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miércoles, 14 de diciembre de 2005

Plácidos

Plácido, de Luis García BerlangaHan pasado ya 44 años desde que Luis García Berlanga filmase Plácido, esa genial sátira sobre la caridad navideña. Envuelta en el celofán de una amable comedia de costumbres, la obra de Berlanga arremete contra la política oficial de las fachadas relucientes y los pasillos mugrientos, pero sobre todo contra las conciencias puritanas y nacionalcatólicas de los bien pensantes. Han pasado ya 44 años, pero la política oficial de la imagen no sólo no ha remitido, sino que se encuentra en su máximo apogeo (y creciendo), mientras que las conciencias puritanas siguen azotándonos con su verborreica expansión evangelizadora, por más que hayan cambiado el discurso moral del franquismo por el políticamente correcto del progre. La nada embotellada.

Y es que no falla. Cuando alborea diciembre y las primeras estrellitas empiezan a lucir en la fachada de El Corte Inglés, la monserga puritana, disfrazada para la ocasión de feroz anticonsumismo, pasea sus vergüenzas sin pudor alguno por todos los medios nacionales. Protegidos por el pensamiento débil y tiránico de la political correctness, los difusores de los clichés más caducos, las medias verdades más insidiosas e histéricas, las más burdas simplificaciones históricas y sociales van lavando sus conciencias llenando páginas y más páginas de periódicos y revistas y ocupando horas y más horas de radio y televisión. Sin mucho éxito, habría que decir. Pues, por suerte, consumimos.

Por suerte, porque nuestra civilización se basa en él. En el consumo. Porque ya hemos conocido (conocemos) otras realidades, y me quedo con ésta, en este mundo que nunca será el mejor de los posibles, pero que es mucho mejor que todos los otros que son o han sido. No hemos creado sociedades terciarias, mecanizadas y abiertas, no hemos ganado tiempo para el ocio y el goce de los sentidos y los sentimientos para renunciar al placer que nos proporcionan compartir las cosas que nos gustan con aquellos a los que amamos, y todo por unos rancios y acomodaticios principios devenidos en vacuas consignas que la historia se ha encargado de desacreditar: si ellos no tienen (lo que nosotros) es porque nosotros (lo) tenemos. El asunto parece algo más complicado. Pero exige pensar, y eso a un progre le cuesta tanto como a la familia burguesa de Plácido. Quien lo ha vivido, lo sabe.

¿Combatir el despilfarro (de energía, de trabajo, de ideas)? ¿Dónde se apunta uno? ¿Solidaridad? ¿Cuándo y dónde ha habido una sociedad más solidaria, más preocupada por la suerte de los otros? ¿Autocomplacencia? ¿Qué mayor autocomplacencia que la del sermón moralista a fecha fija contra la situación de privilegio que se disfruta? Llega la Navidad, y yo me pongo muy contento, porque, a pesar de los petardos (odio los petardos, las tracas y todo lo que huela a pólvora) y de las monsergas, tendremos cenas, meriendas, villancicos, panderetas, risas, sorpresas, emociones y regalos, un montón de regalos. Y, por suerte, los pobres ya no se sientan a las mesas de las familias con recursos, ahora se acomodan en las columnas de los periódicos y en los plácidos blogs de los concienciados. Algo se avanza.