Mostrando entradas con la etiqueta música clásica. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta música clásica. Mostrar todas las entradas

jueves, 4 de octubre de 2007

La reina de la noche


A T., con cariño.

Desde esta semana, LR Music distribuye en España el último documental realizado sobre Florence Foster-Jenkins, la reina de mis noches.

jueves, 18 de mayo de 2006

Hallazgos

1. Mediado el siglo XVIII, la corte católica de Sajonia, establecida en Dresde, donde mantenía la más formidable orquesta jamás conocida hasta entonces, decidió poner al día su repertorio de música sacra. Como Dresde estaba rodeada de principados protestantes, los responsables de música de la corte recurrieron al taller de un copista de Venecia, donde la producción de música litúrgica católica era inagotable, el taller del sacerdote Don Giuseppe Baldan, quien preparó y remitió un conjunto de piezas de uno de los compositores de moda, Baldassarre Galuppi, conocido como Il Buranello por su origen, pues había nacido en Burano, localidad cercana a la propia Venecia, en 1706. Pese a su condición sacerdotal, Baldan era bastante dado a la impostura, una práctica por otro lado muy habitual en los editores de la época, por lo que no tenía empacho alguno en hacer arte de birlibirloque ante los ojos estupefactos (y entusiasmados) de sus clientes, y la petición de Dresde no iba a constituir una excepción. Como entre las obras disponibles de Galuppi no encontró el número suficiente de las que le solicitaban, incluyó en el lote algunas de otros compositores, aunque atribuyendo la autoría de todas ellas al Buranello. De aquella colección, cuatro piezas se han identificado ya como inequívocamente vivaldianas, el Beatus Vir RV 795, el Nisi Dominus RV 803, una tercera que no he podido encontrar (seguro que no he buscado bien, se agradecerá el apoyo de algún erudito preterossiano) y el Dixit Dominus RV 807 que se presenta en primicia discográfica en este disco, junto a otros tres salmos, estos sí de Galuppi. Fue la musicóloga australiana Janice Stockigt la que desveló el año pasado la superchería. Los argumentos son contundentes e irrebatibles. Baldan pretendía que el salmo hubiera sido escrito en 1745 por Galuppi para el Hospicio de los Mendicantes, donde era por entonces maestro de coro, pero el virtuoso dúo para dos tenores del "Tecum principium" estaba absolutamente fuera de lugar en ese contexto y el estilo del salmo resulta desde luego mucho más antiguo. Además, el "Dominus a dextris tuis" está extraído de un aria de la ópera vivaldiana La fida ninfa (1732) y otros movimientos parecen calcados de las dos versiones previas del mismo salmo que se conservan del compositor (RV 594 y 595). Así, el "Donec ponam inimicos tuos" parece una amalgama del mismo fragmento de las dos versiones anteriores, el "Judicabit in nationibus" tiene el mismo carácter y la misma instrumentación que su correspondiente del RV 595 y la fuga final parece elaborada siguiendo el mismo procedimiento que la del RV 594.

La obra es desde luego estupenda (Michael Talbot, gran experto en Vivaldi, la considera la más importante que se ha descubierto del músico desde los años 20 del siglo pasado). Está escrita en la brillante tonalidad de re mayor, con un par de oboes junto a la cuerda y el continuo, más el añadido de una trompeta para el "Judicabit in nationibus", y en una primera aproximación se la ha datado en torno a 1735. Lástima que para su presentación discográfica no haya caído en otras manos. No es que Peter Kopp, los Körnescher Sing-Verein Dresden y el Dresdner Instrumental-Concert no hagan un trabajo solvente y muy profesional, pero la brillantez del Vivaldi sacro de Robert King, Ottavio Dantone o Rinaldo Alessandrini está aquí lamentablemente ausente. En cualquier caso, hay momentos excelsos, como este "Donec ponam inimicos tuos", aunque supongo que algo tendrá que ver en ello la presencia de la grandísima contralto italiana Sara Mingardo.


