Setas envenenadas
J. leyó de un tirón Help a él, la novela inclasificable de Fogwill, antes incluso de que la editorial anunciase su primera publicación en España. Quería dormir, pero no podía; olvidar, y era imposible... Todo lo golpeaba en la soledad fría de la noche. En las imágenes abracadabrantes y alucinógenas provocadas por el jarabe de Vera, que era como el peyote de las ceremonias aztecas, cualquier cosa cabía. El coito interminable, la mezcla de semen, orina, heces y sangre con la que se saciaban los amantes, la sed inextinguible del poeta, el deseo ferviente y macabro de la muerta, porque Vera, aunque hablase y se frotase contra el cuerpo del otro, estaba real y completamente muerta... Y mientras la ficción tomaba fuerza, rellenaba los huecos de la realidad, temblequeaba en la luz tenue del cuarto desnudo, la cama vacía se convertía ante él en el Gran Teatro del Mundo, el Aleph donde todo giraba y se condensaba, visible pero inalcanzable, y la imagen espectral de Vera se fundía justo delante suyo con la de la mujer a la que había amado en noches como aquélla. Y se materializó ante sus atónitos ojos su auténtica dimensión de pulga, quebrada por el peso del vacío y de la cobardía. Todo es inútil. Ninguna repetición es posible. No hay París. Nada se repite. Ni se recupera.


