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miércoles, 11 de agosto de 2004

Adversus antiespada

Malos tiempos para las afirmaciones. Malos tiempos para las negaciones. Malos tiempos para las contradicciones. O para negar afirmando, oxímoron acaso rebuscado pero descriptivo. Lo ideal hoy es nadar en una masa de información amorfa, blanda y fofa en la que nada es verdad ni mentira, en la que no hay riesgo de caer en contradicciones ni riesgo de ofender al que piensa distinto ni riesgo de ser tolerante [tolerante] porque no se afirma ni se niega nada, luego nada hay que merezca ser contrastado ni combatido [obviedades al margen: un litro de sangre siempre vale más que uno de petróleo, incluso ahora]. La realidad ha sido abolida, acaso por prosaica, y el hombre [y la mujer] habita gozoso los mundos paralelos de chacras, salsas rosas, desintegraciones territoriales, mitos multiculturales y películas de Hollywood. Suspender, por tanto, la capacidad de todo juicio, sea éste moral o estético, garantiza una existencia mucho más plácida y acorde con el talante de nuestro tiempo.

No es negar el valor de la diversidad cultural. Ni el peso de la subjetividad en los instrumentos que la literatura y el arte nos dan para aprehender el mundo desde perspectivas diversas. Se trata, simplemente, de deslindar con claridad los planos en los que se mueve cada actividad humana. Por un lado, los hechos, con su antipática forma de ser [admitámoslo], tenaces, tozudos e inmunes a las versiones. Por otro, todo un mundo de fantasías, ilusiones, creencias y construcciones ideológicas, perfectamente intercambiables, maleables, transpirables y osmóticas. El problema empieza cuando la esfera de las fantasías interfiere en la de los hechos para configurar una realidad a la carta, en la que todas las ideologías, todas las creencias, todas las aspiraciones son igualmente válidas y aceptables. Ahí nos han instalado quienes decidieron que la realidad es demasiado compleja para soportar las afirmaciones, y que más vale flotar a la deriva agarrados a un madero que correr el riesgo de hundirse dentro de un imponente galeón.

Cuando alguien se rebela contra esto, y es periodista y sólo quiere ser periodista [y no un novelista frustrado que aprovecha lo que ocurre en el mundo para escribir diariamente un capítulo de su eternamente inacabada novela o lanzar su cotidiana lección de moral envuelta en llamas] pueden pasar muchas cosas, pero, mirando desde aquí, pueden pasar sobre todo dos cosas: a) que uno se llame Ramonet o b) que se llame Espada. Si a), su explícito combate por depurar la información de toda la farfolla cultural y económica que la envuelve hasta desfigurarla será celebrado como se merece en los Foros Sociales, multiculturales, pacifistas y oenegistas del planeta, desde los que orienta su combate. No en vano, Ramonet advierte permanentemente del control de la información que vienen ejerciendo las elites económicas y las implicaciones que en la calidad de la vida democrática se derivan de dicho control [una advertencia socialmente muy valiosa], y lo hace convencido de que tiene razón [obviamente: se escribe para eso], pese a lo cual nadie lo acusa ni de maniqueísmo ni de implacabilidad, y si alguien se atreve, pronto acudirán los guardianes del templo para tildar al osado de vendido al capital o, aún peor, directamente de fascista.

Pero si b) [¡ay si b)!]... Si b), su explícito combate por depurar la información de toda la farfolla cultural y económica que la envuelve hasta desfigurarla será calificado fácilmente de pura arrogancia y dogmatismo, cuando no de intolerancia. ¿Dónde estriba la diferencia? A primera vista parece simple: Espada no pone especial énfasis en el control que los grandes grupos económicos ejercen sobre la información [lo cual no quiere decir que soslaye la cuestión], sino en el ejercicio demagógico-imaginativo que unos y otros aplican a la hora de narrar e interpretar los hechos. Pura casualidad que el sector demagógico-imaginativo se ampare [o, simplemente, sea considerablemente más nutrido] en la esfera de los foros sociales, multiculturales, pacifistas, oenegistas y autoproclamados progresistas de nuestro entorno. O a lo mejor la casualidad no resulta tal, y conviene mantener bien desacreditado a quien se empeña en desenmascarar a los progresistas [re]creadores de la realidad [valga el pleonasmo].

Y el estilo. Cómo olvidar el estilo. Oscuridades [que no siempre son tales en una segunda lectura], contradicciones [que son a veces, nada más humano] y falta de desarrollo [la norma] se diluyen cuando este formato [el del diario [público]] se mira en perspectiva, como aquí, o cuando, sencillamente, se cambia de formato, como aquí y aquí y aquí. El olor a azufre resulta, en cambio, indisimulable.