"Donec ponam" del Dixit Dominus RV 807 de Vivaldi. Sara Mingardo, contralto. Körnescher Sing-Verein Dresden. Dresdner Instrumental-Concert. Peter Kopp (ARCHIV)


2. El 2 de abril de 1816, el conde de Luxemburgo partió en misión diplomática oficial para Río de Janeiro, donde habría de contactar con el rey portugués Joao VI. Aunque en el fondo latía un delicado asunto político, una especie de sondeo acerca de la postura del monarca portugués con respecto al nuevo estado de cosas en Europa, tras la derrota definitiva de Napoleon y la llegada de la Restauración, la excusa era de naturaleza artística. Por eso en la embajada iban un par de pintores, un escultor, un grabador y un músico. Este no era otro que Sigismund Ritter von Neukomm, austriaco nacido en Salzburgo en 1778, que se formó con Michael Haydn, fue colaborador de Joseph Haydn, trabajó para la corte rusa en San Petersburgo y en 1810 se instaló en París, donde trabó una estrecha relación con Talleyrand, lo que debió de influir sin duda en su elección para viajar a Brasil. Cuando Neukomm llega a Río, acababa de celebrarse una majestuosa ceremonia fúnebre en honor de la reina Doña María, que había muerto en marzo, y en la que sonó una versión singular del Requiem de Mozart.

En 1819 el Requiem mozartiano iba a ser interpretado de nuevo en Río en una función escuchada como homenaje a los músicos muertos aquel año, y para la ocasión Neukomm preparó un final para la incompleta obra de su paisano salzburgués. Ese final, un Libera me, ha sido descubierto recientemente en un manuscrito fechado por el propio Neukomm en 1821 y llevado al disco por Jean-Claude Malgoire.

Como es bien sabido, la muerte sorprendió a Mozart el 6 de diciembre de 1791 cuando trabajaba, entre otras cosas, en un Requiem que le había encargado el conde Walsegg para interpretarlo en el aniversario de la muerte de su joven esposa. El compositor trabajó en la obra menos intensamente de lo que ha querido hacer ver cierta leyenda literaria, pues el encargo llegó en verano y entre medias Mozart tuvo que componer una ópera completa, La clemenza di Tito, para la coronación del Emperador Leopoldo II en Praga, y escribió algunas otras obras muy significativas, como el Concierto para clarinete o la cantata masónica Elogio de la amistad. Así que el 6 de diciembre, sólo el Introito, el Kyrie y parte de la Secuencia estaban terminados. Fallecido el compositor, Constanza Mozart se movió rápidamente para tener una obra completa que entregar a los emisarios de Walsegg. Dos alumnos del músico, Eybler y Süssmayr, se encargaron sucesivamente de acabar la partitura de la forma que ha sido más ampliamente difundida y es mejor conocida. Neukomm siguió la edición de Süssmayr, añadiéndole el Libera me al final, decisión discutible si se tiene en cuenta que, tradicionalmente, el Graduale, el Tractus y el Libera me de las misas católicas de difuntos se interpretaban en canto llano, aunque bien es cierto que la ocasión para la que Neukomm preparó la misa no era exactamente una ceremonia litúrgica.

