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miércoles, 21 de marzo de 2007

Regina Pacini

Regina Pacini nació el 6 de enero de 1871 en Lisboa, hija del barítono italiano Pietro Pacini (director por entonces del Teatro San Carlos en la capital portuguesa) y la andaluza Felisa Quinteros. Junto a María Barrientos, Josefina Huguet, María Galvany o Elvira de Hidalgo fue la gran dominadora de la escena operística internacional en los años finales del siglo XIX y los inicios del XX. En 1905 y 1906 grabó una serie de discos con arias de Verdi, Gounod, Bellini, Mozart, Puccini, Rossini, Thomas, Chapí, más canciones italianas y españolas que fueron recuperadas hace unos años por el sello barcelonés Aria recording en el doble disco cuya carátula reproduzco a la izquierda. En 1907, se casó con el Dr. Marcelo Torcuato de Alvear, quien habría de convertirse en presidente de la República Argentina entre 1922 y 1928, y dejó la escena. Esta reseña sobre su figura me parece interesante. También una parte de las notas al disco de referencia, que firma Aldo Bruno Pizzo:

Regina Pacini fue poseedora de una bella voz, clara, extensa, aflautada y dotada de excepcional agilidad y flexibilidad; distinguida afinación con trinos y pizzicatos purísimos y un timbre penetrante. Junto con la gran María Barrientos dominaron durante el último decenio del siglo XIX, el campo internacional de la ópera.

La dulzura de su timbre y sus actuaciones en escena contribuyeron en gran medida a cimentar su éxito especialmente en La Sonnambula, I Puritani, Rigoletto, Crispino e la Comare, Lucia di Lammermoor, Il Barbiere di Siviglia y, casi al final de su carrera, La Bohème (Puccini) y Manon (Massenet). En estas dos últimas se reveló como una delicada soprano lírica.

Sus grabaciones reflejan una frescura juvenil en el timbre y una sencillez en el fraseo que explican ciertamente su prestigio.

En otra faceta de su vida, Regina Pacini fue acreedora de relevantes condiciones personales que le permitieron acompañar al Dr. Marcelo T. de Alvear como esposa noble y serena. Con singular señorío y nunca alterada discreción, supo compartir con él preocupaciones y satisfacciones como primera dama de la Argentina. Con su carácter templado en el conocimiento del mundo y estimulado por la cultura, conoció los halagos del triunfo y los sinsabores de la adversidad, sin que el éxito influyera en su modestia. Vivió muchos años en París y luego en Buenos Aires, donde fue muy respetada y querida.

Las honras que el Poder Ejecutivo Argentino le rindió con motivo de su fallecimiento resumen la esencia de su personalidad:

"Que sin ostentación y en permanencia, con hondo sentido cristiano y fina sensibilidad de mujer, llegó generosamente y con sencillez, allí donde existiera una necesidad."

"Que asoció su nombre a obras que perdurarán en el país como expresión de solidaridad humana."

"Que su desaparición acongoja al país, que la admiraba en su serena y ejemplar ancianidad."

El lunes 20 de septiembre de 1965 [había muerto dos días antes], un orador la despedía con estas palabras: "[...] Amor en tu vida y en tu muerte, Regina Pacini de Alvear".

En la nota de homenaje que publicó La Nación de Buenos Aires se refleja todo el aprecio y el respeto que la República Argentina le profesó:

"Dulce, suave dominio el ejercido por Regina Pacini, cuyo nombre y cuyo recuerdo nos evocan una de las escenas inolvidables del cinematógrafo de todos los tiempos: aquella de El fin de los días en que los viejos actores sueñan en la noche y oyen los aplausos de veladas triunfales.

¿Quién que sintió la emoción de esas imágenes y esos sonidos no la asoció a la Casa del Teatro, el hospitalario refugio levantado por virtud del empeño de la que, descendiente de gentes que se distinguieron por sus hechos notables o por su sensibilidad, y esposa de un presidente de la República Argentina, nunca olvidó a sus hermanos?

Tal vez, en las noches finales de la Elvira, cuando hasta el dormitorio de su dueña subía el denso perfume de las rosas, la que dormía, y hoy duerme para siempre, no haya escuchado aplausos en sus sueños –ni los suyos ni los que pertenecieron a su compañero– sino una voz argentina, una voz querida, una voz inolvidable que le decía: '¡Gracias, Regina!'".
En estos momentos de tan honda emoción, no dejemos que nos abandone el lirismo pucciniano/paciniano.


["Sì, mi chiamano Mimì". La Bohème de Puccini. Regina Pacini (Aria Recording)]

martes, 20 de marzo de 2007

Sopranos

La revista BBC Music Magazine ha reunido a 22 especialistas de ópera para escoger a las 20 mejores sopranos de todos los tiempos. Los resultados son, cómo les diría yo, ¿inconsistentes?, ¿incomprensibles?, ¿increíbles?, ¿in presionantes? Juzguen ustedes mismos:

1ª- Maria Callas
2ª- Joan Sutherland
3ª- Victoria de los Ángeles
4ª- Leontyne Price
5ª- Birgit Nilsson
6ª- Montserrat Caballé
7ª- Lucia Popp
8ª- Margaret Price
9ª- Kirsten Flagstad
10ª- Emma Kirkby
11ª- Elisabeth Schwarzkopf
12ª- Régine Crespin
13ª- Galina Vishnevskaya
14ª- Gundula Janowitz
15ª- Karita Mattila
16ª- Elisabeth Schumann
17ª- Christine Brewer
18ª- Renata Tebaldi
19ª- Rosa Ponselle
20ª- Elly Ameling

