciencia de las castañuelas, que había visto la luz en Valencia como respuesta a la obra de Florencio el mismo año de 1792. La había escrito en estilo de carta Juanito López Polinario, y aunque el remitente exponía un buen número de argumentos no tanto impugnadores cuanto complementarios del tratado original, J. se quedaba con el ejemplo soberbio que hacía de la crotalogía una ciencia democrática, tan accesible al gran especialista como al aficionado común. Y es que López Polinario no había tenido más remedio que reconocer la justeza de las apreciaciones de Florencio en la "Parte I. Libro II. Sección I. Tratado I. Artículo I. Capítulo III. De la crotalogía, pág. 60". Lo cual se aprestó a comunicar de inmediato a S., tan seducida como él por el hallazgo de sustancia tan útil para el músico desprejuiciado y sabio de nuestro tiempo.
Dios nos la depare buena en la impugnación de este Capítulo en que trata Vd. del tirirá-ti-ta. Todo pura práctica, y en su consecuencia muy expuesto para un teórico, mayormente cuando en este punto de tirirá-ti-ta tienen votos todos y cualesquiera boleros, todas y cualesquiera naciones, y de todos y cualesquiera idiomas, porque cuando se vaya traduciendo esta obra de crotalogía en latín, en francés, en inglés, en alemán, en griego, en hebreo y en arábigo; verá Vd. que cada autor usará de aquel idioma respective a que traduce la crotalogía, pero en llegando al tirirá-ti-ta, si que habrá notas curiosas y eruditas sobre si la primera i es larga y la segunda breve, si esta letra se ha de pronunciar como doble, y aquella como sencilla, si aquí hay diptongo y allá triptongo, si se ha de abrir la boca media pulgada y dos líneas, o si una vara y tres cuartas, y cosas semejantes, pero en lo que toca al tirirá-ti-ta siempre será tirirá-ti-ta, in terminis entre todos los boleros de todas las naciones y de todos los idiomas; tan general, tan seria, y tan precisa es la fuerza de la expresión bolérica crotáloga o crotalógica, de manera que en esta parte, hablando un crótalo-bolero de su profesión en su lengua, es entendido igualmente, tanto por el nacional como por el extranjero, o por pasiva, lo mismo le entenderá el uno que el otro. ¡Fenómeno maravilloso! ¡Extraordinaria virtud! ¡Prenda especial de la crotalogía!

jueves, 25 de enero de 2007

Corazón desolado

Ante el poema de Jorge Eduardo Eielson, J. creyó entender por fin las razones de su biografía sentimental. Nítidamente creció en su interior la convicción de que todo era preferible, los horarios partidos, los billetes de avión a cualquier precio, las esperas interminables, las pequeñas mentiras y las grandes, las decepciones, los cuerpos deslavazados, el marasmo de emociones bullendo en su cabeza días enteros sin cesar, todo, hasta las infamias y las humillaciones, el hedor del tigre, a las noches de una adolescencia demasiado larga, el peso muerto del corazón desolado.

Campidoglio
usted no sabe cuánto pesa
un corazón solitario
hay noches en que la lana oscura
la lana tibia que me protege
llega hasta el cielo
y mientras duermo mientras respiro
mientras sollozo
se me derrama la leche hirviendo
sobre la cara
y entonces una máscara magnífica
con la sonrisa del rey de espadas
cubre mi llanto
y todo eso no es nada todavía
usted no me creerá
pero luchar luchar luchar
todas las noches con un tigre
hasta convertirlo en una magnolia
y despertarse
despertarse todavía y no sentirse
aún cansado y rehacer aún
raya por raya el mismo tigre odiado
sin olvidar los ojos los intestinos
ni la respiración hedionda
todo eso para mí
es mucho más fácil mucho más suave
créame usted
que arrastrar todos los días
el peso de un corazón desolado