Como suele ocurrir en casos similares a estos, cuando Malgoire hizo la primera interpretación del Libera me de Neukomm en el contexto del Requiem mozartiano (Festival de Sarrebourg, noviembre de 2005, que es la versión recogida en este CD) a muchos se le desataron las plumas y terminaron hablando de gran acontecimiento cultural: "Por fin, el Requiem de Mozart completo". Oído, el fragmento no resulta ser sino una aportación voluntariosa, de un solvente profesional de la música (que compuso también su Requiem), pero cuyos resultados quedan a distancia abismal de la genial creación mozartiana. Se trata de una pieza sinfónico-coral de idéntica instrumentación a la partitura original, unos siete minutos de duración y carácter notablemente tremendista, como señala la incisiva presencia de los trombones en la primera estrofa o los trémolos muy marcados en la cuerda al inicio de la segunda. En la tercera estrofa ("Dies irae...") y en la cuarta ("Requiem aeternam..."), Neukomm se limita a repetir la música prevista por Mozart para el arranque de la Secuencia y el Introito en el cuerpo original de la obra (un poco a la manera de la fuga del Kyrie, que Süssmayr dispuso para el "Cum sanctis tuis"), retomando su propia música para la repetición del “Libera me”. En fin, aquí lo dejo para que ustedes juzguen. Pero ya les advierto de que el resto de la interpretación de Malgoire, con un aceptable cuarteto solista, los Kantorei Saarlouis y su La Grande Écurie et la Chambre du Roy, no pasa de la más tibia y modesta corrección.


Libera me de Sigismund Neukomm. Solistas. Kantorei Saarlouis. La Grande Écurie et la Chambre du Roy. Jean-Claude Malgoire (K617)

lunes, 6 de febrero de 2006

Artesanos

 Mozart: Conciertos. Jos van ImmerseelMozart odiaba la flauta y el arpa. Cuesta trabajo creerlo escuchando el Concierto en do mayor que dedicó a ambos instrumentos, pero así era, o al menos así lo dejó dicho en varias ocasiones. El concierto es por supuesto una obra de circunstancias, como la inmensa mayoría de las que escribió a lo largo de su vida. A finales de marzo de 1778 el músico, que contaba ya 22 años, llega a París acompañado por su madre. Vienen directamente desde Mannheim, en un viaje que duró nueve días y medio, por el que Wolfgang se queja ("Nueve días sin poder hablar con nadie"). Hace ya seis meses que la pareja falta de Salzburgo, donde el padre ha tenido que quedarse por no enfurecer más al arzobispo Colloredo después del retraso de su anterior excursión por Europa. Leopold busca desesperadamente una corte que acoja a Wolfgang. Un puesto seguro de kapellmeister, esa es toda la aspiración del padre para el hijo al que ha exhibido durante años como una atracción de feria. Pero, perdida la gracia del niño prodigio, no hay puestos libres para Wolfgang, a pesar de su prestigio y de sus éxitos. Fracasado el intento en Mannheim, Leopold exige a su esposa y a su hijo que se dirijan a París y no a Italia, adonde desearía acercarse Wolfgang, recordando aún los aplausos de la infancia.

Wolfgang tarda en rebelarse contra la autoridad paterna y acepta sus designios. Amarga iba a ser, sin embargo, la experiencia del joven músico en París, donde tuvo que asistir solo e impotente a la corta enfermedad y a la muerte de su madre. Pero eso sería a principios del verano. En abril, recién llegado, Mozart ha iniciado sus contactos y se ha reencontrado con sus amigos de Mannheim, que se encontraban de gira en la capital francesa. Entre los primeros conocidos se encuentra el duque de Guisnes, flautista aficionado, y su hija, arpista virtuosa a la que el padre trata de convertir en compositora, pese a que el talento de la joven no pasaba al parecer de su gran habilidad como intérprete. El duque desprecia al hombre ("papanatas alemán", le llama) pero admira al músico y encuentra en seguida la oportunidad no sólo para solicitarle clases sino para encargarle una obra para esos dos instrumentos que Mozart consideraba insoportables.

Poco importa. El compositor va a poner toda su ciencia compositiva y su fantasía artística en cumplir dignamente con el encargo, que se quita de encima antes de que termine abril, pues a finales de julio se queja de que hacía tres meses que había entregado la obra y el duque aún no le había pagado por ella. Ese mismo mes ha visto nacer la Sinfonía concertante para instrumentos de viento y algunas otras obras menores. Esto quiere decir que la producción del músico sigue a buen ritmo y, aunque algunos analistas (entre ellos, los Massin) consideran que el Concierto para flauta y arpa no aporta nada nuevo e incluso puede considerarse un retroceso en el estilo del músico, lo cierto es que a la obra, escrita en la misma línea de la Sinfonía concertante, no le falta inspiración, en especial a su segundo movimiento, un Andantino de nostálgica y conmovedora poesía.