¿Emma Kirkby?
¿Emma Kirkby, 10, delante de Schwarzkopf y Schumann y Ameling y ¡¡TEBALDI!!? ¿Mande?
¿La Flagstad la 9ª, detrás de Caballé (ejem) o de M. Price?
¿La Sutherland (cosa más aburrida no he escuchado en mi vida) la 2ª?
¿Quién coño es Christine Brewer?
¿Mattila delante de Schumann, de Ponselle, de ¡¡TEBALDI!!?
¿¡¡TEBALDI!! la 18ª y Sutherland la 2ª? Ay, que ya no me siento las piernas...
¿Y dónde están Marta Mödl, Astrid Varnay, Suzanne Danco, Regina Paccini, Pilar Lorengar, Lisa della Casa, Elisabeth Grümmer, Irmgard Seefried, Sena Jurinac, Jessye Norman, Mirella Freni, Edita Gruberova... así sin pensarlo mucho?

¿Y dónde está la lista de los twenty-two?

martes, 16 de noviembre de 2004

Sopranos

Hasta hace bien poco, yo pensaba que las sopranos eran unas señoras gordas capaces de romper toda una cristalería de Murano con un solo berrido. Sin duda, esa idea era producto de una fuerte impresión sufrida durante mi infancia, cuando la mente del ser humano es moldeable como un bloque de plastilina y tele no había más que una. Debió de ser en 300 millones o un programa por el estilo (presentaba Alfredo Amestoy, eso seguro). Montserrat Caballé, a quien veía por primera vez en mi vida, cantó algo que no entendí, salvo que al final se moría (y eso porque se chivó el Amestoy). "¿Pero se muere de verdad?" "Anda, niño. Está haciendo un papel", me dijo mi padre. "Jo. Pues nadie querrá hacer ese papel." "Claro. Por eso se lo dan a las gordas", terció mi hermano, que para mí estaba por entonces sólo un escalón por debajo de Dios. "Y si se está muriendo, ¿cómo puede chillar tanto?" "Porque es una soprano. Y las sopranos, no chillan, cantan." "Pues mamá, cuando canta lo de las cruces, no chilla así." "Porque tu madre no es soprano." "¡Ah! ¿Y todas las sopranos son gordas?" "Todas." La sentencia de mi hermano era para mí un auténtico dogma de fe, de tal modo que, cuando crecí, jamás me creí la patraña esa de que había sopranos delgadas, que cantaban como la Caballé. Aquello no era sino una burda estratagema publicitaria: nos enseñaban a una guapa, pero luego la que cantaba era una gorda. "¿Pero es que no ves que está haciendo play-back?", tuve que aclararle una vez a mi hermana, que no se enteraba demasiado bien del asunto.

Así que cuando conocí a Saf no pude dar crédito a lo que me decía. "¿Tú soprano? ¡Ja!" Estábamos sentados en el Muelle de la Sal, atardecía y una gaviota despistada revoloteaba haciendo círculos sobre el Puente de Triana. "Mira. Parece un buitre", le dije para tratar de romper el incómodo silencio que se había producido tras mi, tal vez inconveniente, imprecación. Saf tenía la vista perdida en un punto inconcreto del río, las piernas colgando por el malecón, mientras comía pipas compulsivamente, todo en el más sepulcral silencio (¡menudo esfuerzo!). "Bueno, qué, ¿no vas a decir nada?" "No me crees, ¿verdad? Pues peor para ti. Ya no te canto." "Cantar, cantar, cantar... Cantar puede hacerlo cualquiera. Hasta los grillos y las ranas
cantan. ¡Ja!Una cosa es cantar y otra muy distinta ser una soprano." Me miró inexpresiva medio segundo y volvió a su trajín devorapipas, incrementando progresivamente el ritmo de bamboleo de sus piernas. Pasaron unos minutos larguísimos. La gaviota seguía haciendo círculos interminables en medio de la noche y a lo lejos los altavoces de un barco de recreo extendían por todas las márgenes del Guadalquivir un ritmo dulzón de bolero. "La gaviota te está mirando. ¿Y si fuera un buitre?" Levantó un segundo la vista y luego la desvió hacia el barco. "A lo mejor está esperando a que te atragantes con una cáscara." Nada. Seguía sin reaccionar. "Bueeeeeeeno. Venga, no te enfades. No quería ofenderte. Anda, cántame algo." "No." "Que sí, Saf, que te creo. Eres la primera soprano delgada que veo en mi vida. Anda, cántame." "No." "Venga, que te creo de verdad de la buena. Cántame La Traviata, porfi." "No." No, no, no, no y no. No fui capaz de sacarle otra palabra en toda la noche, que de repente se hizo muy, muy corta, porque terminó su paquete de pipas (¡que le había comprado yo, la muy interesada!), se levantó muy digna, miró un instante a la gaviota-buitre que seguía colgada allá arriba sin prestarnos la menor atención, me dirigió un mohín de disgusto y se marchó.

No he vuelto a verla desde entonces, a pesar de lo cual no renuncio a conseguir que algún día pueda perdonarme y me cante el "Amami, Alfredo", ya sea por teléfono. ¿Alguien puede decírselo, si la ve? Que le diga también que ya no creo que todas las sopranos sean mujeres gordas capaces de romper copas con la fuerza de su voz. Saf las derrite con su corazón.