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miércoles, 24 de octubre de 2007

Reivindicación de Cavalli

L'Ormindo de Cavalli
Por razones no del todo comprensibles, la recuperación del legado operístico barroco se ha centrado en dos polos extremos. Por un lado, el estilo temprano, centrado casi exclusivamente en Monteverdi; por el otro, los grandes maestros tardíos, con Haendel (y recientemente Vivaldi), como los principales objetivos de los desenterradores. El caso de Monteverdi es comprensible, por su absoluta y fácilmente accesible genialidad y porque su legado lírico se reduce a tres obras (aunque la última no le pertenece en exclusiva, como se sabe hoy), por lo que su recuperación entraba dentro de las posibilidades de teatros, músicos y dramaturgos de casi cualquier condición. En el caso de Haendel pesan distintas consideraciones, aunque no juega desde luego un pequeño papel ni su condición de músico británico ni la popularidad sostenida en el tiempo de algunas obras, que lo convertían en un muy adecuado representante del belcanto barroco. Y en medio, ¿qué? Porque cualquiera que escuche Il ritorno di Ulisse in Patria y a continuación Rodelinda se dará cuenta enseguida de que algo tuvo que pasar entre medias.

Pues sí. En medio estuvo, entre otros, Pier Francesco Cavalli (nacido Caletti), figura fundamental de la ópera veneciana del siglo XVII, en la que pueden seguirse los cambios trascendentales que llevaron del estilo recitativo de Monteverdi al belcanto de Haendel. Y sin embargo, las óperas de Cavalli apenas se graban y casi no se programan en los teatros. Si las grabaciones de Giasone y Xerse por René Jacobs en los años 80 del siglo pasado parecían abrir una importante veta para quien quisiera aprovecharla, lo cierto es que un cuarto de siglo después el panorama es bastante desalentador. Curioso, en este sentido, constatar que otra grabación de Jacobs realizada unos años después (Giulio Cesare) sirviera para impulsar de forma decisiva el revival haendeliano.

Desde entonces, todo lo que se ha grabado de ópera de Cavalli puede contarse con los dedos de una mano: la famosa Calisto de María Bayo y, otra vez, de Jacobs; la Didone (muy cortada) de Thomas Hengelbrock; la Statira de Florio; Gli amori d'Apollo e di Dafne de Alberto Zedda; y una nueva Didone (en DVD, ésta) de Fabio Biondi. Todo ello antes de este extraordinario Ormindo de Jérôme Correas, que inaugura así la segunda mano. (Anterior era la Calisto de Raymond Leppard, que Decca ha reeditado en una serie marginal, que nunca he visto distribuida en España.)

No es mucho, si se tiene en cuenta que han sobrevivido en torno a los 30 títulos operísticos de Cavalli, y que en ellos se documenta a la perfección la evolución de la ópera veneciana en los dos últimos tercios del siglo XVII. Pero es que más allá del interés documental e histórico, la música de Cavalli es siempre, sea en el estilo más cercano a su maestro Monteverdi o ya metido en berenjenales belcantistas, de una gracia, una elegancia, una variedad melódica y una riqueza de efectos dramáticos deslumbrantes. Ormindo se estrenó en 1644, por lo que pertenece a su primera etapa (Monteverdi acababa de morir el año antes). Domina el stilo recitativo, pero las partes líricas (arias, ariosos) empezaban a proliferar ya, aunque aún se integraban en el drama con una flexibilidad que pronto se rompería con el triunfo de la estructura en números cerrados. La obra se abre en cualquier caso con un Prólogo que presenta a un personaje alegórico (tan característicos de las óperas de su maestro), en este caso la Armonía, en el que la declamación se combina con las agilidades ornamentales de forma por completo extasiadora. A esa sensación coadyuva, no lo negaré, la interpretación, para mí absolutamente colosal, de Sandrine Piau, un jilguero con alma.

domingo, 14 de mayo de 2006

Gloria

Alguien dijo una vez: "Vivaldi no compuso seiscientos conciertos, sino seiscientas veces el mismo concierto". Unos atribuyen la frase a Stravinski, otros a Dallapiccola, aunque yo siempre he creído que semejante bobada merecería pertenecer a Borges, esforzado especialista en sonoras boutades, siempre que éstas fuesen suficientemente brillantes o eufónicas. Fuera quien fuese el chistoso, de existir hoy no tendría más remedio que vivir escondido debajo de la alfombra. Qué manera de hacer el ridículo. Uno puede entenderlo, desde luego. Eran otros tiempos. La obra vocal de Vivaldi apenas se conocía y los conciertos que se escuchaban (casi siempre los mismos) eran interpretados con unos criterios poco adecuados, que ocultaban bajo un apolillado manto de oscura uniformidad los mil y un detalles llenos de vitalidad, luz, ternura y pasión previstos por un compositor maravilloso, uno de los más variados y pródigos en recursos de la historia (y ahí está el uso que hacía de los instrumentos obligados en las arias de sus óperas para demostrarlo: ¿algún maestro del barroco teatral era más imaginativo y diverso en el empleo de la tímbrica?).

Con Vivaldi, la capacidad de asombro no termina nunca. En este disco, que debería procurarse cualquier amante (aun no muy entusiasta) de la belleza del sonido organizado en el tiempo, uno se encuentra con el motete In furore iustissimae irae, en el que Vivaldi contrasta de forma magistral la primera aria, que podría haber salido de cualquier pasaje de bravura de la ópera más exitosa de su época, con la delicada efusividad, elegante, distinguida y piadosa, de una segunda aria que por su turbadora sensualidad debió de levantar a más de un miembro de la curia en la Venecia del XVIII. Luego uno descansa de tantas emociones en la Sinfonía al Santo Sepolcro, obra evanescente, casi impresionista, como bien comenta Russomano en las páginas de Diverdi, y se lanza con otro talante, relajado, transfigurado en Cristo y por Cristo, al Laudate pueri RV 601. Para entonces piensas que Sandrine Piau ya no podrá seducirte más, que el cupo está ya completo, que es imposible que haya más saltos, más escalas, más adornos, más susurros, y que por tanto podrás dejar de imaginar esos labios y esos ojos ardientes mientras te abrasas en el infierno, y de repente, en "A solis ortu", ella sube al cielo, directa y simplemente, como quien coge la escalera para cambiar una bombilla, y continúa machacándote y machacándote y en "Ut collocet eum" sabes que será imposible vencer la tentación y que para cuando termine el disco estarás en pecado mortal y tendrás que ir a confesarte, pero de pronto descubres que, como el más perverso de los libertinos de su siglo, Vivaldi lo sabía todo, el mujeriego cura pelirrojo era perfectamente consciente del efecto que causaba (y que causaría en el futuro) su música y ordena aplacar la lujuria, lo que en el fondo es sólo una forma de alargar el deseo e incrementar el placer de su consumación; así que el "Gloria" irá en Larghetto y con un traverso obligado. Y entonces no puedes evitar ya convertirte en un charquito, que cuando llega el "Amen" está en rugiente ebullición. Los dos últimos conciertos no los escuchas tú, sino tu vapor de agua.


"Gloria" del Laudate pueri RV 601 de Vivaldi. Sandrine Piau, soprano; Marcello Gatti, traverso. Accademia Bizantina. Ottavio Dantone (Naïve)