Esta aplicación de Mozart en una obra que para él sólo tenía interés pecuniario (uno recuerda en seguida las películas alimenticias de Buñuel en México) queda bien explicado por el valor sociológico de la música en el tiempo en que le tocó vivir. Es este un aspecto que estudió muy bien Norbert Elias en un libro publicado póstumamente con los ensayos dedicados al compositor, que estaba reuniendo y corrigiendo para corresponder a un encargo de su editor justo en el momento en el que le sorprendió la muerte. Para Elias, Mozart cumple, bien a su pesar, el papel histórico de bisagra entre un arte artesanal y un arte artístico, barrera que el compositor trató, aun sin ser consciente de ello, de traspasar cuando en 1781 se marcha a Viena con la intención de sobrevivir como compositor libre. Y aunque en un primer momento la suerte y el éxito le sonríen, el pulso social era demasiado fuerte, pues institucionalmente el terreno no estaba abonado y las elites que dominaban la cultura oficial vienesa no estaban dispuestas a permitir que se suplantaran los mecanismos de producción y difusión de la música, que, como casi siempre, también en ese aspecto iba a remolque del resto de las artes. Tuvo que pasar toda una generación para que Beethoven se encontrase ya en disposición de imponer su voluntad a públicos y editores. Pero en 1778, Mozart todavía es un compositor sumiso que sabe con quién se juega el pan y sabe atenerse al gusto de quien le encarga la música. Con un conocimiento profundo del medio musical en el que se desenvuleve, para el talento del compositor no supone ningún esfuerzo orientar su fantasía musical en el sentido deseado por sus clientes. La reflexión de Norbert Elias sobre esta cuestión va bastante más allá, y la reproduzco íntegra por su indudable interés:

En la fase del arte artesanal, el canon estético del que encarga la obra prevalecía como marco de referencia de la formación artística por encima de la fantasía artística personal de cualquier creador; la imaginación individual de este último se canaliza estrictamente según el canon estético del estamento dominante que encarga las obras. En la fase del arte artístico, los creadores están situados en un plano de igualdad por lo que se refiere a su situación social general con respecto al público que compra y admira el arte; y en el caso de su élite, del establishment de especialistas formado por los artistas de un país, están por encima de su público, en cuanto a poder, como jueces estéticos y pioneros del arte. A través de modelos innovadores pueden encauzar en otra dirección el canon establecido de la producción artística y quizás el gran público aprenda lentamente a ver y escuchar por sus ojos y sus oídos.

Interesante motivo de reflexión para relacionar con la polémica Azúa/Sánchez Verdú que ya tratamos por aquí. No seré yo quien lo haga ahora, pues sólo deseo dejar constancia de la aparición de una nueva grabación mozartiana de ese auténtico mago de la música del Clasicismo que es Jos van Immerseel, quien, de nuevo para el sello Zig Zag y al frente de su conjunto Anima Eterna ofrece tres muestras de música concertante de Mozart: además del Concierto para flauta y arpa en do mayor KV 299, con el flautista Frank Theuns y la arpista Marjan de Haer como solistas, el Concierto para dos pianos en mi bemol mayor KV 365, con el propio van Immerseel y Yoko Kaneko en los pianos, y el Concierto para trompa en mi bemol mayor KV 447 (el nº3), con Ulrich Hübner como solista. Un prodigio de refinamiento, elocuencia y profundidad.


Andantino del Concierto para flauta y arpa en do mayor KV 299 de Mozart. Frank Theuns, flauta; Marjan de Haer, arpa. Anima Eterna, Jos van Immerseel (Zig Zag)